San José, Costa Rica: verano de 2013

A Luis Gómez

Que nadie abandone el barco

Como las ratas

Ni cave túneles como los topos

Que no se salve nadie si no nos salvamos todos

Osvaldo Sauma

16 de julio. De entrada, porque es mi primera visita, diré que la vibra que sentí en el Aeropuerto Internacional Juan Santamaría, la había sentido antes. Efecto de contigüidad; una intersubjetividad pasajera. Colindando con Cancún por un lado, el mesoamericano, y con la isla de Martinica por el otro, el antillano, el sentido de la semejanza parece muy real. Efecto libresco. De Mesoamérica, imaginé la continuidad volcánica (su cara de basalto, que veré después en San Pedro y sobre todo en Alajuela); de Martinica, sentí la familiaridad borrosa de la estructura blanca del Aeropuerto Aime Cesaire (maestro de Fanon). Desde la proximidad con Cancún, la historia recuerda la conquista del siglo XVI (Cuba está cerca). Desde la cercanía con Martinica, isla de escritores, la literatura remite a un cuento Quincy Duncan, “Canción de madrugada” (1993), sobre el Caribe afrocostarricense.

Sin imaginar que, antes de irme de Costa Rica cuatro días después, el 20 de julio, pasaría las últimas quince horas en Alajuela, donde está localizado el Aeropuerto Juan Santamaría (héroe costarricense que luchó contra el filibustero William Walker, en la década de 1850), el viaje en taxi del aeródromo a la Universidad de Costa Rica, en San Pedro, cantón capitalino de Montes de Oca, insistió en el efecto de las contigüidades. De inmediato, al salir del aeropuerto, el recuerdo de Martinica se repite. Ahora como la memoria de unas vías públicas limpias, recién cubiertas de brea negra y líneas blancas (¿me lo invento?). Más al sureste, en la misma ruta hacia la UCR, salta de refilón el recuerdo vago de Buenos Aires. Una manera rara de escuchar al taxista decir algo sobre el “Teatro Nacional de Costa Rica,” y pensar en el Teatro Colón. Al rato, el Chinatown de San José dispara el recuerdo alucinante de Gaudí. Desde esa traslación efímera, la Sagrada Familia, que vi a principios del nuevo milenio, se plantea como el modelo de algo, Chinatown, San José, que es todo fachada, sin interioridad, como la iglesia en construcción que vi, todavía sin techar lo que sería el altar. ¿Qué hay, entonces, detrás de la pagoda china, construida en 2012? ¿No es que China se apresta a financiar un canal entre Nicaragua y Costa Rica?

En San Pedro, frente a la UCR, las semejanzas se amplían cuando llego de noche a Gran Casa Universitaria, un hotel boutique, al estilo europeo, según dice la página web, que, desde mi imaginario, evoca sobre todo a algunos hoteles de México, de factura colonial, cuya presencia arquitectónica se sabe a sí misma de alguna manera histórica. Hoteles que además, como si fuera poco, se relacionan con los libros y el arte. Lo imposible, estar en varios lugares a la misma vez, amenaza con acontecer la primera noche en Costa Rica. Una experiencia fresca; la ventana de una hoja que queda abierta en el hotel, da a un patio interior que le sirve de pulmón al cuarto. Los motivos en azulejos sobre fondos blancos que decoran las paredes del patio interior, remiten poéticamente al blanco mediterráneo de Casa Pueblo, en Uruguay, donde Páez Vilaró le recita una elegía al sol cada vez que el Río de la Plata se lo traga al atardecer. La Gran Casa Universitaria me hace sentir en Latinoamérica. Me duermo pensando en “La canción de la madrugada” de Quincy Duncan, y en el hecho aleatorio, fortuito, de que el escritor Luis Cardoza y Aragón era guatemalteco, radicado en México. Por la mañana, muy de madrugada, me levanto pensando en la novela de Horacio Castellanos Moya, El asco. Thomas Benhard en El Salvador (1997), y en el libro de ensayos de Yván Silén, Los ciudadanos de la morgue (1997).

Miércoles 17, jueves 18  y viernes 19 devienen en el flow de una conferencia sobre estudios culturales latinoamericanos, en la UCR. Punto de cocción interdisciplinario. Inesperadamente, la conferencia sirve de pie para el contrapunteo que se desata entre el desayuno típico, Gallo Pinto, y el almuerzo-cena, más translocal. Flujo culinario que aleja y acerca el paladar tico y el boricua, de muchas maneras semejantes y diferentes, como en el plato de arroz blanco y frijoles colorados: punto ciego, que une y separa. La radicalidad del desayuno, Gallo Pinto, será mitigada fácilmente (cómo no); la familiaridad del almuerzo y la cena, se hará cercanamente extraña. Los platos se confunden; como metáforas renuentes, sin embargo, las bebidas no se cruzan. Frente a Puerto Rico, en el rubro de los jugos, domina claramente Costa Rica, que sazona las bebidas de una manera sin parangón en la isla. En El Candil, pido una limonada con yerba buena. El verano (el mío) me estalla en la garganta. Los ojos se me brotan —de alegría— .

El tiempo se come los tres días de la conferencia, entre charlas diversas, como la inscripción de un texto de reggae en Costa Rica, la presentación de un libro sobre la diosa argentina, Eva Perón. Cuerpo, género, nación (2013), o, entre tantas otras, la transformación artística de las maras en la Ciudad de Guatemala. Conferencia en la cual, ofrecidos los debidos respetos al modernismo, el tópico de la memoria prolifera, como resistencia, antiolvido en todas sus dimensiones. Política contra la impunidad del genocidio. Desde la abundancia temática, sin embargo, la conferencia le rinde un tributo especial a la memoria de las identidades sexuales alternativas.

Tiempo de volver. De vuelta a Alajuela, al mediodía del sábado 20, las pocas horas que le quedan al viaje en Costa Rica, antes de regresar al aeropuerto a las 10 de la noche, las destino a tres banquetes efímeros: el banquete de la pechuga de pollo en el almuerzo, el del Parque Central durante la tarde y el del ceviche al anochecer. Sobre el primer banquete, el más suculento, la propuesta de la pechuga a la plancha, con puré de papas y ensalada, produce una tensión al nivel de la colonialidad del poder. Por un lado, la memoria del artículo de Lauren Derby, “Gringo Chicken with Worms” (1998), interfiere. De inmediato, la sospecha de que la pechuga fuera, como el pollo dominicano, “gringo” (vale decir, criado en megacorrales corporativos a base de químicos), me hace recular. Frente al plato, dudo, pero no lo hago como Descartes: cogito ergo sum. Como contrapeso a la duda (¿también en Costa Rica se comen los pollos gringos?), la idea de haber comprado productos agrícolas costarricenses en los supermercados de Puerto Rico, mitiga la sospecha, bien fundada, del manipuleo agropolítico (¿United Fruit Company o Monsanto?). Pido un frappé de limonada con la pechuga de pollo, y de postre, un bizcocho de zanahoria. Remato con café. Por otro lado, el gusto a plancha criolla, brasa del patio, revienta la colonialidad del sabor, escrita con tinta volcánica.

En el segundo banquete, el de la Plaza Central (cámara de ecos centrocaribeños), la mesa se llena de platos, sobre los que gira, bajo los arbustos, el plato principal de la marimba, tocada de a dos: un hombre y una mujer. Plato translocal, de salsa mesoamericana. Desde sus ingredientes, como el literario, el plato principal se dispara hacia la marimba de Insensatez (2004), novela de Horacio Castellanos Moya, cuya retórica contra esa música popular no es sino eso mismo, retórica. Disparo, mancha metanovelística.

En su ingrediente sociológico, el plato de la marimba se sirve desde una sociabilidad compartida entre estas y las plazas y parques boricuas, donde, como buen espacio público que son, se baila también, pero no al compás de la marimba. Zona de tambores. Contiguo a este plato de música popular tica, el de la música gringa que se sirve en la rotonda bajo techo, donde unos jóvenes clasemedieros practican la coreografía de la película Grease (1978), sazona el contrapunto político glocal. Uno equivalente al que vi a principios de los años ochenta en el Viejo San Juan; una contigüidad rabiosa entre el rumbón local de congas, claves, cencerro y bongó en una esquina de La placita, y en la otra, el breakdancing nuevayorquino, bailado sobre una lámina de cartón de caja.

Finalmente, en el tercer banquete de Alajuela, se da un trámite entre el ceviche y la memoria de José Martí. Plato pequeño, sin duda; un ceviche mixto de pescado y camarones que, desde su minimalismo, se engancha a la amabilidad desbordante del mesero. Definitivamente, el plato de ceviche es uno tibio, entre poca cantidad y no mucha espesura del jugo —para mi gusto, faltaba jengibre, cebolla y ajo—, que eviene atado a una intersubjetividad a borbotones, a raíz de la cual el mesero, como buen martiano que valora la amistad, se solidariza y me invita a quedarme en el restaurante, con o sin consumir, hasta que cierre a las once. Porque de noche, dice, todos los gatos son pardos (me resuena en los oídos un título de Carlos Fuentes). Del hambre que no mata el platito de ceviche, se encarga de aplacarla la cerveza Imperial.

Gallo Pinto. En la Gran Casa Universitaria, frente a la UCR, despierto la primera mañana a las 5:00 (que para mí serían las 7:00). La intensidad del sol a esa hora de la madrugada, me confunde. La luz me hace dudar del tiempo. Por un segundo, frente al baño de azulejos azules y blancos, siento que el espacio bascula. Cierro los ojos y cuando los abro me perece que estoy en México, primero en Guadalajara y después en Xalapa, en un hotel que también, como este, tiene un baño azul, que cita desde los azulejos el color del Mediterráneo. Entonces, sin darme cuenta, la marca del mini-calentador de agua, adosado a la pared bajo el lavamanos, estalla como un trueno ontológico que gira alrededor de la colonialidad del poder: Zeus (dios del trueno). Lo leo al revés (Suez) y cruzo otra vez hacia el lado costarricense de la realidad, donde el traqueteo de platos que viene del segundo piso del hotel, anuncia el desayuno, espacio que será también de comensalidad. Ingesta que, me entero pronto, el Gallo Pinto reviste de identidad doblemente capital (como centro culinario y como platillo capitalino).

Nueva confusión (el tiempo y el espacio basculan): la propuesta que me hace el revoltillo de huevos con arroz y habichuelas guisadas para el desayuno, Gallo Pinto, condensa lo que en Puerto Rico sería desayuno (huevo) y almuerzo (arroz y habichuelas). La tensión de la propuesta vespertina me despierta más que el café. Desde la izquierda, evoco a Nietzsche (Michel Onfray se escucha en la risa de Demócrito; Yván Silén se ríe irónicamente). Condensación y potenciación (como en el neobarroco latinoamericano): el efecto del Gallo Pinto seduce. Las oposiciones se hacen aposiciones (Gustavo Pérez-Firmat se retuerce en su derechismo cubanoamericano). En sus términos, la hegemonía matutina del huevo, el arroz y las habichuelas se deja ver: diálogo al cuadrado entre proteínas.

Por eso, el efecto del Gallo Pinto dura con fuerza toda la mañana, hasta que al mediodía, los caminos de la conferencia conducen hacia el otro lado de la frontera de la UCR, donde una calle, como la Calma de Santurce, Puerto Rico, juega a las contradicciones: Calle de la Amargura. ¿No le dicen a la bachata dominicana música de “amargue”? Cámara de ecos: la semejanza se repite en el cambio. El almuerzo espera con la verdad en las manos. El hambre acecha.

Sopa de espinaca. Caldo de un verde ecológico, que llega sin haberlo pedido, como una modernidad líquida anexada al plato principal. Primera sinestesia. Por la textura irregular de la sopa, a la que le quedan fragmentos pilosos de verde, la presencia incontrovertible del apio, amigo de la espinaca (como lo son los tomatillos y el aguacate), se impone en silencio. Otra vez, la realidad de El Candil, restaurante donde se congregan los izquierdosos de los “derechos humanos,” me parece haberla leído antes, en Insensatez (2004). Me pregunto, siguiendo un ensayo boricua, Los ciudadanos de la morgue (1997), ¿dónde se congregan los agentes funerarios de la “kakocracia”? Sopa clorofílica, de una espinaca vida, como parece que le dicen los ticos al verde. Caldo que evoca otra memoria literaria, altamente sazonada: la de Miguel Ángel Asturias, contando su historia personal en el advenimiento triunfal de la sopa, desde un libro de cocina que escribió con Neruda: Comiendo en Hungría (1969).

En El Candil, la comida se mueve entre carne de res encebollada y pastas con salsa verde, sobre una ensalada que se adereza con una salsita picante anaranjada, de ajíes templados, más abocados a la curvatura del pique que a su estallido feroz. ¿Cuán lejos estamos de Tenochtitlán?

La ubicuidad de los plátanos maduros recuerda Puerto Rico, donde se llaman “amarillos.” Color de las bananas de la United Fruit Company, eco que parece silenciado en las frutas que me como. Color de los poetas latinos en Nueva York, según la antología de Silén, Los paraguas amarillos (1983). Amarillo que, en Costa Rica, se torna fácilmente verde, sobre todo en las limonadas con yerba buena, hechas de granos de cristal centelleantes y prosa poética, cuya luminosidad no es más que un efecto sinestésico de la yerba buena. Embrujo vestido de verde blancuzco. Color de una arborescencia que, en otros restaurantes de la zona, vuelve fácilmente al amarillo del jugo de piña con jengibre, revelando una dimensión metapoética de las bebidas criollas: el ángulo picante.

Bodegón. Frente al arroz blanco con habichuelas coloradas, la especularidad con lo boricua se queda con el plato. El ruido de la comida se torna rojo, blanco y azul. El espejismo culinario amenaza con comérselo todo. Entonces, cuando le tiro las habichuelas al arroz, el cristal se rompe, haciendo humo del espejo y vapor del espejismo. Los vidrios caen como cristales molidos sobre el plato. La salsa de las habichuelas ticas es más aguada que la boricua, la cual, en tanto salsa de habichuelas, se precia por su espesura, dimensión de la que se encarga, entre otros personajes, la calabaza. De ahí que, desde el arroz blanco con habichuelas coloradas, escriba la primera nota al pie de la página: Costa Rica sabe más a México que a Puerto Rico.

Por interferencia literaria, las referencias culinarias en la música de Calle 13 y la autorreferencialidad en las canciones de Juan Luis Guerra, se hacen parte del plato, que ahora, a su vez, me mira desde la mesa como si tuviera hambre de ser otra cosa que no sea lo que es: mi comida. La imagen de lo siniestro, plasmada en La rebelión (1995), de Silén, se queda con el plato: “No hay deseo más obvio de la fascinación que el encuentro de una rata con los ojos fosforescentes de un gato en la oscuridad. La rata está fascinada de muerte. Su fascinación es su inmovilidad. Moverse es ya comenzar el momento de su desaparición. Será la comida del gato y ella lo sabe.” Afuera, por la Calle de la Amargura, de muchas maneras, como diría Juan Luis, llueve café. Como postre, la presencia nicaragüense, en la que se sostiene una dimensión laboral de Costa Rica, invita, subrepticiamente rubendariana, a la ensoñación de dulces imaginarios, como el Tres Leches (ecos del Miami de 1980). Postre que, si no recuerdo mal, nunca vi en las mesas donde comí.

Los nicaragüenses en Costa Rica son como los dominicanos en Puerto Rico; como los haitianos en República Dominicana; como los puertorriqueños en Usamérica; como los marielitos en Miami… Colonialidad; solo se me ocurre pensar en el contraplato de AmeRican (1985), poemario nuyorican de Tato Laviera. La literatura tiembla de otro tipo de hambre. Desde los volcanes centroamericanos, donde la poesía, como si fuera saliva rubendariana, escupe tinta azul, oigo, desde “una canción de madrugada,” cuando la cultura afrocostarricense le canta al amor; de otra novela tica, se oyen las cuerdas de un blues limonense.

Cena. Del guisado de pollo, acompañado con arroz blanco, surge un adjetivo que llama la atención: el chayote. No por desconocerlo, sino por no reconocerlo en el espacio fragmentario y heterogéneo del guiso, al que llega picoteado en tiras, confundibles con hilachas de jícama. Por su parte, el debut del plátano hervido, cortado en rodajas que parecen medallones, sorprende por el tamaño de la circunferencia. Esas ronchas de plátano húmedo exigen contraste con los guineítos hervidos boricuas, menos grandes pero, en mi opinión, más idiosincrásicos. La sorpresa se desborda frente al plato que humea; más allá de la circunferencia del plátano hervido, más allá de la presencia inesperada del chayote, que en Puerto Rico se come más bien relleno de carne, surge una carencia boterescamente voluminosa.

De repente, en todas las mesas que me ha tocado comer, me doy cuenta que ha faltado pan —Gabriela Mistral, Neruda, Vallejo— . Una figura ectoplásmica se proyecta en la pared blanca del comedor, como si fuera una de las muchas mesas y platos que Arnaldo Roche Rabell frota sobre lienzos monumentales. Como reacción a la ausencia de pan, la memoria del libro de Jeffrey Pilcher, ¡Qué vivan los tamales! (1998), se dispara entre la mesa y la imagen ectoplásmica proyectada en la pared: la oposición mexicana entre el maíz y el trigo fantasmea entre los platos que han quedado sobre la mesa. La usencia de trigo se alborota en la imagen ectoplásmica. Desde esa carencia real o imaginaria, Costa Rica se desdobla y prolifera. Los acentos ticos se multiplican al pasarles por encima a las erres. Por eso, como plato nacional, el “Casado” lo junta todo (hasta la ausencia).

Por tercera vez, el vaso del jugo de mora queda vacío sobre la mesa, como si se tratara de una botella que Rafael Tufiño pinta en un restaurante del Viejo San Juan.

Margherita. En El Trocadero, el viernes 19 por la noche, la mesa se aleja de la universidad y del gustema criollo, para enredarse, polisémica, en un diálogo con la música translocal, Centroamérica Canta, y la pizza. Inevitablemente, al hablar de pizza, desde la otra punta del continente, Argentina se levanta como el más pizzero entre los países latinoamericanos. Buenos Aires escucha el diálogo centroamericano, no para, como en el pasado gris, enviar militares, sino para defender su filosofía de la pizza. Por la proximidad geográfica, la identidad culinaria de Belice, una irrupción reciente, finisecular, interfiere en la conversación pizzera; la antropología de Richard Wilk explica la mesa belicense como un efecto beneficioso de la llamada globalización. Costa Rica se mira a sí misma con cara de pregunta. Contra el peso de la tradición nuevayorquina y argentina, la pizza de El Trocadero, en medio de un calypso limonense que Manuel Monestel canta en inglés, habla en sus propios términos: una propuesta puntual, como testimonian las hojas de albahaca.

De lo que se trata, plantea la pizza de El Trocadero, es de una propuesta literal que, sin embargo, mantenga la energía del potens en circulación transmoderna. Entre una pizza y otra, Centroamérica Canta se reparte las canciones entre el guitarrista nicaragüense, la cantante hondureña y el maestro tico, Monestel, quien canta y rasga guitarra y banjo. Al centro de todos, el violonchelo, ¿también hondureño?, los acompaña en silencio. Ni gringa ni argentina, la pizza de El Trocadero viene envuelta en su propia metáfora de la tradición: masa fina, salsa ligera, poco queso y hojas enteras de albahaca. Ecuación limpia, para los que, cansados de la hegemonía de la salsa de tomate, buscan una pizza más ligera (y no por ello light o postmoderna). Más pequeña que la emblemática pizza nuevayorquina —una entelequia, por supuesto— y mucho más grande que la “típica” pizza argentina, la de El Trocadero se sabe dueña de una materialidad que produce su propio tono, el cual, sin llegar a ser crocante, se sostiene con firmeza.

Entre la pizza nuevayorquina y la de El Trocadero, la posibilidad de doblar la materia gustosa por la mitad, impone una realidad inalcanzable para la pizza argentina, muy pequeña para reducirse a sí misma al cuadrado. Soledad de la pizza argentina que, en cuanto al color, vuelve a incidir en su distancia con las pizzas del norte y del centro, donde la gradación del rojo es más fuerte en la nuevayorquina y después en la de El Trocadero, haciendo de la pizza argentina la más blanquiñosa (más anaranjada tenue que roja). Soledad del tamaño y el color que añade una diferencia más: la de la textura porosa de la pizza argentina. Soledad que se disipa, como un sueño que se hace realidad, cuando se sirve la materia argentina sobre el plato, pues tanto la pizza de El Trocadero como la argentina mantienen la memoria de la pizza original, la Margherita, algo que la pizza de Usamérica, al alejarse de Nueva York, olvida con frecuencia, como puede testimoniar cualquier amante de la pizza boricua, mucho más parecida a la de Nueva York que a la de Argentina. Y por eso, una pizza sin memoria/conciencia de la albahaca, que son los ojos de la pizza Margherita que la de El Trocadero cifra en el lado decolonial de la diferencia moderna.

20 de julio. Entropía; comienzo del final. Distanciamiento fortuito de San José. Me voy de la capital por la mañana. Por un error de cálculo (¿me transformo en otro Cristóbal Colón?), descubro la provincia de Alajuela (que me conquista). Como consecuencia del error, paso las 15 últimas horas del día merodeando por las calles del centro de Alajuela, a cinco minutos del aeropuerto. De San Pedro, arrastro todavía la memoria del chocolate maya probado la noche anterior, en los alrededores de la Calle de la Amargura, centro político, artístico y cultural de la movida universitaria. Una memoria fabulosa, que combina el dulce del chocolate con la radicalidad domeñada del chile, de modo que lo glocal no desaparezca en el contexto de la globalización neoliberal, en la cual se inscribe la Costa Rica del nuevo milenio, cada vez, si cabe, más subalterna de Usamérica (¿como Puerto Rico?).

Por la calle, el cevichero de Alajuela pasa con su cubo de plástico blanco, el mismo que en las grandes ciudades del este usamericano, los músicos callejeros afroamericanos usan de tambor, vendiendo el elixir de los dioses a los mortales. ¡Ceviche! Desde el fondo de la memoria crítica, los mortales abocados al ácido del limón donde se cocina la carne de mar, agradecen la llegada a las Américas de los cítricos, en el siglo XVI; lo que no significa un endoso a la colonialidad del poder. Como en Puerto Rico, en las esquinas de las calles de Alajuela, los puestos de frutas y vegetales permiten el seguimiento de lo culinario en la más abierta de las “extimidades,” “exterioridades íntimas” que los académicos ticos ventilan en el primer número de una revista electrónica con el mismo nombre, Extimidades (2012). De las frutas que no conozco y pruebo, el cas y el jocote me golpean desde lo agridulce. Fuerza que tira con fuerza hacia lo ácido. Casi una tautología del sabor no colonizado por la modernidad.

Como una metáfora trunca, al ponerle la lengua al cas me quedo con la boca abierta. No grito. Pienso en las frutas antillanas del poeta Severo Sarduy. Sin creerme pulpo, juro que por los ojos me debe estar saliendo la tinta gruesa del cas. A los erizos eróticoliterarios de Silén, se le paran los pelos. Me dicen que le ponga sal al cas, pero me rindo, como Altazor, antes de tocar el sol con las manos. Desciendo con la boca seca y los dedos pegajosos. Transculturalizándome, camino por el casco urbano de Alajuela, atento a las cunetas hondas, profundas, tanto que requieren puentecitos para cruzar. Imposible olvidar la arquitectura del Valle del Baztan, en el País Vasco, cuyas casas monumentales y robustas compiten con las montañas. En estas cunetas hondas de Costa Rica, hechas para la época de lluvia, Julia de Burgos, que murió “poetamente” en las de Nueva York en 1953, se habría ahogado en el torrente de agua. En una acera imprevista, la huella de un coco vacío, dejado en la calle, me dispara la sed desde el recuerdo boricua. Como quien dice, veo lo cocos pintados en el siglo XIX de Francisco Oller. Salivo con la boca seca. Me raspo la memoria.

Adicto al t[r]ópico silenista, busco en Alajuela agua con sabor a mirra. La imagen del Nueva York de la diáspora boricua, El pájaro loco (1972), me moja los pies de viajero transmoderno. Camino por la Avenida Central (¿estoy en Puerto Nuevo, Puerto Rico?) hasta las inmediaciones del Parque Central (que no se parece al de San Juan), pero antes de entrar al recinto rodeado de árboles de mango (¿estoy en

Mayagüez?), me desvío hacia los mercados soterrados, donde los pasillos de carnicerías, pescaderías, fruterías, verdulerías, comedores, herbolarios, etc., exudan olor a  tierra y a mar, como el aroma de la Puerta de Tierra boricua de los años setenta. Entro y salgo por pasillos de productos que, atestados de su propia demasía, exacerban los sentidos, alterando la materia concupiscente del que transita, hiperestésico, por la abundancia acumulada en poco espacio. Materia de lo que se visualiza con intensidad, de lo que se oye con alevosía, de lo que se come con rabia, de lo que se toca con sed, de lo que se huele con virulencia. Pegote pre-hispánico y pan-latino. Juntera; “Casado.” Redescubro con alegría que a la fonda boricua, los ticos le llaman soda.

En el Parque Central, el entorno es más que botánico: espacio cubierto de árboles de mango, cuyos proyectiles caen como si fueran bombas de pulpa amarilla sobre los techos metálicos de las cabinas telefónicas (que existen todavía). La referencia a un poema de Victor Hernández Cruz contamina la mirada: solo que en el poema nuyorican, los proyectiles eran plátanos, disparados en la furia de un huracán. Las ardillas —una aparición sorprendente, como fue sorprendente su aparición en Los poemas de Filí-Melé (1976)— bajan de los árboles a mordisquear lo que encuentran. Nadie pasa vendiendo nada. Todo se aboca al “estar” de la res pública. A lo lejos, se oye la marimba. La gente baila. El tiempo de paz se come la microhistoria. “Todo pasa y todo queda.” A las seis de la tarde, suena la campana de la Catedral de Alajuela, colindante con el Parque Central. Irrealidad del sonido que se repite en muchas plazas. Los pocos que entran a misa, pasan desapercibidos por la multitud, que hace del Parque un guiso espesamente secular. Parque donde sin comer se comparte el pan. Espacio de comunión. En el mejor de los casos, ¿espacio de interculturalidad?

Ceviche. En un bol poco más grande que una taza, los pedazos cuadrados de pescado chocan con los camarones, que, como no han sido cortados, parecen torpedos en un plato de mar. Alrededor del tazón, unos cuantos chips de maíz evocan el picoteo. Metonimia: la parte por el todo. Al final, tautología: el ceviche es ceviche.

Más que para una cena —me doy cuenta después—, el platillo de ceviche que pido está hecho para el picoteo de ocasión: entrada a un mundo mucho más sustancioso (que en mi caso, no se materializó). Muy grandes y ortogonales, los fragmentos de carne blanca se mueven con densidad; masivos y torpes, los torpedos encamaronados se desplazan con resistencia pre o protopoética. Por ello, los ángulos rectos y gruesos del pescado cuadriculado (coincido con Alfonsina Storni), se sienten bruscos, burdos, machistas y capitalistas; la entereza de los camarones, que no su rectitud, se percibe cruel o por lo menos, agresiva y hasta neocolonial. Como pasa cada vez que se come, la propuesta del ceviche se politiza. El plato me interpela desde lo que, como propuesta culinaria, exhibe y calla. Antes ese doble lenguaje, mi complicidad no puede ser sino crítica. Como; me regodeo. La violencia del limón, que no ha sido transdisciplinado, enviste desde el minimalismo restaurantil. Como subtexto, le digo al jugo de limón: ¡te falta cuerpo y sustancia, y hasta cilantro!

Punto ciego; al ceviche le falta ajo. Como una fiesta de hilachas sustanciosas, blancas con destellos anaranjados, donde la textura de la carne se establece como un diálogo instantáneo con el limón, en un jugo que ha sido pensado, pasado por jengibre, cebolla, ajo, sal, pimienta, el plato de los dioses peruanos con manchas verdes, dioses que se mezclaron con los españoles del siglo XVI, no acontece en su plenitud cevichera. Lo que me como en la cevichería, copia de un original que es a su vez metafórico y sincrético, se queda a mitad de camino, entre el significante y el significado, prometiendo un atracón que se queda con hambre. Promesa de un gustema que, sin embargo, a pesar de las aporías y de la razón instrumental, se promete a sí mismo como el mejor sabor. ¡Ceviche! Por eso, como ser tautológico que es, y no por ello solipsista, sea cual sea su devenir, revienten como revienten sus metáforas, el ceviche es ceviche, y por lo tanto, banquete en cualquier cena, sea esta la primera o la última.

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