Muere Narciso Ibáñez Serrador

Ángel Escarpa Sanz*. LQS. Junio 2019

De este entretenedor de masas -como de tantos otros de su época- también se puede decir que fue muy poquito incómodo para la Dictadura, en aquellos años terribles en los que aquí se cerraban periódicos, se encarcelaba y se torturaba, se asesinaba a Grimau, a Granados, a Delgado, a Puig Antich, a los hombres del 27 de septiembre de 1975. Aquellos días en que estaba penado hasta hablar del aborto, del divorcio, de la libre sindicación o de los partidos políticos. Cuando los libros de la Editorial Ruedo ibérico eran secuestrados en las librerías, cuando besarse en el Retiro estaba penado, cuando aquello del escándalo del aceite de Redondela. Un pesado silencio se cernía sobre toda la “piel de toro”. Y se silenciaba hasta la muerte en el exilio de los poetas republicanos; como se silenciaba años antes la muerte de Negrín, Prieto, Azaña. Un pesado tiempo de silencio, mientras en las radios del “Señor de El Pardo” se escuchaba a Pepe Iglesias “El Zorro”, mientras se cazaba en los montes de Toledo, en los de Cuenca, en los de León y Galicia a aquellos últimos resistentes de la Guerra Civil.

“Qué felices y qué jóvenes éramos” cuando aquello de la “Ruperta”, cuando lo del apartamento en Benidorm, lo del coche o lo de la lluvia de dinero por una respuesta en aquellos concursos, mientras “caía” a la calle, desde un séptimo piso, el estudiante Enrique Ruano, se cazaba en un barrio obrero a Pedro Patiño, mientras repartía octavillas. Qué felices… mientras se asesinaba en el despacho de Atocha a cinco trabajadores. Qué felices… mientras en Vitoria la policía disparaba a bocajarro sobre los obreros reunidos en asamblea en aquella iglesia. Qué felices, oiga, mientras en Vietnam se descargaban toneladas de bombas sobre los arrozales y sobre los campesinos del “Vietcong”. Qué felices. Y nosotros sin enterarnos. Qué felices, mientras las dictaduras de América Latina cazaban a sandinistas, a comunistas y guevaristas. Qué felices, oiga, con “La casa de la pradera”, “El Virginiano”, aquella familia tan encantadora, “casi prolongación de la española en sus costumbres”, la de “Bonanza”. “Viaje al fondo del mar”, “Star Trek”, “La Doctora, Quinn”, “Los vigilantes de la playa”, “Kung Fu”, “Hechizada”, “La Masa”, “Los hombres de Harrelson”, “Equipo A”, “El Santo”, “Los Intocables”; mira que haber muerto Mary Tyler Moore y no haber mandado ni un solo telegrama de condolencia a su famlia; no haber ido al entierro de los “buenazos” aquellos de “Bonanza”.
“Embrujada”, “Historias para no dormir”, “El precio justo”, “Reina por un día”. Solo se entiende que “sobreviviéramos” a aquella larga posguerra gracias a que vimos cada semana la serie “Crónicas de un pueblo” y gracias al “hombre del tiempo” y sus ocurrencias.
Deberían hacer un monumento a toda esta gente que nos mantuvo “felices e indocumentados” durante largos años, empezando por la Celia Gámez del “Ya hemos pasao” hasta este “maestro” que se nos fue en días pasados. Seguro que ya están en ello, toda esa gente de la clase política que “tan preocupada está” por la carestía de la vida, por el paro, por la frustración de varias generaciones, por la desvalorización de las pensiones y por la deuda externa.
En otro orden de cosas: “Se incrementa en casi un 10% el número de accidentes mortales en la construcción desde 2014”.
No compartiendo las mismas ideas que F. Fernán Gómez, me alegró ver la bandera rojinegra cubriendo el féretro del actor en el teatro Español, cuando éste falleció, así como la tricolor en el velatorio de J. Semprún.
Sería de desear que, cuando muere un albañil en un accidente de trabajo, recibiera los mismos honores en la sede de los sindicatos, en función de su ideología.
¿Qué colores les cubrirán mañana cuando mueran Julio Iglesias y el Bisbal? ¿Quizás los de El Corte Inglés, los de la Ford, los de la revista “Pronto”? ¿Quizás los de Dolce$Gavana?

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