Mi cuento de la lechera

lqs-cuento-lechera-lqsÁngel Hernández Pardo. LQSomos. Junio 2015

Al no tener ni idea de cómo empezar a hincarle el diente a este relato, con indigencia intelectual, parco en vocabulario e incapaz de formar una frase correctamente, me valdré de los libros con los que he creado mi biblioteca -gracias a la profesión a la que me he dedicado durante años-, para que me facilite esta tarea. Voy a utilizar una frase de éste y otra de aquél para crear mi propio estilo. Pero no quiero que la subordinación a lo escrito por otros me obligue a comulgar con su ideario. Será la brújula de mis andanzas la que me ayude a localizar la única vereda que conozco, situándome al principio del camino.

Demasiados años de mi vida los penalicé en un país donde la ignorancia se impartía en las escuelas. Intentar pasar de la opresión a la libertad suponía atravesar un río de sangre, sin soporte alguno, por la zona más caudalosa. Fueron certeros al fracturar la estructura del puente por la parte más vulnerable, el único camino que nos llevaba a la otra orilla. Sabían que la única manera de tomar el poder era a través de las armas, con la intención de perpetuarlo. Y en eso pusieron toda su fuerza bruta, para que quedara todo bien atado ante cualquier deriva hacia la democracia. Eran proclives con su mano en alto, desde un púlpito de cadáveres, a insistir una y otra vez en su sacrificio por liberarnos del mal, el mismo que dignificó a nuestros mayores.

Nos convirtieron en espectros silentes sin poder reconocer nuestra imagen en el espejo de sus leyes. La lobotomía realizada con los instrumentos de terror creó un estado de pánico a todos los que se libraron del genocidio, provocándoles una epidemia de afasia. Crearon un auténtico Estado mafioso, donde todas sus instituciones, ya fuesen políticas, militares o religiosas, con toda su red clientelar, participaron en el saqueo de los recursos que pertenecían al pueblo. Todos, financiados por el gran capital y algún contrabandista de armas, formaron parte del crimen organizado de esas tramas mafiosas, con el propósito de acabar con la legalidad republicana. Imponiendo a todos los ciudadanos su omertá para ocultar sus crímenes. Aún nos cubren los lodos de esa forma de ser de la Honorable Sociedad, como si se hubiera inoculado en el tuétano de los corruptos actuales las prácticas de la Cosa de Ellos.

Aquellos que nacimos en ese lodazal también nos mutilaron el sentido del olfato. Durante todo el viaje que empleó mi organismo para llegar a obtener mi alopecia no hubo manera de dar a mi cerebro los conocimientos necesarios, lo que me ocasionó un raquitismo intelectual imposible de atajar con recetas caducadas. Los educadores de las escuelas republicanas que nos hubieran tenido que facilitar la instrucción en nuestras incipientes vidas fueron aniquilados por una plaga de expertos matarifes con educación delictiva.
Por este camino transité con mi niñez y adolescencia a lomos de una madurez temprana, siendo obligado a participar en una carrera amañada.

Otra larga temporada la consumí ayudando a mi madre en su padecimiento de una esclerosis múltiple. Conseguí una casa de planta baja que hipotequé, para que le permitiera un fácil acceso al tener limitada su movilidad. Aunque no llegaba a unos treinta metros cuadrados, todo incluido, aproveché su espacio lo mejor que pude. Ni paredes ni hostias, todo diáfano, como un garaje donde aparcar nuestros cuerpos. Los techos tenían la altura suficiente para colgar -ayudado por unas garruchas que heredé de mi padre gracias a su oficio de pocero- varias cajas: con zapatos, ropa de cama y todo aquello que fuera necesario para el uso cotidiano. Las cajas solía decorarlas con todo tipo de motivos pictóricos. Poniendo un poco de interés en ello lograba elevarlas a la categoría de obras de arte, sorprendiendo a todos los que nos visitaban. Llamaba a la exposición: “El cielo de los ateos”.

A la casa le pertenecía un pequeño patio de unos quince metros cuadrados, con una higuera en el centro. Su fruto era exquisito, celebrado tanto por mi madre y yo como por los pájaros que conocían ese manjar. Pero no quiero aburrir con este recuento de mis vivencias pretéritas marcadas por mi cuna, sino lo que me sucedió un día de camino a casa; puedo adelantar que fue algo increíble.

Intentando hacer memoria, creo que el origen de este hecho se remonta, más o menos, a cuando la fábrica en la que trabajaba acabó despidiendo a toda la plantilla. Los dueños habían decidido, por ser más rentable, llevarla a Laponia. Nos ofrecieron mantener el puesto de trabajo si nos trasladábamos a ese lugar. Es casualidad que no pueda con los inviernos, pues el frío me llena el cuerpo de habones, motivo suficiente para rechazar la oferta. Sentí verdadera pena, de verdad, por la pérdida de ese trabajo. Un trabajo que lograba llevarme a unos mundos maravillosos. Me encargaba de encolar las suelas, para pegarlas posteriormente en la piel de los zapatos montados en una horma. El olor que desprendía el pegamento me tenía toda la jornada laboral en un estado de ilusión y optimismo. Como dije, si no fuera propenso a los habones, por mi alergia al frío, no me hubiera importado colaborar con la empresa.

Al no tener ningún escrúpulo para adaptarme a cualquier empleo, al final acabé siendo uno más entre los trabajadores autónomos. Cuando agoté la ayuda por desempleo se me ocurrió entrar en el grupo de los emprendedores, creando mi propia empresa. Me dedicaba a sustraer el papel de los contenedores de reciclaje, que luego vendía a los chamarileros. Con ello podía resolver algunas de las necesidades más elementales y maquillar las privaciones.

En una ocasión de vuelta a mi domicilio, para mi sorpresa, una vez terminada la recogida de prensa y vendido todo el género, me fue imposible abrir la puerta de la entrada a mi casa. Ni la llave ni la cerradura eran capaces de entenderse en lo esencial. Mi primera ocurrencia fue la de pensar que la cerradura había sido manipulada para allanar mi casa y robar, aunque lo único interesante que se podían haber llevado era la higuera, ni siquiera los higos al ser diciembre. Después de un breve razonamiento descarté esa idea peregrina y pasé a creer que por el pedo que llevaba me pude equivocar de puerta. En esa fecha los contenedores de papel estaban a rebosar. El motivo era que unos días antes se había celebrado el sorteo de la lotería de Navidad y los quioscos de prensa agotaron sus existencias. Y, por supuesto, lo celebré como si fuera uno de los agraciados de esos premios al tener en mi bolsillo el triple de ganancias de un día normal… Podía estar beodo, pero no gilipollas.

No tardé en recordar que me habían notificado, unos meses antes, el desahucio por falta de pago de la hipoteca. Al ver a unos pocos metros de la puerta de entrada a la casa una de las cajas colgantes, en la que estaban depositados dos de mis pantalones, tres camisas, un jersey, los utensilios de afeitar y alguna cosa más, fue lo que confirmó mi sospecha. Me dieron con mi puerta en las narices. No podía ser otra cosa que no fuera la falta de pago de la hipoteca, al no tener, que yo recuerde, ningún otro delito en mi haber.

Con mi nueva posición social deambulé con esa edad en la que vales por lo conseguido, mis propiedades eran copia exacta de las del caracol, y con una imaginación que inventaba los recuerdos. Aunque todo esto sería agua pasada al sucederme un hecho inesperado, lo que iba a provocar un giro en mi vida.

Como ya comenté fue de camino a casa. En el trayecto tenía que pasar por una calle en la que se encontraba un cine abandonado a su suerte. Tenía por costumbre acercarme a una de sus cuatro puertas de estructura de madera y cristal, protegida con un cierre de fuelle metálico. Solía apoyar mi frente lo más cerca posible de uno de los cristales vestido con la suciedad del tiempo, con la intención de observar el interior. Trataba de escudriñar si seguía en su letargo a la espera de ser rescatado por los personajes a los que promocionó en otro tiempo. Pero su comportamiento era más parecido al de la Bella Durmiente, esperando al Príncipe de la Piqueta. Sin embargo, ese día fue diferente para mí. Dentro del cine pude ver a unos gatos realizar unos movimientos extraños con sus ágiles cuerpos. Estos mortales ejecutaban una danza difícil de definir al no tener ninguna referencia con la que pueda compararla. Lo que sí puedo afirmar es que eran cuerpos desinhibidos, con la sensualidad a flor de piel. Daba la sensación de que, a pesar de la dificultad que entrañaba llevarla a cabo, no les costaba ningún esfuerzo hacerlo. Tuvieron un momento de gloria cuando descubrieron que yo los miraba, con cara de asombro. Lo digo porque sus cabriolas, contorsiones, e incluso una acción que realizó uno de ellos, logrando congelar el movimiento en el aire, pretendían, o eso me pareció a mí, dedicarlos al público, en este caso al mirón encarnado en mi persona al ser el único espectador que tenían delante de sus narices. Una vez terminada su exhibición se sentaron unos segundos frente a mí, que se lo agradecí con unos aplausos, retirándose después en fila de a uno hasta perderse en el interior del recinto.
A veces dudo si este episodio pudo haber ocurrido de verdad al tener a día de hoy perturbadas mis facultades mentales. No sé a ciencia cierta qué camino tomar en estas circunstancias. Pero tengo la convicción de que al dudar encuentro mi cordura. Yo creo que el cerebro es capaz, si lo ejercitamos, de indicarnos -y así compensar nuestros desvaríos- la puerta de salida del laberinto de nuestros dogmas, lo que nos ayudaría a escapar de la superstición y la ignorancia. Es necesario recorrer todos los caminos que te ofrece la herramienta del pensamiento para poder cuestionar a dioses y profetas, logrando, de esta manera, poner en duda la existencia de la autoridad divina que los charlatanes te venden en sus bazares catedralicios.
Pasados unos días de la representación de los gatos a mi madre la ingresaron en el hospital, falleciendo a las pocas horas. Este hecho me llevó a una situación de desafecto de todo lo que me rodeaba y a un abandono absoluto de mi persona.

Me olvidé por completo de esos morroños que un día me sorprendieron con una extraña ceremonia. Hasta el desahucio, unido a una temporada relato4en refugios de cartón, me pasaba la mayoría del tiempo sin ningún interés por nada. Eso sí, nunca dejé mi trabajo de reciclado de prensa, al que complementaba con la de recogida de comida desechada por los restaurantes y supermercados.

Como todo en esta vida tiene su principio y su final, mi voluntad rompió con ese círculo vicioso que me tenía atrapado. Una vez superado mi desconcierto traté de buscar un techo para ubicar mi domicilio, que me diese, al mismo tiempo, seguridad e independencia.

En una ocasión en la que me encontraba montando mi cama en la puerta del cine vi a un gato entrar por un callejón sin salida, que separaba a este edificio de otro. Era algo estrecho y largo, protegido con una puerta metálica que impedía su acceso. Tenía el convencimiento de que el propietario de uno de los dos edificios no había aprovechado todo el terreno que le pertenecía, restando ese espacio por alguna ordenanza que le obligaba al tipo de uso que le quería dar a su negocio.

Una noche, cuando la calle estaba desierta, forcé el candado de la puerta, y con el apoyo de una linterna me dispuse a buscar una gatera para introducirme en el local. Tuve la suerte de encontrar en la pared del cine dos aberturas tapiadas, casi juntas, de un metro de largo por medio de alto cada una, muy cerca del suelo. A una de ellas le faltaba un ladrillo, agujero suficiente para colarse un gato. Aproveché la gatera para retirar los ladrillos pertinentes a patadas, logrando que mi cuerpo exento de grandes comilonas pudiera introducirse. Como soldado en una batalla penetré por ese boquete, atravesé la muralla con más o menos dificultad, me arrastré por un piso sembrado de escombros, sufriendo la pérdida de la pernera izquierda del pantalón.

Una vez en el interior, de pie, con parte del cuerpo cubierto de arañazos y con pinta de deshollinador, me di cuenta de que el lugar donde había aterrizado eran los urinarios de caballeros. Existían, en buenas condiciones, algunos de esos orinales que se utilizan para mear de pie mirando a la pared. Nunca me gustaron este tipo de orinales. No sé si por relacionar algunas historias que me contaron de pequeño con esta manera de cambiarle el agua a las aceitunas. Había oído que en la época en la que se dedicaron a exterminar a los republicanos españoles los llevaban a cualquier lugar para quitarles la vida. Me imaginaba a toda esa gente meando de cara a la pared esperando una bala por la espalda. ¡Qué grima! No quiero abundar más sobre ese lamentable periodo de nuestro pasado, pues quedó zanjado en un abrir y cerrar de ojos, logrando que todos los habitantes de este país consiguiéramos el título de demócratas sin mácula alguna…
¿Por dónde iba?… ¡Ah, sí! Una vez dentro me dispuse a recorrer el palacio de sueños perdidos, con el único deseo de encontrar el lugar idóneo para establecer mi hogar. Al salir de los urinarios fui a dar con un gran vestíbulo desde donde se podía divisar la calle a través de las cuatro puertas de entrada al cine. El vestíbulo, como foso que rodea a un castillo, separaba la entrada al cine con la platea y a dos escaleras laterales que llevaban al gallinero. De sus paredes, tapizadas con una tela de color carmesí, desgarrada y descolorida por su edad, colgaban fotografías en blanco y negro de algunos de los grandes de la escena cinematográfica, como: Charles Chaplin, Katharine Hepburn, Rita Hayworth, Humphrey Bogart… Iluminé a Charlot, y me miraba con pánico creyendo que le confundía con un pavo. Recordé a la joven rebelde en la película Holiday.

¡Qué espectáculo me ofreció la que estaba a su lado haciendo un estriptis de sus bellos brazos! Tenía frente a mí a un hombre regentando un café, y que en el pasado luchó al lado de la República Española para parar al fascismo. Apagué la linterna unos segundos para ayudar a mis recuerdos. Sin apenas esfuerzo me vino ese sonido tan característico cuando en las butacas se relajan los cuerpos, pasando del bullicio al silencio expectante en el momento que el chorro de luz y sombras chocan en la pantalla; y allí sentado, con los bolsillos llenos de frutos secos como merienda, se encontraba un niño a la espera de que le ofrecieran una vida diferente.

Después de ese momento delicioso traté de recorrer el local con la idea de encontrar el sitio idóneo para instalarme. Me dirigí al patio de butacas a través de una puerta de dos hojas forradas de piel negra, excepto en la parte central que se repartían a partes iguales un círculo de color rojo; bordeaba la circunferencia que formaban, como adorno, unas chinchetas con cabeza dorada. La puerta se abría con el mismo sistema que las de los bares del antiguo Oeste. La abrí como lo había visto en esas películas de gatillo fácil; y al igual que Campanilla, la compañera de Peter Pan, sazonaba los cuerpos de los niños para que pudieran volar, del aleteo de la puerta voló una nube de polvo que al disfraz que llevaba lo elevó de categoría. Una vez dentro me encontré con un auténtico cementerio de butacas arrancadas. Sin el alfombrado el suelo dejaba desnudo al cemento, salvo pequeños fragmentos de la moqueta que se habían negado a irse del que había sido su compañero y sufridor de tantas pisadas. Cuando iluminé a la pantalla grande me fijé en que parte de ella ya no existía, mostrando en su lugar las costillas, destinadas en otro tiempo a sujetar un cuerpo nacarado.

A duras penas me acerqué a una puerta disimulada que había en un lateral de la pantalla, a la que tuve que forzar con el hombro al estar desencajada. Subí unas escaleras que me llevaron a la parte de atrás; me encontré con un suelo de tarima en muy buenas condiciones, en comparación a lo que había visto hasta ahora. Era el escenario de un antiguo teatro que pasó a utilizarse como salón de cine; aún se mantenía en buen estado su tramoya. El espacio era bastante amplio y seguro para establecer mi dormitorio en este sitio. Incluso tenía al lado varios camerinos del fenecido teatro que disponían de retrete, de esos a ras del suelo, con su correspondiente cisterna, con un tirador de cuerda colgante que probé y funcionaba. Un lavabo y una ducha sin alcachofa que aún servían. Este lugar era el idóneo para que no te sorprendiera nadie, pues tenían que pasar por el campo minado de butacas y cascotes antes de aparecer en el escenario. También podía utilizar como mirilla los agujeros de la pantalla para decidir la respuesta más adecuada.

Me entretuve tanto tiempo en esto y en cómo iba a decorar mi nuevo hogar que no puse atención a que la carga de las pilas de la linterna se habían agotado. Al recogerlas de uno de esos depósitos de reciclaje ya se sabe el poco margen que tienes para disfrutar de todo su esplendor. Menos mal que a través de una claraboya pasaba un hilo de luz producido por el proyector de la luna. Cuando acomodé mi visión todo lo que pude a la oscuridad del recinto divisé por primera vez en un rincón, a una distancia de unos veinte metros, una especie de lucecitas muy cerca del suelo, simétricas de dos en dos, de un amarillo brillante. Supuse que si se iluminaban era porque en el lugar en el que me encontraba, tal vez, disponía de servicio de electricidad.

Tan solo era necesario dar con el mecanismo de la fuente eléctrica. Fui arrastrando los pies, según me iba desplazando, para no tropezar con algunos de los objetos que se encontraban esparcidos por el escenario. Hubo momentos, según me acercaba a las luces amarillas, en creer que estas cambiaban de posición. Lo atribuí a la interpretación que hace el cerebro cuando sus exploradores visuales no reúnen las condiciones para cumplir su cometido. Al llegar a la pared donde se encontraba el efecto lumínico tuve la intención de localizar algún interruptor, o la fuente de alimentación de esa luminiscencia. Examiné el muro al detalle, sin ningún resultado. Salvo unos cuantos arañazos que recibí de una pandilla de gatos cuando estuve a punto de meterle el dedo en un ojo a uno de ellos.

Así nos presentamos, y así fue como recordé que antes de querer establecer allí mi nuevo hogar, estos gatos, a los que había visto en tiempos practicar una danza extraña, eran oriundos de este territorio.
Ante este hecho lamentable me propuse sin dilación ganarme su confianza para que me admitieran en sus dominios. El comienzo, la verdad, no había resultado como para confiarme su casa. Mi torpeza, que casi provoca una agresión, me dejaba en un mal lugar. Teniendo en cuenta que los gatos deben tener la mosca detrás de la oreja cuando se les acerca un humano, por la alegría que nos da a causa de torturar a todo ser viviente, pues ya me dirán. Tomé la decisión de retrasar mi ubicación al hacer una temperatura agradable todavía para dormir a la intemperie, e intentar acercarme a ellos poco a poco, hasta que me tomaran cierto afecto, o, al menos, no vieran en mí un peligro.

Iba todos los días y a la misma hora a ofrecerles algún presente: pescado cocinado, carne en conserva y otras exquisiteces que conseguía de la despensa de los sobrantes. Al principio, no se atrevían a tomar nada en mi presencia. Lo que hacía era colocar el alimento en su territorio y retirarme después a un camerino a repasar la prensa.

Solían ser periódicos atrasados al ser parte del producto de mi trabajo. Tenía la posibilidad de enterarme de las corruptelas de unos y otros; pero lo más cojonudo era que jugaba con ventaja al conocer el resultado de las promesas que algunos vertían en los escritos. Si leía lo que exigían a los demás pero que ellos no practicaban, la realidad se mostraba con crudeza ante sus patrañas. Sabía al momento que estos individuos hacían todo lo contrario de lo que habían prometido en sus declaraciones impresas. Era la hostia poder llegar a esa conclusión con solo retrasar unos días la lectura de sus promesas. ¡Joder!, si leía que no iban a tocar esto, lo otro y lo de más allá, ¡zas!, resultaba que lo habían tocado todo, y a peor. Si de algo me sirvió esa ventaja fue para aprender a tener claro que una cosa es predicar y otra la de dar trigo. Me desagradaba sobremanera descubrir que lo que pretendían era que comulgáramos con ruedas de molino.

¡Qué gran credulidad la de los embusteros! Incluso creen que son creídos.

relato148Una vez calmado mi enfado, por las falsas promesas de estos tramposos y el grado de putrefacción a lo que había llegado este país, me pasaba por el comedero de los gatos a ver si se habían zampado la comida. A la vez que los atiborraba de alimentos solía llevar alguna pertenencia para formar mi hogar, utilizando la abertura de las ventanas que agrandé hasta que entrara un colchón desechado. Durante todo el tiempo que tardé en mi traslado duró el impuesto que tuve que pagar por el terreno que me cedían para instalarme en su territorio. Fue un acuerdo tácito que culminó sin ningún conflicto.

Nuestra relación, siendo distante, consistía en un respeto mutuo, sin traspasar los límites de una educación bien entendida. Teniendo en cuenta lo propio de cada uno éramos contrarios a cualquier manifestación xenófoba que se presentara. Mi relación con ellos era la típica: Aquí os dejo un trozo de carne de mi cena. ¡No sigas jugando con mis calcetines que me los vas a romper!, y cosas así. Es evidente que yo era el único que hablaba, como pueden imaginarse, pero los muy listos me entendían sin ningún problema; lo demostraban con movimientos de cabeza, rabo y alguna que otra miradita entre ellos. En definitiva, los gatos hacían su vida y yo la mía. De lo que se trataba era que en la convivencia nos lleváramos lo mejor posible.

Hablando de esto último, sí que tuve un pequeño roce con los gatos por algo mío que los ponía de los nervios. Yo había montado mi dormitorio cerca del de ellos. Pensé que era la mejor alarma que podía tener ante cualquier evento que se presentara; conocía la capacidad de muchos animales para detectar con tiempo cualquier catástrofe natural y poner pies en polvorosa antes de que les ocurriera una desgracia. Es como si tuvieran un mecanismo natural desarrollado para ello. Y es por eso por lo que puse mi cama lo más cerca posible de la de los gatos.

Este acercamiento fue lo que provocó que todas las mañanas al despertar me encontrara una serie de cacas de gato alrededor de mi cama. Pero claro, me era imposible entender que, sabiendo que estos animales son bastante limpios, se cagaran de esa manera. Al principio hice algún comentario en voz alta, para que se dieran por aludidos, pero ni flores; un día sí y otro también rodeaban, durante la noche, mi colchón con sus excrementos. La verdad, empezaba a estar un poco harto de esas marranadas. No entendía el porqué de ese encarnizamiento conmigo. Si yo no los había provocado por qué esa cochinada. Una noche decidí hacerme el dormido para intentar pillarlos en el ajo. No sé si ellos fueron conscientes de que los estaba vigilando, pues esa noche las cacas no aparecieron. Al ver que ya no defecaban volví a dormir a la noche siguiente. ¿Qué creen que pasó? Lo de siempre, que al despertar me encontré que las ensaimadas volvían a marcar el perímetro de mi cama. Pero esta vez lo habían hecho con saña. Me imagino que tenían almacenado en sus intestinos todo lo que no habían soltado en la noche de marras.

Estaba tan indignado que me propuse no pasar un día más, costara lo que costara, sin solucionar este ataque a la decencia por parte de estos gatos rebeldes. Volví de nuevo a disimular que estaba dormido. Y nada de nada, excepto que al día siguiente me caía de sueño. Lo intenté varias noches seguidas obsesionado con resolverlo y acuciado por el sueño que iba acumulando. En una de esas vigilias voluntarias me quedé dormido, vencido por el cansancio. Un ronquido superlativo producido por mí me hizo despertar. En ese mismo momento noté que algo se movía alrededor de mi cama; sigilosamente alargué el brazo hasta alcanzar la linterna que descansaba en un taburete, haciendo uso de ella, siendo testigo en ese mismo momento de las deposiciones que estaban llevando a cabo los gatos. Al observar mi cara de sorpresa no crean que se inmutaron. Al mismo tiempo que seguían estampando su protesta empezaron a emitir a coro unos maullidos a lo rebuzno. Enseguida me di cuenta de cuál era el motivo de su cabreo. Mis ronquidos desquiciaban a los gatos, sobre todo a los más pequeños, al ser un sonido brusco producía todo lo contrario al ronroneo al que estaban acostumbrados.

Como tenía claro la dificultad de combatir mis ronquidos traté de resolverlo con música. Disponía desde hacía tiempo de un radiocasete descatalogado y un gran número de cintas grabadas que tuve la suerte de encontrar en buenas condiciones en los grandes almacenes de los mendigos. En una de ellas estaban grabados, me imagino que por un ornitólogo, los trinos, graznidos y todo lo que las aves en libertad emiten por sus pescuezos. Esta prueba no pasó la primera noche. Cuando llegó la hora de meterme en la cama para dormir puse en funcionamiento el artilugio a un volumen que pudiera solapar mis ronquidos con los agradables sonidos de los pájaros.

La verdad sea dicha: me costó un huevo conciliar el sueño con un pertinaz pájaro carpintero que estuvo taladrándome el cerebro durante más de veinte minutos. Pero, por otro lado, daba gusto ver a los gatos divertirse de lo lindo con lo que oían. Lo que me hizo entrar, poco a poco, en un estado de somnolencia irreversible, resuelto por ellos mismos saltando como locos por encima de mí, con el propósito de desplumar a todas las aves que se encontraban enjauladas en el radiocasete. No fue buena la idea de poner a los gatos junto a estas aves, aunque fuera de manera virtual.

Lo resolví al final con una obra de ingeniería y algo de creatividad que aprendí en mis tiempos de penuria. Se me ocurrió acercarme a una de tantas urbanizaciones en construcción que proliferaban por toda la ciudad. Las cruces metálicas, a las que adoraban los creyentes, te marcaban el camino de lo que iba a ser la penitencia del futuro. En uno de los contenedores de obra hallé el material necesario para crear un gran cajón con tapa. Pegué unos recortes de corcho blanco hasta formar un ataúd en el que entrara el colchón. La primera noche que lo utilicé resolvió el problema con los gatos, pero yo casi me muero asfixiado. Volví de nuevo a las obras, recogiendo un tubo flexible de aluminio de unos diez centímetros de diámetro para crear un respiradero. Hice dos agujeros, uno en la pared del camerino que tenía al lado y otro en mi féretro, cada extremo del tubo lo acoplé en sus correspondientes orificios. Se trataba de poder respirar y que los ronquidos no los oyeran los gatos.

Se preguntarán si con eso se resolvió el problema. Casi sí. Surgió otra dificultad para mí, porque los gatos durmieron como unos benditos. El túnel, que es así como habría que definir al tubo en esos momentos, lo había utilizado una rata para colonizar mi territorio. Esta partió del mismo camerino con el que estaba unido mi cajón de cama. Supongo que olfateó un bocata a medio comer que había dejado en mi guarida, e intentando aprovecharse de mi sueño la llevó a patearme la cara y a darme un susto de cojones. De vuelta a uno de los contenedores de obra no tardé en encontrar unas rejillas que adapté y coloqué en cada extremo del tubo, y poniendo una tabla, por seguridad, como tapadera en el retrete culminó el litigio que tuve con los mininos.

Solía quedarme en casa todo el tiempo que podía ojeando los libros que rescataba de los contenedores de reciclado. Salir al exterior lo hacía para ganarme el jornal y, por supuesto, a por la provisión de alimentos que pudiera necesitar. Esto último sucedía a altas horas de la noche, con las calles prácticamente desiertas, los gatos haciendo su ronda y con las luces que apenas conseguían pintarte de color. Era entonces cuando mi presencia, diluida en la oscuridad de las luces que no llegan, se hacía ostensible en el reino del despilfarro. No solía tener problemas de comida al estar los contenedores de basura a rebosar de los alimentos que otros desechaban. Sinceramente, me desenvuelvo muy bien en este menester, se lo debo a la experiencia adquirida, lo que me ha llevado a convertirme en un gourmet de los despojos.

Una de esas noches que salí a buscar alimento me crucé con mis compañeros de piso tratando de subirse a uno de los contenedores que estaba repleto de bolsas recién sacadas de un restaurante a punto de cerrar. Los ayudé a bajar del contenedor todas las bolsas que pude para que ellos eligieran la que más les conviniera. Seguí mi camino, y a unos cincuenta metros de donde se encontraban los gatos me topé con mi despensa. Cargué en varias bolsas lo que estaba bien empaquetado o en tarros sin abrir. Esa noche se conoce que las tiendas de la zona se habían puesto de acuerdo en revisar todo lo que tenían caducado. Me disponía, cargado de viandas, volver a casa cuando vi venir a uno de los gatitos, al que conocía bastante bien por ser un juguetón con mis pertenencias; realmente le tenía mucho aprecio por ser el único que se molestaba en acercarse a mi dormitorio a hacerme compañía. Venía todo el camino dando tumbos y maullando a moco tendido. Me paré un instante para observarle detenidamente, pues me parecieron raros sus andares, como si le costara caminar a pesar de que lo hacía, llevando la cabeza, diría yo, gacha. Sus movimientos eran los de un paquidermo, pero no los de un animal de su talla.

¿Quién ve una cosa así y no se para, incluso le dice algo para que cambie su actitud y se comporte como un gato? Yo lo hice. Aunque no tengo experiencia en mascotas, al no haber sido poseedor de ninguna, sí había visto cómo se comunicaban con sus dueños. Hablé con el gatito como si charlara con otra persona. En algunas ocasiones había reparado en las cualidades de ciertos animales para entender lo que sus amos les decían, y, por tanto, me imaginaba que en este caso podía ser también así. Yo creo que entienden más de lo que demuestran; supongo que es una defensa ante la obediencia imperativa que les demanda su patrón. El no hablar les viene de perlas para no tener que justificar lo que hacen. ¡Ojalá nadie descubra cómo lograr que estos animales digan lo que piensan!, sería su ruina.

Pero quiero retomar de nuevo lo que me aconteció con este minino. Me puse delante de él, hablándole con mucho cariño, como hacen los padres con sus bebés: Vaquita, ¿qué te pasa, hijo? Le llamaba así porque el dibujo de su pelaje era parecido al de las vacas lecheras que yo conozco: blanco y negro. Algo de suma importancia le tenía que suceder para mostrar esa actitud de enajenado. Nunca le había visto tan desesperado. Intenté averiguar qué era lo que le llevaba a esa situación. Así que, seguí dándole la vara. ¿Me vas a decir qué te ocurre? Tienes que contármelo para que te pueda ayudar. No había manera de que entrara en razón, se calmara y expusiera su pesar. Al fin y al cabo yo no era más que un humano para él, y con poca capacidad psicológica para detectar los problemas de su especie. Pero aún así insistí. ¿Quieres que te lleve con tu madre? Mira, está allí con los demás gatitos. Nada más terminar de decir esto su reacción fue sorprendente, dio un salto prodigioso, con ese instinto cazador que tienen todos los felinos, agarrándose a mi pie derecho como un náufrago a una tabla. Una vez colonizada mi extremidad empezó con unos estridentes maullidos que te desgarraban el corazón. Hice unos movimientos suaves con mi pie para que pudiera seguir su camino, y yo el mío, pero no hubo manera de que se fuera sin provocarle algún daño. Unido a los maullidos empezó a darse cabezazos contra mi zapato. Daba la sensación de que se castigaba por no haberse salido con la suya en algo de suma importancia para él. Su sufrimiento me dejó varios minutos sin respuesta alguna. Tenía en mi pie a un gato que pretendía mi ayuda y yo no sabía cómo dársela.

En esos momentos llevaba dos bolsas en cada mano de objetos varios que pesaban lo suyo y que llené gracias a la caridad de lo caducado. El resto de los gatos no se habían movido del lugar en el que los ayudé con las bolsas de basura, estaban festejando no sé qué a resultas de algo encontrado en una de esas bolsas. Ofrecí al pequeño mi cooperación para que pudiera divisar también a los otros gatos. Giré el cuerpo unos noventa grados, y una vez en esa posición forcé mi tobillo hasta lograr que mi pie derecho tuviera una postura patizamba, para que el minino pudiera ver a su familia y compañeros. Yo le animaba con gestos para que se decidiera unir a ellos, que era lo normal. El esfuerzo y la colocación rara de mi pie casi me ocasionó una caída, pero el desequilibrio producido por la contorsión que adoptó mi cuerpo hizo que una de las bolsas se me desprendiera de la mano y al caer al suelo se rompiera un tarro de pepinillos en vinagre que llevaba en ella. Pepinillos que son muy apreciados por mí cuando los acompaño con unas lentejas.

Con ese esfuerzo no conseguí ningún resultado, todo lo contrario. El muy pendón se agarraba con más ahínco a mi zapato, y elevando su cabecita relato70me miraba con sus ojos azulados tratando de que le echara una mano. ¡Qué situación!, pensarán; ¡no lo saben bien! Bueno, decidí hacer otra cosa. Dejé las bolsas en el suelo para ponerme a su altura, e intenté despegarle de mi miembro con carantoñas. Unos cojones, el muy bribón tenía las uñas preparadas para atacar la parte carnal de mi empeine en caso de que intentara lo que intenté. No había vuelta de hoja, o le resolvía el problema que tenía, sin saber lo que era, o me haría otro surco con sus garras. Estaba tan tenso por la situación que le pregunté como un gilipollas que qué quería que hiciera. Ni flores, todo era dolor para él y pérdida de tiempo para mí. Esto fue lo que me llevó a tomar la decisión de acercarme a los otros gatos.

Hay veces que por circunstancias ajenas a uno es necesario superar cualquier obstáculo que se presente. Y este era mi caso, producido por algo tan insignificante como un gato. Tenía que superar mi vergüenza al qué dirán si alguien me veía andar a la pata coja unos cincuenta metros con dos bolsas en cada mano y sin que el gato que llevaba en el pie sufriera daño alguno. Con un gran esfuerzo, pero asombrado por mi capacidad de conseguirlo, llegué a la gatería.

Una vez finalizado mi número circense observé que me esperaban formando un semicírculo, como si trataran de celebrar una de esas asambleas parlamentarias en las que se propone dar solución a un asunto importante, y llegada la votación se impone la disciplina del jefe de turno. Esto último me lo tomo a broma, los gatos no son unos borregos interesados. Mi deseo era que me solucionaran el asunto de mi pie. Me senté en el suelo con la idea de tenerlos lo más cerca posible. Extendí mi pierna, vehículo de mi desdicha, hasta sus morros, para que se dieran cuenta de que ese era el tema del que yo quería hablar y resolver. Estuve en silencio para ver cómo reaccionaban. Pasó un minuto, pasaron dos y no sé cuantos más. Ellos no se movían, ni yo tampoco. Me observaban, de la misma manera que yo lo hacía con ellos. A esto, uno de los gatos, algo mayor que el llorón, se puso a mi vera, y sin decir ni miau comenzó a mirarnos al Vaquita y a mí. Yo no le perdía ojo con lo que hacía. ¡En toda mi vida había visto una cosa igual!

Por primera vez contemplaba a un gato pensar. Emitía una opinión sobre la situación en la que nos encontrábamos el Vaquita y yo. Puse tanta atención a este suceso que llegué a oír lo que tenía en mente. El gato que se había fijado en nosotros se preguntaba: ¿Pero qué tiene que ver este pobre hombre con lo que le pasa a este mimado? ¡Joder, qué sobresalto me ocasionó su capacidad de discurrir!; le había entendido perfectamente con solo poner un poco de atención y no tener ningún prejuicio sobre él. Me dejó sin habla e incapaz de reaccionar después de eso. No me explicaba cómo era posible que un gato tuviera mayor predisposición al raciocinio que algunas de las personas con las que yo había tratado a lo largo de mi vida. ¡Era asombroso! Me sacó de esa situación la mamá gata, que dirigiéndose a mi huésped le recriminaba su conducta por no asumir que el momento de dejar de mamar había llegado para él, que no había vuelta de hoja a esa situación, que tenía que concluir con ese berrinche y actuar a partir de ahora como un joven adulto. Dicho y hecho. Se bajó de mi extremidad con una mirada cariñosa llena de pesar. Como pago a las molestias que me había causado aplicó unos lametazos al arañazo de mi pie. Respondí con una sonrisa, más parecida a una mueca, forzada por la tensión que me creó mi propio nerviosismo ante lo que había presenciado. No era capaz de asimilar la psicología de estos felinos. ¿Con qué perfil, a partir de ahora, tenía que describir a estos gatos? Fueron ellos, al formar un círculo conmigo los que consiguieron sacarme de mi imbecilidad de creyente superior. Se tomaron el tiempo necesario, con gran paciencia, a que corrigiera la longitud de mi visión, visto lo visto, más allá de mi ombligo.

Los gatos, muy dadivosos, me ofrecieron en una hoja de periódico usado como mantel todo lo mejor que habían encontrado en las bolsas de basura. Fue una cena de iniciación a un mundo nuevo para mí. Me resultó complicado, de la noche a la mañana, superar lo que se había grabado en mi cerebro durante tantos años. Lo primero que se me ocurrió fue intentar entablar un dialogo con los mininos, como hace nuestra especie cuando participa en una comida con otras personas, aunque lo que se diga no sean más que chorradas. Ellos no pusieron la menor atención a lo que decía; es más, me dieron a entender con una sutil mirada que en esos momentos el silencio era lo que procedía. Fue un gran esfuerzo por mi parte lograr comer y callar, dado que necesitamos usar, la mayor parte de las veces, las palabras para embaucar al ignorante. Pero como yo estaba, de una vez por todas, decidido a romper el muro que impedía expulsar al troyano del miedo que se había instalado en mi vida acepté la sabia sugerencia de los gatos. Cenamos en silencio. Pero yo intuí que a partir de esa primera comida que hacíamos juntos, los gatos me acogían como a uno más de la familia.

El restaurante que eligieron era especialista en hacer un exquisito guiso de carne de perdiz y una tarta de licor. Y cuando digo de licor es que era de licor, no de agua azucarada.

Los gatos le ofrecieron al Vaquita la parte mejor de la carne, por eso del destete, y la tarta de licor a mí que era el único que me la podía comer sin hacerme daño. Al Vaquita, le vi disfrutar de la comida como si fuera un Bocatto di Cardinale. Seguro que eso fue lo que le animó a montar su espectáculo. De nuevo iba a tener la ocasión de presenciar lo que me dejó la primera vez con la boca abierta. Pero ahora sabía que era especial para mí al ser uno más entre ellos.

Producto del placer que le había causado zamparse sus necesarias proteínas se tumbó boca arriba, mostrando sus genitales. No tardó nada en levitar hasta alcanzar algo más de un metro del suelo. ¡Era prodigioso ver aquello! Pero no se quedó solo en eso, al poco de llegar a ese punto pude ver en la misma horizontal y a una distancia de algo más de un metro aparecer a otro gato idéntico a él. Tuve que pegarme un lingotazo de un cartón de vino que llevaba en uno de los bolsillos para despejar un poco mi mente. No daba crédito a lo que veía. Era tanta mi curiosidad que alargué el brazo para tocar al Vaquita que yo creí que era el auténtico, el de la levitación. Al acercar mi dedo índice a su pelaje, sin saber por qué, éste se esfumaba para aparecer en otro lugar. Los dos, quiero decir uno, siendo dos al mismo tiempo, me miraban con una sonrisa tratando de ver si conseguía desentrañar el misterio. Yo soy muy torpe para comprender este tipo de arcanos: que dos son en realidad uno, que uno es al mismo tiempo dos, que… No voy a seguir adentrándome en este negocio porque me lío de nuevo como con ese otro misterio de uno y trino al mismo tiempo.

Un nuevo lingotazo de vino me animó a desenmascarar el número de ilusionismo con el que me estaba liando el pequeñín. Me dirigí a uno de ellos para agarrarlo, cogiendo la nada, pues el gato desaparecía de ese lugar para surgir más allá. Harto del jueguecito del que tanto se divertían los gatos decidí no moverme más, cargado ya de vino hasta los calcañales.

Me puse a imaginar, con lo que me pesaba la vida, poder estar en un estado de ingravidez como lo disfrutaba el Vaquita. Estaba tan ensimismado con esa idea que no fui consciente de que él había descendido, posándose en mis piernas. Le recogí en mis brazos, agradeciéndole el número de magia que me había ofrecido. Era tan feliz que empecé a recuperar el deseo de vivir.

Al poco de terminar con su exhibición el resto de los gatos comenzaron a hacer con sus cuerpos cosas inverosímiles. Saltaban a la pata coja, se alejaban del suelo a distintas velocidades, giraban hacían un lado y luego hacia el otro… Eran capaces de suspender sus cuerpos en el aire y corretear sin que la atracción de la tierra los estampara contra el asfalto. Mi recompensa a las habilidades de mis amigos los gatos fue la de aplaudir y vitorearlos como un poseso. Sus movimientos imposibles producían en mí un estado de euforia tal que eliminaba todo freno para empinar el codo. Fue una noche inolvidable, y el comienzo de una gran amistad.

Al día siguiente… Creo que fue al día siguiente, y no sé por qué razón, amanecí tumbado en el exterior de una de las puertas del cine tapado con varios cartones. La cabeza me dolía un poco, con los pantalones meados y hecho una piltrafa. Aún quedaba algo de vino y lo apuré para mitigar el malestar que padecía. A mis pies tenía al Vaquita que dormía plácidamente. Me incorporé con sumo cuidado para no despertarle. Ese día tocaba ir en busca de unos pantalones que sustituyeran a los meados.

Había conseguido con maña abrir los contenedores de ropa y calzado que estaban repartidos por la ciudad, gracias a unos listillos que hacían negocio con ello. Lo consideraba mi ropero, al que acudía para vestirme cuando lo necesitaba.

Me encontraba pegado al recipiente del que había sustraído unos pantalones de color negro, que eran los que yo elegía, siempre que podía, por ser más sufridos, cuando vi acercarse a una señora más o menos de mi edad, pero con mejor presencia que yo. Venía con una bolsa llena de ropa para depositarla en el contenedor. Como yo estaba en ese instante intentando ponerme los pantalones con bastante dificultad, la señora al verme bailar a la pata coja, e incapaz de atinar con mi pie en la pernera del pantalón, quiso ayudarme al creer que aquello iba a acabar dándome un porrazo contra el asfalto. No se equivocó, lo que no tuvo en cuenta es que al suelo íbamos a ir los dos. Menos mal que ella cayó encima de mí.

Hasta aquí todo normal, dentro de lo desternillante que pudo ser la escena. Lo que hay que destacar de esto es que en esa posición en la que nos encontrábamos duró más de lo que cualquier mortal puede imaginar. Una señora, con cierto atractivo todavía, se encontraba pegada a mí sin producirle asco. Yo, sin ninguna intención de retenerla en mis brazos, que fue la primera reacción que tuve para que en la caída no se dañara, no noté en ningún momento que ella hiciera el más mínimo ademán para desasirse de mí.

Al igual que un suicida consigue recordar los momentos más significativos de su vida, desde que ve aparecer el tren en la lejanía hasta que este le ayuda a solucionar su sufrimiento, a mí me ocurrió algo parecido. Era como si mi cuerpo escaneara al de esta mujer por ver si lo reconocía el archivo de la memoria. A pesar de que nos habíamos convertido en meras caricaturas de lo que fuimos, y era complicado reconocernos en el espejo del otro, algo de mi interior escarbó en la tumba donde se encuentran todos los personajes que han conformado nuestra existencia, para levantar al que había sido sustituido por una cadena de barcos sin rumbo. Un susurro al oído me sacó de esa insoportable resurrección.

—¿Se ha hecho daño?

—Afortunadamente he salido ileso de esta. Fue mi respuesta, con la siguiente pregunta: ¿Y usted?

—Yo tampoco, gracias a Dios.

Tenía la sensación de que a ella le parecía muy normal la posición en la que nos encontrábamos. Yo, como no quería contrariar a la señora, -a pesar de que empezaba a sentir que el peso de su cuerpo me convertía en la mortadela de un bocata en las manos de un hambriento- seguí con el palique.

—Es curioso que después de tantos años nos volvamos a encontrar de esta manera. No me…

—¡Mariano, ¿pero qué dices?! El domingo pasado fuimos a misa juntos, noto que te falla la memoria.
Creo que me estaba confundiendo con otra persona, pues ese no es mi nombre. Ante tal dislate no se me ocurrió otra cosa que preguntarle por la única hermana que tenía, para que la conversación tuviera algún sentido.

—¿Qué ha sido de tu hermana Pepita?

—¿De qué hermana me hablas?, no tengo más que un hermano.

—¡¿Cómo un hermano?! Que yo recuerde solo erais dos hermanas en la familia, tú y Pepita.

—Quien tenía una hermana era mi hermano.

relato69La situación se estaba prolongando demasiado y tomando un derrotero incomprensible para mí, aparte de empezar a dolerme la cabeza. No era posible que después de largos años sin vernos nos comunicáramos de esa manera tan absurda. Menos mal que hubo un período de silencio, que una vez finalizado nos llevó, como uno se puede imaginar, a seguir por un callejón sin salida. Y ahí va lo que sigue:

—Sabes una cosa, mamá quiere que me case con Juan, él pertenece a una familia con recursos. Y tú deberías casarte con Mariano. No es guapo, pero sus padres tienen una sastrería que heredará el día de mañana. ¿No te parece que es lo mejor?

En ese momento no sabía si yo era el ingenuo adolescente, Mariano, su hermana Pepita o la madre que la parió, pero la realidad era que la edad le había causado un trastorno mental que hacía que confundiera todo. ¡Joder, estaba peor que yo, y ya es decir! Para salir de este embrollo le prometí que lo haría. Sí, lo de casarme con Mariano. ¡Valla chasco! Traté de escabullirme como pude, y al intentar levantarla noté que confundía la posición horizontal con la vertical al abroncarme para que no la tratara de tumbar. Menos mal que la pobre no pudo recordar su adolescencia para contrastarla con lo que tenía delante: a un dinosaurio en proceso de extinción. Quien lo desee que saque sus propias conclusiones en un caso como este, pero yo como ya no soy aquel me la trae al pairo. No voy a seguir cansando a nadie contando que unos niños conocen por primera vez el amor, ¡tralará!

Después de mi encuentro con el pasado mi único deseo era volver a casa deprisa y corriendo. Quería hablar con mis compañeros de residencia sobre la posibilidad de que me pudieran dar algunas clases para conseguir hacer lo mismo que ellos, deseaba que me enseñaran sus habilidades, y, sin dudarlo, quería aprovecharme de ese conocimiento para dejar de ser un paria, salir del agujero en el que me encontraba y volver a recuperar el estado anterior a mi insolvencia. Podía ser una mina lograr dominar lo que hacían los gatos. Pero tenía que enterarme si alguien como yo podía llegar a tener esa cualidad, o era específico de los mininos. Como no hacía mucho había escuchado que una manzana solo se puede juntar con otra manzana y una pera con otra pera tenía mis dudas si a pesar de no ser un gato podía sumarme a ellos. Pero en este caso era importante no tener reparo en intentarlo y haber que ocurría.

Iba tan absorto con mi cuento de la lechera que tardé en darme cuenta de que todo el que pasaba cerca de mí me miraba con un cierto interés, manifestando cierta complicidad conmigo a través de su sonrisa. Era gratificante verles expresar con autenticidad sus risas, sin ese: ¡ji, ji, ji!, que algunos graznan cuando tienen que mostrar aprobación ante la gracia del gilipollas de turno. Se lo agradecí, según iba andando, con la misma muestra de empatía hacia ellos. Pero sucedió algo inesperado en el camino que me llevó a la realidad de la situación. Al pasar por mi lado una de las mujeres más bellas que había visto en mi vida, la Venus, hizo un respingo, como si se sintiera amenazada por algo que procediera de mi persona, lo que le ocasionó hacerse un lío con sus andares. Solícito intenté sujetarla para evitar que en su traspié no se fuera al suelo, produciéndola con mi actitud tal pánico que fue visto y no visto lo que tardó en recomponer su figura y salir corriendo.

Como ya había contado en relación a mi torpeza para ponerme los pantalones y, al mismo tiempo, las ganas que tenía de acabar con ese encuentro tan aciago, al final me olvidé de ponérmelos, allí se quedaron tirados en el suelo. Hay que unir a lo anterior mi costumbre de no obligarme a llevar calzoncillo, lo que me reporta rapidez en mi bajada de pantalones, porque las comidas que hago me suelen aflojar el vientre sin ningún freno. Y, lo más importante, al ir todo el camino pensando únicamente en el beneficio que me podía reportar la revelación del secreto de los gatos no tuve en cuenta que el pito lo llevaba al aire, y al fijarme en la joven se me puso como una estaca. Y eso fue lo que ocurrió, ni más ni menos.

Pero lo realmente significativo de toda esta narración, y el provecho que saqué de ello, es mi iniciación hacia el dominio de los secretos de los gatos.

Una vez aprobado y admitido por mi nueva familia tenía que superar tres fases. La primera tenía que ver cómo se comunicaban entre sí, necesario para poder entendernos sin errores en la transmisión de sus enseñanzas. No me resultó muy complicado dominar su lenguaje, al llevar bastante tiempo conviviendo con ellos podía descifrar muchos de sus gestos. Eso sí, tuve que acoplarme un rabo que manejaba con unos hilos, como se hace con las marionetas, para expresar mi estado de ánimo. La segunda fase estaba relacionada con la parte física y mental. Me quitaron la afición al alcohol, a comer lo que ellos, a unos ejercicios espantosos para mis vértebras y, sobre todo, a permanecer todo el tiempo desnudo, pues era necesario que durante el periodo de mi formación toda la energía invisible que llegara a mi cuerpo no la frenaran los textiles.

Una de las tareas más complicadas que me propusieron fue que mi dieta tenía que ser, como ya comenté, la misma que la de ellos: tenía que cazar y comer ratones. Tuve que aprender cómo hacerlo observándolos en su cacería: sigilosamente y al salto. La teoría no fue mi mayor problema, sino la cantidad de golpes que me di al llevarlo a la práctica. Solo consiguieron verme comer un par de ellos, con cabeza y rabo. El resto eran trozos de carne que recogía de los contenedores de basura para hacerlos pasar por roedores, engañando a los mininos. Uno puede llegar a comer todo lo que le echen en situaciones de extrema necesidad, pero es que lo de los ratones me era imposible. Hagan la prueba y verán. Si se comen un roedor me entenderán, sobre todo si te los tienes que tragar crudos. Otro de los ejercicios, dentro de esta fase, era la de desarrollar la imaginación con la intención de crear mundos ficticios. Con este asunto tuve una pelotera con ellos al no estar muy interesado en lo que me proponían. Defendí mi indiferencia a estos modelos por el daño que habían causado a la humanidad. Lo peor que llevaba era que me obligaban a convertirlos en sensaciones reales. ¡Era de locos! Al final transigí por la cuenta que me tenía, quedando zanjado el asunto. El gato que dirigía mi formación me aclaró que de lo que se trataba era para que pudiera crear mundos de ilusión en mis representaciones. Tuve la sensación de que se molestó por haberme empecinado con mi testarudez a perder un tiempo necesario, máxime cuando somos proclives a confundir ficción con realidad y ser unos fanáticos en defenderlo.

Todo discurría muy lentamente. Así pasé varios años de recortes y penurias. Hubo un momento en el que creí, al verme en un espejo, ser el vivo retrato de ese personaje de ficción algo esquizoide, el tal Quijano. Empezaba a tergiversar la realidad, a tener síntomas claros de demencia, en definitiva: a estar como una chota. A los gatos los puse al corriente de mi aspecto degradado; sin ninguna preocupación me indicaron que iba por buen camino para lograr el fin deseado.

No pasó mucho tiempo de esto cuando mi familia notó que mí físico sufría un deterioro exagerado, sumado a un trastorno de la personalidad preocupante. Por tanto, procedieron a dar por concluida la segunda fase del programa y pasar a la siguiente, la más importante de todas, que, por supuesto, no revelaré, pues estamos obligados bajo juramento a mantener el secreto de todo lo que acontece en esta asignatura. Eso sí, para no perder ese estado irreal que había logrado en el inicio, vital para mi completa formación, me obligaban a estar informado de todos los disparates de los prócer de la patria. Recibir un día sí y otro también sus mentiras y justificaciones me mantenía en un estado de idiotez crónico, lo que evitaba desviar mi atención en cosas banales.

Una vez graduado no se me ocurrió otra cosa que probar mis conocimientos en uno de esos zocos donde se mercadea con la soberanía de los ciudadanos. Desde siempre tuve curiosidad por conocer de cerca a estos comerciales que ejercen el poder de los ciudadanos contra los mismos ciudadanos. Mi idea era la de hacer uso de la palabra en uno de esos descansos entre subastas. Y algo parecido a lo que sigue era lo que quería que oyeran de mí:

“Señoras y señores, por su negligencia en operar con los títulos pertenecientes a los ciudadanos, los llamados: Soberanía del Pueblo, depositados ingenuamente en sus urnas de troleros; por su falta de diligencia en gestionarlos como se debe, a sabiendas de que esos valores son el bien más preciado de nuestra hacienda; por cambiar a propósito el significado de este valor por otro que no corresponde a su naturaleza; por llevarnos a la ruina y dejarnos en la más absoluta miseria, al apropiarse de nuestra soberanía con mentiras; porque la corrupción y su impunidad le sale, a más de uno, por los bolsillos, es por lo que les pido que devuelvan esos títulos, con todo su valor, a quienes les pertenecen; y antes de que a todos los gatos nos dé por pasar de la indignación a mano airada, salgan de aquí echando leches, para que podamos desinfectar este local y convertirlo de una vez por todas en algo decente, donde sea delito malversar la Soberanía del Pueblo”.

Quería valerme de lo aprendido para distraer a los vigilantes sin ningún problema, y entrar en el edificio del que soy copropietario. Acometí primero con el truco de la ingravidez. No sé si fue por ser un principiante, por la falta de fe en las fantasías con las que me habían educado los gatos, por no comerme los ratones, lo cierto es que me pegué un testarazo contra el suelo de padre y muy señor mío. Pero no me amilané por eso, de ninguna manera, continué con mi idea avanzando hacia la meta. Entonces decidí poner en práctica el otro truco, el de crear mi clon. Y este sí produjo el efecto deseado, incluso superó las expectativas. Si tomamos como ejemplo el famoso mito cristiano de la multiplicación de los panes y los peces puedo decir que lo que vieron mis ojos en ese instante fue la réplica de una misma persona ciento de veces.

Ante todo, quiero reconocer que, para no ser en un presuntuoso, los que realmente se multiplicaban eran unos uniformados. Supongo que mi ansiedad por conseguir mi deseo me jugó esa mala pasada; lo más probable fue que cedí mis poderes a un poli que pasaba por allí con un uniforme de película de guerra. ¡Joder, empezaba mi primer día de mago con el pie cambiado! Tuve que hacer una pausa para pensar qué era lo que estaba fallando para que todo saliera al revés de lo que yo me había propuesto… ¿¡Cómo podía ser tan obtuso y no haberme dado cuenta que la solución estaba en ejecutar el truco como lo hacían los gatos!? Lo puse en práctica poniéndome en cueritatis, para que mis pelotas tuvieran protagonismo, que era como se lo había visto hacer a mis compañeros de casa. Los replicantes sin demora, y todos a una, me mostraron su solidaridad dándome una tanda de hostias en el instante que me vieron de esa guisa. Su respuesta fue tan de repente que no me dio tiempo a comprobar si con mi desnudez había conseguido realizar lo que me había propuesto. Me debieron tomar por un perturbado al dejarme ir sin cargo alguno, dadas las garantías que las leyes dan a esta gente para detenerte. Se lo pasaron a lo grande conmigo. Me fui a casa haciendo ¡fu! como el gato, y por segunda vez desnudo.

De regreso a mi domicilio, todo magullado, noté que los gatos cuchicheaban entre ellos el estado en el que me encontraba, supongo que se preguntarían si había sido acertado lo de descubrirme sus secretos. Creo que estaban opinando, desde su punto de vista gatuno, mi inmadurez para llevar a cabo lo que me habían enseñado. Lo dejaron estar sin comentario alguno, retirándose a sus aposentos.

Esa noche la pasé en estado febril, producto de la paliza que recibí por mi exhibicionismo.

Lo que me aportó la fiebre fue un delirio de tal magnitud que provocó una batalla en mi cerebro de unas ideas contra otras. Nunca fui una persona con instintos violentos, aunque mi vida fuera una ruina. Jamás me hubiera imaginado que se me pasara por la cabeza un deseo tan fuerte de cambiar de esa forma tanto atropello, cuando todos mis pataleos los había encauzado a través de esas manifestaciones de protesta en las que se suele ir con una actitud procesional. No quiero reflejar hasta dónde pudo llegar mi indignación con esa dolencia febril, a pesar de que lo que se considera subversivo por estos lugares lo admiten como lícito y necesario cuando les conviene. Solo diré que mi alucinación me reportó una razón diferente a esa otra creada con mentiras y latrocinio.

Empapado de sudor desperté del sueño de esa noche. Los gatos, pegados a mi cama como en un velatorio, me observaban sin mediar palabra alguna. Estaba tan cansado que agradecí que fuera así. Las únicas palabras pronunciadas por mí fueron que quería seguir perfeccionando mi formación para no volver a fracasar. Ellos hicieron oídos sordos a mi petición; creo que no me veían capaz de superar las dificultades que entrañaba ser un mago.

Un día el Vaquita, que ya había perdido el color azulado de sus ojos, se acercó a mí con mucho sigilo tratando de decirme algo por lo bajini. Le entendí que me debía acercar al resto de los gatos para pedirlos disculpas por utilizar sus enseñanzas en un sitio de imposible ejecución al presentarme solo ante el peligro; y que yo no debería ser ignorante de ello. Lo que me decía, tal vez, pudo ser la razón de que no funcionara el arte del engaño de la mente. ¿Pero por qué era así? Me lo pregunté un día, otro y varios más. Al final deduje que el impedimento para conseguirlo tenía que estar en dar con la solución de eso que algunos llaman democracia. Pero después de pasar horas intentando montar el rompecabezas del significado de esa palabra con las piezas que durante años me habían entregado me fue imposible hacer visible su imagen. Los depredadores de soberanías lo tenían todo trucado. Y al igual que Saturno devora a un hijo, los feriantes, a los que durante cuatro años no se les debe molestar, hagan lo que hagan, se dan al canibalismo plácidamente con nuestras vidas. Con esta reflexión comprendí lo que mi buen amigo Vaquita me quiso hacer entender.

Cuando me vine a razones intuí que solo podía realizar esa forma de expresarme con eficacia si lo manifestaba unido a los gatos. Atemperé mi deseo de ir por libre intentando lo que yo solo nunca conseguiría, pero a la vez mi frustración me llevó a un estado depresivo que hasta los gatos empezaron a temer lo peor. Preocupados por mí decidieron tomar cartas en el asunto. Me propusieron un nuevo truco de magia que la mayoría de los gatos dominaban a la perfección, -y acorde al momento en el que me encontraba- hasta que la situación fuera favorable. No tardé mucho tiempo en cogerle el punto al tener cierta práctica en su puesta en escena. Era lo mejor que había visto en mi vida. Lo realizaba en la calle, una de las más concurridas, y a plena luz del día. Me convertía en un ser invisible para todo aquel que pasara por mi lado. Lo conseguía con una facilidad imposible de imaginar. Tan solo el Vaquita, que nunca se despega de mí, era capaz de verme.

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