¿Qué es y qué no es, el fascismo?

arranquemos-las-mascara-al-provocador-fascista-lqsAntoni Puig Solé*. LQSomos. Diciembre 2015

La palabra «fascismo» se utiliza muchas veces como un insulto para referirse a cualquier política reaccionaria. Incluso la derecha lo emplea para estigmatizar a sus adversarios que «no respetan las normas establecidas».

Pero el fascismo es otra cosa. En un primer momento, prosperó como un movimiento militarizado de extrema derecha, formado por comerciantes, profesionales, militares… y funcionarios públicos, perjudicados por la crisis económica y por las consecuencias desastrosas que la Primera Guerra Mundial tuvo en determinados países.

Este movimiento construyó su identidad, sobre la base de la defensa de la «nación imperial» y la raza, siguiendo ciegamente a algún líder que prometía mano dura para resolver la crisis y restaurar una «grandeza nacional» que, según él, los políticos de la democracia burguesa, los usureros, los corruptos, los revoltosos y los traidores, habían dilapidado.

Pero a pesar de su base social y su terminología, este movimiento no condujo a las llamadas clases medias al poder. Fue aprovechado por los grandes grupos económicos, que previamente le habían incentivado, para asegurar su dominación y aplastar los que la desafiaban. Prohibieron las organizaciones obreras y los partidos obreros, encarcelaron y asesinaron a sus principales dirigentes, impusieron una «limpieza étnica» y organizaron a la gente de una manera corporativa para ponerla bajo las órdenes del partido fascista. De esta manera se estableció una dictadura despiadada del capital monopolista.

Una vez en el poder, como sabemos, el fascismo aplastó sin piedad, incluso las formas más limitadas de la democracia parlamentaria y en nombre de la política imperial, se convirtió en una agente de primer orden en el ámbito internacional, con una gran agresividad belicista que desembocó en la Segunda Guerra Mundial.

Todo esto no concuerda con la mala utilización de la palabra fascismo, a la que estamos acostumbrados en nuestros días.

Para luchar contra la represión, no es necesario utilizar este adjetivo. Hoy en día, por ejemplo, todos los estados del mundo mantienen leyes especiales destinadas a anular varios derechos democráticos con la excusa de la «seguridad nacional» o la «emergencia». Recientemente lo hemos visto en Francia. Por otra parte, históricamente ha habido una gran cantidad de actuaciones represivas y violentas, legales e ilegales, contra la lucha de la clase obrera y de otros movimientos sociales, independientemente del partido que se ha colocado en el poder. Pero esta no es una especificidad del fascismo, sino que forma parte del ADN del Estado burgués. Esta característica se acentúa últimamente como consecuencia de las políticas neoliberales.

Esto no quiere decir que ahora mismo no puedan prosperar algunos de los componentes que dieron lugar al fascismo e incluso progresar fuerzas políticas con grandes similitudes con aquellas que despegaron Hitler y Mussolini, dedicadas, hoy por hoy, a hurgar en los instintos más primitivos, individualistas y reaccionarios de las masas. Pero al mismo tiempo, también hay un amplio sentimiento antifascista del cual, ahora no se benefician las organizaciones obreras, sino los socialdemócratas y las derechas, como igualmente acabamos de ver en Francia.

Emplear a la ligera la palabra fascismo, dificulta la intervención de las organizaciones obreras en la lucha contra el fascismo de verdad. Esto, a su vez, alimenta la ilusión de que los partidos del sistema que de momento no están en el gobierno, prescindirán, en un futuro, de las medidas policiales y represivas para atacar a la clase trabajadora y los movimientos políticos contestatarios y que por tanto, yendo a votarlos, acabaremos con el fascismo.

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