Stop religión, vivan los DDHH

sab340Patxi Ibarrondo*. LQSomos. Agosto 2015

«Los judíos bombardean Gaza, los musulmanes matan dibujantes y los cristianos se follan a niños. Son sus costumbres y hay que respetarlas» En Twitter

El otro día me llamó la atención una gran pintada en una pared de la refinería de Petronor en Muskiz (Bizkaia): STOP ISLAM. Andábamos por allí no por fascinarnos con el maremágnum de tuberías de la refinería de petróleo sucio, sino para patear el bonito paseo que hay detrás del engendro, con antiguas ferrerías incluidas en perfecto uso y visitables con guía, dentro de un sorprendente bosque con variada vegetación. Ese día sorprendentemente, no olía como de costumbre a petroquímicos huevos podridos.

El petróleo mezclado con la religión es el volcán de fatigadas combinaciones políticas donde está sentada la evolución industrial en estos siglos XX-XXI. Dominar y comercializar los pozos donde emana el betún carburante es una obsesión mundial. Ford, también adorado como Su Fordería, inventó el modelo T fabricado en cadena. El coche es el imperativo categórico. El coche crea una poderosa adicción en el bípedo humano. Queremos el coche porque es el fetiche del progreso. No se triunfa en esta sociedad si no se posee un buen coche. Y ahí, en esa línea, están tiranos teledirigidos por la banca, los ejércitos patrióticos y mercenarios, los jeques medievales, los fálicos minaretes y las ostentosas catedrales.

Todos cantando la gloria de Dios en un océano histórico de sangre incesante y putrefacta.

Para que no haya ningún equívoco ni posible salvoconducto a una salvación que no quiero porque no existe, quiero dejar muy claro que no me gusta ninguna religión. Y repudio más aún las del Libro: cristianismo, islamismo, judaísmo. Su furor dogmático y proselitista ha sido y es el mayor causante de las universales lacras, persecuciones, atentados a la libertad, asesinatos y calamidades en general que en el mundo han sido y son. Además de las ínfulas clericales mundanas, las religiones sirven en bandeja los aires tiránicos de cualquier sátrapa con ansia de poder. Al fin y al cabo, los cultos brotan y se expanden como gas mefítico en los ámbitos de mayor pobreza y necesidad.

En primer lugar dominar a la mujer. A las mujeres. La feria de septiembre en la aldea remota de Imilchil (Marruecos) no es muy distinta de la feria de Campóo de Yuso, que he visto este fin de semana. Solo que en esta última se compra y se venden caballos y vacas. A Imilchil acuden las familias con hijas casaderas. Allí se negocia la dote y se compromete el casamiento de chicas con hombres que nunca habían visto antes y que se las pueden llevar un año a prueba. Si no les satisface la pueden repudiar y devolverla a su familia. Se rompe el compromiso.

Ocurre que ese mismo día del Stop Islam estuve dando un garbeo por Muskiz y la vecina Barakaldo. Me llamó la atención que cada vez veo más mujeres, algunas casi niñas, con los cabellos ocultos y cargadas de hijos pequeños y sin sus maridos o bien detrás de ellos, que no acarrean ningún fardo ¿Imilchil?

¿Quién pintaría ese rechazo total en la pared de Petronor? Probablemente algún católico soliviantado y fuera de sí. Si fuera un no creyente, pienso que habría puesto: Stop RELIGIONES o FUERA RELIGIÓN.

Sostengo, a despecho de los tiempos milenaristas que aún corren en este castigado planeta, hay que insistir en que costó mucha sangre, sudor y lágrimas promulgar unos principios básicos de la civilización de tendencia laica. Son lo que comúnmente llamamos Derechos Humanos. Esos mismos que se violan cada día en todo el mundo, sobre todo por los representantes de los cultos de la Biblia, el Corán o la Torah. Según los DDHH no se puede discriminar a nadie por sexo o religión. Entiendo que tampoco por carencia de la misma.

Lo que veo es que, a pesar de derivar del verbo latino “religare” (unir) las religiones separan con el odio. Cuando viajo busco contactar con gente, con la intención de pasar un buen rato intercambiando opiniones. En toda África, en primera instancia el fútbol es el máximo protagonista. La Liga española se sigue con pasión. Se saben todas las alineaciones; no solo del presente sino también del pasado. ¿Barcelona o Real Madrid? Esta es la primera sonda que te lanzan. Depende de si el interlocutor es fan del equipo que tú nombras al azar, las risas o el mosqueo se hacen evidentes. Entonces asistes a un insólito espectáculo de voces y gestos despreciativos entre ellos. Tú no tienes nada que decir o que hacer. Cuando las aguas vuelven a su cauce, porque los rivales se han marchado indignados, se reanuda la conversación.

Dicen que hablando se entiende la gente, pero mi experiencia me demuestra que no siempre es así. O es así mientras no se toca el asunto religioso. La cosa va bien hasta que dejas de hablar de fútbol y entras en terrenos más personales. Te preguntan ¿estás casado? Si respondes que no, quieren comprarte a tu pareja con camellos o dinero. Insisten, con esa especie de descaro de quien está en su territorio y tiene las cosas a favor. La conversación gira sobre ti, para satisfacer su curiosidad. Ellos te cuentan poco y al revés como los pasiegos.
Automática es ¿tienes hijos? Si dices sí la sonrisa se ensancha de muela a muela. ¿Cuántos varones? Las niñas no cuentan. Si dices que no viene el desconcierto y ¿por qué? Pero lo peor es cuando te preguntan a cañón si crees en Dios. Y te lo preguntan siempre. Siempre. Las caras se vuelven hacia ti con la máxima expectación. Si contesto afirmativamente, enseguida se ponen e acuerdo en que Dios y Alá son el mismo. Pero nunca la Torah judía. Esa no.

Yo, después de muchos problemas y sinsabores, he optado por la solución cobarde. He llegado a esa lamentable conclusión después de ver muchos rostros antes cordiales convertirse súbitamente en hostilidad manifiesta. En repudio. Así que, cuando me preguntan si creo en Dios, yo me apresuro a decir que sí. Entonces se produce un gran alivio, como si se hubieran liberado de una carga emocional excesiva. Todos se ponen de acuerdo en que, en el fondo, te dicen benevolentes, Dios y Alá son la misma cosa, etcétera ¡Inch Allah!

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