¿Por qué tenemos que soportar el anacronismo de la monarquía?

Pedro Casas. LQS. Agosto 2020

La Monarquía forma parte de la historia de las desigualdades e injusticias. No existe razón democrática ni de los derechos humanos que justifique mantener una institución así, y ha llegado el momento de plantearlo abiertamente, de frente

El descrédito en que Juan Carlos de Borbón ha sumido a la institución que representó durante 39 años, es de tal magnitud que el debate sobre el futuro de la monarquía está abierto de par en par.

Hay quienes consideran que al tratarse de una institución divina, los humanos poco tenemos que opinar al respecto (rey por la gracia de Dios, como el Caudillo). A estas alturas de la historia realmente suena a chiste, aunque no les falte cierta coherencia a quienes sostienen tales tesis, porque desde el punto de vista humano, la monarquía es insostenible.

Otros comentaristas menos divinos han creado la teoría de la conspiración, afirmando que todo obedece a una conspiración chavista-podemita, cuyo origen se encuentra en aquella famosa frase de Juan Carlos a Hugo Chávez “Por qué no te callas” en una cumbre iberoamericana. Según ellos, Chávez habría organizado desde aquel momento su venganza, regando de dinero a las jóvenes promesas podemitas, que ahora estarían encabezando la conspiración contra la monarquía, forzando la fuga de Juan Carlos. La ficción da para estas cosas. Ojalá que la izquierda tuviera ese poder.

Por otro lado, las y los comentaristas del sistema, esos que nunca se sabe si son monárquicos o republicanos, que se apuntan al pragmatismo de lo útil que ha sido la institución desde su conversión al parlamentarismo vigilado que tenemos en España, critican y lamentan profundamente los desmanes de Juan Carlos, pero se afanan, más que el propio Felipe VI, en separar al padre del hijo, o a la persona de la institución. Merece la pena detenerse un poco en estos argumentos, dado que el propio gobierno (o una parte de él) se ha abonado a esta tesis.

Empezando por el propio presidente del Gobierno, sostiene que hay que separar la institución (monarquía) de la persona que la ostenta. Pues dígame cómo hacemos esto, en una institución que es propiedad de la persona que la ostenta, sin posibilidad de arrebatársela, que dispone de ella a su antojo y que la deja en herencia a su hijo o hija. Y compara la monarquía nada menos que con el sistema de partidos, en el sentido de que si alguien es corrupto, no por ello el sistema es corrupto. Veamos.

En España hay demasiada corrupción, y desde luego algo falla en el sistema que tanta corrupción produce, con mecanismos que la favorecen, o débiles frenos que no la evitan. El sistema puede aparecer corrompido, aunque no corrupto per se, porque en cualquier caso las urnas pueden dejar fuera a las personas o partidos que se aprovechan de su cargo para robar al pueblo. Esa es la gran diferencia con la monarquía; si el monarca es corrupto, implica necesariamente la institución que preside y posee, sin posibilidad de cambio, pues no existe mecanismo de cambio democrático al margen de la voluntad del soberano (que para eso lo es).

La vicepresidenta primera del Gobierno nos ha desconcertado al afirmar que Juan Carlos se ha marchado de España en un viaje privado, del que no tiene que dar más explicaciones a la sociedad. Entonces, ¿por qué nos enteramos por un comunicado de la Casa Real? Juan Carlos se ha marchado muchas veces de este país sin que nos enterásemos que lo había hecho, incluso siendo rey con mando en plaza. Si ha tenido que ser la Casa Real quien lo informe, es porque “Ahora, guiado por el convencimiento de prestar el mejor servicio a los españoles, a sus instituciones y a ti como Rey, te comunico mi meditada decisión de trasladarme, en estos momentos, fuera de España”. En este caso no se ha ido de “cacería”, sino por ‘prestar un servicio a los españoles, las instituciones y el rey’; no resulta desorbitado que quienes somos los ‘beneficiarios’ de sus servicios queramos saber dónde se ha marchado y en qué condiciones. Porque, además, como dice la canción, sigue siendo Rey, por decisión del Gobierno (del anterior que le otorgó tal título, y del actual que no lo destituye).

Estas teorías lo que pretenden es alejar el debate sobre la propia institución, en horas más que bajas. A muchos representantes de los poderes empresariales, financieros, judiciales, eclesiásticos, militares, etc. les ha ido muy bien con este régimen bajo el que han hecho negocios pingües, y ostentado su poderío. No es de extrañar, por lo tanto, que los comentaristas de los grandes medios de comunicación en manos de aquellos poderes, se apunten a dicha tesis, ya que así defienden un status quo que evite una inestabilidad que podría poner en peligro ciertos privilegios de aquellos propietarios. Exhiben un pragmatismo descarnado, sin entrar al trapo de por qué tenemos que soportar una institución que es la antítesis de la democracia.

La Monarquía forma parte de la historia de las desigualdades e injusticias. No existe razón democrática ni de los derechos humanos que justifique mantener una institución así, y ha llegado el momento de plantearlo abiertamente, de frente. El pueblo español es temeroso, pues las dos experiencias republicanas acabaron con golpes militares (la segunda con guerra civil y dictadura sanguinaria como complemento). Es normal que tenga miedo de que la historia se vuelva a repetir.

En los hogares de las nuevas generaciones de jóvenes no se ha sufrido ni la guerra ni los años de posguerra, y sólo en algunos casos los últimos años de la dictadura (no siempre los más abiertos, precisamente). Son ahora mayoría quienes no votaron la constitución del 78, y por ello exigen su derecho a decidir la forma de estado de su país, como quieren decidir sobre otras muchas cuestiones que afectan a su vida política y social. Son por lo tanto ellas y ellos quienes están creando la base social que apoya mayoritariamente la necesidad de realizar un referéndum en el que se decida la forma de Estado, y ello contribuye a que en el arco parlamentario sean cada vez más las fuerzas que defenderían tal celebración.

A ver si las fuerzas de izquierda institucionales, que en teoría nunca han renunciado a sus planteamientos republicanos, dejan de escudarse en el ‘no toca’, y se ponen sin descanso a la tarea; y las otras organizaciones que nunca dejaron la bandera, intentan superar un sectarismo estéril, buscando espacios de confluencia amplios que miren hacia el futuro.

Este proceso está en marcha, no parece haber dique que lo frene, pues es la propia monarquía la que hace aguas por muchos de sus muros. Las características del sistema que lo sustituya estarán influidas por la correlación de fuerzas que se vayan configurando por parte de los sectores que lo impulsen; de ahí la gran importancia de dejar de ser espectadores del desmoronamiento, y pasar a ser parte activa del derribo y del necesario proceso constituyente que se abrirá a continuación.

* Activista social. (Asamblea Republicana de Carabanchel) Miembro del Colectivo LoQueSomos

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