Novela y tabú del incesto

M. García Viñó. LQSomos. Agosto 2013

No hace mucho, he publicado una novela –Jaramagos y otras flores amarillas, Editorial Garaje, Madrid—en la que cuestiono, por medio del argumento y la trama, la vigencia del tabú del incesto. Posteriormente, he encontrado en una carpeta unos folios que, no sé porqué, han quedado fuera del libro, en el que encajaban perfectamente. Son los siguientes.

El tabú del incesto es la ley más universal, entre las que se ha dictado a sí misma la humanidad. Es, también, la más antigua. Nadie parece saber el por qué de esa omnipresencia en el espacio y en el tiempo. ¿Será inexorable la vigencia indefinida y en todas partes de esta prohibición? Pienso que no, que cesará en cuanto empiecen a surgir seres humanos como nosotros y, sobre todo, en cuanto empiecen a caerse los velos de la hipocresía y el miedo, y a apagarse las velas de los altares de un mundo que ya no es todo él un templo. Y, si lo es, no lo será para un Dios desconocido y silencioso, sino para glorificar la vida y la naturaleza. Porque el incesto no es contra natura, y la repulsión que contra él siente tanta gente es de índole cultural, ya que su origen es seguramente político: la forma, como ha escrito Victoria Sendón (Más allá de Itaca), que tuvo el patriarca de asegurar su dominio, expulsando a la mujer de la tribu. Hoy la prohibición afecta solamente a los consanguíneos más próximos. Hace sólo un par de generaciones, todavía afectaba a las primas, las tías, a toda la familia. En tiempos remotos, el interdicto alcanzaba a todos los miembros del entorno tribal. Y en la ética de la sociedad humana, como en su biología y en su fisiología, la evolución es inexorable, jamás fluye hacia atrás. A mi manera de ver, de cuasi naturaleza es solamente la incompatibilidad del hijo con la madre, pues la madre, esa sublime y regia figura de deidad separada cuando llega a serlo, ya no es mujer en el sentido pleno, esto es, erótico y metafísico de la palabra. Cuando la mujer es mujer y sólo mujer, hembra frente a hombre, no madre (reproductora), no esposa (reproductora), sino imán y motor del deseo de fusión con el otro en un solo ser, factor de ilusión, elemento mágico de la transfiguración de la naturaleza humana en algo cuasi angélico (y la hermana es mujer en esta dimensión), encarna la potencia frente a la fuerza que la ha de activar. En términos mitológicos, frente a Deméter, la madre, Afrodita representa a la mujer-mujer, la amante, que es siempre, porque lo es por principio, joven y bella, mientras la madre, también por principio, por la fuerza de las cosas, ha dejado de serlo. A Deméter no se la ama. Se la quiere, se la respeta, se la venera. A Afrodita se la ama, se la desea como complemento, se la adora como belleza, juventud y vida suprema que es para cada uno en aquel preciso momento, en aquella precisa conjunción de coordenadas telúricas y cósmicas. El tipo afrodisiano de mujer, la mujer propiamente dicha, se podría precisar, representa la femineidad esencial, una femineidad que la madre, al llegar a serlo mediante el cumplimiento de su función reproductora y providente y, sobre todo, al envejecer, ha perdido; representa también la fuerza disolvente, arrebatadora, extática y abisal del sexo. En la mitología del área mediterránea, las diosas que representaban la femineidad radical, esto es, Isthar, Mylitta, Astarté, Tanit, Ashera, Anaitis son, como la Durga hindú, a un tiempo las Vírgenes Puras y las Grandes Prostitutas.
Siempre ha alentado en mis sentimientos y en mis razonamientos el afán de justificar un veto a las relaciones madre-hijo que no fueran las de tipo simplemente político que tuvieron Akhenaton y Tanis. Y he creído hallarlas en la cosmogonía judeocristiana. Leyendo literalmente el Génesis, donde se encuentra, seamos creyentes o no, el origen de nuestra «historia», la historia de los occidentales, el veto a las relaciones en línea recta, entre ascendientes y descendientes consanguíneos, puede aparecer como de derecho natural. Pero las relaciones colaterales, no, pues el género humano, según el relato bíblico, sea histórico o simbólico, muestra que el género humano hubo de propagarse, desde el principio, por medio de relaciones colaterales…
¿Y la relación padre-hija? Para ella no es válido lo que he dicho de la relación madre-hijo. Pienso no obstante que, por encima de la cultura, en el caso se impone una moral no escrita, que dibuja como estupro esa relación. Personalmente, aunque no he pasado por la experiencia de tener hijas (habla el personaje de la novela), imaginar a unas hijas en relación sexual con sus padres me ha producido siempre repugnancia. Lo que no me produjo ciertamente el conocimiento de la experiencia sexual de esa excepcional mujer que fue Anais Nin con el suyo. El hecho, por otra parte, de que dejase de verl cuando aún no podía atesorar recuerdos y sin verle continuase durante toda su niñez, adolescencia, juventud y primera madurez, así como las circunstancias del reencuentro con, para ella, un desconocido brillante, famoso y atractivo, dotado de un especial prestigio ante el otro sexo, y el carácter excepcional de ambos, proporcionan no sé si una justificación, pero, desde luego, sí una explicación.
Un compañero de la Facultad, un tipo de ésos que yo llamo «amigos de lo raro» -algo en lo que yo me convertiría también, más adelante y durante unos cuantos años; quiero decir que hice aquel simbólico «viaje a Oriente» que hicieron todos los intelectuales contraculturales en los 60/70, de los que saben de astrología y de alquimia, de las diversas mancias y otras ciencias marginales, me estuvo diciendo, y explicando, mientras paseábamos por los jardines de la Ciudad Universitaria, acerca de la influencia que puede haber tenido y tener, en mi vida y en mi carácter, el hecho de haber nacido a finales de octubre, esto es, bajo el signo del Escorpión. Es el signo, dice, más profundamente marcado por el eros; por eso, dentro del simbolismo del Hombre Astral, su ubicación está en los genitales. Nada dije a mi amigo, por supuesto, de mi caso personal.
Pensé entonces -ahora lo sé con certeza- que debía de ser verdad cuanto decía. Personalmente, lo acepté, porque, personalmente también, siempre he creído en la Astrología, porque siempre hay que creer en algo que explique lo inexplicable y porque, para mí, creer en la Astrología siempre ha representado la forma más poética posible de declararse determinista.
Para quien crea en la caracterología astrológica, la cual, en último término, se corresponde con las caracterologías psíquicas y fisiológica, el conocimiento de la astrología sexual puede resultarle conveniente, aunque yo diría que, más para explicarle el pasado que para prepararle el futuro o prevenirle sobre lo que en él puede suceder. Quien, ante una compañera -sin duda valdrá lo mismo para el compañero, pero yo hablo desde mi punto de vista de varón-, no sepa intuir cuál debe ser su comportamiento y qué le es dado esperar de una determinada relación, ocasional o más o menos duradera, difícilmente hallará soluciones consultando libros. En último término, abundantes manuales hay en el mercado, aunque en la mayoría de ellos abundan las generalidades y las generalizaciones. Lo que sí es interesante señalar, porque alude a la armonía del cosmos, es decir, al buen funcionamiento de las leyes de la Física, es la existencia indudable de las correspondencias, a la que se refirió Swedenborg -también Baudelaire, en su soneto Correspondences– de esta manera: «La teoría de las correspondencias es la doctrina según la cual el universo está formado por cierto número de reinos análogos, cuyos elementos respectivos se corresponden uno a uno y por consiguiente pueden servirse recíprocamente de símbolos, revelar sus propiedades o incluso actuar el uno sobre el otro por simpatía». De hecho, la teoría de las correspondencias está tan en la base de la Astrología como de la Astronomía, cuyo carácter ortodoxamente científico nadie discute.
Como antes he dicho que declararme partidario de la Astrología es mi forma metafórica de declararme determinista, ahora digo que atender a la teoría de las correspondencias, en la que la Astrología se fundamenta, es una posición que me permite respirar fuera del ámbito de lo estrictamente material y materialista y formular mi pensamiento en lenguaje analógico, esto es, poético. Y encontrar, a través de las diversas simbologías, la unidad de todas ellas, que algunos descubren a través de la religión; otros, a través del arte, y otros, en fin, entre los que me cuento, en el amor que -se hace obligatorio distinguirlo- podemos llamar erótico. Religión de Eros, Arte erótico, son manifestaciones de la relación hombre-mujer mucho más profundas que la simplemente banal, superficial, frívola y casi animal, a la cual hoy se alude mediante el fabril o funcionarial concepto de «hacer el amor».
Le hablé de esto a Margarita aquella misma noche, cuando, sin pacto previo, abandonamos el grupo familiar para un segundo encuentro. En el colmo de la dicha, nos declaramos paganos; esto es, seres conformes con los dictados de la Naturaleza; esto es, alegres y festivos; esto es, con un concepto optimista de la vida, que se vive en este mundo o no se vive, y del ser humano; esto es, nietzscheanamente anticristianos; esto es, politeístas, iniciados en los misterios mayores y secuaces de Afrodita. Leímos juntos, hasta el amanecer, el Cantar de los Cantares y yo susurré y repetí una y otra vez en su oído el que hicimos nuestro lema, tomado de él, Soror mea Sponsa, es decir, hermana mía, esposa mía, Sulamita morena ante la cual se arrodillan todas las doncellas de Jerusalén.
Pese a lo que acabo de anotar, quiero aclarar que, al citar en mi apoyo El Cantar de los Cantares, no trato de invocar indirectamente la bendición de los libros sagrados del judeocristianismo para un amor como el que Marga y yo mantuvimos indefinidamente. Bien sé que ello no es posible, y no es que me importe. El Libro segundo de Samuel relata, con tintes condenatorios, la historia de Tamar y Amnón, hijos de David, hermanos incestuosos. De ella y de Judá nacería Fares, antepasado de Jesús. El Levítico afirma que el incesto es un crimen y que si uno ve la desnudez de su madre, de su hermana o de su hija y ellas la desnudez de él, ambos serán borrados de su pueblo a la vista de los hijos de su pueblo y sobre ellos caerá la iniquidad. Y el Deuteronomio declara maldito a quien yace con su hermana, hija de su padre o de su madre; y todo el pueblo responderá: Amén. No obstante, en algún pasaje del Génesis, se tolera la unión sexual de consanguíneos, en caso de necesidad, para procrear hijos de Israel.
También las sociedades actuales, casi en su totalidad, tipifican el incesto como delito. Hasta hace muy poco, sólo en los códigos penales de Rusia y Dinamarca, que yo sepa, no figura como tal. Algo incomprensible, sin duda de influencia cristiana, porque ninguna pareja incestuosa, si la relación se produce entre adultos, lo que excluye el estupro adicional, daña a ningún tercero. A no ser que medie el adulterio.
Es falso que haya sido merced a este universal interdicto, como ha llegado a buen puerto el proceso de socialización, que se apoya en muchísimas relaciones entre seres humanos que no tienen nada que ver con el sexo. Como también es falso que los niños que pudieran tener esas parejas podrían nacer con taras, como ceguera, sordomudez, enfermedades mentales o malformaciones del cuerpo. Eso es sencillamente una mentira. Los especialistas dicen que tal cosa no se puede sostener científicamente. Admiten, sí, que hay casos de ligeras taras, que pueden surgir por causa de una relación sexual entre consanguíneos, pero, por una parte, afirman que son raras y, por otra, aseguran, no contribuyen de manera apreciable a la degeneración de la raza. Además, aunque eso fuera cierto, se trata de algo que habría podido descubrir la medicina del siglo XX… Pero ¿cómo iban los primitivos que implantaron el tabú a relacionar las uniones con las taras? La verdad es que no existe absolutamente ninguna razón de derecho natural ni ética contra el incesto. El tabú del incesto, ya lo he dicho, tiene una base política. Pero, sobre todo, un fundamento patriarcalista, machista. En efecto, al ir dirigida la prohibición fundamentalmente a la mujer como sujeto pasivo, es decir, como objeto, y alcanzar no sólo a los familiares consanguíneos, sino a toda la tribu o el grupo totémico o lo que sea, propicia los contactos con otros grupos y la extensión de la influencia y el poder. O sea, podríamos decir que, entre los primitivos, hubo razones políticas y estratégicas, pero no morales. Ni los tratados de moral católica, de cuyos razonamientos se puede deducir cuánto complacería a los autores poder incluir el incesto entre los vicios contra natura, junto con la bestialidad, es decir, el trato con animales; hasta esos tratados, digo, lo emparentan con el adulterio, como transgresión que no va contra la naturaleza, sino contra las costumbres. Y en el adulterio se da, por lo menos, el engaño y la falta a unos compromisos adquiridos al establecer el contrato matrimonial… Pero ¿qué norma quebranta el incesto libremente cometido por dos adultos responsables? Ninguna. Absolutamente ninguna. Es decir, en el incesto, no hay nada inmoral per se. Lo único que hay es una norma establecida por la sociedad con diferentes fines; una norma que, por venir de antiquísimo, se ha injertado en el inconsciente colectivo de la raza, de tal forma que el ser humano ha conservado una repulsión que, ciertamente, no sienten los demás animales. Una repulsión que, ahora, ya no afecta a las relaciones de todas con todos los del grupo, porque la tribu ha crecido demasiado, sino sólo a las que se dan dentro del único grupo natural cuyas dimensiones lo permiten: la familia. Por eso, han añadido una nueva razón o justificación o como queramos llamarle. No, desde luego, argumento. Dicen que si los problemas de la pareja, como por ejemplo el divorcio y separación de bienes, son graves y perturbadores en los casos normales, mucho más lo serían si los miembros de la pareja pertenecieran a la misma familia y se viesen, por tanto, obligados a seguir conviviendo después de la separación. Una falacia. Y querer convertir en esencial lo que no es más que una costumbre, otra idiotez. Decía Nietzsche que la moral no es más que la obediencia a las costumbres, sean cuales sean, y que las costumbres no son otra cosa que la forma tradicional de comportarse y de valorar. Por eso, los seres humanos libres son inmorales, porque quieren depender de sí mismos, y no de un uso establecido.
Victoria Sendón, en el libro citado, sostiene que el tabú del incesto fue algo así como un invento del patriarcalismo para rebajar el poder de la Madre, echarla de la tribu y, en suma, hacer imposible el matriarcado, que, dicho sea de paso, es más natural que el patriarcado. Es decir que, al no poder la mujer relacionarse ni contraer matrimonio con un varón de la tribu, tiene que irse fuera, a un ámbito nuevo, donde no podrá representar más que un papel secundario, subalterno. Un argumento éste, irrebatible a mi juicio, y más lógico que el otro, porque, para establecer relaciones con otras tribus, se podrían haber servido también del matrimonio de los varones.
Educados en el cristianismo; peor aún, en el catolicismo, el hecho de que nosotros nos declarásemos paganos significaba en nuestras mentes una auténtica transvaloración de los valores. Ya antes de aquella, en cierto modo inconsciente -la realidad no fue exactamente igual a la referencia que, al cabo del tiempo, hago yo a ella-, declaración de principios, yo había pensado muchas veces que costaba trabajo entender que una Iglesia que convivía pacíficamente con la injusticia, el latrocinio, la insolidaridad, la mentira, el egoísmo; que ignoraba pecados tan embrutecedores, tan animalizantes como la gula y ni se preocupaba por la envidia ni la soberbia, mantuviera una cruzada tan antigua, tan constante, tan virulenta contra el sexo que, en cualquiera de sus manifestaciones, no es sino la respuesta a una pulsión de la naturaleza en su dimensión más profunda y definitoria, que el creyente en Dios tiene que aceptar como puesta allí por El. ¿Por qué, entonces, la manifestación plena del amor, incluso cuando tiene por sujetos a dos individuos maduros, conscientes y en uso de su plena libertad de elección, es objeto de tan terribles condenas? ¿Cómo pueden decir seriamente que introduce desorden en el universo, cuando no se dice lo mismo de la muerte por hambre de millones de seres ni de los atentados contra el equilibrio medioambiental? No voy a decir que a los jerarcas religiosos no les preocupe esto, quizá les preocupe, pero, desde luego, no se afanan en remediarlo con el mismo esmero como vienen intentando hacer desparecer de la faz del planeta el riquísimo mundo de lo erótico, desde el siglo II, al punto de que se haya podido hablar con razón, como lo ha hecho Julius Evola, de un odio teológico del cristianismo por el sexo. Un odio que, ciertamente, lo deja en desventaja frente a otras religiones. Porque el cristianismo, en efecto, al contrario que otras religiones creacionistas, que han reconocido dos leyes, una concerniente al mundo como obra divina, como cosa querida y conservada en su existencia por el Dios creador (ley que consiste, no en la negación, sino en la sacralización de la vida en el mundo) y una segunda ley, concerniente sólo a la minoría de los que tienen vocación ascética, a quienes es indicada la vía del desprendimiento… El cristianismo, fusionando en una ambas normas, al contrario que el hinduismo védico, el mazdeísmo, el hebraísmo antiguo, el islam, ha introducido la ascesis en el dominio de la vida ordinaria, y una de las consecuencias de ello ha sido la condena del sexo como algo sucio y perverso per se.
Por esto algunos autores han podido decir que el mundo cristiano es un semi-mundo, en el que el sentimiento y lo simbólicamente femenino queda sin asimilar. Alan Watts, por ejemplo, escribió a este propósito: «Mi impresión ha sido la de que existe una profunda incompatibilidad entre la atmósfera del cristianismo y la atmósfera del mundo natural. Me ha parecido casi imposible relacionar al Dios Padre y a Jesucristo, a los ángeles y a los santos, con el universo en que realmente vivo. Mirando los árboles y las rocas, el cielo con sus nubes o sus estrellas, el mar o un cuerpo humano desnudo, me encuentro en un mundo en el que esa religión sencillamente no encaja». Y es que toda la literatura sobre la vida espiritual, dentro del cristianismo, se encuentra abrumadoramente preocupada por los aspectos pecaminosos del sexo. El cristianismo no ha tenido nada positivo que decir sobre lo que podría ser el sexo santificado, excepto que debe reservarse a un consorte para toda la vida -exigencia que, en ocasiones, puede adquirir los tonos de una crueldad inmensa- y consumado para la procreación en una actitud física concreta.
Es ésta, en general, la visión que tienen del tema los escritores de fuera del cristianismo que se han ocupado de él. Y, en esos mismos términos, es justa, porque tales autores no tienen por qué conocer las excepciones, como Clemente de Alejandría, un verdadero oasis de frescor en medio de la aridez de los padres africanos. La Iglesia abusa hasta el extremo de los argumentos de autoridad y, como autoridades sobre quienes apoyarse, los Tetuliano, Justino, Jerónimo y Agustín, son cíclopes contra los que nada pueden hacer, por ejemplo, Joviniano y Helvidio, que se expresaron de manera muy distinta, como Clemente Alejandrino, pero a quienes conocemos sólo por sus detractores.
La historia de la Iglesia, vista a través del prisma del evangelio de Jesús de Nazaret, produce muchas perplejidades. Y lo mismo que podemos preguntarnos acerca de en qué rincón de esa buena nueva se justifican las Cruzadas, la Inquisición, el Índice de libros prohibidos y las mordazas a quienes piensan por su cuenta, podemos preguntamos cómo pudo justificar, con el evangelio en la mano, San Antonio, eso de revolcarse sobre un espinoso zarzal (pues con las llagas producto de la autoflagelación no tuvo bastante), porque por un momento le pasó por la imaginación la imagen de una bella mujer que había visto una vez, a la puerta de una iglesia, en Roma o Alejandría. Cómo san Francisco el revolcarse por la nieve por algo parecido. Cómo tantas y tantas congregaciones de monjas decir que sentir preferencia por una compañera de claustro es contrario a la perfección que debe buscar una cristiana y más si es profesa. ¿Es que están en clave los versículos que muestran que Jesús sí tuvo preferencias, por los tres a los que permitió ser testigos de la transfiguración y por uno solo, el discípulo amado por antonomasia? Frank Harris, otro terrible fustigador de la moral sexual del cristianismo, carga toda la culpa sobre Pablo. Y resulta razonable que lo haga. También Nietzsche, en su terrible crítica al antivitalismo cristiano, salva en alguna medida la dulce figura de Jesús. Leyendo el evangelio, y teniendo en cuenta que el Cantar de los Cantares, forma parte del canon del cristianismo, se llega a pensar que quizá el nazareno no merezca esta sentencia de Swinburne en su Himno a Proserpina: «Tú has vencido, oh pálido galileo; / el mundo ha crecido gris por tu respiración».
En un libro pagano, el Avesta Sasánida, Zaratustra pregunta a Ahura Mazda por la morada de las almas cuando el fiel desaparece. El dios le habla al filósofo, entre otras cosas, de que, al tercer día, el alma cree sentirse rodeada de plantas cuyos perfumes aspira, y añade: «Hacia ella sopla un viento de la región del Mediodía, perfumado, más perfumado que ningún otro viento». Es como el viento que sopla en Sevilla durante las siestas estivales, sino que aquí potenciado por una conjunción telúrico-cósmica que únicamente se da en unos pocos lugares privilegiados de la Tierra, como la explanada de Gizah, bajo la Gran Pirámide, o en la leve colina donde se yergue la catedral de Chartres, o en Stonehenge. En Sevilla se traduce en la mayor sensualidad que un cuerpo humano puede resistir.
No hay una atmósfera más sensual que la de Sevilla en verano, sobre todo a la hora de la siesta y hasta el atardecer. Y únicamente en las noches que siguen hay mayor magia sobre la Tierra. Cuando el sol desaparece, pero dejando su fuego condensado en los ladrillos, los adoquines, la piedra, se produce un silencio especial, un silencio de latencia, como pleno de sonidos que no se oyen, pero que se perciben por el tacto. Como de acecho a veces. Es un silencio campesino que habita sin embargo en el interior de las casas, sobre todo en los dormitorios, los patinillos y los patios. Un silencio de ésos durante los cuales, si es en el campo, uno no sabe si son reales los sonidos que aletean por todas partes y por ninguna: de esquila, de carrucha de pozo, de pisadas de un ser incorpóreo, de vientecillo entre yerbas que no se mueven, vibrar de élitros, ladridos lejanos, piedrecillas que crujen arrebujadas en sus sedes inmemoriales… Uno no se ha dado cuenta, pero lleva oyendo desde hace un rato ese silencio en el zumbido de un moscardón revoloteando por entre las macetas de helechos y aspidistras, en el suave vaivén de una mecedora, en el leve tic que ha producido el tibor al descansar de nuevo en el mismo macetero, pero, ahora, sobre un pañito de encajes blanquísimo recién planchado… Con los ojos entrecerrados, recuerda lo que ya no existe, imagina lo que existirá, hace un paréntesis de inexistencias colmadas de recuerdos y esperanzas… Vive en un presente eterno, fugaz, en el que experimenta, como el artista zen, la vida sin otro propósito que vivirla, el estado de ánimo de no ir a ninguna parte en un momento intemporal.
Un rayo de sol ha logrado colarse por una rendija y dibuja galaxias y torbellinos de corpúsculos… Ya ha pasado la hora de la siesta de fuego. Ya ha transcurrido la jornada de trabajo. La madre, la hermana, la esposa, la Sulamita -soror mea sponsa- abre el balcón. Y entonces la vida, en toda su plenitud, se cuela como una bocanada de aromas y sabores que se perciben también por la vista y el tacto. Antes de que el primer soplo de brisa vespertina obtenga permiso para mover las ramas, una de ellas, sólo una, es sacada de su quietud, y queda balanceándose, por la visita momentánea de un pajarillo descarriado. Y el eterno presente sigue rumoreando en el hilillo diamantino del surtidor y el tránsito de las libélulas azules, verdes, amarillas, rojas…
(A continuación, una serie de párrafos que sí están en la novela. Y sigue)
De los animales casi no vale la pena hablar. Son como tales y, para ellos, únicamente existe la pulsión sexual. Desconocen el amor que, en el dominio de lo verdaderamente humano, la sexualidad lleva naturalmente emparejada.
El Don Juan es un tipo de hombre patético y también repugnante, coleccionista de aventuras y de trofeos, inmaduro sexual y sentimental, y tan desquiciado afectivamente que distingue el sexo del amor, como si no estuvieran fundidos tanto corporal como espiritualmente.
Los racionales son selectivos, pero creen en la superioridad del hombre sobre la mujer o, como mucho, en su igualdad. Son fundamentalmente reproductores y, para ellos, la atracción de los sexos no constituye ningún misterio.
Creo haber sido el primero en ser consciente de la existencia del melibeismo, cuya consistencia voy a explicar, así como la razón de su denominación.
En el teatro clásico español hay una obra que es la única, de toda la producción teatral de los siglos XVI y XVII, que se puede comparar con esa cumbre del teatro universal que es la dramaturgia de Shakespeare. Se titula Tragicomedia de Calixto y Melibea, aunque es conocida por La Celestina. En su acto primero, Calixto está hablando con su criado Sempronio, tan contrariado por las dificultades que se interponen entre él y Melibea, que dice algo sobre el Purgatorio que a aquél le suena a herejía y así se lo hace saber a su amo: «lo que dices contradice la cristiana religión». «¿Y a mí qué?», responde Calixto. «¿Tú no eres cristiano?» «¿Yo? Melibeo soy y a Melibea adoro y en Melibea creo y a Melibea amo».
A quienes a mí, el autor de este libro, me preguntaran lo que Sempronio a Calixto y me motejaran de irreligioso, me gustaría preguntarles: Los fieles del eterno femenino, adoradores de la potencia suprema del Universo, ¿no profesamos por ventura una religión? El imperativo que nos impulsa a ver en ellas, en Ella, múltiple y una, el principio divino manifestándose en el proceso de la evolución universal, ¿no es un dogma? Y el dinamismo mediante el cual intentamos despertar su energía latente, su capacidad creadora dormida, su misterio, ¿no constituye una oración? Peregrino, penitente, catecúmeno, sacerdote, ¿qué soy yo, si no? ¿Qué he aspirado siempre y aspiro a ser? ¿No son aquéllos, aquél, sucesivamente mi papel? Y el final de mis sueños litúrgicos, de mis dolores y esperanzas rituales, ¿no aspira a ser, aspira al menos, la culminación de un estado sacramental? El punto de partida de toda religión consiste en el conocimiento de un principio donde toda medida, todo ser, todo poder se comprime en una fuerza que se expresará y actuará si sabemos y merecemos despertarla… La raíz primordial de este prodigio, mi prodigio, el único por mí esperado y deseado ¿no ha estado unas veces nimbado por los resplandores de un crepúsculo irrepetible? ¿Otras, en el chisporroteo de los reflejos de luz en el agua azul turquesa del Mar Rojo, sobre corales y madréporas, en Ras Muhammad, al sur de la península del Sinaí? ¿De las velas de un altar? ¿Entre la calidez de unos muslos? ¿De unos senos? ¿En la humedad de unos labios furtivamente besados? ¿Entre dos palabras? ¿Entre una pregunta y una respuesta? ¿Junto a un grito de dolor o una risa alborozada? Estuvo una vez en un palacio veneciano y otra en la casa más humilde de una aldea cercana a la llanura de Tesalia. Otra en la sequedad del desierto de Ammalita y una más en entre las cañas de los marjales del Ganges, a las afueras de Benarés. En la cima del cielo o a las puertas del infierno. Pero siempre la misma. Siempre como estará cuando de nuevo la busque y de nuevo vuelva a reconocerla.
Los melibeos aman siempre a la misma mujer, a la Mujer que vive dentro de nosotros y que en manera alguna se encarna en todas las mujeres que conocemos: sólo en aquéllas que cumplen respecto a nosotros los postulados de la teoría magnética del amor y completan, según su -y nuestro- grado de sexualización, la mujer y el hombre total.
En el melibeo, en el enamorado del amor, el amor es como si fuera por delante de la mujer que lo encarna, que lo encarnará después. Porque la diosa de ese amor es La Mujer: un tipo de mujer que, como en la teoría platónica de las ideas, ocupa el lugar de los arquetipos. Quizá sea eso lo que llaman el Eterno Femenino, aunque yo creo que cada uno tiene su eterno femenino o su porción de él. Para mí, como para cualquier melibeo, no es Ella, no es la Diosa de mi religión cualquier mujer, por muy bella que sea y llena de cualidades que esté. No. Tiene que cumplir respecto a mí los dichos postulados, de manera que se constituya, con la suma de su femeneidad con mi virilidad, una cuasi perfecta androginia, esto es, el hombre total y la mujer total.
Si atendemos a una dimensión de la relación entre los sexos que podríamos llamar, y de hecho se ha llamado, metafisica, hemos de reconocer lo absurdo de la pretensión ético-religiosa de que la finalidad de esa relación sea la simplemente reproductora. La verdad es que tampoco la mutua búsqueda del placer la explica. Ni la compenetración intelectual y espiritual de los dos seres en presencia, por lo que yo me atrevería a decir que la propia del melibeismo es más que metafísica, metaespiritual. De hecho, se desarrolla en una instancia en la que se han superado los condicionamientos del complejo cuerpo-alma-espíritu, propio de la terrenalidad. El auténtico eros, que se enciende incluso sin contacto fisico y hasta sin su posibilidad, constituye una suerte de embriaguez, a su vez producto de un magnetismo que sobrepasa en magnitudes infinitas lo que se llama el deseo sexual y que, cuando se dan las circunstancias adecuadas, brota por la simple presencia de la mujer ante el hombre y del hombre ante la mujer. Que sea así, explica que dos seres humanos se amen, a veces hasta extremos trágicos, no por su agradable presencia fisica, su belleza, su simpatía, su inteligencia, su mostrarse ante el otro como un manantial de placeres, sino porque sí, porque ambos experimentan el deseo de fusión; porque, como ha dicho Camille Mauclair, más allá de cualquier lógica, aman. Ese misterio es el que revela el magnetismo del amor. Si cesara el magnetismo, podría subsistir el deseo, pero cesaría el auténtico eros.
Si eso que se llama magnetismo del amor fuera explicable (lo que se ha dicho de él, en el ámbito de las diversas magias sexuales, sobre todo orientales, no son más que descripciones) estaríamos hablando de otra cosa. Forma parte de lo inaprehensible, de lo sublime, de lo inefable, aunque afortunadamente experimentable, y tiene que ver con los grados de sexualización.
Como señalara Julius Evola (Cfr. Metafísica del sexo, trad. Esp. De M. García Viñó, Medrid, Heliodoro, ), los conceptos de hombre y mujer que comunmente manejamos no son sino aproximados. De hecho, el proceso de sexualización tiene múltiples grados y los seres humanos no son hombre o mujer en la misma medida. En la que se podría llamar morfología sexual podemos distinguir una serie de caracteres: los primarios, que son los órganos de reproducción; los secundarios, que atañen a los rasgos propios de cada sexo con sus correspondencias somáticas y humorales, y los terciarios, los psicológicos, es decir, los de conducta, disposiciones mentales, éticas, afectivas, etc. Según la medida en que estos caracteres se encuentren en las personas, tendríamos desde el hombre o la mujer total, prácticamente inexistentes, a seres, no ya mental, sino hasta físicamente ambiguos. Bien, pues, cuando se enfrentan, por ejemplo, un hombre con un veinte por ciento de caracteres femeninos a una mujer que sea tal en un ochenta por ciento es cuando se desencadena de una manera total, absorbente, imparable el magnetismo, que despierta el deseo de construcción del hombre total y la mujer total. Y el trance es tan excelso, tan fuera de toda explicación banal, que la sabiduría griega tuvo que recurrir para plasmarlo a un mito cuasi teológico. Me refiero al mito del andrógino, explayado por Platón en el Banquete.

 

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