Segunda parte: Max Aub en el laberinto

Arturo del Villar*. LQS. Junio 2020

En los días de su regreso fugaz a España en 1969, Aub volvió a participar en la tertulia de los escritores fascistas en Barcelona. Sucedió lo inevitable, y el diálogo entre el derrotado y los vencedores resultó imposible

Segunda parte del análisis sobre la encarnación de la República en las seis novelas integrantes de la serie El laberinto mágico, una crónica animada de aquellos ocho años que comenzaron con tanta alegría popular el 14 de abril de 1931, y concluyeron tan tristemente el 1 de abril de 1939. Todos los acontecimientos memorables de ese período, en la paz y en la guerra, los vivió Aub y los archivó en su memoria, para reproducirlos después, dando lugar con ello a un capítulo notable de la literatura española.

Primera parte: Max Aub en el laberinto

Un defecto del comunismo

Los avatares de la guerra le permitieron conocer bien a los combatientes comunistas. Los retrató en El laberinto mágico de una manera ambivalente. Creía que sus características principales consisten en ser disciplinados y fanáticos. Es factible considerar esa particularidad como virtud o como defecto. Según el criterio del novelista, resulta defecto. Los personajes comunistas son simpáticos, a veces heroicos, pero se les critica, incluso por sus amigos, debido al rígido sometimiento al control del partido, en opinión de Aub. Lo leemos en Campo de sangre, por ejemplo, cuando el juez republicano Rivadavia dice al capitán comunista Jesús Herrera:

Odio vuestras consignas, las que aceptáis sabiéndolas falsas y estáis dispuestos a defender hasta la muerte, no por lo que digan, que tanto os da, sino por quien os ha dicho que las sostengáis. Crees en lo que te dicen, sin creerlo. (Sangre, p. 161.)

Un miliciano de otra ideología, el médico socialista Julián Templado, expone al capitán comunista Juan Fajardo las diferencias entre ellos, en relación con sus respectivos partidos, y su concepto de la Unión Soviética comandada por Stalin. Olvidó que era el único dirigente político que se atrevía a socorrer con eficacia, es decir, con armamento y asesores, a la República Española, pese al vil Pacto de No Intervención ideado por la República Francesa y el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte:

Para vosotros el aparato, lo real, hoy, es ante todo; para mí, no. Para vosotros el Partido envuelve la vida, la sojuzga, es lo primordial; para mí, no. Para vosotros es condición primera, para mí sería, a lo sumo, consecuencia. […] La U. R. S. S. es un inmenso convento y no todos los que van por el mundo tienen huesos de santo. Así me explico tanto proceso, tanta desaparición, tanto cambio. (Sangre, p. 398.)

Conviene insistir en que las opiniones expuestas por los personajes en ambas citas, no solamente las consignaba el autor, sino que las compartía. Queda claro al repasar sus Diarios. El 16 de mayo de 1950 mantuvo una disputa con un comunista anónimo, y Aub anotó los reproches que le hizo en relación con la literatura, un asunto que lógicamente le inquietaba:

Lo que sucede –y es inimaginable a la luz de la razón— es que juzgáis la literatura con criterio exclusivamente político. No os importa un comino la calidad. Basta que el autor sea comunista irreprochable para que lo que escribe sea bueno, o, por lo menos, pasable. […] De un escritor os interesan los antecedentes –la ficha–, y según eso juzgáis. Ante esa falta de probidad, ¿cómo vamos a discutir? De la noche a la mañana una obra que reputáis espléndida puede pasar al completo olvido. (Diarios, pp. 166 ss.)

Una crítica exagerada, porque es común a todos los partidos políticos promocionar las obras expositoras de su ideología. Sería absurdo pretender que en la Unión Soviética se hiciera propaganda de obras literarias fascistas. Los grandes escritores soviéticos alcanzan dimensión internacional, reconocida por los historiadores burgueses, aunque no la compartiese Aub. Y debe tenerse en cuenta que en la Unión Soviética no se llegó a quemar públicamente los libros considerados lecturas perniciosas por los críticos soviéticos, como sí se hizo en la Alemania nazi, en donde fueron prohibidos todos los libros escritos por judíos, y si era posible se detenía a los autores para llevarlos a los campos de exterminio.

Aub defendía su verdad, olvidando la recomendación de Machado a quienes decían tener una para que se la guardasen y buscaran la verdad general, sin particularismos. Así lo recogió en sus Diarios el 1 de marzo de 1952, al reproducir el diálogo con un comunista sincero:

Salí de España por no callar –porque ésa es mi manera de combatir, porque mi profesión es la de escritor–, y no callaré mi verdad. Mi verdad, óyelo bien, que desea ardientemente que todos los proletarios del mundo se unan, pero que no puede tolerar que nos tengan, a nosotros los socialistas, por traidores. (Diarios, p. 207.)

Para él su verdad era la única verdadera, lo que demuestra un mísero criterio encerrado en el círculo de su partido. Por fuerza su manera de pensar tenía que reflejarse en su escritura. Aunque Aub no fuese un teórico, sino un creador, seguía las pautas marcadas por la ideología del partido al que libremente se afilió porque le parecía el más justo sin discusión.

No contar con los anarquistas

El papel de los anarquistas en el conflicto armado presenta muchas aristas negativas. Su oposición a obedecer a los mandos militares favorecía a los rebeldes, y además organizaron revueltas en la zona leal. Por eso tampoco fueron del agrado de Max Aub. Les achacaba no preocuparse más que de sus intereses partidistas, sin atender al fin superior de salvaguardar la República frente a sus enemigos. El protagonista de Campo cerrado, Rafael López Serrador, conversa en octubre de 1934, en Barcelona, con un nacionalista catalán, y mantienen este diálogo en el momento en que Manuel Azaña estaba preso en la misma ciudad, por instigación del Gobierno ultraderechista anticonstitucional:

-Los anarquistas queremos implantar el comunismo libertario, y mientras no haya una posibilidad de que nuestra sangre sirva para implantarlo, que no se cuente con nosotros.
-¡Pero así la República se irá a paseo!
-Por nosotros ya puede irse a donde le dé la gana. Lo mismo nos han machacado los liberales que los conservadores. Y preferimos Lerroux a Largo Caballero. (Cerrado, p. 104.)

Ninguna persona decente bien informada podía preferir a Alejandro Lerroux sobre cualquier otro político, por malo que fuese, porque el apodado Emperador del Paralelo era un ladrón notorio, y su Partido Radial Republicano una mafia dedicada a la extorsión. Es cierto que los anarquistas actuaron como un grupo aparte en la guerra. Al rechazar toda clase de autoridad quedaban marginados voluntariamente. De esa manera hacían el juego a los sublevados, que se apresuraron a aprovecharse de su indisciplina. Al negarse a acatar las órdenes de los militares con graduación, por ser contrario a sus convicciones, causaban un estrago en el Ejército leal. En otra novela de la serie, Campo del Moro, el ugetista Juan González Moreno habla con Besteiro sobre la sublevación de Casado apoyada por él, y le explica:

Dejemos a los anarquistas aparte. Ellos van a lo suyo. Con tal de estar en contra y de poder mandar aunque sea un día, felices como suicidas que son. (Moro, p. 137.)

Volvemos a repetir que no todas las opiniones expuestas por los personajes de una novela pueden considerarse propias del autor. Sin embargo, en este caso sí sabemos que las compartía Max Aub. Lo comprobamos al leer La gallina ciega, el diario de su fugaz viaje a España en 1969. El 24 de octubre alguien le planteó la pregunta que se hicieron todos los republicanos en su momento, y que nos hemos hecho después sus herederos:

-Ya sé que no has venido a eso. Pero si tuvieras que contestar a esta pregunta: “¿Por qué perdisteis la guerra?”, ¿qué contestarías?
-Primero, por Inglaterra.
-¿Y luego?
-Por la C. N. T. (Gallina, p. 360.)

El papel de la República Francesa fue todavía peor que el del Reino Unido, porque además de patrocinar el criminal Pacto de No intervención retuvo en su territorio el armamento enviado por la Unión Soviética en ayuda de la República Española. Pero Aub tenía unas ideas arraigadas, y pese a todas sus fechorías Francia era su patria, aunque lo encerrase en campos de concentración. Cuando facilitó esa respuesta ya habían transcurrido treinta años desde el final de la guerra mal llamada civil. Tuvo tiempo sobrado para meditar sobre un acontecimiento que trastocó su existencia, de modo que sin duda creía que fue así. Por eso lo dijo y después lo escribió.

Los fascistas con su Dios

Ya comprobamos que, según el testimonio del autor, la República no encontró republicanos que la defendieran: socialistas, comunistas, anarquistas y nacionalistas perseguían sus fines particulares. Esos partidos formaban el principal bloque de la izquierda constitucional, junto con las formaciones estrictamente republicanas. Enfrente se hallaba la derecha anticonstitucional, y en ella un partido minoritario, llamado a desempeñar un papel preponderante tras la sublevación militar, y sobre todo después de su victoria: Falange Española de las JONS, principal expresión del fascismo español.

Cuando residía en Barcelona Aub compartió tertulias con escritores falangistas, por el hecho de ser escritores, no por ser fascistas. En su novela Campo cerrado refiere cómo eran aquellas tertulias presididas por Luis Salomar, trasunto del anacrónico escritor santanderino trasplantado barcelonés Luys Santamarina, absurdo imitador del estilo barroco y fascista acérrimo. El protagonista de la novela, el ya citado Rafael López, le asegura a Salomar que la distancia entre los señoritos y los obreros es insalvable, de manera que las soflamas falangistas en pro de los asalariados sonaban a falsedad y nadie las tomaba en serio, ni siquiera entre ellos.

En los días de su regreso fugaz a España en 1969, Aub volvió a participar en la tertulia de los escritores fascistas en Barcelona. Es una demostración de su amplitud de opinión y falta de sectarismo, aunque tratándose de fascistas parece recomendable no relacionarse nunca con ellos. Sucedió lo inevitable, y el diálogo entre el derrotado y los vencedores resultó imposible.

Es de gran interés comprobar, mediante la lectura de Campo cerrado, cómo se entrenaban los falangistas para organizarse en guerrillas urbanas, y descubrir sus primeras actuaciones encaminadas a la destrucción de la República. Nos preguntamos cómo se toleraron esas actividades conocidas, tanto por los ciudadanos como por las autoridades responsables del orden público. Son errores incomprensibles, que fatalmente condujeron a la sublevación de los militares monárquicos y los civiles fascistas.

En otras novelas se describen las atrocidades cometidas por los facciosos durante la guerra, en nombre de España y de su Dios, conceptos de los que se apropiaron tranquilamente hasta convertirse en sus únicos dueños, negando a los demás su utilización. En el frontis de Campo de sangre figura una cita del Evangelio según Mateo: “Por lo cual fue llamado aquel campo, Haceldama, esto es, campo de sangre, hasta el día de hoy” (27:8). En el “hoy” de la guerra Judas comandaba el ejército rebelde, y toda España era un campo de sangre por causa de su traición. Nos interesa meditar ahora sobre este comentario del juez republicano Rivadavia:

Los fachas de verdad no creen en Dios. Creen que ellos son Dios. Si los curas que les sirven creyeran en Dios, no les servirían. Les sirven como si ellos fuesen Dios. Ya no distinguen entre Dios y César, porque el César es Dios. Dios, generalísimo de esta cruzada, que dijo Pemán. Por eso nuestros falangistas buscan tanto los fastos de la Iglesia: viene a ser el lujo cortesano de su régimen. (Sangre, p. 120.)

Contaban con las bendiciones de los obispos, expresadas en la Carta colectiva del Episcopado español, firmada el 1 de julio de 1937 a favor de la llamada cruzada. A lo lago de la interminable posguerra el endiosamiento del dictadorísimo alcanzó honores de caricatura, gracias a la abyecta sumisión de sus servilones lacayos. Los jerarcas de la Iglesia catolicorromana, además de levantar el brazo derecho para saludar a la manera fascista a sus símbolos, hacían entrar al dictadorísimo en las catedrales bajo palio, un honor reservado hasta entonces para la hostia consagrada y transustanciada en el cuerpo de Jesucristo, según sus creencias, a la vez que incensaban su grotesca figura.

El horror de la posguerra

Una vez convertida la rebelión militar en una cruzada contra los sindiós, quedaba autorizado sacramentalmente el exterminio de los ateos, lo mismo que se hizo durante las cruzadas medievales contra los infieles. Había, sin embargo, una diferencia notable, como era que aquellas cruzadas fueron promovidas para destruir a los musulmanes, y en cambio en España los moros marroquíes combatían junto a los militares rebeldes como soldados auxiliares fanáticos y sádicos contra los españoles.

También en Campo de sangre el maestro socialista de Albarracín (Teruel) relata una de tantas escenas protagonizadas por los falangistas y sus cómplices, atestiguada por las descripciones de los supervivientes en cualquiera de los lugares conquistados por los rebeldes, siempre iguales en la aplicación del horror como arma de guerra, para conseguir la sumisión absoluta de los adversarios a su dominio:

Después de lo de La Puebla, unos doscientos desgraciados de la C. N. T. intentaron meterse por Bezas. Los coparon. Y los moros no dejaron uno para muestra. Empalaron en las bayonetas las orejas de todos y las partes. […] Y ataviados con estos despojos desfilaron tan majos por el Óvalo ante lo mejor del pueblo. […] Las señoritas en los balcones y detrás los falangistas. […] El general brillaba con todas sus cruces, la tripa partida por su fajín celeste. Y el obispo a su lado. (Sangre, pp. 254 s.)

Escenas semejantes se repitieron en todos los lugares conquistados por los rebeldes. En su papel de cronista bélico, Aub se limitó a narrar lo que vio o escuchó a testigos presenciales, sin recurrir a otras fuentes de información. Nadie ignoraba el atroz salvajismo con que fueron tratados los republicanos en la plaza de toros de Badajoz, superador de las escenas vividas en el circo romano. La civilización quedó rebasada por la barbarie. No lo describió Aub, aunque lo recordó al historiar la reclusión de los republicanos en la plaza de toros de Alicante, en Campo de los almendros, la novela de la derrota con el final de la esperanza:

Formaron grupos en el ruedo de la Plaza. Siete mil hombres. En los tendidos, a media altura, frente a las puertas, ametralladoras y sus servidores. Todos –con los ojos— recuerdan la Plaza de Badajoz. (Almendros, p. 495.)

Alcanzó categoría de genocidio la represalia contra los que se mantuvieron fieles a la legalidad constitucional, por parte de los rebeldes. Cualquier lugar se convertía en cárcel, y cualquier pared en muro de fusilamientos. Se fusilaba por múltiples motivos, porque todo varón que no se hubiera unido a la rebelión era acusado por los rebeldes de auxiliar a la rebelión, una paradoja sarcástica provocadora de miles de muertes. Los diarios daban cuenta de los fusilamientos completados, con los nombres y circunstancias de losa condenados. En Valladolid acudían las señoras de la alta sociedad a presenciarlos con sus hijos, lo que animó a algunos industriales a montar unas churrerías en el lugar, para hacer más placentero el espectáculo, y obtener ellos un beneficio económico.

Queda el testimonio acusador de Campo de los almendros para conocer la epopeya de los derrotados por el nazifascismo internacional en su patria. Son páginas llenas de angustia, dolor y terror, continuadas en Campo francés con nuevos detalles de espanto. El nazifascismo llevó a cabo un genocidio atroz en España, pero las naciones que presumían de ser democráticas no querían enterarse, cómodamente amparadas por el acuerdo de no intervención. De nada les sirvió su cobardía, porque el peligro se cernía igualmente sobre ellas y tuvieron que padecerlo enseguida.

Métodos de guerra

Al contar con el respaldo de la todopoderosa Iglesia catolicorromana, los vencedores actuaron con absoluta impunidad, tanto durante la contienda como en la interminable posguerra. Cuando las hordas fascistas conquistaban un lugar fusilaban a los jóvenes por no haberse sublevado, hacían beber aceite de ricino a los viejos, pelaban al cero a las mujeres, y violaban a las muchachas: eso era lo habitual, repetido como un rito. La España vencida fue una inmensa cárcel, por la que corría la sangre derramada de los republicanos. Y ese genocidio nunca se ha castigado.

Algunos ensayistas disculpan las ejecuciones, alegando que en las retaguardias siempre se cometen actuaciones criminales. Eso es cierto, pero en la zona conquistada por los rebeldes no perpetraban los crímenes sujetos incontrolados quizá depravados, sino que los ordenaban las autoridades militares vencedoras, con el propósito de aniquilar totalmente a sus enemigos derrotados. El plan de la posguerra consistía en asesinar los contrarios.

Ese horrible episodio inhumano de la triste historia de España fue recogido por Aub en estos episodios nacionales de su Laberinto mágico, con el relato de los sucesos vividos y padecidos por él. En Campo de sangre el médico socialista Julián Templado cuenta a un periodista extranjero cómo su padre fue denunciado acusándole de falangista, por un amigo al que ha-vía prestado diez mil pesetas que no deseaba tener que devolverle, como ocurriría si era ejecutado. Le explica que casos de falsas delaciones se dieron en la zona leal y se cometieron injusticias, pero en la zona sublevada se asesinó “legalmente” según el perverso código de su conducta:

Aquí, por lo general, diéronse los paseos por motivos personales y mala baba; el resentido, vuelto delator si no tenía braveza suficiente para llevar a cabo la realización postrera de sus reconcomios. […] No sucedió así del lado de Franco, donde el impulso mortal era consciente, las listas previamente establecidas y los denunciadores del mejor mundo. (Sangre, pp. 39 s.)

Esta misma constatación la aduce un supuesto corresponsal del autor al final de Campo de los almendros, sobre las muertes violentas ocurridas en las dos zonas enfrentadas, con sus características opuestas:

[…] lo que nadie podrá ocultar, olvidar ni borrar es que [en la zona leal] se mató porque sí. Es decir, porque fulano le tenía ganas a mengano, con razón o sin ella. Ese es otro problema. Pero allá, del otro lado, y aquí, cuando entraron, mataron a sabiendas de quien mandaba. Se mataba con y por orden, con listas bien establecidas, medidas. (Almendros, pp. 542 s.)

Se mataba durante la guerra, en los campos de batalla y en los lugares conquistados, sin respeto a ninguna convención de derechos humanos. Y lo más trágico fue que la guerra no terminó con la victoria de los sublevados, sino que se prolongó con la represión, mediante los consejos de guerra sumarísimos que duraban unos pocos minutos, puesto que la sentencia era siempre la misma: pena de muerte. A los condenados con amigos influyentes se les conmutaba por un elevado número de años de prisión, que iban disminuyendo con el paso del tiempo.

La España peregrina se repartió por el mundo, en busca de la libertad negada dentro de sus fronteras. Los republicanos que lograron exiliarse evitaron pasar por ese trance, pero su suerte no fue envidiable: en Francia los encerraron en campos de concentración, en la Unión Soviética debieron sufrir la invasión de los nazis, y en México tuvieron que empezar a buscar trabajo con el rechazo generalizado de la población que los veía como invasores, por no citar más que los tres principales países que los acogieron.

Y eran lo mejor del mundo

La historia de España en el siglo XX es atroz. La guerra y la posguerra llenan 39 años, por lo que alcanzan a tres generaciones. El pueblo español fue traicionado, combatido, derrotado, escarnecido, encarcelado y fusilado si no consiguió exiliarse, un pueblo que defendió con más ánimos que armas su libertad y su dignidad. Perdió la libertad con la guerra, pero mantudo la dignidad ante el pelotón de fusilamiento, en la cárcel o en su peregrinaje por el mundo. El pueblo español fue el protagonista de aquella gesta contada y cantada por Max Aub en El laberinto mágico, porque es una canción de gesta desarrollada en prosa, ahora que ya ni juglares ni ciegos cantan las hazañas heroicas romanceadas en las plazas de los pueblos.

Es una historia verdadera, descrita en forma novelada. Los personajes aparecen en varias escenas de novelas distintas, pero ninguno es protagonista de la serie: el único protagonista es el pueblo español armado de esperanza para defender a la República. No lo consiguió, pero su gesta fue heroica. Se lo explicó un maestro de escuela y capitán forzoso de artillería, Claudio Piqueras, a su hijo de cinco años, en Campo de los almendros, mientras aguardaban la llegada de una esperanza con forma de barco, que nunca alcanzó la costa:

Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides. (Almendros, p. 405.)

No, nunca se podría olvidar su gesta colectiva, gracias a crónicas como El laberinto mágico. La bibliografía sobre la guerra en España es inmensa y continúa creciendo, tanto en el género ensayístico como en el de creación literaria, pero el amplio relato de Max Aub tiene caracteres únicos. Actuó como cronista de unos acontecimientos protagonizados por él mismo o escuchados a testigos presenciales, por lo que manifiestan un tono de veracidad y a la vez sencillez incomparables.

Al unificarse los trabajos del novelista y el historiador en una misma escritura, el relato es simple y directo, como una crónica periodística redactada en el lugar de los hechos, al mismo tiempo que emotiva por tratarse de unos acontecimientos que cambiaron por completo la vida del autor, como la de todos los españoles de su tiempo y del siguiente, porque los que no conocimos la guerra padecimos la posguerra, que fue también espantosa. No la conseguiremos olvidar nunca.

Primera parte: Max Aub en el laberinto

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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