Política y lenguaje

politylengArturo Seeber*. LQSomos. Febrero 2015

En una de las manifestaciones que surgen en Madrid contra el actual sistema político-económico que nos envió Dios para purgar nuestros pecados, una joven, a través de un megáfono, exhortaba a los oyentes a sumarse a la huelga del día tal… Considerando su buena voluntad, con la mayor discreción posible me acerqué a ella para aclararle:

—Perdona, pero tú querrás decir el “paro” del día tal. Un día de inactividad no es una “huelga”. Huelga es la detención por tiempo indeterminado de las actividades de una empresa o de todo un país, con el objetivo de conquistar ciertos derechos, y que no cesa hasta que se logran o, al menos, se negocian convenientemente.

Ya… se me podrá tildar de purista, de intelectual estéril, de pajero mental, de un tío al que le preocupa más la gramática que los hechos. Pero no es así, por cierto. El hecho es que las palabras obnubilan, masifican, esclavizan las mentes. El poder usa las palabras para dominar. A través de un barajeo terminológico, crea opinión y a eso llama “opinión pública”, así, por narices (el viejo truco de la dialéctica del amo y el esclavo).

Veamos… El escritor inglés Hilaire Belloc decía que el gran drama de la Humanidad es que las personas piensan con palabras pero no con ideas. Y esto es algo viejo. Ya Platón recoge, en sus “Diálogos socráticos”, el método que su maestro utilizaba para demostrar a la gente que hablaba sin tener ni puta idea de lo que estaba diciendo, el método conocido como “mayéutica” (que en griego significa “dar a luz”). En uno de ellos pregunta a un tal General Laques:

—General, ¿qué es para un militar ser valiente?

—¡Avanzar siempre! —le responde, sin dejar lugar alguno a duda.

­—Entonces —deduce Sócrates—, por fuerza hay qué decir que los militares son unos cobardes.

Presa de suprema indignación, el militar pide que se lo aclare.

—Pues es obvio en tanto que, por motivos de estrategia, muchas veces es necesario retroceder para luego avanzar…

Porque, a ver, cuando usamos estas palabras tan nuestras, tan de nuestra época, como “democracia”, “dictadura”, “libertad”, “Estado de Derecho”, ¿sabemos de qué estamos hablando? Cierto que, con todo lo que en España nos está lloviendo encima, es un consuelo para la gente pensar que estamos en “democracia” y por tanto, en el “mundo libre” (que por cosas buenas se lo tiene), y no en una “dictadura” en la que los ciudadanos “carecen en absoluto de libertad” (¡Quién quiere vivir en un mundo así!). En fin, mal de todos, consuelo de tontos, qué quiere que le diga.

Porque por simpáticas o antipáticas que nos puedan resultar, a ojo de buen cubero, tales o cuales palabras, cada una tiene un significado que excede toda calificación emocional. Democracia se define, en sentido amplio, por el “gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”, lo que quiere decir que del pueblo salen sus representantes, por él son elegidos, que habrán de gobernar para el bien común (y valga otra aclaración, mal que nos pese: porque por pueblo se entiende a toda la población de un país, no sólo los proletarios; lo son también los que viven de explotar a los demás, grandes empresarios, banqueros, etc. Putadas que tiene el diccionario). Pero no nos ilusionemos demasiado, en la práctica lo único que le queda al ciudadano es la elección libre de quien ha de gobernarlos. Pero eso de libre, que no se crea demasiado.

Pero pongamos los pies en la realidad y veamos lo que pasa en España. En las elecciones generales del año 2012 el Partido Popular gana por mayoría tras haberse presentado con un programa de gobierno tan, pero tan revolucionario, que al propio Marx escandalizaría. Lo ha votado su feligresía, lo han votado los indecisos y, es verdad aunque usted no lo crea, lo ha votado muchísima gente tradicionalmente de izquierda. Ahora bien, razone usted conmigo: el PP, partido de tradición franquista, de derecha, de extrema derecha, de extrema derecha española, de una derecha que no admite a nadie que se quiera colar a su derecha, ¿le parece a usted que va a hacer una gobernanza fundada de medidas sociales? ¡Vamos, hombre!

Eppur si muove, y el pueblo medio, ese niño grande que cree más en la fantasía que en la realidad, sugestionado por la propaganda de la tele (ya sabemos que todo aquello que tiene pegado el cartel “anunciado en TV” se vende mucho mejor) y de los diversos “medios”, va y los vota. A resultas de lo cual, en concordancia con lo que se puede esperar, en el mismo instante de subir los Peperos al poder se dedican a hacer exactamente lo contrario de lo anunciado.

Bueno, pero el pueblo los ha votado libremente. No, desde luego que no. Que se jodan por haberlos votado es una cosa, pero que lo hayan hecho en libertad, de eso nada. Porque “libertad”, volvamos a las definiciones, es la capacidad que tiene un individuo de pensar y actuar sin influencia externa. Y si a usted le llenan la cabeza de pajaritos con publicidad mentirosa, y usted, que tiene su mente virgen de reflexión, se deja sugestionar por imposibles, usted ha caído en la trampa y los vota. Se ha enamorado apasionadamente, como la adolescente de su vecinito, y ya no es usted, es el mundo a través de la sonrisa del amado.

¿Y qué hay del gobierno para el pueblo? Si el paro laboral aumenta, si la gente es echada de sus casas, si se carga de impuestos y recortes al trabajador llano y se perdonan millones de euros a las grandes empresas, a lo que más poseen en general, si cuando del erario público se quita dinero para “rescatar” a los bancos, rescate que no se revierte en la población, si con leyes prepotentes se le trata de impedir al pueblo ponerse en desacuerdo, está claro que la mayoría de la población no cuenta para nada.

O sea, que no hace falta ser un genio para darse cuenta de que ESPAÑA NO ES UN PAÍS DEMOCRÁTICO.

¡Y qué tal si hablamos ahora de las dictaduras, joder, qué siempre dándole caña al PP! Pues, para gloria de nuestra patria, parece que eso sólo se da en los países de afuera: como Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia… Allí no hay ni esto de libertad, los dictadores son sádicos cuya única ilusión en la vida es joderle la vida a sus prójimos, mientras en sus despachos, más grandes que la catedral de Sevilla, se atiborran de bananas.

Diccionario de nuevo: el dictator, en la antigua Roma, era un individuo al que, por tener autoridad suficiente, en momentos de gran crisis se le daba poder absoluto para regir los destinos del país. Esto, pues, no es de por sí bueno ni malo, todo depende de cómo resuelva las cosas.

Las “dictaduras” de Cuba, Venezuela, Bolivia, Ecuador, han logrado erradicar el hambre de los suyos, les han dado seguridad sanitaria, acceso al estudio a todos -no a los pocos de siempre-, han combatido el racismo, la desigualdad; han gobernado para las mayorías (para todos se quisiera, pero no se puede). Y lo peor del caso es que también han sido elegidos por el pueblo. Eso, si nos atenemos a lo que hemos dicho anteriormente, se llama democracia.

Y en España, nuestra bien amada España, gobierna una “casta” política, no para todos, sino para los suyos solamente. No seamos tímidos, digámoslo también: EN ESPAÑA VIVIMOS UNA DICTADURA.

Vemos que tanto más valen las palabras por el ruido que hacen que por lo que son, por lo que creo que sería bueno para quienes, de buena fe, entender mejor el mundo por ver si se lo puede mejorar, tomemos la costumbre de reflexionar sobre las palabras que usamos, previo a cualquier otra reflexión.

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* Arturo Seeber es miembro de la Asamblea de redacción de LQSomos.

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