Son Historia

El autor nos dejó en Mayo de 2015, colaboró con nosotras en los primeros años de LQSomos, ahora de nuevo republicamos algunas notas suyas (agosto 2006), que siguen estando vigentes en pensamiento y obra.
Sit tibi terra levis

dos-expos-desmemoria-LoQueSomosAntonio Pulido Centeno. LQSomos. Julio 2015

Se lo oí a una entrevistada callejera, efímera estrella televisiva, musa fugaz del profesional de la información, cuando éste le pidió su opinión sobre la retirada de símbolos franquistas en los edificios públicos estatales, prevista en la tímida, más bien pusilánime con visos de cobarde, Ley de Memoria Histórica.

«La ignorancia es muy atrevida. Esos símbolos son Historia» respondió lapidariamente la susodicha estrella ocasional, filósofa ella de profundidad abisal que, tal y como se desprende del insulto que nos espetó a quienes no opinamos como ella y del porte y vestimenta de que hacía gala, me inclinaban a barruntar un cierto tufillo de inequívoca pertenencia a la casta del más rancio «facherío» nacional-católico-apostólico-romano y de las jons.

Que sí, señora mía, que sí. Que la ignorancia es muy, pero que muy atrevida; sin ir más lejos, la suya en particular raya en la temeridad, por supina. Porque vamos a ver: si los símbolos son Historia, también deberían serlo los de épocas anteriores ¿O solamente merecen ese calificativo los del franquismo? ¿Por qué, a partir del 39, se eliminó de un plumazo todo lo que oliera a República y no se mantuvieron nombres de calles dedicadas a Azaña, o a Largo Caballero, o a la Pepa, pongo por caso? Que yo sepa, hasta el primer Gobierno socialista tras la Transición, con el inicio de la modernización del Estado, no comencé a ver calles rotuladas con nombres que no tenían nada que ver con los ínclitos generales y demás especímenes adictos a la rebelión del ínclito entre los ínclitos «Generalísimo» Franco; mientras que en la actualidad, en cambio, seguimos soportando, «porque son Historia» nomenclaturas y mobiliario urbano impuestos durante la dictadura.

La postura de esta señora no viene a descubrirnos nada nuevo, realmente. Forma parte del detestable, cansino, monótono y archiconocido discurso que venimos oyendo a la derecha durante tantos decenios -¿o son siglos?- en pos de su permanencia en la poltrona y en defensa de sus trapicheos, privilegios y prebendas -entiéndanse éstas como «Oficio, empleo o ministerio lucrativo y poco trabajoso»-. No hay más que atender a los comentarios de la derecha -por llamarla de un modo que suene un poco a civilizado- oponiéndose sistemáticamente a toda iniciativa del Gobierno -al que incluso niegan legitimidad- con toda suerte de repugnantes calumnias, insultos, mentiras y descalificaciones que, al menos a mí, me provocan náuseas por lo rastreros y vergüenza ajena al comprobar la falta de dignidad, sensatez y escrúpulos de que hacen gala y que por lo visto han convertido en su bandera de combate. Eso sí: disfrazado todo de «patriotismo» -¿quién dijo que el patriotismo es el último refugio de los miserables?- cuando lo cierto es, puesto que nos toman por estúpidos y nos tratan con su tan habitual desprecio, que su único deseo es que permanezcamos sumidos en la ignorancia y embrutecimiento en que siempre ha estado hundido este pueblo bajo los auspicios, claro, del fanatismo de la medieval santa iglesia católica, para poder ellos disfrutar en paz de su cortijo y sus chanchullos; justamente lo que ocurría con anterioridad al intento de subsanar tal situación por parte de la II República y que muy oportunamente cercenó de raíz el golpista Franco.

Y para conseguir sus objetivos no reparan en nada: Mienten, intrigan y confabulan; furibundos, piden dimisiones a troche y moche, cuando ellos jamás han dimitido de nada ni por nada; con el mayor de los cinismos y total desvergüenza, critican al Gobierno justamente lo que antes ellos mismos habían hecho; y viceversa: compárese la investigación del 11-M con la del accidente del Metro de Valencia -aunque podría poner infinidad de ejemplos-. En el primer caso no parece que vayan a desistir hasta que encuentren un resquicio, por irrelevante que sea, que los conduzca a ETA. Pero el caso del Metro de Valencia es totalmente distinto: en menos de treinta días, sin haber aportado toda la documentación y tras haber rechazado a los expertos que ellos consideraban contrarios a sus intereses, han liquidado el tema autoexculpándose a sí mismos de toda responsabilidad y descartando cualquier dimisión, puesto que ellos todo lo han hecho bien -fueron los «sociatas» los que lo planearon mal hace dieciocho años- y no se equivocan nunca. (Ahora que caigo: ¿Alguien está buscando a dios y no lo encuentra? Pues la respuesta es obvia: si la derecha lo hace todo bien y no se equivoca nunca, ¡¡LA DERECHA ES DIOS!! ¡¡ALELUYA!!)

No pienso que, tras este último comentario y por cuestiones de identidad, se cree un conflicto de intereses entre la derecha y la iglesia católica: son lo mismo.

Quizá la balanza se incline desfavorablemente para la troglodita iglesia católica, pues mientras que el poder que anhela la derecha es material y para conseguirlo expone todos sus trucos y artimañas disfrazándolos con mil y un artilugios -aunque su trasfondo real se nos muestre de manera totalmente diáfana- la iglesia, aun persiguiendo lo mismo, se escuda en lo espiritual y predica unos preceptos que en manera alguna cumple. El más sangrante es el de amarás a tu prójimo (teoría) y dejar morir de hambre anualmente a millones de desheredados (práctica). Por cierto: ¿estos señores -quiero decir el clero- se han preguntado alguna vez, en lugar de presentarse como víctimas de la intolerancia y como reclamantes de «libertad para su iglesia», ¿cuál es la causa de que se les persiguiera y se les quemara iglesias y conventos? No trato de justificar semejante barbarie -hay iglesias y conventos que son verdaderas joyas del arte- pero ¿de verdad creen aquello de que son las fuerzas infernales aliadas con los rojos que bla, bla, bla? ¿No contemplan la posibilidad de que el personal estuviera harto de soportar tanta hipocresía y tanto apoyo -en su beneficio, claro- a las fuerzas conservadoras en perjuicio del pueblo?

Con frecuencia se argumenta -argumentan ellos- que todas las posesiones de la iglesia, invertidas en paliar las situaciones de injusticia, resultarían totalmente ineficaces porque no alcanzarían a mitigar ni un porcentaje mínimo de lo injusto. No lo sé… aunque ese patrimonio alcanza la cifra de muchos miles de millones de dólares. Pero aun suponiendo que así fuera, la sola posesión, ostentación y disfrute de esas riquezas ya constituye de por sí una obscenidad. Y un insulto a los pueblos que carecen absolutamente de todo.

Samuel Johnson dijo que el patriotismo es el último refugio de los miserables; yo me veo obligado a añadir que Dios es la última coartada de los canallas.

Se me podrá refutar comentando que la corrupción no es predicamento exclusivo de la derecha. Tristemente, así es. Recurriendo al tópico, toda persona, también la de izquierdas, por supuesto, tiene su precio. Todo es cuestión de tiempo, permanencia y ocasión, hábilmente manipulados.

La diferencia -y sin que esto se tome como justificación: tan indigno y despreciable es el corrupto de derechas como el de izquierdas- estriba en que la izquierda, al ser «los malos», no necesita después ir a misa a darse golpes de pecho -no es el caso de la derecha- ni asistir a procesiones ni acudir a besar el trasero al papa de turno. Es, por así decirlo, su actitud «natural», en opinión de la derecha. Lo malo es que esa actitud no excluya el engaño y la hipocresía, al terminar estos corruptos de izquierdas revolcándose en la misma mierda que furiosamente recriminaban a los otros.

La ventaja que le veo a la izquierda -y no me refiero a ningún Partido en concreto- consiste en que no engañan a nadie al proclamar, por ejemplo, que en un Estado aconfesional, quieren una escuela laica en la que, como mucho, se enseñe todas las religiones como hechos sociales y no exclusivamente la católica como confesión. Tampoco engañan a nadie al declararse -aunque no todos- republicanos. Ni cuando avisan de que pretenden relegar a la iglesia católica y al resto de confesiones al lugar que les corresponde: el ámbito de la opción personal, sin intromisiones en la vida pública y sin la financiación estatal actual. No engañaron cuando promulgaron las leyes del divorcio y del aborto, de las que salieron beneficiados buen número de los de derechas, sobre todo aquellos que tenían que esperar largo tiempo la decisión del Tribunal de la Rota, o de aquellas hijas de papá que iban a Londres «de compras» un fin de semana y ya que estaban allí aprovechaban para abortar. Esto, si no aparecían «madres» que realmente eran abuelas y «hermanas» que fisiológicamente eran madres. Por cierto, que en los años de mayoría absoluta «derechil» no se les ha ocurrido derogar esas leyes a las que tanto criticaron y a las que se opusieron tan ferozmente por ir en contra del cavernario pensamiento de la iglesia. Tampoco podemos decir que muchos de sus miembros han puesto demasiados reparos a la ley de matrimonio homosexual. Incluso alcaldes de derechas se dedican a oficiar uniones entre parejas del mismo sexo -y de su mismo Partido-. Hipocresía pura y dura.

Ahora, con total coherencia, la derecha se ha negado a condenar el franquismo como acaba de hacer no sólo el resto de partidos sino la UE en pleno, incluyendo a los de su tendencia política -a buenas horas, mangas verdes- y digo lo de la coherencia porque cómo podríamos esperar que condenaran a sus padres o abuelos, si la mayoría proviene de adictos a la dictadura…

Incomprensiblemente, cuentan con mucho apoyo popular -además del capital, la sotana y el sable- a la hora de las votaciones. En épocas pasadas se entiende que la clase obrera, obligada por la patronal, la Iglesia afincada en el siglo XV, la ignorancia y la necesidad, votara a la derecha. Pero aquellos tiempos de penuria económica y cultural no se dan en la actualidad, al menos y afortunadamente, en la misma medida. El pueblo ha estudiado más o menos, ya no es la masa analfabeta del 36 y no me consta que haya excesiva presión patronal -aunque sí eclesiástica- que les inste a la abstención o al voto en contra de sus convicciones.

Pienso que el problema de los que no votan derecha, es la desidia a la hora de acudir a las urnas. Pasan de política, parece que no creen necesario su voto o consideran iguales a todas las tendencias pensando que todos van a «llenar el cazo». O puede que no encuentren atractiva la oferta de los programas de izquierda y, en muchos casos, tienen toda la razón: algunos son impresentables y faltos de la menor coherencia, excepto para sus correligionarios. Lo que no se puede pretender -y menos con los cuatro votos de ERC, pongo por caso- es darle la vuelta a un Estado considerándolo cual simple calcetín. No se puede pretender que de la noche a la mañana España sea republicana ni federalista, si antes no se ha razonado, enseñado y convencido a la población de las posibles ventajas o desventajas que tales cambios reportarían; si antes no se destierra definitivamente la idea de que los «rojos» son el monstruo de siete colas que siempre nos han presentado. Ya me gustaría a mí una anarquía -no la de las bombas, sino la basada en solidaridad responsable- pero soy consciente de que ello no se alcanzaría en una legislatura ni en treinta y cinco: lo más probable es que no se alcance nunca; pero pienso que merece la pena difundir la doctrina. Tengamos en cuenta que la idea generalizada que se tiene sobre los progresistas es la que tan hábilmente se ha encargado de recordarnos y reprocharnos la derecha durante tanto tiempo: masa de analfabetos -gracias a ellos, que se ocuparon de no alfabetizar mínimamente a la población para mantenerlos sojuzgados- cegados por tal odio a la iglesia y al capital, que los inducía a la quema de bienes y personal del clero, a la eliminación de latifundistas y «señoritos» que los trataban prácticamente como a animales y a la ejecución de toda clase de tropelías. Que las cometieron, sin ningún género de dudas, aunque no siempre por los motivos aludidos; y en cualquier caso, hasta la finalización de la contienda.

No así el bando rebelde vencedor, cuya trayectoria de represiones y crímenes por simples razones de ideología se impuso a lo largo de casi cuatro décadas, como conocemos todos sobradamente.

La izquierda, a diferencia de la derecha, no cuenta con unidad de criterio. Cada partido pretende imponer sus ideas sobre las de los demás, a algunos de los cuales, con frecuencia, niegan incluso su pertenencia a la izquierda; cuando lo deseable sería definir una ideología progresista, consensuada, sin prisas ni ambiciones partidistas ni personales, -«convenciendo» más que «venciendo» y con «vivas a la inteligencia»- y que nos condujera a un Estado moderno, libre, tolerante, laico, republicano, culto y con bienestar justo y suficiente para todas las clases sociales.

Tristemente, lo considero casi tan inalcanzable como la anarquía. Pero si no se procura un entendimiento de ese tipo, la izquierda no gobernará nunca por largos períodos consecutivos. Se le permitirá que lo haga esporádicamente, lo suficiente para que promulgue leyes progresistas de las que se beneficiará la derecha, pero que no se atreven ellos a promulgar debido a la repugnante hipocresía que les es tan característica.

Hipocresía como la que demuestran en multitud de ocasiones: ante los brutales y sospechosos incendios forestales gallegos, tachan de inmoralidad la sola mención de la existencia de una conspiración -por si a alguien se le ocurre involucrarlos-. No dicen lo mismo con respecto al atentado que les costó el pase a la oposición, pues aún continúan mareando la perdiz en busca de descabelladas y descerebradas implicaciones que les permita quedar en posición algo más airosa que en la que les sumergió la tremenda metedura de pata en que incurrieron.

Una derecha que se proclama cristiana, católica, apostólica y romana, pero que no tiene el menor empacho en apoyar guerras injustas como la de Irak y que justifica la barbarie judía con el pueblo libanés aduciendo «defensa contra el terrorismo». Eso sí: se sintieron ofendidísimos por un pañuelo palestino al cuello del Presidente del Gobierno.

Una derecha cristiana que guarda un infinito rencor hacia los terroristas y que no perdona. Comprendo que la pérdida de seres queridos es muy dolorosa. Pero los muertos no resucitarán aunque sus miserables asesinos se pudran de por vida en la cárcel. Si existe la posibilidad de que no vuelvan a producirse más víctimas, de que no se incremente el número de familias destrozadas, ¿no merecería la pena darle una oportunidad a la paz, aunque la lograra la izquierda? ¿Es preferible anteponer los intereses partidistas a los del pueblo al que tanto dicen defender? Quien vote eso merece todo el desprecio de sus conciudadanos.

Toda esta situación nos lleva irremediablemente – a pesar de que se nos diga que no todos son iguales- a la triste conclusión de que la política, los políticos, sea cual sea su signo, son una mierda. Lo siento, pero no me están demostrando otra cosa.

Lo que ocurre es que, gobernando la derecha, además, nos podemos despedir para siempre de cualquier atisbo de modernidad y progresismo. La derecha se ocupa únicamente de adecentar el cortijo en su propio beneficio, cambiando algo para que todo siga igual. Y no nos olvidemos de que la derecha vota. Vota en bloque sin faltar ni uno, porque sabe perfectamente lo que se juega.

Haríamos muy bien los progresistas en no dejar pasar ni una sola de las oportunidades y no abstenernos en ninguna votación. La abstención, sin ninguna duda, beneficia a la derecha. Y aunque no nos convenza ninguno de los programas de los partidos de izquierda, el votarlos siempre nos dará opción a disponer de leyes progresistas, a mayor libertad, a mejor educación, por lo menos laica, a un gobierno del pueblo y para el pueblo, desechando, por inútil, el caduco sistema monárquico, descabalgando la intromisión del clero en los asuntos temporales y remitiéndolos a sus iglesias, que es donde deben ejercer su ministerio, liberándonos del letargo en que hemos estado sumergidos por el fanatismo religioso durante tantos siglos.
Y es misión de todos, incluyendo el sistema mediático -tal como hacen en la derecha- la difusión y el adoctrinamiento de estas ideas. Las mentiras de la derecha ya se las están creyendo hasta ellos mismos. Pues ya va siendo hora de desmentirlos y luchar por un pueblo tolerante, libre y en paz.

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