Richard Blanco: poeta cubanoamericano

richard blancoFrancisco Cabanillas. LQSomos. Octubre 2014

My Cuban family never “got” Thanksgiving. It was one of those traditions without translation.
For Cubans, pork isn’t the “other white meat,” it is the “ONLY white meat.”
This poem originates from one of my earliest memories of the clash
between the two cultures that shaped me.

[mi traducción] Mi familia nunca entendió [la celebración gringa del pavo] el Thanksgiving. Era una de esas tradiciones sin traducción. Para los cubanos, el cerdo no es ‘la otra carne blanca,’ es la UNICA carne blanca. Este poema surge de una de mis primeras memorias del choque entre las dos culturas que me forman.
Richard Blanco

Universidad de Bowling Green (abril, 2014). Para los que, en la Usamérica latina de escritores como los chicanos Oscar Zeta Acosta, Gloria Anzaldua; los nuyoricans Miguel Piñero, Pedro Pietri; el dominicanyork Junot Díaz; para aquellos que no reconozcan de primera instancia el nombre del poeta miamense, una referencia basta para aclarar la memoria: Blanco (1968) es el poeta latino que Obama invitó a su inauguración presidencial, en enero de 2009.

¡Ah, el cubanoamericano!

Como invitado del Latino Student Union de la Universidad de Bowling Green, Blanco cumplió a cabalidad su misión de orador principal. No sólo leyó su poesía sino que además definió su trabajo poético (1998, 2005, 2012, 2013, 2013, 2013) en la mejor tradición de los poetas latinos de Usamérica. Una que funde poesía y etno-biografía.

Juguemos un poco. A Blanco lo hizo poeta presidencial el primer presidente negro de Usamérica, y ello sobre todo —a mi juicio— por una razón de peso político: a saber, el hecho de que, por primera vez en la historia de los cubanoamericanos de Miami, estos votaron en las elecciones de 2008 a un presidente demócrata (Obama). De 1960 a 2008, la Miami cubana fue zona exclusiva de los republicanos (Nixon, Ford, Reagan, Bush padre y Bush hijo). Como agradecimiento ante el cambio político, Obama incorpora a Blanco en su festín presidencial, convirtiéndolo en el más joven de todos los poetas invitados a leer en la toma de posesión, con dos libros publicados hasta 2009 (1998 y 2005, el primero de los cuales fue premiado).

Así lo veo: Blanco se benefició de la coyuntura política que el partido demócrata no pasó por alto. ¡Incorporar finalmente a los cubanos de Miami (más republicanos que los republicanos)! Sin lugar a dudas, otros poetas latinos se merecían el honor —si es que lo es — de leer en la inauguración presidencial. A su vez, Blanco probó estar a la altura de la situación. El poema que leyó en aquel momento, “One Today / Un hoy,” fue lo suficientemente patriótico como para asumir la historicidad del momento: ¡inauguración del primer presidente negro en el país de las Américas más violentamente racista!

Desde el inglés, salpicado aquí y allá de español, Blanco nos habló de su biografía cubanoamericanomiamense. Resumo en dos lo que más me interesó del relato. Por un lado, los orígenes; por el otro, las realidades. En cuanto a los orígenes, el poeta dijo ser concebido en Cuba, de donde se exilaron sus padres a finales de los años 60; ensamblado en el exilio, España, e importado finalmente a Estados Unidos, donde se arraiga como cubanoamericano en el más cabal —como se verá— sentido de la palabra.

En cuanto las realidades, Blanco habló con soltura de su homosexualidad. Mostró una foto de su compañero, en la que aparecen ambos junto a Obama en la ceremonia de inauguración. En uno de los poemas que leyó, nos hizo reír con las cosas que, sospechando de la masculinidad del nieto, le decía su abuela cuando el poeta era niño y ella lo veía acariciar el gato en vez de jugar béisbol. Además de su realidad gay, Blanco habló de su formación profesional: se trata de un poeta que es también ingeniero civil. ¡Otro de los muchos —sí, hay un montón—que llegan a la literatura desde las ciencias! Cuando habló de que, como ingeniero, en un momento de su carrera diseñaba puentes, pensé que iba a hacer alguna referencia a Rayuela (1963), novela de Julio Cortázar, pero no fue el caso.

Vínculos. Como poeta latino, Blanco establece una dimensión de clase importante. Su poesía, como la chicana y la nuyorican de la época épica (1960-70), viene de la clase trabajadora, no de la élite que huyó de la Revolución Cubana. El sueño americano del que habla en sus poemas se sabe, y con orgullo, proletario: fruto en gran parte del trabajo de sus padres. Blanco es claro en ese sentido: dice las cosas como son, muchas veces, con sentido del humor (ausente en el poema inaugural de Obama).

Y no es para menos. Porque el sentido del humor constituye una marca de identidad: pone de manifiesto la cubanía, el choteo, de Blanco. Cubanoamericanidad que se ve también en la apertura al mundo de la familia, típico no sólo de la tradición de Lezama Lima sino también, de las literaturas chicana y nuyorican. Por eso, cuando Blanco nos leyó sus poemas, los reforzó con fotos familiares: cuadros de costumbre de la clase trabajadora cubanomiamense. En ese sentido de clase, la poesía cubanoamericana de Blanco habla el mismo lenguaje que la chicana y la nuyorican.

Oxígeno. Además, está la cadencia de la poesía que leyó. El ritmo de una lectura pausada, limpia, en la que la respiración, alma del poema, lo tiñe todo de subjetividad. Pausas que, antes de leer el poema, como si la página estuviera en blanco, llenan la poesía de silencio. Momentos en seco, inflados de nada, en los que el poeta se llena de energía para transitar el poema desde una lectura pausada. Exhalación que a veces, al final de un verso, sacude el cuerpo del poeta, que parece quedarse sin aire, mas no por eso sin poesía. Intensidad; respiración que hace que los ojos del poeta se cierren por un segundo, que dura una eternidad: el tiempo que le toma al silencio de unos ojos cerrados llegar al fondo de la poesía.

Ruptura. De regreso, el poeta se apresta a leernos su último poema. Como quien dice, la poesía se prepara para el tango final. Se escucha el zapateo inexistente de los cuerpos que se quieren volver a pegar, uno frente al otro. El poeta nos mira en silencio; respira como el que coge aliento antes de lazarse al abismo. Entonces, rompe el cristal del silencio con un poema de formación de la identidad cultural, en el cual, entre otras voces, se oye la de la abuela cubana que le cuestionaba la hombría al niño.

Richard-Blanco en la casa houseEl poeta cuenta en versos libres que vuelan por el auditorio, cómo se ha hecho lo que es: cubanoamericano. Va y viene entre recuerdos infantiles; cruza los puentes de la adolescencia, abre las puertas cerradas. Inventa llaves. Toca todos los timbres. Hasta que, cuatro décadas después, invitado por Obama a su inauguración presidencial, ve la luz: finalmente, le dice a la abuela, hemos llegado al sueño americano. El público se emociona; se pone de pie, lo ovaciona. El poema es celebrado como el fruto de un cubanoamericano que, a base del trabajo de sus padres y el propio, ha materializado la promesa del llamado excepcionalismo americano.

Sin embargo, el último poema de Blanco me pareció el peor, pues celebra el momento más alto de la cubanoamericanidad justo en el espacio del poder imperial: la Casa Blanca, ahora capitaneada por un negro que no ha hecho nada por los negros, y que ha deportado a los latinos, como a los mexicanos y centroamericanos, como ningún otro presidente usamericano.

La poesía de Blanco se estrella, pegándose de frente contra el muro político de la poesía chicana y la nuyorican, hechas por sujetos coloniales que han probado el sabor amargo que sale del poder de la Casa Blanca. El poeta cubanoamericano se hace pequeño, miope, iluso, egoísta, ahistórico, en su celebración de la identidad oficial, sobre todo en la América post-9 de septiembre (2001), en la cual la corporatocracia que “seleccionó” a Obama (así lo propuso Louis Farrakan), agrede impunemente a sus ciudadanos, a quienes espía y mantiene sin derechos constitucionales desde 2001; algo que no le ha quitado el sueño al profesor de Derecho Constitucional que es Obama, en un país donde hay alrededor de 12 millones de indocumentados que operan en la economía, la mayoría latinos.

Otra vez, el grueso de la política cubanoamericana se alía con el poder imperial. De repente, la poesía se le va de las manos al poeta; las palabras empiezan a decir cosas que Blanco no dijo ni querría decir, como cuando se oye, con voz de Bernie Sanders, senador independiente del estado de Vermont, posible contrincante de Hillary Clinton en las elecciones de 2016, que Estados Unidos se ha convertido en una “república bananera.” El poeta abre los ojos; se espanta y busca infructuosamente la voz del que ha criticado la distribución de la riqueza en el país del excepcionalismo.

“Guerra de clase, guerra de clase, igual que en América Latina,” se oye que dice la voz del senador Sanders, la cual poco a poco se apaga hasta que, para mayor castigo de Blanco, irrumpe otra crítica, esta vez del periodista y escritor Chris Hedges, que habla del “totalitarismo inverso” del filósofo estadounidense Sheldom Wolin, a quien le preocupa la manera en que la democracia usamericana se ha convertido en el control anónimo y total de la América corporativa, nucleada en Wall Street (poder este que hace de los presidentes usamericanos peleles del verdadero poder).

Aunque no pasó, parecía que las paredes del auditorio, hinchadas de poesía, gritaban “Guantánamo, Guantánamo,” para hacer relucir el gran silencio del poeta cubanoamericano, cuya identidad cultural celebraba sin hacer ninguna referencia a la manera en que la administración de Obama torturaba a los musulmanes en huelga de hambre en la base de Cuba, obligándolos a comer mediante tubos.

Loca, fuera de sí, la poesía se empezó a tornar peligrosa. Las voces se multiplicaron como ratas literarias. El auditorio se llenaba de un ruido atroz, que parecía un ronquido enfermo. Según los gritos de Gore Vidal rebotaban de una pared a la otra, “¡los Estados Unidos de la Amnesia!,” “el país con un solo partido político: el de los dueños,” la poesía se fue haciendo cada vez menos poética. En las paredes aparecieron fotos de las Torres Gemelas y del Edificio 7 con una inscripción en rojo: “¡implosión!” Un libro de Chomsky, The Culture of Terrorism (1982), lanzado como un proyectil, perfora la pantalla del equipo audiovisual; los apuntes de un manuscrito apócrifo de Howard Zinn arden en fuego. ¡Caos! Por el piso, como si fueran vidrios de un espejo roto, se amontonan las citas de Cornel West, Richard Wolff, Craig Paul Roberts, Naomi Klein, David Harvey, Mike Davis, Amy Goodman, Michael Parenti, Angela Davis y otros.

Emputecida, la poesía coletea como una víbora agredida. Rompe paredes; levanta las losetas con los golpes. Cuando saca la lengua, escupe fuego, pintándolo todo de bilis: semen pútrido, infecto, que llena el espacio de mierda. La poesía cabecea; mientras da vueltas, pega puños. Dice que no, que no puede coexistir con la tortura de Guantánamo, ni con el poder de la corporatocracia que lo destruye todo. Da vueltas sobre sí misma. Se hunde. Sale a flote. Se declara indocumentada. Ilegal. Salpica cobre o barro por la cola o por el culo. En fin: la poesía se planta como negación de la corporatocracia militarizada. Dice: de aquí no me muevo.

Colofón. La poesía se niega a olvidar las relaciones cercanas, íntimas, entre el poder y sus victimas. El dolor de los torturados en Guantánamo, con uniformes anaranjados, resulta el colmo de la antipoesía. Asco. La literatura coletea; vomita glifosato de Monsanto por el ano. El poder apesta a mierda. La poesía se caga en los perversos que están rompiendo el futuro de la humanidad.

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2 comentarios en “Richard Blanco: poeta cubanoamericano

  • el 1 abril, 2018 a las 21:04
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    Hola Eduardo:

    Estoy de acuerdo contigo. La relación de los nombres y el imperialismo es un tema de no acabar. Imagínate, nombres como “Puerto Rico” lo dicen todo.

    Lo mismo pasa con Hispanoamérica, que privilegia lo hispano; Iberoamérica, que hace lo mismo con lo peninsular; Latinoamérica, inventado a mediados del siglo XIX por el imperialismo francés metido en México…

    En el contexto del imperialismo usamericano, nombres como “mexicoamericano” y otros por el estilo establecen una complicidad crítica con el poder, resultado histórico de una lucha, con avances y retrocesos (¡de chicano a mexicoamericano!), contra el etnocentrismo racista y excluyente de los “angloamericanos.”

    Todos sabemos que “América,” término a su vez cargado de historia colonial e imperialista, no es un país, sino un continente, producto de la modernidad-colonialidad que empezó en 1492…

    Estoy de acuerdo: necesitamos gentilicios descolonizados y decoloniales…

    Respuesta
  • el 31 marzo, 2018 a las 02:29
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    No entiendo el título «Richard Blanco: poeta cubanoamericano», como si Cuba no fuera de América. ¿Hasta cuándo somos cómplices de los gringos que se han apropiado exclusivamente del gentilicio «americano» cuando América está constituida por 35 países. Basta de esnobismo señores, por favor.

    Respuesta

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