¡Resistencia! La estrategia del caracol

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez. LQSomos.

Los vecinos de uno de los barrios más pobres de Bogotá luchan para evitar el derribo de la casa donde viven, que es propiedad de un millonario sin escrúpulos

Resistencia… La manifestada desde “La estrategia del caracol” (Sergio Cabrera Colombia, 1989), su estreno en Colombia se prolongó durante casi un año, y se sumó al conjunto de referencias cinéfilas del momento, y así lo reflejó una carta que muchos habríamos suscrito:

“Acabo de ver La estrategia del caracol, pequeña gran película colombiana. Me he reído con ganas, me he emocionado sinceramente con esa lucha del débil frente al poderoso e insensible dinosaurio burocrático y, lo más importante, me ha transmitido cosas que me han hecho pensar y tener fe en una sociedad mejor. Un nuevo canto, llegado del Sur (nada que ver con el gran hermano del Norte), a la dignidad, la tolerancia, el romanticismo, la imaginación. Un canto, en definitiva, a esa utopía que, desgraciadamente, parece quedarnos tan lejos hoy en día. Todavía desconozco si voy a encontrar mi lugar en el mundo (dudo de que ni siquiera haya comenzado la búsqueda); no sé si alguien será capaz de encontrar la receta mágica e ilumine el lado oscuro de mi corazón (es tan difícil, tan difícil); pondré todo mi empeño en aceptar sin prejuicios tanto la fresa como el chocolate; confío en que entre el principio y fin de la vida no haya un trágico desarrollo; en definitiva, creo que lo que hay que hacer es adoptar cuanto antes una imaginativa estrategia…” (José Mª Fernández Paniagua, “Cartas al director”, El País, 19-07-1994)

Inspirada en un singular episodio de lucha sucedido en los años sesenta, el argumento se centra en un grupo de inquilinos forzados al desalojo, lo que convierte la vivienda con su historia en un escenario de la lucha de clases, ¿De quién es la casa?, ¿Del prepotente y mafioso neoliberal que la heredó de unos parientes que nunca vivieron en ella, o de los que han hecho allí buena parte de su vida? En una sarcástica alegoría que caricaturiza la inoperancia del estado y ridiculiza la mentalidad de los “amos” que hacen la injusticia de la justicia, como proclama ante los atónitos cámaras de una televisión cualquiera el increíble personaje que cuenta como las clases desposeídas necesitan de una “estrategia”.

Lo que sigue es toda una clase atractiva sobre la necesidad de unir la imaginación estratégica con la acción, y sobre como unir al pueblo más variopinto –desde una santurrona hasta un comunista estrecho y disciplinado- por un objetivo común.

Otra casa es posible, una casa donde las vistas no son las ruidosas calles de la capital sino la naturaleza viva.

Rodada en verdadero “estado de gracia”, Cabrera construye con la acción, que la anécdota es suficiente para desarrollar un fresco íntegro sobre la vida urbana, un espejo esperpéntico como reflejo del desajuste entre el poder y la realidad, producto a su vez de la perpetua tiranía burguesa. El régimen de arbitrariedad que define toda esa vida es, de principio a fin, el ingrediente legítimo que la película detalla con tal precisión y sentido, que de la suma lógica de factores no puede salir otra cosa que el surrealismo, de suerte que cualquier coincidencia con el absurdo sea “pura realidad”. Frente a la desmedida injusticia de unas estructuras impuestas durante siglos, en La estrategia del caracol -como en la experiencia cotidiana de tantas sociedades al azar del desamparo- la ilegalidad termina siendo vía exclusiva de supervivencia en la única trinchera de la clandestinidad. Es cuando, también, la habilidad de la pobreza engendra individuos cargados de imaginación, dispuestos a defender la dignidad aun al precio de sus vidas. El tema de una estrategia defensiva, inspirada en el arte y la anarquía, es el trazo ideológico que el film adopta en su misión política de reconocer la inteligencia de un pueblo que, a pesar de todos los atropellos y miserias, conserva milagrosamente su capacidad de “quienes durante fueron hace dos milenios bautizados como la sal de la tierra: la carne de acera, los sin ley, los errantes, los expulsados, los desheredados, que logran convertir en un refinado arte de vivir la miseria de la supervivencia y a quienes su ingenio les da la capacidad para transformar el mundo y burlar con la imaginación lo legislado por quienes tienen el encargo de estrangular la imaginación con las sogas de sus códigos”.

Por encima del eje que sirve de base al calculadísimo inserto de los arquetipos, ciertas conductas, estados mentales y una partida de sentimientos conquistan una dimensión superior, transformándose en fuerzas protagónicas que cumplen la doble función de resolver la trama y ser una convocatoria ética (que algunas ideologías estimarían antiética) como alternativa de libertad en medio de un sistema sin soluciones ni futuro.

Así, el amor absoluto es capaz de matar a quien se ama para que no sufra más; la convicción religiosa se sacrifica para ser cómplice del delito; la desesperación y la locura crean maniobras inconcebibles -llegando a materializar auténticos espejismos- para desestabilizar el poder y postergar la inevitable derrota. Acaso sea la inspiración en semejante territorio psicosocial, legado impredecible de cuantas alteraciones conformen la historia colombiana, lo que, deliberadamente o no, aproxima La Estrategia del caracol al umbral del realismo mágico, un espacio en el que un colectivo humano impulsado por el concepto de mantener su dignidad a toda costa, la excepcionalidad hará que cada uno de los personajes se muestre muy diferente a como parece inicialmente: “El ladrón se vuelve honrado, el travestido hombre, el cura cómplice y enamorado, el abogado deja de creer en las leyes, el militante comunista en los esquemas, el viejo tramoyista cambia la estenografía del teatro para el manejo del pesado mecanismo de la realidad…”

Ilustrando uno de tantos conflictos surgidos de la desigualdad ancestral, el film condensa la enrevesada maraña de comportamientos y credos que, sin descifrar lo inexplicable, se exponen como formas de estar, desarrollarse y sobrevivir cada día a la injusticia. Mientras la crueldad del poder distrae su aburrimiento “lejos del mundanal ruido”, el espacio “inquilinal” es metáfora donde la necesidad de defenderse armoniza el pasado y el presente generacionales, la moral con el pecado, el fanatismo católico con el marxismo radical, la anarquía con la ley. Lección mucho más humana que ideológica, planteada por Cabrera en su ambición de descubrir soluciones desde esa dinámica misteriosa que es la misma vida.

El clímax de este canto a la resistencia, realizado en virtud de los valores más humanos confirman las facultades de su autor como uno de los mejores narradores fílmicos de la cultura colombiana y latinoamericana. Pues no se trata sólo de conducirse con inteligencia en medio de las leyes que hacen necesidad de resistir, su fe en el futuro y su talento para ser feliz entre la nada.

El conductor narrativo es un testigo, “experto en desalojos”, cuyos testimonios para la televisión dan lugar a una serie de flash bangs que entretejen una estructura circular donde finalmente se repite la anécdota de siempre. “La injusticia de la justicia y la falta de estrategia de la clase inquilinal” es la jocosa explicación que abre el tono de sardónica comedia a una crónica recreada en el espacio de una típica casa de inquilinato situada en un antiguo barrio bogotano. La introducción nos conduce ya a un cuadro humano que el director hábilmente planifica en la composición visual: los arquetipos sociales no son descritos por la imagen, sino expresados en un conjunto de interacciones. El plano y el espacio escénico se determinan así a modo de instante que sigue la complicada naturaleza de un hecho real: por cada toma, un mundo, y esto ocurre en todos los niveles de la película. Su virtud poética consiste entonces en convertir cada fragmento en una suma sintética de fenómenos coexistentes, del mismo modo como su construcción dramática viene a ser fusión de los principales accidentes que han moldeado la identidad colombiana, individual y política, a lo largo de la historia.

Burócratas ignorantes y torpes, fuerzas del orden, hampones callejeros, marginales excéntricos, tinterillos despistados, encantadores de serpientes. El universo urbano en una sola escena que antecede rápidamente el episodio de fuegos cruzados que se cierra con la muerte de un niño, en alusión a las cientos de miles de vidas inocentes que se ha llevado la violencia durante décadas.

Mientras un viejo republicano de la guerra civil española planifica una estrategia que en principio suena a ocurrencia, se van integrando en la trama los arquetipos exactos que revelan el perfil nacional. Con cada personaje se fundamenta una conducta social de cuyas causas, en el caso de los decisivos, tendremos un referente histórico en algún lugar de la orquestación fílmica. En toda la película hay huellas de la obra mexicana de Luis Buñuel, del humor de Valle-Inclán, así como de la idea de la tragedia optimista de Bertolt Brecht.

Además, hay alguna referencia clara a los republícanos españoles, una profunda conexión con la memoria cenetista. El propio Cabrera responderá sobre la cuestión:

“Sí, está el himno anarquista y la bandera de la CNT, y en el cuarto de Jacinto hay un cuadro de Durruti, el dirigente anarquista. Claro, los españoles saben inmediatamente que él es español. Pero lo que quiero decir es que no me preocupé en el sentido tradicional de hacerle decir cosas como cuando yo vivía en Madrid, y para este personaje, ser español es un accidente mas de todos los que ha tenido en su vida, no es un militante de las causa justas. ¿Eres consciente precisamente que el acento y determinadas expresiones o manera de hablar, por ejemplo el uso de los diminutivo, añaden encanto y comicidad a la película para el espectador español?

Pero en Colombia pasa lo misma porque esto está acentuado, no se dice en la película que Jacinto es español. Los colombianos lo entienden inmediatamente por el poco acento que le queda a mi padre. Pero me gustaba la idea de que quedara un poco en el aire; éste es un español que se ha integrado en el país en el que vive y que ha vuelto suyos los combates de su colectividad. De alguna manera, la película es su propia historia, la de un izquierdista exiliado, militante de toda la vida. Siento una gran admiración por mi padre, que es un hombre de teatro con quien llegué a trabajar en mis orígenes, y nada mejor que escribir un personaje a su medida para demostrárselo”

Cabrera que rodó la película sacando financiación de mil maneras y a lo largo de cuatro años de un rodaje repleto de sobresaltos e incertidumbres, reconoce numerosas deudas con el pasado militante de su padre. En sus declaraciones a raíz del estreno en España, también contó que la coordinadora de producción, y persona clave para el alumbramiento de la película, Sylvia Duzan, murió abatida por las fuerzas paramilitares en el valle de la Magdalena mientras preparaba un documental para la BBC. Según García Márquez, esta es “la película que mejor refleja a Colombia en toda la historia del cine nacional”.

La “ficha

La estrategia del caracol
Año: 1993. Duración: 105 min. País: Colombia
Reparto: Frank Ramírez, Fausto Cabrera, Florina Lemaitre, Humberto Dorado, Delfina Guido, Víctor Mallarino, Salvatore Basile, Carlos Vives, Gustavo Angarita, Jairo Camargo, Ulises Colmenares, Marcela Gallego, Jorge Herrera, Luis Fernando Montoya, Edgardo Román.
Dirección: Sergio Cabrera. Guion: Humberto Dorado, Jorge Goldenberg, Frank Ramírez, Ramón Jimeno. Música: Germán Arrieta. Fotografía: Carlos Congote.
Productora: Caracol Televisión, CPA, Crear TV, Emme, FOCINE, Fotograma S.A, Ministère de la Culture et de la Francophonie, Ministère des Affaires Étrangères

Los vecinos de uno de los barrios más pobres de Bogotá luchan para evitar el derribo de la casa donde viven, que es propiedad de un millonario sin escrúpulos. Aunque su lucha contra la especulación y la corrupción parece perdida de antemano, ponen en práctica una original estrategia ideada por don Jacinto, un viejo anarquista español.

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Un comentario en «¡Resistencia! La estrategia del caracol»

  • el 14 enero, 2022 a las 20:09
    Enlace permanente

    A Silvia Duzán, la productora de la película, la asesinaron en el restaurante La Tata de Cimitarra, junto a todos los miembros de la directiva de una Asociacion de Campesinos que, hartos de poner los muertos en la guerra que libraban las FARC y militares y paramilitares pagados por los hacendados de la zona el Magdalena Medio, se plantaron ante ambos bandos y les dijeron que ya no les iban a colaborar más. La guerrilla aceptó, el bando paramilitar ejecutó, asesinó. La operación fue diseñada en la Brigada de Cimitarra, a cuyo coronel entreviste años después, como a los sucesores de los asesinados de la asociacion campesina. Los militares-paramilitares seguían asesinando e imponiendo el terror en la zona. Llegaron a amenazarnos al equipo de tv que acudimos allí para contar lo sucedido. «No Irán a desayunar a La Tata», nos esperaron descaradamente dos muchachos en motocicleta con pintas de militares disfrazados de paisano.
    La hermana de Silvia, María Eugenia Duzan, también periodista, hace una labor reseñable en un programa propio por YouTube, en el que sigue destapando las connivencias de estos asesinos con algunos de los más poderosos políticos y financieros de Colombia.

    Respuesta

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