Sampedro, la muerte natural de un faro

Su familia le estaba preparando un campari, se lo tomó tranquilamente y a continuación la maquinaria física se paró, sin más. Habían muerto, en abril primaveral, los 96 años de un hombre con mayúsculas. Otros se apresuran a llamarle humanista, pero yo desconfío de los adjetivos insistentes y creo que el mismo también. Se llamaba José Luis Sampedro. Ahora es, inevitablemente en este país macabro, carne de obituarios y necrológicas. Conocedor de su país y sus acendradas costumbres lacrimógenas de cocodrilo, había dado estrictas instrucciones de que el sepelio no llamara la atención de las cámaras y las masas ansiosas de emociones prestadas.

Sampedro era un entusiasta de la vida y sabía que aquí nada da nada sin reclamarlo. Por eso daba sabios consejos. Uno de ellos eras ¿No dejéis de luchar nunca”, lo que le aproximaba, en definición contraria, al archiconocido adagio del poeta Bertold Brech.

Académico de la Lengua, escritor, profesor y autor de varios tratados de Economía, Premio Nacional de las Letras, doctor honoris causa…Sí, pero, sobre todo, un inconformista que estaba del lado del movimiento 15M, un denunciante del capitalismo despiadado que corroe la existencia.

Sampedro era una rara avis en un país de trepas y de platos de lentejas.

Apasionado y expansivo, no se cansaba de concluir que este sistema es una explotación inmisericorde. Instaba a la lucha por lo que se quiere, a modo de presión contra las fuerzas dominantes. A medida que se apagan las luces como José Luis Sampedro, nos quedamos más a oscuras.

 
 

 

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