Pillos distópicos

Nònimo Lustre*. LQS. Enero 2021

Gregor MacGregor está enterrado en el Panteón de Caracas porque llegó a general en el ejército libertador de Simón Bolívar pero McGregor (traducible por Gregorio Gregoriez) fue también un aventurero que engañó a media Europa de su tiempo haciéndola creer que había un paraíso en la Tierra, que era de su propiedad y que estaba situado en la Mosquitia o Costa de los Mosquitos (actual Nicaragua/Honduras). Gregoriez inauguraba así la Edad Contemporánea del Colonialismo de Fantasía, un neocolonialismo que, cosa rara, estafa más a los europeos que a los indígenas proto-invadidos y que tiene dos extremos: el satánico de la delincuencia ingeniosa y el angelical de las colonias anarquistas de finales del siglo XIX. Hoy, sólo nos referiremos al primero.

En la estela del erudito llamado “Salmanassar”, un pillo que se ‘inventó’ la isla de Formosa con todo género de detalles (desde la arquitectura hasta ¡la lengua!), cuando los portugueses ya habían colonizado aquella isla (hoy, Taiwan), Gregoriez se ‘inventó’ la Mosquitia sin haberla pisado jamás. ¿Cómo pudieron prosperar unas engañifas tan burdas?: porque Gregoriez supuso -con razón- que los estafados que llegaran a su Paraíso no contarían la verdad a los siguientes. Esta tendencia a no darse por engañados es la que funcionaría en éste caso, en el siguiente de este poste (la Nouvelle France)… y en los venideros.

El país que creó Gregoriez se llamaba “Poyais” y su esquema para atraer fondos de incautos es, más o menos, el mismo que se sigue utilizando hoy con la pequeña diferencia de que ahora los delincuentes son los tiburones financieros. Huelga añadir que, al lado de las macro-estafas de los bancos hodiernos, las marramucias de McGregor & Co. son travesuras de aficionadillos. Sin embargo, a Mc Gregor le costó la cárcel y, finalmente, el semi-exilio en su refugio venezolano.

La Mosquitia tiene la mala fama de atraer a cuanto aventurero quiere fundar un nuevo Estado (Estadillo, más bien) cortado a medida de sus extravagancias o de sus sadismos. Evidentemente, esta franja costera no tiene más mosquitos que cualquier otra tropical pero, desde que el Imperio Británico puso sus ojos en ella, los indígenas Miskitos que la pueblan ven llegar esporádicamente a bandas invasoras cuyo interés en la Naturaleza es mínimo y su interés en ellos, los indígenas, sencillamente nulo.

En los últimos 40 años, la Mosquitia ha sufrido un ataque combinado novela/pelicula que, por ahora, es el referente en el imaginario colectivo de medio mundo. Me refiero a la novelota de Paul Theroux La costa de los mosquitos (1981) y a su adaptación al cine a través de la película del mismo título dirigida por Peter Weir; y, lo que ya es peor, con el insufrible Harrison Ford encarnando a un personajillo no menos estomagante: invasor de territorios indígenas, sátrapa y dizque ‘inventor’ de carísimas banalidades -menos mal que le mata su propia familia, único detalle razonable enmedio del disparate colonialista-.

Sin embargo, ese centón de majadería exóticas que comenzó con McGregor y todavía no ha terminado, ha provocado una excelente obra de arte dramático, justamente la escrita por la grandísima dramaturga Lupe Gehrenbck –Gregor Mac Gregor, Rey de los Mosquitos, Caracas 2006-. Y también -sin buscar comparación alguna- una pintura de C. Hayes -medianeja pero algo es algo- que reproducimos abajo y cuyo título se explica porque, como sabemos, De Hory era un falsificador de postín y la pareja Legros-Lessard, lo mismo sólo que, yendo disfrazados de marchantes de arte, estaban más a cubierto de los envidiosos. Velay el óleo…

Para colmo y remate, señalemos que el mito Poyais -pequeño pero matón-, sigue existiendo, ahora refugiado en una pag-web (https://www.republicofpoyais.org/).

La Nouvelle France en Melanesia

Medio siglo después de McGregor, a finales del XIX, un bretón soi-disant “marqués de Rays”, descubrió que el Paraíso no estaba en Centroamérica sino en Melanesia, concretamente en la isla de New Ireland, aprox. entre las Islas Salomón y Papúa Nueva Guinea. Con un señuelo de imbatible exotismo, Rays consiguió que más de 300 desesperados europeos le pagaran la carísima cuota para ser co-propietario de la Utopía. El supuesto marqués les envió en dos barcos y, además, llenó aquel rincón melanesio con un equipamiento agrario (¡hasta un molino de cereales!) que hubiera hecho las delicias de su campesinado -del bretón, quiero decir- pero que, en el pantano de aquella isla, era absolutamente inútil.

Al poco de llegar a “Port-Breton”, más de 50 colonos -niños y ancianos en su mayoría- habían muerto por inanición, calor excesivo, enfermedades tropicales… en suma, por mengua. Los pocos que sobrevivieron en los meses siguientes, no escatimaron esfuerzos para escapar hacia Australia; algunos tuvieron suerte y arribaron a Nueva Caledonia y, los menos, llegaron a la Terra Australis del Espiritu Santo.

Charles Marie Bonaventure du Breil, dite marquis de Rays, podía saber algo de ‘mecánica ilustrada para jóvenes’ pero no tenía ni idea del Trópico. ¿A quién se le ocurre enviar una papelería verjurada y timbrada, carretillas sin ruedas y mangos de cuchillos sin hoja? Muy fácil: a un cristianísimo déspota que basaba el hipotético éxito de su Utopía en que los culíes chinos y los indígenas locales trabajaran para Él, rey absoluto y absolutista de la Nada.

Hace muchos años, pasé por aquella ‘Nueva Francia’. Lo único que quedaba in situ es la rueda dentada que sale en la foto y que, supuestamente, pertenecía al molino de cereales de la Distopía. En el jardín de un museíto cercano, se conservaba la muela del mismo ingenio, un piedrolo de casi 2 mts. de diámetro que hubiera molido el trigo de media Francia pero que, en Port-Breton, en su primer minuto se hubiera atascado con las batatas, taros y ñames locales.

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