San Junípero de todos los ejércitos

Nònimo Lustre*. LQS. Agosto 2020

”Cuando el último árbol sea cortado, cuando el último río sea contaminado, se darán cuenta que el dinero no se come.”

San Junípero Serra OFM (1713-1784) no es el abnegado misionero al que nos quiere acostumbrar la des-educación dominante porque no fue pionero aventurándose en tierras ignotas sino un fraile franciscano del siglo XVIII que prospera gracias a lo único reseñable que hizo Carlos III: harto de que quisieran ser emperadores, expulsó a los jesulitas (1767) Gracias a tan saludable medida, Serra pudo reducir a los indígenas californianos imitando los métodos concentracionarios y la industriosidad de la congregación competidora. Por cierto, con él, los OFM se tomaron una revancha que estaban esperando desde que los jesulitas suplantaron a los franciscanos en las reducciones del Paraguay –hecho que no encontrarán fácilmente porque la Compañía de Jesús monopoliza lo que considera un gran modelo de conquista y, por ende, censuran a muerte la historia real del latrocinio que perpetraron contra sus hermanos en Cristo-. Pero bueno, allá los frailes con sus odios internos.

El caso es que la California cristianizada por Serra –mediante el genocidio de sus indígenas-, no era territorio ‘virgen’. Es posible que, en 1579, dos siglos antes de Serra, su costa fuera cartografiada por el esclavista Francis Drake quien presumió, sin prueba alguna, de haber fundado allá la colonia de New Albion. Según Munro-Fraser en Davidson en Heizer, no está claro si el corsario llegó al supuesto punto de Drake’s Bay; quizá sea una leyenda indígena transfigurada por los años pero sí parece algo plausible que, según las tradiciones orales aborígenes, algunos de los marineros desertaran en California, se unieran a mujeres indígenas y se perdieran en el paisaje –aunque quizá los apellidos Nicasio y Novato que hoy usan algunos indígenas se remonten a aquellos años.

Sea como fuere, es seguro que, en 1602, la mapeó el piloto Sebastián Vizcaíno. Además, sus indígenas mantenían relaciones comerciales con sus parientes del norte de Nueva España (México) ergo conocían cómo se las gastaban los invasores españoles. Incluso cabe la (remota) posibilidad de que hubieran oído rumores sobre la evangelización de la Sierra Gorda mexicana que había perpetrado Serra –llega muy lejos la fama de un comisario de la Inquisición, como fue Serra en Nueva España.

Además, Serra fue enviado ‘al Norte’ por el virrey con el objetivo explícito de colonizar –lo de cristianizar, ya veríamos- un rincón del Imperio que estaba siendo amenazado por los rusos que llegaban en masa desde Alaska. Por ello, en 1769, los militares hispanos fondearon los barcos San Carlos y San Antonio en la bahía de San Diego antes de que llegara Serra. Y por la misma razón bélico-administrativa, lo que hoy llamamos ‘misiones’ fueron fundados, alimentados y conocidos como presidios –castillos, no cárceles. Por tanto, corrijamos la iconografía popular: nada de fraile hincando íngrimo y solo la cruz en medio de los caníbales. Desde 1492, la espada llegó siempre antes que la cruz pero hubo que esperar siglos hasta que episodios como el de Serra mostraran al común el verdadero modus operandi de la evangelización.

El estilo sermoneador de Serra dícese que era histriónico en demasía. Dícese –repetimos- que, en el púlpito, se azotaba con una cadena o se quemaba el pecho con una vela hasta que el olor a carne quemada provocaba desmayos entre la feligresía. También es fama digna de toda sospecha que era muy andarín, hiperactivo y proclive a cargar con todos los pecados del mundo –excluidos los pecados de los indígenas que para eso estaba su Inquisición. Pero nosotros no escuchamos a los revenidos propagandistas del fuero interno misional –de ahí que no hagamos caso de los dícese.

Al día de hoy, en versión enciclopédico-cibernética, se certifica que “los misioneros les enseñaban nociones de agricultura, ganadería y albañilería, les proporcionaban semillas y animales y les asesoraban en el trabajo de la tierra. Algunos de ellos aprendieron también las técnicas de la carpintería, la albañilería o la herrería… Las mujeres recibían adiestramiento en las labores de cocina, costura y confección de tejidos. En versión gringa, los presidios-misiones, rebosaban “song, laughter, good food, beautiful languor, and mystical adoration of the Christ”. Por razones de demografía histórica (ver infra), podemos dudar de que las misiones juniperianas fueran tan paradisíacas pero es evidente que los franciscanos desplegaron un mefítico celo en erradicar una cultura indígena que ignoraba desde la agricultura hasta la costura femenina. Desde el púlpito eran evidentes sus falencias, por lo que suponemos que los misioneros europeos se debatían entre contar los insondables milagros de la Virgen o el Gran Milagro de que esos indios hubieran llegado hasta el siglo XVIII –portento que sólo podía achacarse a algún conjuro diabólico, seguramente practicado en la ceremonia de la reproducción.

Según cálculos modernos, cuando Serra y su séquito armado invadieron California (1769), aquella tierra estaba habitada por unos 300.000 indígenas. Aproximadamente 50 años después, cuando el México independiente dio por terminada la fase misional de aquella provincia, sobrevivía menos de la mitad –y, otro medio siglo más tarde, en 1860, sólo quedaban 30.000 indígenas californianos. Por referirnos sólo a la época juniperiana, es evidente que semejante catástrofe demográfica sólo puede denominarse como genocidio y éste sólo puede entenderse como producto de la reducción en presidios, de la destrucción de su cultura, de las epidemias exógenas y, por supuesto, todo ello logrado merced a la militarización de las misiones. O, abreviando, del modelo extractivista, no sólo de la tierra mineral sino especialmente de la fuerza de trabajo, que aplicó Serra –los tiempos habían cambiado desde 1492, en el siglo XVIII primeva la antes citada industriosidad jesulita-franciscana.

Históricamente hablando, la connivencia entre los misioneros y los ejércitos coloniales ha sido negada por ambos. Pero sólo manu militari puede conseguirse que unos pueblos se vean diezmados en la batalla, derrotados y, por ende, reducidos –repetimos, reducidos– al poder de los invasores. Y la lista de tormentos, exacciones y asesinatos u homicidios que pueden consultarse en las fuentes serias –no las busquen en los pasquines eclesiásticos- es tan prolija y tan abultada que se la ahorramos. Pero se la pueden ustedes imaginar sabiendo que Serra es una estatua presente en los foros gringos. Tal para cual. Sólo vamos a detallar el castigo que sufrían aquellas que, tras haber sido violadas, se atrevieran a intentar abortar: eran azotadas día y noche, puestas con grillos en el cepo, la cabeza rapada y, durante la misa dominical, obligadas a estar de pie cargando en sus brazos un niño de madera.

Los epígonos

Serra dejó su semilla del diablo y sus herederos sólo necesitaron hacerla germinar. Y vaya si lo hicieron: en 1798, fray Concepción Horra escribió al virrey un memorial de agravios quejándose de que, en los presidios californianos, “nunca había visto una manera más cruel de tratar a los indios. Por cualquier motivo, por insignificante que sea, son cruelmente azotados, engrilletados y puestos en el cepo por días y días sin recibir ni una gota de agua” (traducido de la traducción inglesa de Sandos, ver infra)

En 1815, el ruso Vassili Petrovitch Tarakanoff fue hecho prisionero en la misión de San Fernando. Una vez liberado, escribió un Statement of My Captivity among the Californians donde cuenta algunos de los suplicios que los frailes infligían a los indios. Si intentaban fugarse, eran amarrados a un poste y azotados o algo peor: “Un cacique fue llevado al campo donde acababa de ser despellejado un becerro recién muerto. El cacique fue cosido al cuero todavía cliente y atado a una estaca todo un día, pero murió pronto y los verdugos mantuvieron su cadáver cosido al cuero.” (Tarakanoff en Castillo, ver infra)

Ese mismo año, otro ruso, el indígena de las islas Aleutianas llamado Kungagnaq pero cristianado como Pedro, fue apresado por los frailes californianos acusado de furtivo. Como reza una fuente tan universal como controvertida, “Allí los eclesiásticos locales quisieron que los aleutianos se convirtiesen al catolicismo, a lo que los cautivos respondieron que ya habían sido bautizados, eran cristianos y no deseaban cambiar su fe. Entonces trataron de que renegaran a la fuerza de su fe que consideraban cismática y herética. Para ello, les torturaron. Corolario: en 1980, la Iglesia Ortodoxa Rusa le canonizó como el mártir San Pedro de San Francisco.

Pese a todos los pesares, los indígenas californianos resistieron en la clandestinidad hasta principios del siglo XX –incluso hasta hoy, podríamos decir si tenemos en cuenta a las minorías más minoritarias. Como demostración de ello, en las aulas de Antropología, se estudia un clásico: la biografía de Ishi (ca. 1860-1916), “el último yahi”. Este indígena californiano del pueblo Yana, fue capturado en 1911 pero tuvo la suerte de que no le lincharan sino que fuera apadrinado por el famoso antropólogo A. Kroeber quien se lo llevó a vivir en su universidad donde murió de tuberculosis cinco años después. Como a la mitad de los caciques conocidos, se le atribuye la sentencia ”Cuando el último árbol sea cortado, cuando el último río sea contaminado, se darán cuenta que el dinero no se come.”

Coda: El proceso canónico para lograr la santificación de Serra comenzó en el minuto siguiente a su muerte pero, tras incontables y costosísimos gastos –el Cielo se asalta con chequera- fue beatificado por Juan Pablo II y, al fin, santificado por Francisco en 2015. Su escalada hasta los altares más elevados fue un guiño papal a los herejes de Washington y, sobre todo, un caramelo para que los hispanics de USA –una minoría que ya supera en número a los afros-, se mantuvieran dentro de la verdadera fé. Pero no gustó al mundo indígena en general y menos aún a su fracción californiana (véase el site dela organización Amah Mutsun en http://amahmutsun.org/news/opposition-to-serra-sainthood) A nosotros tampoco nos gustó pero no la santificación en sí –allá la Iglesia con su escalafón, son un club privado donde no queremos entrar-, sino porque discriminó a los militares españoles, tan merecedores como su compinche Serra de ser santificados. ¿O es que acaso no fueron uña y mugre en California?: pues que también lo sean en los altares.

[Para mayor información sobre la aireado en este post, ver los libros recientes de James A. Sandos (2004) Converting California y de Elias Castillo, 2015, A Cross of Thorns]

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