Que mi nombre no se borre nunca de la historia…

… Decían unas letras de despedida de una de aquellas jóvenes (Las Trece Rosas) que fueron fusiladas en los tapiales del cementerio del Este de Madrid el 5 de agosto de 1939.

A la pregunta de a un ciudadano a ZP de si veía viable la comparecencia del expresidente Aznar ante el Tribunal Internacional de La Haya, junto a Tony Blair y George W. Bush para responder de los crímenes de guerra que la aventura de este último desencadeno con la invasión de Irak, escucho estupefacto, pero menos, que el de León le responde que “no sería deseable”.

Ante tan “afortunada” respuesta, cargada sin duda del espíritu cristiano que movió a nuestro hombre a trasvasar las tropas españolas de Irak a Afganistán, caben diversas reflexiones, pero yo me quedo con dos: ¿corporativismo y vamos a llevarnos bien por lo que pueda pasar? o pelillos a la mar.

Los españoles, por no hacer extensivo el compromiso a otros pueblos, que hemos padecido la historia del siglo XX más feroz debido a la guerra antifascista entre 1936-39, además de una brutal posguerra, (me estoy refiriendo a los que perdimos aquella guerra y se nos arrebató hasta hoy el régimen republicano) no quedamos nada satisfechos con la meditada respuesta de este señor que, por momentos, se me representa como un seminarista aventajado.

Evidentemente, y es de desear que siga siendo así en bien de la moral pública de este país, sigue habiendo dos Españas, por mucho que se esfuercen en demostrar lo contrario los que administran actualmente la finca patria, para los cuales España va bien: nos dice la tele que baja el índice de precios al consumo, que se incrementó el empleo, y qué se yo cuantas cosas más.

Todavía, y para vergüenza de mucha gente de este país, se adornan no pocas fachadas con las famosas gallinas imperiales que tan de moda se pusieron a raíz del triunfo del Glorioso Movimiento. Y los nombres de los generales que se embriagaron con la sangre del pueblo trabajador en aquella borrachera del 18 de julio aún se pueden leer en no pocas de nuestras calles, para que los escolares se aprendan de memoria los nombres de los héroes patrios, sobre todo ahora que ya no se estudia griego en los institutos y no es necesario conocer las gestas de los dioses helenos.

Hubo un tiempo en que pasear por el mundo el nombre de España fue un motivo de orgullo, sobre todo para este pueblo que, conformado por mujeres y hombres, investidos por la dignidad que representa haber expulsado del trono a un rey tirano, había traído una República sin el derramamiento de una sola gota de sangre, si no fue la de los dos heroicos capitanes que murieron fusilados por adelantarse a los deseos de la ciudadanía. Habíamos resistido, ante la pasiva complicidad de las naciones, tres años de lucha contra los generales que, aliados con Hitler y Mussolini, traicionaron a la Patria. Habíamos contribuido en diversos frentes europeos al triunfo de la causa aliada en la II Guerra Mundial. Habían sementado las universidades de medio mundo con la semilla de numerosos nombres de poetas, científicos, filólogos e historiadores. Habían limpiado con creces la sombría imagen que de España tenían numerosos países.

Entretanto, los que ganaron aquella ya lejana guerra, los que convertían a España de nuevo en un país tenebroso, poblado de cárceles, de conventos y de cuarteles, volvieron a colgar al Cristo difunto en las escuelas. Nos convirtieron en el modelo de lo que ningún pueblo debe repetir: abrir las puertas al comunismo y a la anarquía. Elevaron los besos en los parques a nivel de delito. Cuando estuvieron saturados los cementerios con sus victimas construyeron un gran mausoleo donde el jefe de todo aquello pudiera seguir contando los fusilados. Construyeron pantanos y carreteras para que no quedara memoria de la inmensa necrópolis que dejaban tras de sí. Y, tras tan colosal obra, comenzaron a traer turistas para rellenar el paisaje vació que habían dejado los numerosos hombres, mujeres, ancianos y niños de los dos bandos que aquella inmensa cacería dejó tras de sí: los ejecutados en los tapiales de los cementerios, los 500.000 que tuvieron que abandonar la Patria huyendo de la represión, los que huyendo del hambre y la miseria optaron por la emigración, los que, en tanto vivió el Centinela de Occidente, se enterraron en vida como animales bajo los muros de la cuadra y ante el temor de que hasta allí llegasen los de las boinas coloradas y los refulgentes correajes para fusilarlos en la plaza de toros del pueblo, los que no regresarían nunca del monte, donde se echaron para combatir al fascismo y donde desde entonces echan raíces con una bala en el lugar de la memoria.

He dado un pequeño rodeo para decir que, independientemente de la suerte que corran en el futuro estos pueblos que para bien o para mal compartieron lo bueno, lo malo y lo regular en el pasado, nosotros, los que de una forma u otra perdimos aquella y otras guerras; aquellos a los que no nos compraron la memoria con una vergonzosa Constitución y una bandera que no es la nuestra ni con todo ese invento del ESTADO DEL BIENESTAR; nosotros no estamos en venta. Y, por tanto, no nos resignamos a ser pasto de su desmemoria para que no nos salpique el lodo que en el pasado cubrió como una losa el prestigio de este pueblo.

Nos sentiríamos cómplices de los que, en el pasado y en el futuro arrasaron la tierra con el azote de la guerra y el hambre, la represión y la muerte si, desde ahora mismo, en el nombre de la sagrada memoria de todos los pueblos de la Tierra, no exigiéramos la comparecencia de esos tres genocidas de la famosa foto de Las Azores y de todos y cada uno de los responsables de esa y cada una de las guerras que asolan el planeta en estos momentos.

Ya no es tiempo de sacar del fondo de las tierras donde descansan los huesos de los caudillos que condujeron a la muerte a los millares de hombres que perecieron en la batalla de las Termópilas ni en ninguna de las que se desarrollaron en la antigüedad.

No pediremos los nombres ni los apellidos de los responsables de los ingentes éxodos que llenaron los caminos de África de hambrientas caravanas de mujeres, ancianos y niños, que aún nos siguen escupiendo el desprecio de sus miradas desde las pantallas de la televisión hoy, provocadas por sus guerras coloniales desde la antigua Roma hasta hoy.

No exigimos la comparecencia de los “intrépidos” capitanes de los Católicos Reyes que transformaron estos bosques de laurisilva, testigos del exterminio del pueblo guanche, en campos de desolación y de muerte y llevaron la devastación de la enfermedad y el expolio hasta los sagrados recintos de los pueblos inca y azteca.

No exigimos que se exhumen los restos de los generales que durante la Guerra de Secesión americana convirtieron en carne de cañón a millares de jóvenes de Georgia y de Virginia y que desde entonces abonan los luminosos y floridos campos de pan y rosas de la América en otro tiempo transitada por Walt Whitman.

No citaremos ante ninguna corte marcial a los responsables de la muerte de los miles de obreros asesinados tras la derrota de la Comuna de París, ni a los que mandaron a sus esbirros disparar sobre los Martires de Chicago en aquella jornada del Iº de mayo, los que permitieron la masacre de mujeres trabajadoras en Manchester, ni los que ordenaron la vil ejecución, ahora hace 80 años, de Bartolomeo Sacco y Nicola Vanzetti.

Inútilmente citar ya a comparecer ante ningún tribunal a los que enviaron a los 1800 soldados de SM que se enfrentaron en Insaldalwan con sus centelleantes bayonetas a los ingentes bosques de lanzas zulúes que penetraban ese día en las rosada carnes británicas como se hunde una lamina de cobre en las aguas del océano.

Claro que no sacaremos de sus soberbios mausoleos a los generales y mariscales que durante la Gran Guerra convirtieron los verdes prados de El Marne, los Vosgos y Verdún en inmensas fosas comunes donde, junto a las herrumbrosas bayonetas, se oxidan los cuerpos y los sueños de una generación, allí donde solo unos días antes se buscaban los jóvenes cuerpos de los amantes para solazarse y engendrar nuevos seres. Ni siquiera pedimos que comparezcan los orgullosos generales del III Reich que, antes de sembrar de muerte las costas de Normandía donde llegaban en oleadas los vigorosos cuerpos de los las tropas aliadas, habían construido aquellos campos de exterminio donde, en los grises amaneceres, tenebrosos trenes vomitaban ingentes caravanas de antifascistas polacos, republicanos españoles, gitanos, rusos y judíos bajo los fríos focos de Dachau, Mathausen, y Auschwiz. Los mismos que condujeron a sus tropas hasta las heladas estepas de la Rusia soviética y donde jóvenes rubios llegados desde los soleados viñedos del Rin fueron a morir al pie de los muros de la heroica Stalingrado, defendidos por las generosas cosechas de mujeres y hombres templados en las acerías de Lenin.

Todos aquellos que sucumbieron en las ciudades de Europa, en Hiroshima y Nagasaki, en la intrincada jungla de las islas del Pacífico víctimas de las bombas, del militarismo de los generales y de los apetitos del Imperialismo.

No pediremos cuentas ya por los 400 inocentes que fueron sistemáticamente barridos como espigas por las ametralladoras el 13 de abril de 1919 en la ciudad india de Amritsar a mayor gloria del Imperio Británico y de sus mercaderes.

Los millares de soldados del general Silvestre que murieron en Annual en 1921 defendiendo los inconfesables intereses de los miserables reyes Borbones que administraban aquellas tierras como si de un coto privado de caza se tratara.

Las innumerables tribus de indios norteamericanos que esperan inútilmente bajo el polvo de las atormentadas praderas el regreso a las tierras que les fueron robadas por la codicia del hombre blanco.

Los que, amparándose en el cumplimiento del deber y en la salvaguardia de los valores patrios y de la Civilización Occidental, no purgaron jamás sus crímenes, ni en Chile, ni en Guatemala, ni en Honduras, ni en Nicaragua, en Grecia, en Portugal, en Paraguay, en Uruguay, en Argentina, Vietnam…

Los millares de sudafricanos sacrificados en las numerosas cacerías organizadas por los afrikaners a lo largo de varias generaciones y cuyos nombres cubren su cálida sabana y se alzan como un bosque en la memoria de ese pueblo.

Todos esos millones de personas que se ocultan bajo el anonimato de las frías cifras de los periódicos y bajo los oscuros subterráneos de los gobiernos están listos para desfilar ante los que les condujeron hasta las oscuras tumbas sin nombre. Aunque solo sea para tender su mano un día y señalar con el dedo a tanto asesino suelto y más de uno galardonado con el premio Nóbel.

Por tanto, exigimos que comparezcan ante un tribunal internacional los tres máximos responsables de la actual guerra civil en Irak, desatada tras la intervención de las tropas de EE.UU. a instancias de su actual presidente, así como sus máximos responsables, por crímenes contra la Humanidad y cuyos nombres se detallan al pie de este documento.

– Anthony Blair. (Primer Ministro inglés en los días de la Invasión)

– George W. Bush (Presidente de los EE UU. de América en los días de la Invasión)

– José María Aznar (Presidente del Gobierno español en los días de la Invasión.)

Envía un e-mail a la Corte criminal internacional : vprsapplications@icc-cpi.int

Que tu nombre no sea cómplice de este genocidio…”

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