Revolución o catástrofe

Juan Gabalaui*. LQS. Enero 2020

A mi compañero Julio

Hace un mes el Parlamento Europeo declaró el estado de emergencia climática y, según algunas encuestas, un 90,5% de los encuestados cree que se tienen que aplicar medidas muy o bastante urgentes contra el cambio climático. En una encuesta de la BBC de hace más de una década se decía que el 83% de la población mundial estaba dispuesta a realizar cambios en sus costumbres para reducir la cantidad de gases contaminantes que producen. Si realmente se valorara la actual situación como un estado de emergencia se aplicarían medidas extremas que supondrían un sacrificio personal drástico. La realidad es que no hay un solo político en el mundo que se atreva a implantar las medidas necesarias para paliar el constante deterioro del planeta. Solo hay declaraciones. Además la gran mayoría de las personas, conscientes del cambio climático, se rebelarían si las medidas afectaran notablemente a su modo de vida. Contestar a un encuestador es sencillo. No nos compromete a nada.

La lucha contra el cambio climático es una lucha contra el capitalismo. No hay alternativa si mantenemos un sistema que se apoya en explotar ferozmente los recursos naturales y arruinar el medio ambiente. Se han celebrado 25 cumbres sobre el clima, desde que se realizara la primera en Río de Janeiro en 1992, y los acuerdos siempre encuentran el escollo de los grandes países contaminantes. Reducir el impacto sobre el medio ambiente es atentar contra los medios de acumulación de capital que sostienen a las naciones más ricas. El producto interior bruto se alimenta de industrias que crecen a costa de la naturaleza. Por eso no hay ningún político que se atreva a aprobar medidas que vayan en contra de los intereses del capital. Se opta por organizar cumbres, convocar manifestaciones multitudinarias, hacer declaraciones buenistas y acudir con el gesto serio a importantes reuniones en las que no se va a decidir nada importante porque no hay voluntad de hacerlo. Si se aprueba alguna medida, pequeñita, se plantea cumplirla en el año 2040 o 2050. Es la escenificación de una obra de teatro. Simple y peligrosa.

Una de las industrias más poderosas es la del automóvil, hasta el punto de que las ciudades se organizan para que el coche ocupe un lugar predominante. Se traza antes una carretera que una acera. Los anuncios de televisión desde la década de los 50 se encargan de asociar el uso del coche con la libertad individual. Esta asociación forma parte de las creencias de cientos de personas que convierten la dependencia en un objeto en libertad de acción. Nadie discute la efectividad del proceso de colonización mental del capitalismo. Esta sometimiento mental se refuerza con la construcción de un contexto en el que el coche se convierte, en la práctica, en una necesidad. Esto tiene que ver con la construcción de las ciudades dormitorios, las exsurb estadounidenses, el traslado a centros de trabajo que se encuentran lejos de los domicilios o la pauperización y limitación del transporte público. Esto no tiene que ver con la libertad individual sino con la creación de una necesidad artificial en base a los beneficios de las empresas del automóvil.

La amenaza del cambio climático se convierte en una oportunidad. Las crisis en el capitalismo siempre son una oportunidad para hacer negocio. De esta manera, se promocionan los vehículos eléctricos. No se refuerza ni se promociona el uso del transporte público sino que se pretende continuar ganando dinero con el paso de los coches de combustión interna a los eléctricos. Ahora tenemos que comprarnos otro coche para sustituir nuestro viejo cuatro latas contaminante por uno bueno, bonito pero no precisamente barato. Se seguirá arrasando la naturaleza en busca de los componentes que necesitan las baterías pero podremos seguir experimentando la libertad de ir a donde queramos, cuando queramos. Porque el objetivo es que se sigan vendiendo millones de vehículos. Los lobbistas de los coches eléctricos ya nos están vendiendo las bondades de este cambio. Sin duda que es preferible un coche eléctrico a otro que utilice combustibles fósiles pero el uso masivo de estos coches no es una solución para la crisis ambiental y energética que aumenta de forma imparable año tras año. El futuro será sin coches o no será.

No estamos preparadas para afrontar los sacrificios personales que traerá a los países occidentales el cambio climático y la crisis energética. Estamos demasiado acostumbradas a abrir el grifo y que nos salga agua caliente y a ducharnos, si queremos, todos los días. Si alargamos la mano y apretamos un interruptor se hace la luz. Si abrimos el frigorífico, que funciona de forma mágica, nos encontramos con comida lista para preparar y consumir. ¿La ropa? En el armario del fondo. Me gustaría pensar que la creciente conciencia sobre el cambio climático nos preparará para afrontar la falta de recursos y de energía, y los desastres naturales que nos esperan. Pero no lo pienso. El sistema forma parte de nosotras por lo que la lucha también es contra nosotras mismas lo cual lo convierte en una batalla doblemente difícil. La historia nos demuestra que el capitalismo es irreformable por lo que cualquier alternativa que pase por el mantenimiento de este sistema está abocada al fracaso. Las opciones pasan por un corte radical que se puede traducir en una revolución o una catástrofe natural en los países ricos y más contaminantes. La revolución, entre tantas bolsas de Primark, resulta actualmente poco probable. Igual dentro de un tiempo, cuando empecemos a sufrir las consecuencias de la devastación natural y la escasez energética, y los gobiernos dejen de disimular con la democracia liberal y nos muestren sin tapujos su lado más autoritario. Igual así dejamos de mirar el móvil y nos ponemos manos a la obra.

– Imagen de @gabalaui

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Un comentario en “Revolución o catástrofe

  • el 7 enero, 2020 a las 09:57
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    Los autobuses urbanos públicos, que uso a menudo, si no estuviese jubilado no podría usarlos por el tiempo que se pierde. Y ahora, con problemas de artrosis hacen que los use menos de lo que quisiera, especialmente desde que, donde vivo, han empezado a poner autobuses «ecológicos», en los que casi todos los asientos van sobre las ruedas (desaconsejado por los médicos debido a mi hernia de disco, y por los oftalmólogos por tener moscas volantes que pueden devenir cataratas por las sacudidas de dichos asientos) y muchos centimetros de escalón del asiento: todas las personas mayores se quejan de dichos autobuses. Quienes los diseñan ¿no saben la proporción de personas mayores que hay en la acyualidad?

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