Traducciones de género

Nònimo Lustre*. LQS. Febrero 2020

Un diario digital español nos informa que uno de sus artículos más visitados en el 2019 se titulaba “La reina ninfómana”. Versaba el reportaje sobre Isabel II, más famosa por su ‘vida disipada’ que por su tiranía. No lo hemos leído ni falta que nos hace porque hoy sólo nos interesa el adjetivo ‘ninfómana’. Nos interesa y nos irrita puesto que no lo entendemos: lo mismo que en Lógica se demuestra que una proposición es falsa cuando su contraria es verdadera, para que una palabra adquiera pleno sentido, tiene que tener un antónimo y ninfómana no lo tiene. Podemos inventarnos el concepto de “antónimo-de-género”, conscientes de que no será un antónimo puro sino, todo lo más, un parónimo instrumental desde la perspectiva de género. De aceptarlo en aras de la construcción de un corpus de traducciones con perspectiva de género, podríamos avanzar que ese antónimo sería “sátiro”. Y “satiriasis” sería la enfermedad derivada -pues de morbilidades hablamos.

Es lamentable pero la ninfomanía ha estado considerada como enfermedad. Apenas definida y, desde luego, siendo más que controvertida, el “excesivo apetito sexual de la mujer” es todavía una dolencia. Y decimos apenas definida porque, ¿qué significa ‘excesivo’ y qué significa ‘apetito sexual’? Y añadiremos ‘controvertida’ hasta que no nos respondan a estas preguntas. Claro está que nos pueden contestar argumentando que todo exceso es mórbido. Sin duda, un atracón de marisco conlleva un colesterol por las nubes y un exceso de velocidad, un accidente posiblemente fatal. De acuerdo, pero nuestra objeción sigue en pie porque ¿quién es la autoridad que delimita y codifica el exceso sexual?: perogrullescamente, la Autoridad. Y, ¿qué sabe esa Madama de un tópico tan subjetivo y personal como es el sexo?: pues todo en la intimidad y nada en la sociedad.

¿Y qué podemos decir de los sinónimos que el vulgo ha utilizado para escapar del cultismo ‘ninfomaníaca’? Posiblemente, el menos zafio sea furor uterino. ¿Cuál sería su antónimo de género? Es difícil imaginarlo. O es demasiado fácil. Por ley del mínimo esfuerzo, se nos ocurren furor peniano -furia peniana sería caer en el dominio de lo femenino-, ímpetu testosterónico –cursilería imposible de pronunciar–, agudeza penetradora -metafísica picoteando en el corral de lo físico- y un etcétera que no vendría a cuento por la sencilla razón de que ninguna de estas opciones y de las que vengan tiene la menor posibilidad de popularizarse.

Sinónimos, parónimos, antónimos y antagónicos aparte, es obvio que Occidente y Oriente estudian el sexo con fruición. De hecho, incluso lo imaginan en organismos dizque asexuados como las plantas -que no lo son- y en animales sexualmente incompatibles entre sí.

Para los paleontólogos, esta muela de mamut encontrada en Brno (Moravia) es una vulva abstracta

En cuanto a los albores del Homo sapiens, parece indudable que representó la genitalia femenina figurativa y también abstractamente. La primera opción no presenta problemas de interpretación pero la segunda, sí, puesto que podemos preguntarnos: ¿cómo comprobar que una imagen que hoy entendemos como abstracta lo era asimismo en la mente del artista ‘primitivo’? En otro lugar, demostramos mediante un caso empírico que el arte no siempre y en todo lugar evolucionó de la figuración a la abstracción pasando o no por la estilización. Por ello, no nos sorprende que el Homo ancestral realizara obras abstractas. Por ahí no va nuestro escepticismo sobre la interpretación como una vulva de la obra presentada abajo sino por la enorme diferencia que hay entre nuestro mundo sensual y el de nuestros antepasados remotos. Nuestros sentidos viven enfrascados en una plétora de imágenes artificiales que, dada su (probablemente) excesiva presencia, nos vemos obligados a simplificar, seleccionar y descartar en la inmensa mayoría de los casos. No nos parece razonable creer que esa fuera la misma clase de exuberancia con la que tuvieron que lidiar los ‘primitivos’.

“La reina ninfómana”

Isabel II fue reina y, como tal, no era ni casta ni ninfómana. Como monarca, podía hacer lo que le diera la gana. Nos importan un bledo las pruebas de que tuvo varios hijos y todos de distintos verracos -su esposo, ‘la Paquita’, padecía hipospadia, defecto anatómico que le imposibilitaba para la penetración y para casi toda actividad genital. Nos parece de perlas que se la atacara en infinidad de coplas, chistes y viñetas ‘verdes’ porque los reyes están para burlarse de ellos pero a condición de que mantengamos ese equilibrio social gracias al cual recordamos que su despotismo es infinitamente más plausible de anatema que sus peripecias de tálamo. Isabel II fue una reina cruel hasta el sadismo, belicista, ignorante, corrupta hasta las cachas, caprichosa, etc. -monarca al fin y al cabo-, pero su frivolidad era nefasta cuando ordenaba ejecuciones e invasiones y relativamente inocua cuando se manifestaba en las cámaras secretas de palacio. Véase abajo una brevísima muestra de las docenas de acuarelas que componen la conocida obra “Los Borbones en pelotas” -atribuida precipitadamente a los hermanos Bécquer- y una corta coda sobre clitoridismo, ciencia popular y un clítoris no abstracto pero sí insinuado.

Satiriasis

Como señalábamos desde el principio de este poste, el término ninfomaníaca es una rareza idiomática porque no tiene un antónimo-de-género. “Ninfomaníaco” no existe en castellano así que debemos conformarnos con sátiro. Pero la insuficiencia del castellano -producto obvio de siglos de patriarcado occidental-, va más allá alcanzando otros términos que pueden incluirse en el mismo campo semántico. En este sentido, “priapismo” tampoco tiene una correspondencia de género. Traducido a ego femenino tendría que ser algo así como “clitoridismo”, vocablo que no existe ni siquiera como cultismo. Y una prueba adicional de que no existe es que nos ha sido imposible encontrarle una ilustración gráfica -huelga señalar que imágenes de priapismo las hay por doquier.

Dicho lo cual, no nos queda otra que considerar a ‘sátiro’ como la versión masculina de ninfomaníaca. Lo malo de este término es que está contaminado por la mitología y por la historia por lo que ahora se nos figura más bien como un cabrón travieso antes que como un (supuesto) enfermo sexual -como sería si continuáramos con la lógica mórbida de la ninfomaníaca.

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