Testigos miserables

La degradación humana, un espacio sin límites.

Hace pocos días un nuevo accidente de tráfico se llevó la vida de una persona en la calzada conocida como la Vía Rápida del Morrazo, en la provincia de Pontevedra. Abierta en 2005, se trata de una carretera que costó 4,6 millones de euros por kilómetro construido y que abrió en canal parajes cuya hermosura ha quedado marcada por una cicatriz bituminosa y sangrienta. Para referirse a ella es común escuchar en la gente de la zona otra denominación: “El corredor de la muerte”.

Ya no es posible circular por ese remedo de autovía sin encontrarse cada pocos metros con manchas siniestras sobre el asfalto y flores en las biondas. Los restos de animales destripados son también una estampa habitual, acrecentada porque la zona es generosa en tecores de caza y las desdichadas presas de los escopeteros huyen de los disparos, encontrando a menudo bajo unos neumáticos el final que les deparaba el plomo al que consiguieron burlar. El lamentable estado de los vallados cinegéticos y la ausencia de pasos de fauna contribuyen a esta carnicería que incluye jabalíes, perros, gatos, zorros, erizos y hasta caballos, sin microchip, claro.

Pero volvamos a la tragedia humana que inspira este escrito. La víctima mortal esta vez se llamaba Yasmina. Acudía a su trabajo cuidando a unos niños, cuando invadió con su coche el sentido contrario. Su cadáver hace el número diez en los dos últimos años. Es un simple número que forma parte de una estadística desgarradora, un guarismo con nombre propio, padres, hermanos, pareja y sueños que se quedaron hechos trizas entre la chapa, el asiento y el salpicadero. Tenía veinte años.

Pero al drama inenarrable que este suceso constituye se le suma un hecho incomprensible, terrible, abyecto y desolador: la investigación pretende determinar cuáles fueron las causas que hicieron que esta chica irrumpiese en el otro carril, ya que la conductora que iba en el segundo coche involucrado y que se la encontró sin tener tiempo a frenar, una mujer que afortunadamente resultó herida leve, no pudo aportar demasiados datos sobre lo ocurrido. Pero la guardia civil sabe que detrás de esta última circulaban otros dos vehículos que lógicamente tuvieron que verlo ya que todo ocurrió delante de ellos. Sin embargo no podrán preguntárselo porque ambos pasaron de largo. Como lo leen: esquivaron los restos destrozados de los automóviles, unos amasijos con seres humanos en su interior y siguieron adelante. Cuesta creerlo pero así es.

Estamos hablando de al menos dos personas que son testigos directos y únicos de una colisión brutal, en la que para cualquiera es evidente que necesariamente tiene que haber muy graves consecuencias para los implicados y lo estamos haciendo también de no detenerse para ayudarles, para señalizar el accidente y para llamar a los servicios de emergencia. Nos referimos a que cada una de ellas continúan hacia su trabajo, su casa o donde maldita sea quiera que fuesen, como si nada hubiese ocurrido ante sus narices. Describimos, sin duda, el comportamiento de dos miserables, de dos malnacidas o malnacidos que merecen no dormir tranquilos ni un solo día en lo que les reste de sus rastreras y malsanas vidas.

Muchas veces me he preguntado cómo tantas personas pueden atropellar a un perro o a un gato o cruzarse con uno al que otro se haya llevado por delante y, aún cuando parezca alentar todavía, seguir con su marcha sin pararse para comprobar si efectivamente el animal continúa con vida y trasladarlo a un centro veterinario, en ese caso para intentar salvarlo. A la vista de lo ocurrido en el Corredor de la muerte del Morrazo con esos dos conductores, a los que calificarles de mezquinos o cobardes es un halago y cuyo proceder suscita cuando menos nauseas, todas las demás actitudes insolidarias y despreciables quedan explicadas, aunque lo hagan de un modo espantoso. Cuesta imaginar mayor ruindad moral que la mostrada por esos seres infames así como tratar de reconstruir qué pudo pasar por sus infectas mentes para no detenerse.

No creo que puedan ya localizarlos, son dos canallas anónimos, pero espero que si lo hacen reciban un castigo acorde con su actitud criminal además de repugnante. En casos como este, la ley debería aplicarse sin atenuantes y es que, para mayor sobrecogimiento, nos referimos a personas sin responsabilidad en el accidente y que, por lo tanto, nada tendrían que temer ante la llegada de las autoridades. Y si al fin no son identificados, confío en que el destino les depare con creces la maldad de la que han hecho gala. De cualquier modo, esta aberración, más común de lo que creemos, tendría que servirnos para preguntarnos qué clase de sociedad somos, cuál es la degeneración de nuestros valores y cómo puede nuestra ética haberse pervertido hasta tal punto. La combinación de asco y pavor, que a veces provoca la especie humana, es inconmensurable y el relato de su proceder estremecedor.

*  Delegado LIBERA!

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