¿Razón o fe?

El autor nos dejó en Mayo de 2015, colaboró con nosotras en los primeros años de LQSomos, ahora de nuevo republicamos algunas notas suyas (agosto 2006), que siguen estando vigentes en pensamiento y obra.
Sit tibi terra levis

losotros354Antonio Pulido Centeno. LQSomos. Agosto 2015

Últimamente se está reclamando, por parte del sector de la población que se autoproclama cristiana, católica, apostólica y romana, la inclusión de la enseñanza religiosa en las escuelas situándola, por lo menos, al mismo nivel que las matemáticas, la física o la lengua y evaluable en la misma medida. Hasta hace poco, esta enseñanza simplemente se imponía. Vamos progresando.

Lamentablemente, a ningún sector se le ha ocurrido reivindicar para sus vástagos el fomento del aprendizaje a: tener criterio propio y sentido común, la enseñanza de la ética, la libertad, el sentido de la justicia y de la responsabilidad, de la solidaridad, de la educación cívica, de la cultura, del altruismo, de la generosidad, de la tolerancia, de la hombría de bien, de la filantropía, en resumen. Materias que, en teoría, estarían comprendidas en la religión, pero que, a la vista de los resultados que estamos viviendo, dista mucho de ser una realidad. Materias que, llevadas a la práctica sin necesidad de la esperanza de un premio ni el temor a un castigo, bastarían por sí solas para alcanzar el nirvana y/o el ingreso automático en el hipotético paraíso de un más que problemático más allá. Pero materias que requieren un notable esfuerzo personal a la hora de ser aplicadas. Y no parece que se esté mucho por la labor.

Sorprende que una materia que entra de lleno en el ámbito de la opción personal, no se imparta en donde debiera, es decir, en el hogar de los padres interesados en ella o en catequesis parroquiales. Comprendo que la enseñanza por parte de los padres y/o del clero no podría limitarse a una simple exposición teórica con evaluación final: requeriría, para confirmar la certeza y validez de lo que se enseña, el esfuerzo de predicar con el ejemplo, lo que, evidentemente, es otro cantar. Infinitamente más sencillo resulta mezclarla con el resto de materias escolares y darle el mismo tratamiento, traspasando de ese modo la responsabilidad al profesorado, del mismo modo que pesa sobre éste la obligación de que la juventud aprenda matemáticas sin necesidad de que los padres sean una autoridad en la materia. Es así como se justifican y tranquilizan muchas conciencias.

Más sorprendente aún es la pretensión de convertir en obligatoria para todos, creyentes y no creyentes, esa enseñanza, amparándose en una supuesta mayoría de católicos -simplemente apuntados en el club sí que lo son- y despreciando al resto de creencias y a los que, en otros muchos casos, carecemos de ella, hasta el extremo de negar a éstos la posibilidad de que sus hijos aprovechen el tiempo, que ellos dedican a la religión, a reforzar los conocimientos de las disciplinas con que tendrán que desenvolverse en su futura vida profesional. Porque «se sienten discriminados», proclaman. Por lo visto, ellos son los únicos acreedores de derechos, mientras que los demás somos los que pisoteamos sus creencias, los que somos intolerantes y los que preconizamos la implantación del laicismo en la sociedad.

Pues bien: Aunque sea de manera superficial y sin el empleo de argumentos teológicos ya que no tengo ni nociones de teología; mi punto de vista es simplemente el de un ignorante aunque pensante ciudadano de a pie, vamos a analizar la doctrina que, ante el creciente rechazo que están experimentando, pretenden imponer a la totalidad de la población; es decir, veamos en qué hay que creer por decreto, que no por convicción:

Sin recurrir a la fe, la creencia razonada en la existencia del dios tradicional resulta altamente problemática y de difícil digestión, al menos para el común de los mortales -los que en definitiva sostienen las religiones- que no es muy probable que posean grandes conocimientos filosófico-teologales. Sobre todo, si analizamos esta creencia bajo la perspectiva subjetivista de los dogmas de las religiones al uso.

Dios, si es que existe, sería algo indefinido e indefinible, inalcanzable e incomprensible para la mente humana. Si tiene algún propósito, escapa por completo a nuestro entendimiento, pero, desde luego, que no es el de premiar ni castigar a nadie. Su propósito sería global sin bajar al detalle ni al extremo de controlar hasta el más leve movimiento. Debe carecer de la noción de pecado porque es la perfección suma y, si nos ha creado, no puede haber realizado una obra imperfecta y menos aún pedirle responsabilidades posteriores por su imperfección, por lo que sería un sano ejercicio de humildad buscar al responsable de nuestra existencia en instancias inferiores a ese pretendido origen divino de la especie. Ese Dios, además, no debe necesitar absolutamente para nada de nuestra adoración servil y humillante. Mucho menos a través de intermediarios ni desde la arquitectura de enormes templos. Me niego a aceptar que exija dolor y sacrificio como medio de alcanzar su gracia, aunque se me argumente que de otro modo, sin la esperanza en un más allá alcanzable a través del dolor y el sacrificio, la vida no tendría sentido: falacia con la que se intenta evitar la «rebelión de las masas» y facilitar y justificar el bienestar de los que viven como dios. Si Dios existe, es Dios; por qué y para qué, escapa a nuestra precaria facultad de razonamiento y comprensión; está ahí y punto. La satisfacción de nuestro ego y nuestras ansias trascendentales o de pervivencia -dado que algo tan «especial» y «maravilloso» como es la especie humana no puede acabar aquí, sino que debe de alcanzar la eternidad-, tienen necesariamente que circunscribirse al ámbito de la simple esperanza especulativa. No es éste precisamente el dios que preconizan las iglesias cristianas ni de cualquier otro signo.

Mas, aunque no creo, ni tan siquiera como en un burdo referente que nos aproximara a su ser, en el dios inventado, antropomorfo y retorcido, sátrapa, misógino y ávido de venganza, impulsor del «ojo por ojo, diente por diente», exigente de dolor y sacrificios, que nos hace jugarnos a una carta la «salvación» o la «condena» y que es el que nos presenta tanto la religión judeocristiana, como cualquiera de las ¿monoteístas? actuales o pasadas, admitamos por un momento la existencia de ese dios y aceptemos que ha creado esa maravilla inconmensurable, desconocida e incomprensible a la que llamamos Universo; algo de lo que únicamente podemos apreciar, de manera muy vaga e incompleta, su espléndida belleza y magnificencia, pero cuya composición, extensión y leyes últimas escapa, en su inmensa mayoría, a la burda capacidad de comprensión de la mente humana; que ni tan siquiera podremos saber si este Universo forma parte a su vez de un mega o supracosmos cuya extensión y características no llegaríamos ni a imaginar, del mismo modo que un simio no puede ni tan siquiera sospechar que vive en un planeta que gira y se mueve flotando en el espacio; del mismo modo que una bacteria nos causa enfermedades sin tener ni el más remoto conocimiento de nuestra existencia como humanos. Cuánto más inaccesible, por lo tanto, nos resultaría comprender la naturaleza de quien hubiera podido crear ese todo del que tan sólo somos una parte infinitesimal sin ninguna relevancia y, desde luego, muy lejos del título aquel de «rey de la Creación» que nos habíamos adjudicado, henchidos de orgullo por haber alcanzado la consciencia de nosotros mismos y haber podido deducir algunas leyes y principios, que creemos constantes e inmutables, del Universo.

Porque, analizando de forma somera y sin enfrascarnos en escabrosos vericuetos filosóficos y teológicos, este Universo que, como humanos, somos incapaces de imaginar sin la existencia de alguien que lo haya creado ¿con qué fin hubiera podido dios crearlo? ¿Para manifestar su poder? ¿A quién? Si en el principio era el Verbo, según nos cuentan, no había nada ni nadie que pudiera percatarse del evento. ¿Por autoestima o vanidad? no concuerda con los atributos de inteligencia y sabiduría infinitas de que ha sido revestido. ¿Por soledad o aburrimiento? representaría, como las anteriores cuestiones, manifestaciones imperfectas de un ser que debería ser la perfección por antonomasia y del que nos dicen que es espíritu puro, infinitamente sabio, justo, poderoso, principio y fin de todas las cosas (que premia a los buenos y castiga a los malos, quedará analizado más adelante), tal y como se describe en el catecismo que se embutía ferozmente en nuestras candorosas mentes de pequeños futuribles. Un ser eterno, intemporal, omnisciente, omnipresente y omnímodo no precisa en modo alguno de manifestaciones vanidosas que, en definitiva, ni condicionarían ni alterarían su poder, su gloria o su esencia porque debería ser inalterable por definición. Si tuvo necesidad de crear, deja de ser perfecto, pues tenía una carencia. Y si no es perfecto, deja de ser el dios que se han empeñado en presentarnos siempre.

Se me objetará, con toda probabilidad y sin margen para error alguno, que estoy incurriendo en un acto de soberbia y que no estoy capacitado para entender las razones de los actos de dios. Efectivamente: mi entendimiento es tan ridículamente precario que no alcanza ni a entender lo que tengo delante de mis narices. Pero resulta que este entendimiento, por ser humano, es exactamente igual, en esencia, en amplitud, alcance y limitaciones, al del objetante que se atreve a explicarme, por mucha teología y filosofía que haya estudiado, la naturaleza y atributos de ese dios, como si tuviera una relación excepcional y directa con él y fuera el depositario exclusivo de sus razones, o el guardián de su única verdad revelada, lo que, evidentemente, no es; motivo por lo que me considero con, exactamente, el mismo derecho a cuestionar aquello que él afirma tan rotundamente. Y no me sirve el socorrido argumento de la revelación, porque ¿cómo ha podido dios hacer tantas y tan diversas revelaciones a cada fracción de la Humanidad que en cada momento se ha erigido y continúa erigiéndose en poseedora de la revelación auténtica y de la verdad absoluta; que ha adorado a tantos y distintos dioses a lo largo de la historia humana? Un dios real, del que dudo mucho que hubiera sentido la necesidad de hacerlo, habría realizado una revelación universal y única, sin lugar a paliativos ni a interpretaciones partidistas, del mismo modo que ha podido establecer, si lo ha hecho, las leyes inmutables, universales e igualatorias que rigen el Universo; del mismo modo que se infundió la necesidad perentoria, irrefrenable e inapelable del sexo y el instinto de supervivencia en todos los seres humanos, sin distinción de razas ni creencias y sin lugar a interpretaciones personales. El no ser así, me hace creer que en cada época se han inventado a dios de una forma interesada y partidista con el evidente propósito de sometimiento de las mentes y manipulación de las masas que, carentes de criterio propio, motivado por su ignorancia congénita -y fomentada posteriormente- y por el miedo hacia lo que no comprende, necesita creer en algo externo y superior a sí mismo que le explique lo inexplicable y que le guíe en este maremagno de deseos e inclinaciones contradictorias entre sus sentimientos y la enseñanza recibida, -entre la razón y la fe-, motivo por lo que se muestra ansiosa por aceptar cualquier idea que los libere de la responsabilidad de la crítica y del razonamiento propio. El hombre-animal todavía precisa del macho dominante, al que gustosamente se somete, llámesele dios, líder, chulo del barrio, ídolo, tótem o tirano, pero en muy raras ocasiones «libertad» ¿Cómo, si no, explicar la multitud de acólitos que se adhiere a la cohorte de dioses, religiones, iglesias, profetas, iluminados, gurús, videntes y sectas que han sido y son, cada una de ellas con sus respectivas y distintas versiones y ramificaciones, cada una de ellas reivindicando para sí la posesión de la verdad y autoproclamándose como la única religión verdadera, cada una de ellas viviendo opulentamente de la multitud de sus seguidores? ¿Cómo ha podido el dios creador de todo lo visible manifestarse únicamente a un sector de la población por él creada, -el «pueblo elegido»- despreciando al resto, e incitando además a sus adeptos a que combatan a sus hermanos, en definitiva, a sus propios hijos, para conseguir la adhesión a su causa o su destrucción en caso contrario? ¿Cómo un dios de amor pudo y puede permitir que, en su nombre, se cometa la cantidad de tropelías que nos narra la historia y de las que aún podemos ser testigos a diario?

Aunque siempre me ha admirado sobremanera la sensibilidad tan a flor de piel que muestran ante las críticas adversas que necesariamente han de recibir -en aras de la libertad de sentimientos y opinión- los que se consideran religiosos; aunque siempre me ha parecido que quienes así actúan tienen muy poca fe en su fe, pues si se está plenamente convencido de algo debería tenernos sin cuidado la opinión de los demás, no quiera verse en estos argumentos intolerancia, falta de respeto o un intento de ridiculizar ni coartar las creencias de cada individuo, muy libres, por otra parte, de comulgar con las ideas que quieran y pensar como les venga en gana. Libertad que, ciertamente, no nos conceden a los que pensamos de distinta manera. Mis objeciones están dirigidas contra la nefasta práctica de querer imponer esas o cualesquiera otras ideas al resto de la población, amparándose quizá en el aforismo, más bien sofisma, del vox populi, vox dei (o también: «millones de moscas no pueden estar equivocadas, ergo…»); es decir: si muchos comparten mis ideas, seguro que voy por el camino correcto; peregrino intento de reafirmar la creencia en algo que le fue dictado y reiterado, más por tradición, inercia o costumbre que por convencimiento, desde la infancia; de lo que no está plenamente convencido, porque no encontró muchos ejemplos a imitar y porque no se le mostró razonadamente sino como algo en lo que había de creer so pena de perder la «gracia» de dios: y en lo que quiere y precisa creer a toda costa, pero que teme analizar por sí mismo hasta sus últimas consecuencias, por miedo o por comodidad. No otra cosa es la fe. Lo repudiable de ese afán proselitista suele ser su intransigente y fanático integrismo fundamentalista, con todas las connotaciones negativas inherentes a estos términos.

Dios creó al hombre, nos dicen, a su imagen y semejanza. Descarto la semejanza en lo físico, porque no entiendo un espíritu puro con forma de primate. Pero creó a cuál de ellos: ¿al australopitecus? ¿al homo habilis o al erectus? ¿tal vez al antecessor o al georgicus? ¿Puede que fuera al cromagnon, al neandertal o al actual sapiens? ¿de raza blanca, negra, amarilla…? ¿O los fue creando y a medida que comprobaba que le salían unas chapuzas -como aquellos ángeles que se le rebelaron, dando origen al «demonio» y el «infierno»- los destruía y reemplazaba? Porque no todas las razas fueron compatibles genéticamente, la mayoría era imposible de cruzar entre sí del mismo modo que actualmente no podemos cruzar a un sapiens con un chimpancé. ¿Y qué hacemos, además, con las especies que filogenéticamente nos precedieron y de las que, al parecer, hemos evolucionado? ¿»A su imagen y semejanza» incluye el intelecto? Porque si la imagen resultante es esta abominable y hedionda humanidad, poco podemos esperar del original del que seríamos el vivo retrato.

Por otra parte, si fuera cierto que dios creó a la pareja humana, Adán y Eva, de la que nos dicen que provenimos el resto de la Humanidad, estamos asistiendo a la narración del más gigantesco episodio incestuoso que jamás se haya dado. Y si incluso las más primitivas tribus del Amazonas repudian la endogamia para evitar la degeneración de su pueblo, ¿no pudo dios, con su sabiduría, haber previsto este detalle? ¿No se podían haber inventado un modo más razonable de mostrarnos nuestros orígenes? ¿Tendrán que transcurrir los mismos siglos que antaño, cuando por fin aceptaron y reconocieron que la tierra es redonda, tras haber asesinado a infinidad de paisanos por no pensar, como ellos, que era plana y centro del Universo?

No se me argumente que, al igual que el episodio de la manzana, la historia está contada metafóricamente para hacerla asequible a la mentalidad y conocimientos del tiempo en que fue escrita y que lo fundamental es «el mensaje». Porque actualmente todos estamos de acuerdo en la esfericidad de la Tierra, en que un cuerpo más pesado que el aire puede volar y en que el cine ya es sonoro y con colorines, pero la religión sigue estancada en las antiguas creencias, (hasta el extremo de que muchas comunidades religiosas rechazan de plano la evolución y se da como artículo de fe único el creacionismo). Al menos, la religión que se enseña al pueblo llano. Lo que creen en su fuero interno los estamentos jerárquicos superiores, es materia reservada y personal que sería curioso conocer y que posiblemente nos revelaría todo un mundo de sabrosísimas sorpresas.

¿Y qué decir del enorme cabreo que coge dios, todo un hacedor del Universo, por la simple desobediencia o por el intento de alcanzar el nivel de conocimientos que su creador poseía, -¿qué padre no desea que su hijo alcance y supere su saber?- de un menos que nada individuo por él creado, con el agravante de que si es infinitamente sabio debió prever que tal cosa ocurriría? ¿Cómo es posible que a raíz del hecho condenara al infractor y a toda su descendencia a las más horripilantes penas en las calderas del infierno, con sus «llantos y rechinar de dientes»? Y cuando advierte que la humanidad de entonces le ha salido rana, le suelta un «diluvio universal» que no deja títere con cabeza fuera del arca. ¿Y nos cuentan que dios nos ama? ¿Puede un ser infinitamente sabio desconocer los hechos que se habrían de avecinar, sin, pudiendo, evitar que sucedieran? ¿Puede un ser todopoderoso realizar, al crear a la raza humana, una chapuza de tal envergadura que le obligue a su destrucción? Porque si la perfección por antonomasia realiza un acto imperfecto, ya no es dios. ¿Es posible que para calmar su cabreo, su ira y ansias de venganza, tenga que enviar a un hijo, o a sí mismo si pensamos en la trinidad, para que se lo asesinen -¿hay algún hombre capaz de matar o hacer matar a un hijo para satisfacer su ego?- y así poder dar, de paso, una oportunidad a la nefasta humanidad de alcanzar la «salvación eterna»? ¿No es esto un exceso de engreimiento? ¿Puede un dios ser vanidoso?

Pero además, ¿La salvación de qué? ¿De sus pecados? ¿Y por qué fabricó al hombre con esa cantidad de defectos, pudiendo haberlo hecho impecable? Además, ¿alguien me ha pedido opinión sobre si quería nacer y arriesgarme a terminar tostándome en el infierno? ¿Alguien me ha propuesto la vida, explicándome antes los pros y los contras, dejándome entonces decidir libremente? Y si me han puesto aquí sin mi consentimiento, pero eso sí, dotado del «libre albedrío» para que me «salve» ¿Cómo se me piden responsabilidades no sólo por mis actos, sino por lo que pudo hacer con una manzana un pobre australopiteco que apenas si contaba con la facultad de razonar? ¿Y todo para ponerme a prueba y ver si soy merecedor de ocupar una plaza en el cielo? ¿Es esta la actuación inteligente de un dios, su infinita justicia? Porque, por otra parte, si dios es infinitamente sabio y conoce nuestro destino porque todo lo tiene presente ¿no es una crueldad crear a aquellos que sabe que se van a condenar, -metiéndonos de lleno en la teoría de la predestinación-, conociendo asimismo de antemano -porque es infinitamente sabio- el uso que va a hacer su creado del libre albedrío? No es posible que dios, si existe, sea ese estúpido con ínfulas de superdotado, que algunos se han inventado y que nos quieren imponer. Y si lo es, que no cuente conmigo: declino el honor de compartir con él una eternidad.

Es inconcebible su necesidad de ser permanentemente adorado en enormes templos de gran opulencia y a través de numerosos intermediarios, ahítos de vanidoso orgullo y adornados de excesiva y ridícula parafernalia travestida y carnavalesca. Mucho menos comprensible, si además se da el caso de que una ingente multitud de sus criaturas, -que ha recibido el «don inapreciable de la vida» y que cuenta con el «libre albedrío», eso sí-, carece de toda probabilidad de sobrevivir, no sólo con un mínimo de dignidad, sino simplemente de sobrevivir y ver sobrevivir a su hijos y que, presa de la desesperanza, incurre en horrendos «pecados» que les acarreará su ingreso directo en la nómina del más terrible de los infiernos.

Por supuesto, se les ofrece la posibilidad de conversión y arrepentimiento, mediante mucha fe, más el apuntarse en la Iglesia-fuera-de-la-cual-no-hay-salvación y la aceptación alegre, sumisa y paciente -tomen ejemplo del santo Job- de sus penurias y sufrimientos, con promesa incluida de una vida mejor… aunque no aquí. Y a eso le llaman esperanza. Se les ofrece las migajas de la limosna, porque se niegan a ofrecerles la justicia a la que son acreedores aquí y ahora. Y a eso le llaman caridad, amor. Mantienen al pueblo sumiso, con la mente domeñada y a la expectativa del paraíso (que le será negado, por supuesto, a los ricos), todo es cuestión de un poco de paciencia. Y a eso lo llaman «cumplimiento de la ley de dios».

Y a estos comentarios, lógicamente, los llaman… demagogia.

Y todo eso lo permite un dios único, que a la postre no es tal, pues está rodeado de dos personas más formando la indigerible trinidad, amén de una relación abultada de santos, vírgenes -con sus abundantes advocaciones-, beatos y demás especímenes, a los que se encomienda con fervor el pueblo en busca de favores directos o por recomendación. Si dios es tan poderoso ¿porqué recurrir a tanto santo y virgen, pudiendo ir al origen de todo que, en definitiva, es quien habría de conceder la petición? ¿No parece que la idea del politeísmo está más arraigada en las creencias de la humanidad que la confianza en un solo individuo?

Por lo demás, me cuesta creer que dios pueda estar pendiente de todas las cuestiones humanas, guerras, forma de hacer una tortilla -como dios manda- y partidos de fútbol incluidos, interviniendo a favor de unos y perjudicando claramente al contrario; que conceda «milagros» a depende de quién y con qué grado de «fe» se lo pida, lo que me lleva inmediatamente a pensar que algún mecanismo inconsciente de nuestra mente es quien realmente realiza el tal prodigioso «milagro» y no mediación divina alguna. Enuméreseme, si no, los casos de idiotas profundos convertidos súbita y milagrosamente en Premios Nobel por la mediación de algún dios, virgen o santo.

Se ha pretendido continuamente presentar el hecho religioso como actos de factura extraordinaria, vedados al común de los mortales y que demuestren su origen divino. Lo malo es que se han pasado y cada vez lo han embrollado más y hecho menos creíbles. Recordemos a la virgen María -cuya «inmaculada concepción», por cierto, se dio como dogma a mediados del siglo XX. Antes no se había dicho ni «mu» sobre el evento-, «madre» de dios, en clara referencia a antiguas diosas paganas.

¿Qué le ocurría por aquellos pagos a una mujer sorprendida en adulterio? Pues que era automáticamente repudiada y lapidada. Algo similar a lo que les ocurría, en tiempos de la «santa» Inquisición, a las pobres «brujas» que confesaban estar preñadas tras su pecaminosa relación con un íncubo. María, al fin y al cabo, era una mujer casada con José. Y mucha fe debía de tener este señor en sus sueños con ángeles y querubines enflautados para tragarse la explicación del «milagroso» embarazo de su esposa. Mención aparte merece la consideración de averiguar dónde, un espíritu puro, lleva el semen compatible con una humana.

¿Cómo un dios puede ser tan retorcido? ¿No encontró un método más «normalito» para escribir la historia? Porque también tiene bemoles el que una señora sea virgen antes de un parto, en el parto y siga siéndolo después del parto. Se me dirá que un ser todopoderoso como es dios, puede hacer esto y mucho más. Pues por eso: ¿no pudo hacer aparecer a su hijo de un modo más digerible, más acorde con sus propias leyes? Porque lo de la lapidación estaba escrito en sus propias leyes.

Igualmente ¿cómo el hijo viene desautorizando a su padre o a él mismo, depende de cómo se mire? Véase el episodio de recomendar el «amarás a tu enemigo» en contra de lo que estaba escrito: «ojo por ojo…» en la Ley del Talión.

Que no me parece mal, en absoluto. Al fin y a la postre es más conciliadora, razonable y humanitaria esta postura que la vengativa dada en un principio por el padre. Y no sólo en esta cuestión: las enseñanzas que dicen que dejó Cristo son más ajustadas a razón, sentido común y ética que las que proponía la ley antigua, aunque continúa con la nefasta y antinatural preconización del dolor -si tan meritorio es el sufrimiento ¿porqué lo rehuimos por todos los medios?-, el sacrificio y la espera de pasarlo bien en otra vida -¿y porqué nadie quiere morir si le espera una vida mejor y eterna?- mediante la «salvación». También le sobra el macabro relato de azotes , crucifixión y resurrección contra natura, además de entender que para enseñar esto no era necesario presentarlo como «dios», «redentor», ni «salvador» como narran los evangelios que la jerarquía nos ha permitido conocer, que son, lógicamente, los que mejor se adaptaban a los intereses del imperio eclesial, eliminando todos los apócrifos y gnósticos que dan versiones distintas (y más «humanas» si se quiere) de la historia.

Insisto en que estos comentarios no son más que un simple deseo de reclamar para mí el mismo respeto hacia mis no creencias que reivindican para sí los adictos a la religión. Ellos tienen perfecto derecho a creer en lo que deseen, pero yo tengo el derecho de que no se me imponga, como han venido haciendo a través de siglos, una fe y unas normas de conducta que no comparto en absoluto y con las que estoy en total desacuerdo. Simplemente reclamo lo que ellos predican pero que aplican según su conveniencia: «No hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti».

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