¿Un nuevo estado?

Nònimo Lustre*. LQS. Diciembre 2019

En la isla de Bougainville (perteneciente a Papúa Nueva Guinea, PNG), se ha celebrado un referendum sobre su hipotética independencia de PNG. El resultado ha sido aplastante: más del 90% ha votado a favor de la independencia. Que, después de una guerra civil que comenzó en 1988 y que todavía no ha terminado del todo, las dos partes se hayan puesto de acuerdo para con-celebrar una ceremonia cívica tan peculiar como un referendum, dice mucho de la racionalidad de los indígenas de Bougainville (BOU) y también, pero en menor medida, de los indígenas de PNG. Obviamente, más de un catalán se preguntará por qué eso ha sucedido entre pueblos ‘bárbaros’ mientras que no es posible entre pueblos ‘civilizados’ como dicen ser el catalán y el español.

Pero no es oro todo lo que reluce: en octubre 2019, el primer ministro de PNG, James Marape, declaró reiteradamente que el referendum NO era vinculante (non-biding) y que, fuera cual fuera el resultado, tendrían que evaluarlo los gobiernos de PNG y el autónomo de BOU. Mal empezamos, ¿qué sentido tiene un referendum non-biding? Para ese viaje no hacían falta alforjas, cualquier encuesta podría haberlo sustituído. Parece, por ende, que el referendum no servirá para nada o incluso podrá ser contraproducente. Nos preguntamos: la frustración consiguiente, ¿animará a los pueblos de BOU a desenterrar las armas, por otra parte, apenas enterradas? Podría ser pero resulta que los EEUU, Japón, Australia y Nueva Zelanda han financiado un referendum cuyo resultado era un secreto a voces.

Evidentemente, esas cuatro potencias ansían quedarse con la mina de Panguna, única riqueza de BOU. Pero PNG también quiere la mina y entre bobos anda el juego. O entre fusiles porque, desde el año 1988, la guerra civil se ha cobrado una enormidad de víctimas mortales (entre 3.000 y 200.000 y no se extrañen de esta disparidad porque, si la hay en todas las guerras, imaginemos con la que nos topamos cuando de guerras entre ‘salvajes’ se trata)

Naturalmente no, cuasi artificialmente se ha mantenido la guerra de guerrillas entre los ‘independentistas’ de BOU (por favor, la sinonimia fonética y ¿semántica? de este término con el de los indepes europeos no debe confundirnos: no hay parecido alguno entre entidades tan dispares) Al principio, fue un levantamiento contra los abusos de RTZ (ver ensayo abajo) pero luego entraron zarpas oscuras que azuzaron la guerra, las mismas que pagaron el referendum y las mismas que ahora vislumbran la creación de un nuevo Estado vasallo del cuarteto estatal antes mencionado.

Por enésima vez se repite la maldición que aplasta a los países tercermundistas cuando las grandes potencias encuentran en ellos una materia prima que les interesa -petróleo, cobre, agua, lo que sea. Casi todo esto ya lo estudiamos en 2006 por lo que hemos incrustado abajo unas 6.000 palabras al respecto. Por si alguien se ha interesado por BOU y quiere documentarse con algo más que con la habitual manipulación mediática:

¿Tradicionalismo o nacionalismo? Indígenas y empresas mineras en Bougainville (Papúa Nueva Guinea)

“Estos insulares son negros y tienen los cabellos crespos, que tiñen de blanco, amarillo y rojo. Su audacia para atacarnos, la costumbre de llevar armas ofensivas y defensivas, su destreza para servirse de ellas, prueban que están casi siempre en estado de guerra. Por otra parte, hemos observado en el curso de este viaje, que en general los hombres negros son mucho más malvados que aquellos cuyo color se aproxima al blanco”
L.A. de Bougainville, julio 1768, comentarios a su primer, único y fugacísimo encuentro con los indígenas de la isla que hoy lleva su nombre (mis negrillas).

Este trabajo se enmarca dentro de la actual corriente de revisión de la literatura etnográfica concerniente a Melanesia, escrutinio crítico que ha alcanzado a sus más distinguidas autoridades, autores venerables a los que hoy se corrige más por haber negligido actores y fenómenos sustanciales que por sus yerros etnográficos y conceptuales. Por ejemplo, se reprocha al mismísimo padre de la etnografía melanesia, Malinowski, haber ofrecido un retrato incompleto y hasta erróneo de los ciclos trobriandeses por menospreciar la importancia de la vestimenta en las políticas y economías isleñas –en otras palabras, por desconocer a las mujeres-; significativo despiste al que, probablemente, le condujo su indiferencia frente al hoy llamado ‘enfoque de género’ (1).

Por su parte, el ejemplo que hoy nos ocupa muestra que las supuestas “vaguedad y flexibilidad” que buena parte de los antropólogos occidentales atribuían a los sistemas melanesios de propiedad de la tierra (cf. Ogan 1971: 81), nunca fueron tales y, desde luego, menos lo son ahora. Demostración: por reivindicar su derecho a sus territorios llegaron los indígenas de Bougainville a la guerra contra medio mundo. Por lo tanto, abundar en el imaginario de una tierra indígena vacía, sobreabundante o simplemente porosa, además de regida por unas reglas de transferencia indefinidas, es, en el mejor de los casos, un vicio óptico del etnógrafo; y, en el peor, un perverso intento de justificar el expolio.

Por lo demás, para quien suscribe, es una delicia poder comentar la victoria (¿victoria?, cf. infra, #Conclusión) de una alianza de pueblos indígenas contra una gran multinacional –y también contra los gobiernos, misioneros e intelligentsia orgánica que se prestan a su servicio-. Máxime cuando, sin salir del océano Pacífico y recurriendo a mis experiencias de campo, es la segunda vez que disfruto de tan insólita ocasión (2). Pero, ojo: es muy gratificante escribir etnohistoria o crónica indigenista contemporánea trufándola de alabanzas para con esa ingeniosidad indígena que, al parecer de muchos y como si de un arte castrense oriental se tratara, es capaz de utilizar la fuerza del invasor en contra del usurpador mismo. Llenos están los volúmenes indigenistas de la majestad y la gloria de esos pueblos que resisten a Occidente disfrazándose de cristianos, de diputados o incluso de curas. Pero, por desgracia, la tragedia del Cuarto Mundo no siempre es un palimpsesto reescrito por los indígenas. Más exactamente, son muy pocos los episodios históricos en los que así ha ocurrido. Este que hoy nos ocupa -la batalla de la gran mina de Panguna o guerra contra la RTZ- es uno dellos.
Item más, siempre es saludable regresar al estudio de los conflictos elementales: los de la lucha por la tierra (3).

La batalla de Panguna es el último episodio de un conflicto latente desde siglo y medio atrás que se precipita cuando la multinacional RTZ (4), creyendo que los viejos métodos del colonialismo extractivista seguían siendo posibles en la segunda mitad del siglo XX e ignorando que una gota puede derramar el vaso de la paciencia indígena, decide explotar en la isla de Bougainville (Papúa Nueva Guinea, en adelante, PNG) el mineral que atesora la gigantesca mina de Panguna –en cobre, oro, plata y otras menudencias, la mayor del mundo al aire libre-. La RTZ no intenta siquiera negociar debidamente –es decir, respetando el sacrosanto precepto del libre consentimiento informado-, con los legítimos propietarios del territorio cuprífero, a saber, los nativos bougainvillianos en general y los Nasioi en particular –en adelante, todos ellos, los B.- Peor aún: de hecho, intenta estafarles. Y, poco después, aniquilarles. Desenlace provisional: al final de la primera fase de la guerra, Panguna es cerrada en mayo 1989… y así sigue, esperando que alguien arriesgue los 1.500 millones de US$ que, por la medida chiquita, se necesitarían para re-abrirla.

Antecedentes: etnohistoria

La isla de Bougainville está habitada desde hace no menos de 30.000 años y pertenece desde tiempos casi tan remotos al área cultural de las Islas Salomón; es obvio que, pese a pertenecer políticamente a PNG, un parentesco así de veterano no se disuelve fácilmente.

Hasta finales del siglo XIX, no fue invadida por Occidente. Al principio, llegaron colonos alemanes amparados en las cañoneras y en las corporaciones hiper/super/estructurales que hoy llamaríamos “multinacionales” –cuales son las Misiones-. Los más conspicuos resultaron ser los misioneros católicos de la Virgen María (en lengua nasioi, Niuko paninko, “madre de todos los bienaventurados”). Cumplimentando esa su inveterada y universal costumbre que tantos dividendos les ha prestado, comenzaron oscilando entre el martirologio y el acaparamiento inmobiliario; de hecho, ocuparon de inmediato las mejores tierras del estupendo puerto natural de Kieta.

En 1899 se produce un calamitoso hecho cuyas nefastas consecuencias estarán en la raíz del conflicto B.: un pacto entre Alemania e Inglaterra separa a las familias B. y solomonesa. Las potencias mundiales de la época siguieron en este rincón melanesio la misma política que aplican a todo el planeta: divide et impera; es decir, imposición de fronteras que parten a las familias y juntan a los enemigos con el previsible resultado de demarcar estados-nación inviables a corto, mediano y largo plazo. Al igual que en multitud de coetáneos casos africanos y asiáticos, las consecuencias de esta política planificada e intencionadamente genocida, todavía se pagan en Melanesia (cf. infra, #La guerra sucia…).

Desde el principio de la invasión, los informes occidentales abundan en que la sociedad B. se rige por principios de consenso antes que por el principio de jerarquía –tan sacrosanto para Occidente-. Por ej., un funcionario alemán informaba en 1905-1906: “Aquí, la tarea de organizar es muy difícil porque la idea de una jefatura tribal es completamente ajena a los indígenas” (cit. en Ogan 1996: 36). Pese a ser vecinos de los Siwai (caso paradigmático de cacicazgo estilo big-man), las descripciones de los Nasioi subrayaban siempre que estos indígenas no participaban de la tradición melanesia del big-man; sus seudo-líderes (oboring, plural obontu), eran muníficos e industriosos, antes que cabecillas agresivos y omnipresentes. [Siempre nos puede caber la sospecha de que las ideologías y/o concepciones del mundo de los estudiosos de ambos pueblos han condicionado sus respectivas objetividades pues resulta extraño que pueblos vecinos en una isla pequeña funcionen con sistemas políticos tan distintos].

Hasta los años 1950’s, dominó el colonialismo de la copra –plantaciones que no necesitan mano de obra ni especializada ni perenne ni siquiera masiva-. Por tanto, pudiendo los B. alternar sus cultivos tradicionales con ocasionales peonadas en las plantaciones de cocoteros, no hubo apenas conflictos por la posesión de la tierra. Pese a la educación machista propalada desde las misiones europeas, la tierra siguió siendo propiedad de las mujeres -aunque los derechos de propiedad más superficiales y visibles pasaron a ser ejercidos por los hombres-. El matrimonio preferencial entre primos cruzados y una cierta endogamia a escala aldeana o parroquial, minimizaban en la cultura tradicional las disputas por la tierra; pero la prohibición del matrimonio entre primos que predicó e instauró la misión católica, dieron al traste con la paz étnica (Ogan 1971: 85-86).

A finales de los 1960’s y principios de los 1970’s, justo cuando la RTZ aborda el expolio de Panguna, en la ‘provincia’ de Bougainville comienzan a desarrollarse algunos embrionarios movimientos indígenas reivindicativos que, de inmediato, son clasificados como “nacionalistas”; los más notorios fueron el Napidakoe Navitu (nacido en Kieta, 1969; en su primer año, consiguió presencia en 112 aldeas y 6.000 miembros, casi todos de etnia Nasioi) y el Bougainville Special Political Committee (BSPC, nacido en Port Moresby 1968 y presidido por L. Hannett), aunque también existieron otros anteriores y menores como la Mungkas Association (formada por estudiantes B. radicados en otras provincias de PNG) y, en la adyacente isla de Buka, la Hahalis Welfare Society (1960, liderada por J. Teosin y F. Bagai), escisión de la East Coast Buka Society.

En suma, antes de la RTZ ya existían organizaciones indígenas de reivindicación frente al poder central pero la invasión de esta multinacional incrementó el clima de descontento indígena. Quizá para apaciguarlo, entre 1968 y 1974, RTZ pagó a los B. un total de 1,6 millones de $Aus, distribuidos en 2.654 compensation payments por los destrozos causados en sus tierras. Pese a todo, los Nasioi en especial y sus vecinos en general, rehusaron todo trato con RTZ; entre los propietarios de la comarca de Panguna sólo un 8% aceptó proletarizarse, antes y/o después de la puesta en marcha del complejo minero (Bedford y Mamak, 1976). Es obvio que, entre otras razones por no haber sudado ni en su construcción ni en su explotación diaria, los B. no podían considerar la mina como algo ni lejanamente suyo. Que los obreros fueran en su inmensa mayoría papúas –es decir, taboranku, forasteros-, añadió un grado más de fricción al latente conflicto.

Como no podía ser de otra manera, la RTZ intentó hacer creer que su estruendo y sus miles de expatriados blancos y papúas no afectaban para nada a la vida indígena. Aserto tan rimbombante como increíble; pero, al menos, RTZ no mintió propagando que, gracias a su emprendimiento, en esta remota isla ‘pacífica’ habían mejorado los entornos físico y social –cual sería su anuncio en este siglo XXI en el que han progresado vertiginosamente la hipocresía corporativa y la cultura del simulacro-.

Según la propaganda de la RTZ (5), en un único apartado encabezado graciosamente en pidgin, la Compañía asegura al Ol Pipal (old people, los ancianos) que Ella “no promociona la cultura occidental ni se inmiscuye en la vida aldeana” (RTZ: 22). En verdad, tanto no se inmiscuía en la aldea que ni siquiera se tomaba la molestia de preguntar la opinión de los B., menos aún de limpiar las monstruosas montañas de basura que generaba a diario. Vista tanta indiferencia empresarial y gubernamental, en 1979, se creó una primera Panguna Landowners Association (PLA; refundada en 1987 desde una perspectiva más radical), primera asociación de B. propietarios directos de la comarca minera y germen de las futuras guerrillas, en la que ya empezó a destacar Francis Ona, el futuro ‘líder’ de los B. -¿líder en una sociedad alérgica a la jerarquía?, ¿no será un líder para consumo de los media?-.

Mientras tanto, el Estado PNG llegó a obtener de Panguna el 20% de su presupuesto pero los B. sólo obtenían (a veces) una mínima compensación en concepto de alquiler de sus tierras. Y ello pese a que la misma idea de ‘alquilar’ la tierra les era incomprensible porque, como decía uno de sus portavoces, Land is marriage, land is history (Perpetua Serero, 1989, primo de Ona y líder de la nueva PLA; mis negrillas quieren subrayar la majadera inconsistencia de la frase “los indígenas son pueblos sin historia”). Para los B., la esposa-tierra era mancillada por unos extraños y, además, historia de PNG no era su propia historia sino la de un flamante estado-nación al que, velis nolis, les habían adherido los trapicheos del colonialismo anglo-germano; luego los B. no sólo no se sentían beneficiados por el beneficio en las arcas de PNG sino que se sentían ofendidos y doblemente discriminados: a) porque su inquilino no les pagaba renta alguna y b) porque pagaba “millones” a su otro invasor. El choque se acercaba, un choque literalmente tan history como la tierra misma.

El escenario del rompimiento no pudo ser más occidental y tecnocrático: en noviembre de 1988, la lectura pública de un informe de un consultor ‘independiente’ el que se ‘demostraba’ que RTZ no era responsable de la muerte de los ríos ni de la desaparición de los zorros voladores (en especial Pteropus y Pteralopex spp., muy apreciados como comida) provocó la exasperación de Francis Ona y de sus allegados. Y empezó la guerra.

Una guerra cuasi anunciada puesto que RTZ era plenamente consciente de que la explotación de Panguna –es decir, el saqueo del patrimonio B.- encontraría fuerte oposición; curándose en salud, aseguraba en su publicidad conocer que “el pueblo de Bougainville está orgulloso de su herencia, de su cultura, de su geografía [curioso eufemismo por ‘territorio’] … ha visto y ha absorbido muchos cambios… se preocupa mucho por su futuro y se esfuerza en identificar y perfilar su destino. La Compañía ha reconocido siempre que su actividad tendría algún impacto y que ocurrirían tensiones e inseguridades” (RTZ: 22)

Sin embargo, bien pudiera ser que la RTZ haya creído en las palabras de Bougainville que encabezan este parágrafo: remember, los B. “están casi siempre en estado de guerra” entre ellos… ergo -se dijo RTZ-, “los occidentales hemos llegado para pacificar a estos niños traviesos”, escandaloso estribillo que Occidente repite desde hace no menos de cinco siglos hasta hoy mismo –y nos tememos que pasado mañana seguirá abundando en él-. Más importante aún: RTZ debió pensar: “los B. no superarán nunca sus disputas vecinales e inter-étnicas… ergo, podemos dormir tranquilos puesto que seguro que nunca tendremos que enfrentarnos a la isla entera”. RTZ se equivocó.

La guerra sucia y la manipulación

“[Los indígenas de Bougainville] nos hicieron señas de que iban a buscarnos más nueces de coco. Aplaudimos sus propósitos pero apenas se habían alejado veinte pasos, uno de esos hombres pérfidos lanzó una flecha que felizmente no alcanzó a nadie. Luego huyeron a fuerza de remos: consideré que éramos demasiado fuertes para castigarles”.

L.A. de Bougainville, julio 1768, comentarios a su primer, único y fugacísimo encuentro con los indígenas de la isla que hoy lleva su nombre (mis negrillas).
Pese a los pronósticos, esperanzas y maniobras de la RTZ, en 1988 los Nasioi consiguieron que la isla entera se les uniera –la adyacente isla de Buka en menor medida- en su pelea por recuperar su autonomía y la salud de sus tierras, gravísimamente afectada por el desastre ecológico que acarreaba la explotación de Panguna. Aunque, al principio, hubo disensiones entre los viejos caciques y los jóvenes activistas, éstas se mantuvieron en el plano de lo generacional. Este último es un hecho comprobado pero, por desgracia, hay muchos otros datos de índole antropológica que atañen a la cotidianeidad del período bélico y que todavía permanecen oscuros; una vez más, comprobamos que la primogénita y mimada heredera de la guerra es la inflación de referencias insignificantes mientras que, cual reza el proverbio, su primera víctima es la verdad –o, dicho de otro modo, la información significativa-.

En 1989, a los rebeldes B. se les unieron dos grupos sociales cuyas hipotéticas ayudas fueron y son absolutamente distintas: los creyentes en lo que Occidente ha dado en llamar cargo cult [kago, grupos que pretenden seleccionar los efectos de la invasión y, en consecuencia, de Occidente sólo intentan acceder a su riqueza material y ello sólo a través de rituales; es decir, tomando al pie de la letra la propaganda sobre el rito de la oración y, lo que es mucho más importante: sin trabajar para Occidente] y las pandillas de raskol (rascals, gamberros, delincuentes). Como es de suponer tratándose de pueblos alérgicos a la coerción, no siempre les fue posible a los concilios y concejos tradicionales controlar a estos elementos (cf. Sagir, 2005). Huelga añadir que los (regocijados) pensadores orgánicos se apresuraron a convencer al mundo entero de que los “ejércitos” B. se componían exclusivamente de milenaristas alucinados y de vándalos viciosos -de kago y de raskol-. El gobierno de PNG respondió autorizándose a sí mismo (el 13 de octubre) el uso de minas anti-persona para defender las instalaciones de la RTZ.

Circa 1990, los aliados a la RTZ –fuerzas armadas de PNG incluidas-, comenzaron la guerra sucia contra el ya motejado como “ejército de Ona” (¿). Exacerbando y provocando las disputas vecinales e inter-insulares entre distintos pueblos indígenas, crearon bandas contrainsurgentes (ej: el Buka Liberation Front) de toda laya: milicias privadas, somatén, guardias blancas, redes de espías, contingentes de mano de obra, guías sobre el terreno, etc. Asimismo en 1990, al ejército de PNG se añade el de Australia quien entrena y arma –incluso con las archiprohibidas bombas de fósforo- a las fuerzas papúas al mismo tiempo que las garantiza el uso de sus helicópteros Iroquois, aviones Nomad y hasta cañoneras para bloquear todo trato y comercio –postal, aéreo y marítimo- con la isla rebelde. Pero en este mismo año, con el Endeavor Accord, comienza la interminable lista de armisticios, treguas y paces que conducirán a la (precaria) estabilidad actual.

Por increíble que todavía nos parezca, las guerras sucia y oficial, el diluvio de metralla, el imperialismo australiano, los clandestinos campos de concentración, las matanzas y la destrucción intencionada de toda fuente de subsistencia tradicional, sólo consiguieron unir a todos los B. por encima de sus pleitos vecinales y fortificar en ellos un sentido de independencia y unidad isleña –como es habitual, posiblemente en contra de los antiguos sentimientos de los propios patriotas, la guerra les creó una patria inédita-.
La amplia panoplia de parafernalia bélica utilizada contra los B. alcanzó el punto de absoluta modernidad cuando se recurrió al alquiler de asesinos profesionales –por fortuna, con pésimos resultados para sus padrinos-. Es decir, la privatización se mostró como ultima ratio y más vistoso estandarte del imperialismo moderno (6). En suma, los B. se enfrentaron a enemigos muy conocidos -la guerra sucia, el imperialismo, las armas de fuego, las políticas concentracionarias, etc.- pero también a enemigos más sofisticados: los mercenarios, el bloqueo clandestino… y el secretismo que, por acción o por omisión y pese a la apabullante sobreabundancia de documentos y opiniones que los B. han generado en internet, alcanza incluso a los medios académicos (7).

¿Cómo consiguieron los B. sobrevivir a tan pérfidos Aliados?. Desde el punto de vista castrense, gracias a las más tradicionales tácticas de guerrilla –inmersión en la sociedad, altruismo heroico y armas caseras o arrebatadas al enemigo-. Pero, además, un vocabulario básico de la lengua nasioi nos ofrece algunas otras claves. Por ej.: el término mekamui (= tierra sacra) dio nombre al movimiento político dizque secesionista, ergo antes que nacionalista, la sublevación era consciente y explícitamente localista –indígena, tradicional, si se quiere-. En consecuencia, sus (dizque)líderes debían ser personas muy sipungeta (literalmente, “entraña del fuego”;= genuino e ingeniosamente efectivo frente a los nuevos problemas), todo lo cual acentuó necesaria y fatalmente las diferencias entre el osikaing (habitante ancestral) y el taboranku.

Mekamui fue tan tradicional que alteró la habitual escala de clases: así, Ona -topógrafo de la RTZ-, y otros portavoces como, por ejemplo, M. Nesiko -relaciones públicas de la misma- (8), escogieron desclasarse y regresar a la tradición –RTZ pudo aducir que “crió cuervos”-. En resumen, una naciente clase media (profesionales y pequeños propietarios, todos ellos catequizados), despreció la oportunidad que le brindó Occidente –¿puede haber algo más tradicionalmente melanesio?-.

Finalmente, la guerra entró en una fase marcada por abundantes armisticios [Endeavor, Malagan, Honiara (3), Tambea, Mirigini, Waigani, Burnham (2), Cairns, Lincoln, Hutjena (2), Loloata y otros, muchos disponibles en internet, cf. en especial el de 30.agosto.2001]; la misma abundancia de estos pactos nos indica que, entre los B., no había un único big-man capaz de pactar, él sólo, con los Aliados. De lo que se desprende que ese “interlocutor válido” tan querido por Occidente no es más que eso, una figura occidental. A la postre, se creó un gobierno autónomo bougainvilliano y comenzaron las (todavía en 2006) inacabadas ceremonias de reconciliación acompañadas, claro está, de sus preceptivas compensations –dada las enormes magnitudes de la tragedia, inéditas en la etnohistoria de los B., esta vez más simbólicas que reales-. Por su parte, Ona siguió hasta el final de sus días (en 2005)(9), aferrado a la pureza de las primeras reivindicaciones.

Durante y después del período de guerra hirviente, la etiqueta de ‘nacionalistas’ les fue impuesta a los B. por tres razones, todas ellas casi válidas –pero sólo aproximadamente-. La primera es que, cultural e históricamente, pertenecen a ese archipiélago en el que aparecen en el mapa (físico). Efectivamente, están a 900 kms. de la isla grande de PNG y a tiro de piedra de las Islas Salomón. Incluso el observador más superficial percibe que los salomoneses (B. incluidos), son de tez mucho más oscura que los papúas (10). La segunda es que, amén de sus reiteradas llamadas a la secesión, han proclamado dos veces la independencia de Bougainville –una, antes de que PNG proclamara su propia independencia; dos, durante la guerra contra RTZ-. La tercera se basa en que los miles de B. que sufrieron directamente el fuego de las hostilidades, se exiliaron “en su nación”: en la nación de las Salomón.

Pero es más cierto que las exigencias secesionistas surgieron no al comienzo de la guerra sino a su calor. Asimismo, al proclamar su salomonidad primigenia e intrínseca, los B. no buscaban un retorno al útero de la madre-patria (motherland) salomonesa –no pidieron ser anexionados por la república de las Islas Salomón- sino que estaban constatando un hecho étnico avalado por toda clase de argumentos desde antropométricos hasta etnohistóricos. Visto desde otro ángulo, sólo querían remediar el desaguisado cometido por los ingleses y alemanes cuando, en 1899, pactaron una frontera etnocida entre PNG y las Salomón -. Desde finales del siglo XIX, querer remediar los desastres de la conquista europea del planeta dispara automáticamente un aluvión de acusaciones de incorrección política.
Pero una incorrección más real y más profunda es la que subyace tras la tormenta colonialista: la fragmentación de pueblos enteros. Observándola desde este caso melanesio, constatamos que una profunda escisión de las sociedades B. se hace visible en los actuales actos de reconciliación entre las fracciones enfrentadas durante la guerra (11): hasta ayer, la tradición impuso sus ritos pero hoy priman los gestos característicos de la dramaturgia ciudadana: en lugar del consumo en común del betel (areca), rancho prefabricado; en lugar de escabeles para los notables, exaltación de la llaneza democrática; en lugar de los sombreros iniciáticos (upe), pancartas proclamando que “todos somos iguales”. ¿Estamos ante el tributo espectacular pagado a una autonomía no menos espectacular, ante una conversión sincera a la modernidad o ante un baile indígena de disfraces?.

Recordemos las lamentaciones del funcionario alemán de 1905: durante la guerra, la ausencia de ‘jefe tribal’ no imposibilitó totalmente la cooptación de los líderes y cabecillas -más o menos oportunos u oportunistas-, que fueron surgiendo durante los largos años de la sublevación de los B. Pero sí debilitó enormemente su efectividad a la hora de derrotar a los indígenas: los cooptados, pese a posar como líderes, nunca eran reconocidos como tales, luego no podían cumplir con la primera misión que les encomendaba la RTZ.

Por lo demás, los años de explotación de la mina de Panguna se tradujeron ambientalmente en 1.700 millones de Tns. de vertidos -altamente tóxicos muchos dellos-; en 500 kms2 devastados, en ríos muertos al este y al oeste, en pueblos divididos. Si RTZ ya no quiere ser la “propietaria”, si el gobierno de PNG rehuye todo compromiso ambiental, si existe un gobierno autónomo en la isla, entonces es claro que la tarea de limpiar la isla entera, recae en los hombros de las nuevas autoridades autonómicas –un escandaloso motivo de disenso interno y un caso más de “perversión autonómica”-.

Otrosí, antes hemos aludido a la derrota de la RTZ; ¿significa ello la victoria de los B.?: hmm… No podemos olvidar que la “victoria” les ha costado nada menos que 20.000 víctimas mortales –en su mayoría causadas no por la metralla sino por el bloqueo-. Recurriendo a los números redondos: en menos de una década, ha sido asesinado un octavo de la población indígena. Si bien dudaríamos en calificar como victoria local –así fuera pírrica- a un desenlace tan humanamente oneroso, estamos seguros de que sólo hay una palabra para calificar la acción de los invasores: genocidio.

Conclusión

“Los alemanes llegaron cuando mi abuelo vivía y mi papá era un muchacho. Les dieron hachas y taparrabos. Luego, llegaron los australianos y echaron a los alemanes. Después llegaron los japoneses y echaron a los australianos. Más tarde, llegaron los americanos y echaron a los japoneses y así pudieron volver los australianos. Hoy, mi abuelo está muerto, mi papá es un anciano y yo soy un hombre hecho y derecho. ¿Y qué tenemos?: nada más que hachas y taparrabos”. Dichos de la gente Nasioi, cits. en Ogan 1996, pág. 43.

Los B. en general y los Nasioi en particular han conocido a las multinacionales desde finales del siglo XIX y, además, han seguido hasta la fecha en manos de la más perseverante y acaudalada de todas ellas –la transnacional religiosa-, materializada a través de dos de sus Corporaciones más conspicuas, la católica y la protestante. A éstas (dudosas) compañías, se les añadió el colonialismo de la copra y, finalmente, el minero personificado en la RTZ. La respuesta indígena a este último no puede considerarse, pues, como inédita. Al contrario, siguió las líneas tradicionales de los enfrentamientos anteriores aunque con muy distinta intensidad. La terrible virulencia de la batalla contra los Aliados hermanados en el inicuo cónclave RTZ-gobierno de PNG-imperialismo australiano, ha de achacarse no a un inverosímil carácter belicista de los B. ni tampoco al manido tópico de que el nacionalismo está matrimoniado con la sangre, sino, exclusivamente, a la rutinaria insistencia de los Aliados en aferrarse a los métodos del colonialismo decimonónico –violencia extrema, extractivismo rampante y gratuito, opacidad, hipocresía, excesiva confianza en las virtudes pacificadoras de las ideologías misioneras, etc-.

A la (infausta) hora de calificar como nacionalistas a los B., se han negligido: a) los antecedentes étnico-históricos de la batalla contra el imperialismo extractivista minero. Nunca insistiremos lo suficiente en que los B. eran y son archi-conscientes de que su lucha está enraizada en su propia historia –y no en el hipotético paralelo con la historia de ninguna otra nación nacida en la contemporaneidad-. b) las razones detrás de la hazaña que supuso superar las tensiones inter-étnicas y unificar la isla entera contra los taburanku y sus aliados locales; a saber, presentar la isla como una unidad física en peligro ecológico –dicho sea en términos occidentales- y a los isleños como amenazados por algo tan poco tradicional pero sí tan “nacional” como la proletarización. c) constatar la volatilidad de todos los status jerárquicos, comenzando por el de oboring y terminando en el de presidente de la República. d) abundar en la persistencia del gran valor concedido a un anclaje en la tradición tan robusto como es la matrilinealidad –duradera pese a las doctrinas cristianas-.

Insistimos: no estamos ante una insurgencia nacionalista ni tampoco ante una pulsión micro-nacionalista, concepto probablemente útil para definir conflictos melanesios pero inadecuado en este caso (12). Por una primera y muy destacada razón: porque el nacionalismo, siendo un concepto occidental, es impensable fuera del marco semántico de las sociedades jerarquizadas; y los pueblos B., como ya hemos insistido, no primaban la jerarquía. Y por algunas otras razones de menor cuantía: porque los símbolos insurreccionales eran tradicionales –no inventados ad hoc; salvo, quizá, la bandera secesionista que M. Havini diseñó en 1975 -; y porque, pese a la escasez de datos, colegimos que la cotidianeidad de la guerrilla se basaba en los vínculos de parentesco local -¿hubiera podido resistir de otra manera?- y no en dependencia alguna de un Estado, el de las Salomón o cualesquiera otro. Todas ellas son razones evidentemente ‘tradicionales’; dicho en melanesio, proclamas muy próximas al bak tu kastom.

Por lo tanto, confundir el tradicionalismo con el nacionalismo, resulta un claro subproducto de ese racismo que se delata al sostener que los indígenas responden a las estrategias de los invasores “poniéndose a su altura teórica”; es decir, “modernizándose en igual medida que sus contrincantes”. Siguiendo este inefable razonamiento, si el adversario es trans-nacional, la contestación indígena habrá de ser necesariamente nacionalista… Por el contrario, el caso aquí comentado nos muestra que el “éxito” final de los B. se debió en buena parte a que recurrieron a sus sistemas tradicionales. En otras palabras, a que no se modernizaron ni adoptaron imaginarios y enfoques políticos que, de haberse desarrollado en suelo occidental hubieran sido certeramente calificados –allí, sí-, como “nacionalistas” (13).

Bibliografía y Cibergrafía:
– BEDFORD, R.D. y MAMAK, A.F. (1976): Bougainvilleans in Urban Wage Employment: Some Aspects of Migrant Flows and Adaptative Strategies. Oceania, vol. XLVI, nº 3, pp. 169-187.
– JOLLY, Margaret (1992): One Banana Leaf Bundles and Skirts: A Pacific Penelope’s Way. pp. 38-63, en History and Tradition in Melanesian Anthropology, – J.G. CARRIER, ed., Univ. California Press, Berkeley, EEUU.
– MAY, R.J. (1982, 2004): State and Society in Papua New Guinea: the first twenty-five years. Univ. Melbourne, Melbourne. Consultado en internet.
– OGAN, E. (1971): Nasioi Land Tenure: An Extended Case Study. Oceania, vol. XLII, nº 2, pp. 81-93.
– (1996): Copra Came Before Copper: The Nasioi of Bougainville and Plantation Colonialism, 1902-1964. Pacific Studies, vol. 19, nº 1, pp. 31-51. Consultado en internet.
– PÉREZ, A. (1993): Hijos de la Madre Sagrada: religión y medio ambiente en Melanesia. Revista española del Pacífico, nº 3, año III; pp. 11-35.
– RTZ (Bougainville Copper Limited) (ca. 1983): Bougainville Copper, n.d., 25 pp.
– SAGIR, B. (2005): Traditional Leadership and the State in Bougainville: A Background Paper . Ponencia presentada en el encuentro “Dialogue on Traditional Leadership”, Buala, Santa Isabel, Islas Salomón, 19-21 julio 2005. Consultado en internet.

Notas:
1.- La autora aludida –posteriormente objeto de reproches por parte de otras colegas no menos ‘feministas’-, lo expresa in extenso: “Malinowski and a host of other male observers had failed to see women’s central place in Trobriand exchange: that in fixating so totally on men’s exchanges of yams in urigubu and of shell valuables in the kula, they had ignored women’s exchanges of banana leaf bundles and skirts, most importantly at mortuary distributions. In her reassessment of the relations of the sexes in the Trobriands she [Weiner] portrayed men as controlling events in historical time and space (the social domain) and women as controlling events in ahistorical time and space (the cosmological domain). This distinction, she later observed, was an attempt to escape the connotations of two separate spheres constituted by terms like private/public or nature/culture” (A. Weiner, cit en Jolly: 38)
Por considerarla secundaria y, por tanto, simple nota a pie de página, dejamos esta cita sin traducir. Para las citas en el cuerpo principal, salvo que sea un texto o una grabación en el que las palabras tengan una intención artística o un valor literario o bien comporten un significado delicado y de difícil traducción literal, hemos preferido traducir las citas del inglés al castellano. Lamentamos la indudable pérdida que esta última práctica conlleva pero, puesto que casi todos los materiales utilizados para este trabajo están en inglés, de no haberlos traducido, esta comunicación se hubiera convertido en un texto seudo-bilingüe de difícil lectura para el común de los mortales castellano-parlantes.
2.- En la primera oportunidad, dimos noticia de la batalla que unos indígenas de las Islas Salomón –muy próximos espacial y culturalmente a los B.-, libraron con buen tino y mejores resultados contra la enorme multinacional Unilever (cf. Pérez 1993). Para despojar de sus territorios a los indígenas, esta corporación se aferraba a un tecnicismo jurídico pues, si bien admitía a regañadientes que “el suelo, el vuelo y el subsuelo” quizá (quizá) pudieran (hipotéticamente) pertenecer a los nativos, lo que crecía sobre el suelo –los cocoteros y, por ende, la copra que producían- eran de su exclusiva propiedad. Mutatis mutandis, los pensadores orgánicos de la RTZ recurrieron a bizantinismos similares… con parecidos resultados finales.
3.- Para la antropología (distraída entre las anfractuosidades especulativas de las nuevas identidades étnicas y nacionales, de los seudo-prodigios cibernéticos y de la confluencia entre las esencias ontológicas de los humanos y de otros animales aproximados), es bueno poner los pies en la tierra y recordar que todavía hay conflictos elementales, clásicos, primarios –dicho de otro modo: imperecederos-.
4.- Para ser exactos, la empresa local fue la Bougainville Copper Ltd., subsidiaria de la Conzinc Riotinto of Australia, dependiente a su vez de la gigantesca multinacional minera RioTintoZinc. Pero, como donde hay patrón no manda marinero, en lugar de las empresas local y regional, hemos optado por referirnos siempre a su ama y señora; de ahí el uso de la sigla RTZ.
5.- La RTZ recurrió desde el primer momento a los métodos audiovisuales de propaganda; la oposición crítica, también. Por todo ello, además de un seudo-documental de propaganda corporativa de la RTZ (My Valley is Changing), existe al menos un video sobre la lucha de los B. contra esta multinacional: Coconut Revolution (2001), dirigido por Dom Rotheroe, 50’, Stampede Productions, cf. el sitio cibernético www.cultureshop.org.
6.- En 1997, una caterva de mercenarios contratados por la infame empresa Sandline- Executive Outcome y capitaneados por el coronel Tim Spicer, llegó al aeropuerto de Port Moresby… pero la mayoría no pudo continuar viaje a la isla rebelde porque fueron arrestados por orden del general Jerry Singirok. Estalló un enfrentamiento entre quien había contratado a los mercenarios -el entonces premier Julius Chan- y algunos jefes del ejército de PNG que se saldó con la victoria de éstos últimos y con la expulsión de Sandline –la fianza del matón Spicer fue pagada por el Alto Comisionado británico, con lo cual el Reino Unido demostró que seguía siendo la madre de todos los imperialismos en liza-. La prensa española dedicó mucho más espacio a este incidente que a la década larga que duró el período álgido de la guerra de Bougainville; en una muestra de la finura de sus análisis –o de la dependencia frente a las imperiales agencias de noticias-, presentó como golpista el único acto humanitario de los militares papúas (cf. prensa entre marzo y julio de 1997).
7.- La universidad de Melbourne guarda en sus archivos ciento doce (112) metros de documentos sobre la Bougainville Copper Ltd. redactados y/o publicados entre 1905 y 1997. Al parecer, se incluyen actas confidenciales, informes sobre uranio, fertilizantes, publicidad, reparto de dividendos, etc. Y decimos “al parecer” porque estamos ante un tesoro de acceso Restricted (cf. www.austehc.unimelb.edu.au/asaw/archives/ )
8.- En septiembre de 1983, visité Panguna; en aquella ocasión, la RTZ me asignó un “guía” melanesio, de buen nombre Methodius Nesiko, quien, lejos de cumplir con su cometido de “public relations officer”, me permitió visitar el lado oscuro de la mina convirtiéndose en mi informante principal. Por ello, años después, no me extrañó encontrarle cuarto en la lista de 20 querellantes que, acogiéndose a la Alien Tort Claims Act de los EEUU, denunciaron a la RTZ ante un tribunal californiano (Class action complaint presentada el 06.sept.2000; desestimada el 25.III.2002; disponible en internet).
9.- El martes 26.julio.2005, el diario El País publicó un obituario titulado “Francis Ona, líder independentista de Papúa Nueva Guinea”. Ocupaba una columna de 105,75 cms2, enorme extensión para tratarse de un indígena que nunca trabajó en el cine norteamericano -único motivo por el que la prensa española publica (rarísimas) esquelas de indígenas-.
10.- Es fama que, en la vecina isla de Shortland, se encuentra el pueblo indígena con la mayor concentración de melanina del mundo. Desde luego, puedo atestiguar que los Alu –a veces llamados Alo y Mono-, son realmente muy negros. A mediados del siglo XIX, bastantes familias Alu ‘emigraron’ a la costa sureste de Bougainville donde todavía viven sus descendientes.
11.- Los últimos acuerdos de paz y reconciliación entre PNG y los B. están considerados como modélicos. Hasta el extremo de que sirven de pauta, entre otros, a unos (todavía hipotéticos y remotos) acuerdos entre los srilankeses Tamil y el gobierno central de aquella isla (cf. www.tamilnation.org/ , sobre las many similarities (¿) entre Sri Lanka y PNG). Otra pág. web muy bien informada sobre la guerra de B. y muy políticamente correcta es la del Joint Committee on Foreign Affairs, Defence and Trade del parlamento australiano. Sus finuras estilísticas alcanzan tanto para insinuar que Ona era un simple chófer de camión como para asegurar que la mina de Panguna “was a catalyst for the conflict rather than the direct cause”; o sea, que RTZ no tiene porqué pagar sino, a lo sumo, una parte “catalizadora” del desastre –¿a cuánto ascienden las partes catalizadoras?-.
12.- R.J. May define el micro-nacionalismo melanesio como “a varied collection of movements which displayed a common tendency [..] to disengage from the wider economic and political systems imposed by colonial rule, seeking in a sense a common identity and purpose, and through some combination of traditional and modern values and organisational forms, an acceptable formula for their own development” (May: cap. 4)
13.- No sería imposible que las etiquetas de “nacionalistas” que los medios de (in)comunicación encasquetan rutinariamente a estos movimientos indígenas y tradicionales respondieran al designio –o, al menos, al deseo inconsciente- de desprestigiarles en unos círculos seudo-indigenófilos que, por ilustrados y cosmopolizantes, suelen abominar de los nacionalismos.

Ref. de este ensayo: A.P. “¿Tradicionalismo o nacionalismo? Indígenas y empresas mineras en Bougainville (Papúa Nueva Guinea)”; págs., 263-272 en Tradiciones y nuevas realidades en Asia y el Pacífico (Actas del VII Congreso Internacional de la Asociación Española de Estudios del Pacífico, Barcelona 2006)

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