Los reyes en su elemento académico natural

Por Arturo del Villar. LQSomos.

No hay nunca exceso de libertades, porque la apetencia natural de todos los seres, tanto humanos como irracionales, consiste en vivir en libertad. Pero los humanos construyen prisiones y jaulas, y algunos más fanáticos elaboran diccionarios para tergiversar el significado verdadero de las palabras

Sus majestades los reyes católicos nuestros señores, que Dios guarde muy guardados, han presidido el jueves 10 de enero de 2023 el Pleno de la Real Academia Española, que según tiene a bien informarnos la Oficina de Prensa de la Casa Irreal es el “máximo órgano representativo de la corporación e integrado por todos los académicos de número”. Como es una institución real, los reyes se encuentran allí en su elemento natural: toda España es suya por razones de herencia que nadie se atreve a discutirles, pero los organismos denominados reales son como sus pañuelos moqueros.

Los reales académicos son muy fieles vasallos. Basta para demostrarlo consultar la definición de República insertada en la última edición del Diccionario de la lengua española que ellos elaboran, la 23ª, impresa en octubre de 2014 a cargo de la editorial Espasa. Dice así en su sexta acepción: “Lugar donde reina el desorden”. Los reales académicos lo son tanto que les resulta imposible entender algo tan simple como que un lugar donde alguien reina es una monarquía, y en consecuencia es imposible que sea una República, porque ambas formas del Estado resultan incompatibles.

Por ejemplo: en España reina Felipe VI de Borbón, por lo que es una monarquía vitalicia y hereditaria constitucionalmente indiscutible, en la que los republicanos que la discutimos estamos perseguidos y discriminados, con varios presos políticos encerrados en las mazmorras borbónicas acusados de hacer befa de la familia irreal por medio de dibujos y canciones, o por quemar sus fotografías públicamente, como si fueran terribles terroristas, y otros se han exiliado para escapar de las condenas impuestas por los jueces a causa de esos presuntos delitos, además de ser apaleados por las fuerzas brutas del orden en las manifestaciones públicas organizadas en solicitud de un referéndum sobre la forma de Estado preferida mayoritariamente por el amordazado pueblo.

Puestos a disparatar, por si fuera poco el error de equiparar a la monarquía con la República, los reales académicos aseguran a quienes consulten su real trabajo lexicográfico que lo que “reina” en la República, según sus reales entendederas, es el desorden. Una definición que sin duda gusta a la Casa Irreal, siempre defensora del orden público, por lo que mantiene diversas dotaciones policiales a su servicio, encargadas de vigilar las manifestaciones republicanas para que no se desmanden, y en el supuesto de que lo hagan apalizar a sus componentes. Y aunque no lo hagan.

Las libertades

Los reales académicos limitaron en este caso la definición todavía más estúpida insertada en las anteriores ediciones, en las que una República era definida como un “Lugar donde reina el desorden por exceso de libertades”. Eso es lo que opinaban los militares monárquicos sublevados contra la República en 1936, lo que nos inculcaban durante los 36 años de criminal dictadura fascista, en los que carecimos de libertad, palabra prohibida y castigada. Las muchachas registradas con el nombre de Libertad durante la República pasaron a llamarse oficialmente María en los lugares conquistados por los rebeldes, y sus familias quedaron estigmatizadas. Los reales académicos siguen anclados mentalmente en el fascismo. O tal vez no sea sólo mentalmente.

El mismo Diccionario define la libertad en su tercera acepción como “Estado de quien no está preso”, y durante la dictadura fascista España era una inmensa prisión, en la que la única diferencia entre los encarcelados y los sueltos, que no libres, consistía en que en las prisiones se torturaba a los denominados internos, y se les obligaba a seguir la misa oficiada en los patios por los capellanes, más fanáticos que los carceleros. El fascismo es la negación de todas las libertades. Y cuando el fascismo instaura una monarquía, por la simple voluntad omnímoda del dictadorísimo, como sucedió en España, solamente cambian los nombres, no las realidades reales.

El artículo primero de la Declaración Universal de Derechos Humanos, proclamada por la Asamblea General de las Naciones Unidas el 10 de diciembre de 1948, asegura: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”, pero la España dictatorial tenía prohibida la pertenencia a la ONU, de modo que aquí no se aplicó esa definición, y sigue estando ignorada por la monarquía continuadora natural de la dictadura que la instauró.

No hay nunca exceso de libertades, porque la apetencia natural de todos los seres, tanto humanos como irracionales, consiste en vivir en libertad. Pero los humanos construyen prisiones y jaulas, y algunos más fanáticos elaboran diccionarios para tergiversar el significado verdadero de las palabras por otro real, puesto al servicio del fascismo o de la monarquía, lo que apenas se diferencia en la práctica dialogante.

El director de ese antro académicamente fascistoide se llama Santiago Muñoz Machado. Es un insulto a la memoria de don Antonio Machado, cantor y defensor de la II República, a la que sirvió hasta el último suspiro de su vida, exhalado en el exilio francés por querer vivir en libertad, prohibida en su patria derrotada. Había sido elegido académico en 1927 sin él pretenderlo, y no se molestó en realizar la ceremonia de ingreso, por lo que nunca superó la categoría de académico electo, lo que le honra. Es seguro que él no hubiera tolerado esa fascistoide definición de República, en el caso de ocupar el sillón que le correspondiera.

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