Pablo Iglesias Turrión: lumpen, gentuza y corrección política

Casi siempre llego tarde a todo. Es la historia de mi vida y no creo que tenga remedio. Anoche descubrí el fragmento de un vídeo que en sus días provocó indignación, descalificaciones y ríos de tinta. Pablo Iglesias relataba su enfrentamiento con unos quinquis que intentaron robar una mesa de mezclas en el Centro Social El Laboratorio del barrio de Lavapiés. Se trataba de un espacio okupado y autogestionado y el incidente se saldó con uno de los atracadores magullado y Pablo con un hueso de la mano roto. Un tercer implicado, al que Pablo socorrió mientras intentaban destrozarle la cara con una botella rota, sufrió un corte en la córnea que casi le cuesta la pérdida del ojo. Pablo evocó la trifulca con frases bastante desafortunadas: “Di un puñetazo no porque alguien de mi situación socioeconómica se vea muchas veces en esa situación, sino porque estábamos en un Centro Social y un grupo de lúmpenes, de gentuza de una clase social mucho más baja que la nuestra, intentó romper una mesa de mezclas a unos raperos”. Pablo Iglesias reconoció que sus frases no eran las más apropiadas y pidió disculpas en Público.es, su plataforma habitual, ironizando sobre los que confunden la realidad con Navajeros o La estanquera de Vallecas, protagonizadas por quinquis de buen corazón.

El Diario.es, dirigido por Ignacio Escolar, publicó la noticia, revelando que en la arena política no existe la compasión, ni siquiera para los que se mueven en el mismo espectro ideológico. Algunos dirán que El Diario.es es más afín a IU y cree que Podemos sólo contribuye a dividir a la izquierda, cuando lo más urgente es crear una especie de Frente Popular, con la fuerza necesaria para luchar contra las políticas de austeridad impuestas por la Troika. Yo colgué el famoso vídeo en  mi página de Facebook, un espacio pequeño, humilde e irrelevante, pero enseguida desperté las iras de algunos de mis contactos. Es obvio que no tengo 4.500 amigos, pero me dolió la reacción de algunos de los que a veces interactúan conmigo.

Se dijo que muchos hablaban sin conocer la definición marxista de lumpen proletariado, pues tal vez ni siquiera habían hojeado el Manifiesto comunista. Cito la definición de lumpen  proletariado del Manifiesto: “El lumpen proletariado, ese producto pasivo de la putrefacción de las capas más bajas de la vieja sociedad. Puede a veces ser arrastrado al movimiento por una revolución proletaria; sin embargo, en virtud de todas sus condiciones de vida está más bien dispuesto a venderse a la reacción para servir a sus maniobras”. No creo que sea la frase más acertada del pensamiento marxista, particularmente cuando habla de estructuras que condicionan lo individual de forma irreversible. No es la única equivocación de Marx. Aunque era judío, a veces bordeó el antisemitismo. En sus Tesis sobre Feuerbach recrimina que “La esencia del cristianismo sólo considera la actitud teórica como la auténticamente humana, mientras que concibe y fija la práctica sólo en su forma suciamente judaica de manifestarse. Por tanto, no comprende la importancia de la actuación revolucionaria, práctico-crítica”. Es difícil leer este párrafo sin torcer el gesto. Tampoco me agradan las explicaciones con las que Alfonso Sastre intenta justificar los comentarios racistas de Miguel de Cervantes en La gitanilla. Cervantes –cristiano viejo fiel vasallo de Carlos V y del imperio español- nunca ocultó su desprecio hacia “moros” y “judíos”. El supuesto humanismo cervantino, con su presunta carga erasmista, sólo es una hipótesis, que intenta lavar la cara a un clásico tan orgulloso de su pluma como de su espada. Sastre exonera a Cervantes, según el cual “los gitanos y gitanas sólo nacieron en el mundo para ser ladrones”, burlándose de los izquierdistas que sólo conocen a los gitanos por el cine o las salas de flamenco. Y apunta: “Se hallan mucho más cerca de una verdad sostenible –de una realidad verdadera- aquellos ciudadanos que han convivido en los barrios pobres con poblaciones gitanas y realizan críticas que resultan malsonantes en los castos oídos del antirracismo convencional”. Aprecio la valentía de Sastre, que se atrajo el odio de muchos cuando se alineó con las tesis de la izquierda abertzale, pero su argumentación me parece inaceptable, esquemática y demagógica. La admiración hacia un escritor no puede convertirse en idolatría, salvo que se esté dispuesto a sacrificar la verdad y renunciar a la objetividad.

Yo he sido profesor de instituto en barrios marginales y he conocido a chavales con tendencias violentas y antisociales. Algunos incluso han muerto en reyertas o en accidentes de tráfico, conduciendo un coche robado. No sé por qué motivo, solía llevarme bien con esos chicos. No he olvidado a Guillermo, que le robó el maletín al director del instituto, destrozó un aula y se bajó los pantalones en el patio, mostrando su trasero a profesores y compañeros. Cuando robó el maletín, me pidió que lo acompañara para mostrarme su botín.

Yo me quedé estupefacto y le pregunté: “¿Por qué me enseñas esto?” Me miró asombrado y contestó: “Porque eres mi amigo”. Le quité el maletín, pero me limité a informar que lo había encontrado en un baño.

Siempre me he guiado por la letra de La mala reputación, la famosa canción de Georges Brassens: “Si en la calle corre un ladrón / Y a la zaga va un ricachón / Zancadilla doy al señor / Y he aplastado al perseguidor”. Tal vez por eso me alejaron de las aulas, pero esa es otra historia. Guillermo murió semanas después al estrellarse contra la mediana de una autovía. Conducía un coche robado a punta de navaja. Tenía 18 años. Sus padres eran politoxicómanos y seropositivos. La madre había muerto de SIDA el año anterior y su hijo no aceptó la pérdida. De hecho, su violencia se disparó a partir de ese momento hasta llevarle a una muerte trágica e injustamente prematura. Pablo Iglesias afirmaría que la “gentuza” a la que se refiere, no robaban a un “ricachón”, pero sus frases desprenden un insoportable hedor a clasismo. Se comprenden en un universitario bocazas que habla en la barra de un bar, pero no en un político que pretende movilizar a la opinión pública. Sé lo peligrosos que pueden ser unos chavales con familias desestructuradas y con escasez de recursos.

Esa violencia no surge de una maldad natural ni de una psicopatía de raíces genéticas. La lucha de clases es muy real y produce frustración, odio, ceguera y enajenación. En una ocasión, le preguntaron a la escritora blanca sudafricana Nadine Gordimer, que siempre peleó contra el apartheid, si era consciente de que podía morir asesinada por un grupo de sudafricanos negros. Gordimer, que obtuvo el Nobel en 1991, contestó que un escenario caracterizado por la violencia y la desigualdad no se podía hablar de responsabilidad moral, sino de daños causados por una injusticia estructural. “Si un grupo de negros sudafricanos me mata, habrá que responsabilizar al apartheid y no a los autores materiales”. Su respuesta me parece mucho más valiente que las hazañas pugilísticas de Pablo Iglesias Turrión.

Podemosno me inspira confianza porque propone nacionalizar la banca, salir de la OTAN y realizar una auditoría de la deuda para no pagar la parte odiosa e ilegítima, sin explicar cómo llevará a la práctica estos ambiciosos objetivos. Eso sí, evita cualquier referencia al socialismo, el comunismo o el anarquismo, aunque hace una defensa encendida de los servicios públicos. Parece que le asustara la perspectiva de espantar a los indignados del 15-M, que no eran de derechas ni de izquierdas y no querían saber nada de revoluciones cruentas (es decir, reales). El programa de Podemos me recuerda a las promesas –rigurosamente incumplidas- del PSOE en 1982, con un mediático Felipe González anunciando que si llegaba al poder, España saldría de la OTAN. Es evidente que Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero conocen la vía democrática al socialismo del Presidente Salvador Allende. Todos sabemos cómo acabó la experiencia. Chile sufrió una restricción crediticia impulsada por Estados Unidos y un bloqueo comercial al cobre nacionalizado. La inflación y el déficit se dispararon. Allende intentó frenar la catástrofe con una fijación oficial de precios, pero su medida provocó el florecimiento del mercado negro y una dramática escasez. La huelga de camioneros, que temían ser convertidos en funcionarios públicos y perder sus privilegios como gremio, transformó la escasez en desabastecimiento. Fidel Castro visitó Chile y se marchó convencido de que la revolución socialista nunca prosperaría en el marco de una democracia burguesa. Tal vez porque el poder real no está en el gobierno, sino en las grandes corporaciones transnacionales, controladas por gigantes bancarios.

La oligarquía respeta la democracia hasta que atenta contra sus intereses. Sin embargo, no siempre necesita promover un golpe de estado. Dispone de herramientas financieras que pueden poner a un país de rodillas, obligándole a renunciar a cualquier fantasía revolucionaria. Si las agencias de calificación lanzan un ataque especulativo contra España, el crédito internacional fluiría con unos intereses incompatibles con el pago de salarios, pensiones y subsidios. Los servicios públicos colapsarían y la economía se hundiría hasta niveles insospechables.

La nacionalización de la banca, la salida de la OTAN y la negativa a pagar la deuda ilegítima constituyen una declaración de guerra contra un capitalismo globalizado y liderado por Estados Unidos. ¿Podemos asumir los costes de esa batalla? Me gustaría que respondiera Pablo Iglesias Turrión, pero dudo que lea este artículo o le atribuya la más mínima importancia. En cuanto a sus apologistas y defensores, les felicito por su fe. Tal vez yo sólo soy un escéptico, un pobre diablo que no cree en vacas sagradas ni en utopías con aspecto de arco iris.

Notas:
Pablo Iglesias, los universitarios y «el lumpen»
Lúmpenes y gentuza
* Rafael Narbona

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