Sahel, la tormenta infinita

Guadi Calvo*. LQS. Octubre 2019

En la última semana de septiembre y los primeros días de octubre, en diferentes acciones fueron asesinadas 17 personas en Burkina, mientras que en Mali el ejército tuvo veinticinco bajas, al tiempo que otros sesenta soldados se encuentran desaparecidos

Desde el complejo proceso de violencia que se inició en 2012 en el norte de Mali, tras lo que fue un nuevo intento del pueblo Tuareg por lograr la independencia de Azawad, su ancestral territorio, hoy ocupada por Argelia, Burkina Faso, Libia, Mali, Mauritania y Níger, extraordinariamente rico en minerales, fundamentalmente uranio, todo el Sáhel central se ha convertido en escenario de operaciones de múltiples organizaciones terroristas que no alcanzan a ser contenidas a pesar de la presencia de ejércitos africanos y de varias naciones occidentales, particularmente Francia que en 2012 desplegó una importante dotación militar para asistir al entonces gobierno militar de Mali, que acababa de dar un confuso golpe contra el presidente Amadou Touré.

Mientras la insurgencia tuareg se replegaba y se instalaban las fuerzas enviadas por París, para vigilar los yacimientos de uranio explotados por empresas francesas, surgieron algunas bandas militarizadas, que del contrabando habían pasado a conformarse como organizaciones fundamentalistas vinculadas a al-Qaeda y en la actualidad también al Daesh, generando el fenómeno que ya se estudia como “yihadización del bandolerismo”.

Aquellas bandas desde entonces no han dejado de crecer y expandirse por el Sahel (borde o costa en árabe) una franja de cinco mil kilómetros de largo que corre al sur del Sáhara, desde el Mar Rojo al Océano Atlántico y en cuyo sector central se han derramado desde el norte de Malí a Burkina Faso, Níger, Togo, Benin, Costa de Marfil y Ghana. Lo que obligó al Secretario General de Naciones Unidas, el portugués Antonio Guterres, durante la última Asamblea General a referirse a este fenómeno de violencia instalado en las entrañas de África: “Sé que todos estamos muy preocupados por la continua escalada de violencia en el Sáhel y su expansión a los países del Golfo de Guinea”.

Los ataques de las organizaciones fundamentalistas se han duplicado cada año desde 2016, alcanzado en 2018 a causar 465 muertos, a pesar de los miles de efectivos militares que combaten en el terreno, por lo que en septiembre, varias naciones de África Occidental, implementaron un plan de mil millones de dólares, para los próximos cuatros años, para impedir que el terrorismo continúe filtrándose hacia el sur.
Desde 2017, el grupo conocido como S-5 (Sahel5), compuesto por Burkina Faso, Níger, Chad, Malí y Mauritania, fue creado con la intención de reemplazar a la operación francesa Barkhane, pero hasta ahora los resultados han sido muy pobres. Sus resultados son muy escasos. Sahel5 ha aportado 5.000 hombres, a los 4.500 de la Barkhane establecida por Francia en 2013, junto a un número desconocido de tropas norteamericanas y los 15.000 efectivos aportados por Naciones Unidas y no han conseguido estabilizar la región. Mientras, los insurgentes continúan sirviéndose de la porosidad de las fronteras para pasar de un país a otro y operar sin consecuencias. Esa misma porosidad fue la condición por la que múltiples bandas de traficantes han operado por décadas en ese sector, convirtiéndolo en el sitio donde más rutas de tráfico ilegal existen en el mundo.

El pasado domingo 6 de octubre, un vehículo de MINUSMA (Misión Multidimensional Integrada de Estabilización de Naciones Unidas en Malí) que circulaba cerca de la ciudad de Aguelhok, en Kidal, al este de país, pisó un dispositivo explosivo improvisado (IED), provocando la muerte de un Casco Azul y dejando otros cuatro heridos, en la misma área en el pasado mes de enero, once soldados del Chad fueron asesinados tras un ataque que se adjudicó la organización más poderosa que opera en el Sáhel, Jama’at Nasr al-Islam wal Muslimin (Grupo Apoyo al Islam y los musulmanes o GSIM) tributaria de al-Qaeda en el Magreb Islámico (AQMI).

Diferentes campamentos han sido objetivos de los terroristas desde el mes de marzo pasado, el más importante de esos ataques fue en Dioura (Ver: Mali, un nuevo Vietnam para occidente) que dejó un saldo de treinta soldados muertos.

En la última semana de septiembre y los primeros días de octubre, en diferentes acciones fueron asesinadas 17 personas en Burkina, mientras que en Mali el ejército tuvo veinticinco bajas, al tiempo que otros sesenta soldados se encuentran desaparecidos tras los intensos combates que se produjeron en dos campamentos malienses cercanos a la frontera con Burkina Faso.

En la noche del 30 de septiembre al 1 de octubre, fue atacado el destacamento militar de Mondoro por un grupo indeterminado de terroristas, que tras ser rechazados volvieron atacar el martes por la mañana, provocando que los combates se extendieran durante el resto del día. En el campamento de Boulkessy, a 100 kilómetros de distancia de Mondoro, los ataques de los muyahidines, quienes perdieron a 15 hombres, provocaron la mayor cantidad de bajas en las tropas del ejército y la desaparición de sesenta efectivos. Durante la mañana del lunes fuerzas especiales malienses fueron desplegadas hacia el Boulkessy, apoyadas por ataques aéreos de la operación Barkhane.

En Mondoro los terroristas pudieron secuestrar una gran cantidad de equipo militar y unos veinte vehículos militares, algunos equipados con ametralladoras. Mientras que en Boulkessy, dos helicópteros del ejército y una docena de vehículos fueron destruidos.

Este nuevo ataque contra el batallón de Boulkessy, que se ubica en una zona estratégica de tráfico e influencia de los grupos fundamentalistas por su proximidad a las fronteras de Malí, Níger y Burkina es la evidencia de la incapacidad de Bamako y sus aliados para controlar el centro y norte del país. La dotación militar instalada en Boulkessy integra la Fuerza Conjunta G5 Sahel y este ataque ha sido hasta ahora el más letal sufrido por esta fuerza desde su creación en 2017. Ninguna de las organizaciones terroristas que operan en ese sector se ha adjudicado esos ataques.

Burkina Faso fuera de control

Burkina Faso, desde 2015, más de 500 personas fueron asesinadas en más de 450 ataques especialmente en el norte y el este del país, aunque también en la capital, Uagadugú, se han producido dos atentados y un ataque contra el cuartel general del ejército que dejó ocho muertos en marzo de 2018.

El gobierno burkinés, que durante años negó la presencia de extremistas en su país, sin observar tampoco las actividades del predicador radical Ibrahim Malam Dicko, propagandista del mensaje wahabita a los sectores más desamparados por el poder central. Hoy el presidente Roch Kaboré ha perdido el control de un tercio del territorio. De oeste a este, ha perdido la mitad de la región administrativa de Boucle du Mouhoun, dos tercios del centro-norte, toda el área del Sáhel y la mitad de las regiones del este. Mientras que las fronteras con Mali, Níger, Benin y Togo y Costa de Marfil, están en disputa.

Prácticamente desde finales de agosto, cuando se produjo el ataque contra una base militar en la provincia de Soum, al norte del país, cerca de la frontera con Malí, donde al menos murieron veinticuatro soldados, tras lo que se conoció que los oficiales habían abandonado el lugar días antes, no ha pasado un solo día sin que en algún sector de países se haya producido un acto de violencia fundamentalista.

En el norte del país operan cerca de nueve organizaciones terroristas, que a veces pueden actuar orgánicamente. Entre las más poderosas se encuentran Jama’at Nasr al-Islam y el Daesh del Gran Sahara (EIGS), mientras los militares, desmoralizados, permanentemente acosados y mal equipados, hace meses que dejaron de patrullar por temor a las emboscadas y los IED ya han comenzado a desertar en las regiones más conflictivas. Los caminos están en manos de las organizaciones armadas, controlan las áreas rurales y se infiltran cada vez con más frecuencia en las zonas urbanas. A lo que sumado la violencia ejercida por el ejército y la policía contra la población civil en las regiones en conflicto, precipitó la cantidad de desplazados internos que en febrero se estimaban en cerca de 90.000, mientras que en la última medición de septiembre la cifra alcanza casi a los 300.000.

Dada la imprevisión gubernamental y de los organismos internacionales que no supieron evaluar la peligrosidad de los grupos terroristas, al tiempo que a millones de personas les es negada la posibilidad de desarrollo mínimo, la tormenta sobre el Sáhel, será infinita.

* Escritor y periodista argentino. Publicado en Línea Internacional
África – LoQueSomos

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