Una biblia ilustrada

Por Nònimo Lustre. LQSomos.

Y os di tierras que vosotros no habíais labrado, y ciudades que no habíais edificado, para que habitaseis en ellas, y os di viñas y olivares que no habíais plantado (Yahvé, en la Biblia)

En un artículo anterior (Mitologías con paramilitares, 12.VIII.2022), nos habíamos fijado en la prehistoria de Palestina para desembocar en un modelo contemporáneo de judío arquetípico: el “Sabra mitológico”. Hoy, nos dedicaremos a mostrar unos cuantos motivos gráficos que retratan unos episodios prehistóricos y/o antiguos no exactamente de la Biblia sino del Viejo Testamento –hay una excepción muy corta. Evidentemente, recordando que la plebe mundial ha sido siempre analfabeta (icónica, si lo prefieren) pero que ahora está bastante alfabetizada, nos interesa observar el enorme corpus de imágenes que ha producido la propaganda cristiana:

“Poco a poco, los israelitas fueron destruyendo la nutrida red de las ciudades-Estado cananeas de la última Edad del Bronce, que se extendían en las comarcas de Palestina y Siria y eran defendidas por ejércitos en parte mercenarios. Y junto a las constantes matanzas de cananeos (en el Antiguo Testamento llamados también amorreos e hititas, y descritos como totalmente degenerados), los israelitas lucharon contra amonitas y moabitas… contra los midianitas, los tiskal, los arameos y también contra ellos mismos, hasta el punto que Bethel (= la casa de Dios) fue destruida cuatro veces entre los años 1200 y 1000 ane… Y pelearon siempre contra los filisteos, de los que Samgar [¿Sansón?] mató él solo a 600 con una reja de arado. La enemistad contra los filisteos [hoy, palestinos] sirvió para dar forma al delirio nacionalista judío y forjar la unión de las tribus.

A la cabeza de todos ellos combatía Yahvé… cuya nariz exhala humo y cuya boca escupe fuego devorador, el que arroja llamas, hace llover azufre, envía serpientes encendidas y la peste, el Señor de los Ejércitos, de las huestes de Israel, el guerrero justo, el héroe terrible, el dios terrible, el dios celoso, que castiga en los hijos la maldad de los padres hasta la tercera y la cuarta generación de los que le aborrecen… Cuando hace acto de presencia, el mundo tiembla, se estremecen las montañas y los enemigos caen como moscas. La regla de oro para el trato con una ciudad enemiga: “Cuando gracias a Yahvé, haya caído en tus manos, pasarás por la espada a todos los hombres que en ella habiten, y serán tuyas las mujeres y los niños así como las bestias y todo cuanto hubiere en ella… Ni uno solo debe quedar con vida… Cuando el Señor Dios tuyo te introdujere en la tierra que vas a poseer, y destruyere a tu vista muchas naciones… has de acabar con ellas sin dejar alma viviente. No contraerás amistad con ellas, ni las tendrás lástima; no emparentarás con las tales, dando tus hijas a sus hijos, ni tomando sus hijas para tus hijos… Exterminarás todos los pueblos que tu Señor Dios pondrá en tus manos. No se apiaden de ellos tus ojos… Ved cómo Yo soy el solo y único Dios… aguzaré mi espada y la haré como el rayo, y empuñaré mi mano la justicia, tomaré venganza de mis enemigos… Embriagaré de sangre suya mis saetas, de la sangre de los muertos y de los prisioneros, que a manera de esclavos van con la cabeza rapada; en sus propias carnes ha de cebarse mi espada”.

Hasta aquí, la Voz de Yahvé pero, ¡ojo!, tendremos que examinar con lupa a qué versión nos referimos porque la Biblia es un palimpsesto mil veces borrado y reescrito. Velay, en 1956 se publicó oficialmente en Alemania una biblia protestante que fue reeditada en 1971. Veamos unos ejemplos de la no-tan-sutil edulcoración de la Palabra de Dios que los modernos clérigos ‘herejes’ han hecho del texto original de la Reforma. In illo tempore, escribió Lutero: “A los habitantes los sacó, y mandó que fuesen aserrados, haciendo pasar narrias de hierro, y despedazarlos con cuchillos, y arrojarlos a los hornos de ladrillos”. Versión de 1971: “A los habitantes los sacó, y púsolos a trabajar como esclavos con las sierras y las hachas de hierro, y en los hornos de ladrillos”. Item más, Lutero escribió: “A cuyos habitantes los hizo salir fuera, e hizo pasar por encima de ellos trillos y rastras, y carros armados de cortantes hoces; de manera que quedaban hechos piezas y añicos”. Versión de 1971: “A cuyos habitantes los hizo salir fuera, y sometiólos a la servidumbre del trabajo en los trillos, sierras y rastras”. Blanqueamiento puro y duro: han desaparecido los aserramientos y las torturas de los infieles sustituidos por la mera esclavitud. Ganamos en humanitarismo pero perdemos todo el morboso color de Lutero [en esta Introducción hemos seguido al benemérito Karlheinz Deschner, Historia criminal del cristianismo; Kriminalgeschichte des Christentums, 1986]

Yahvé y Satanás

No sólo la Humanidad y los israelíes sionistas han matado a conciencia y sin tregua, sino que lo siguen haciendo porque lo llevan en unos genes –al revés, algunos otros aborrecen del delito. Como esto es una perogrullada, pasemos del Homo sapiens y veamos qué ocurre con ese dios que soportamos –de mala gana. Yahvé debe ser famoso en varias galaxias porque difícilmente encontramos en otras mitologías una vesania tan asesina. Sin duda, la mayor matanza perpetrada por Yahvé fue el Diluvio Universal –un mito no sólo mesopotámico sino cuasi mundial. Excepto Noé & familia que disponían de información clasificada y de un puñado de animales vertebrados, el resto de la Humanidad fue exterminado. Se calcula que la población del Planeta Tierra en el año 2.400 ane, fecha aproximada del Diluvio, era de unos 20 millones de almas. Pues bien, Yahvé los exterminó a (casi) todos ellos.

Escribe un anónimo cibernetizado: “Yaveh era un dios como se estilaba en aquella época: brutal, vengativo, violento, sanguinario, un digno representante del heteropatriarcado, como se dice ahora. Aunque los primeros capítulos [de la Biblia] apuntan a una bonita historia romántica, con una pareja nudista en un paraíso en el que sólo hay que retozar y amancebarse, no tarda en producirse el primer crimen: Caín mata al bueno de Abel por un quítame allá unas chuletas. A partir de ahí, el acabóse: Dios desenfunda su espada flamígera y aniquila sin piedad a pecadores, impíos, recién nacidos o incluso algún vicioso onanista“. Los dioses pasados y presentes -desde la sumeria Ishtar hasta el novotestamentario Mammón pasando por el mismísimo Sapiens-, siguen exhibiendo las mismas psicopatías genocidas que en los milenios anteriores.

Después del Gran Golpe del Diluvio, Yahvé siguió vengándose -¿de qué?: de todo porque todo en Él es universal. Y hemos de reconocer que muchas de sus matanzas son extravagantes cuando no inverosímiles. Y no nos referimos sólo a las enormes cantidades ‘matusalénicas’ como cuando, plagas mediante, asesinó al pueblo egipcio -300.000 por el pedrisco de la 7ª plaga y 500.000 primogénitos en la 10ª y última plaga (Éxodo 11: 1-12 y 29-51) Asimismo, Moisés envió al capitán Fineas –empalador más compulsivo que Vlad-Draculiae de cuanta pareja descubriera amándose- a exterminar a los Midianitas; es fama bíblica que, al regreso del capitán, le preguntó: “¿Has perdonado a todas las mujeres sobrevivientes? Humm… son un peligro. Mata a todos los niños y mata a todas las mujeres que hayan yacido con varón. Y guárdate las vírgenes para tu servicio” (Números 31: 17-18) Total: 200.000 midianitas menos. Siguieron las atrocidades de Gedeón (120.000 víctimas), los súbitos caprichos del rey David contra los filisteos (60.000), empeñándose en censar a sus paisanos (200.000); 100.000 sirios castigados por llamarle un dios montuno; 185.000 soldados que se habían quedado dormidos; un millón de etíopes; el caso Purim (75.000); los hermanos Macabeos contra los paganos (37.000); el ejército de Nicanor (147.000) Etcétera.

Masacres extravagantes como nuestra preferida, cuando asesinó a mil filisteos inyectándoles almorranas o almorroides. O como cuando 3.000 hebreos se entremataron adorando desnudos al Becerro de Oro (Ex 32: 26-28) O el infanticidio perpetrado por dos osos (cf. infra) que debían odiar la alopecia profética.

Resumiendo: para Wells, limitándonos a los asesinatos ‘divinos’ que se enumeran en la Biblia, las víctimas ascenderían a 2.821.364. Pero, si añadimos las del Diluvio y otras narrativas, la cifra se dispara a 25 millones (véase, Steve Wells, 2010, Drunk with blood: God’s Killings in the Bible, disponible en z-lib.org; y, además, The Skeptic’s Annotated Bible (2013) y Strange Flesh: The Bible and Homosexuality, 2014)

Sin embargo, nuestra curiosidad no se agota con Yahvé. Puesto que el cristianismo conservó el maniqueísmo de Mesopotamia, querríamos saber ¿qué ocurre con el Diablo? Según C.Nogareda, a Satanás sólo se le atribuyen diez muertos: los hijos de Job, siete varones y tres hembras, a los que sacude con un viento letal; y por una apuesta con Dios para ver si seguía adorándole cuando se arruinara (Job 1: 1-19), de manera que la responsabilidad es compartida.

Un rey como todos los reyes

Apunte republicano: David es el rey judío por antonomasia. Así pues, conocida nuestra proverbial idiosincrasia monárquica, le debemos un apunte rápido: ¿cómo llegó al matrimonio?: por cien prepucios de filisteos, David compró como esposa a Micol, hija de Saúl, su antecesor en el trono. Otrosí, este monarca tuvo unas aficiones peligrosas. Por ejemplo, desjarretar (cortar los tendones) a los caballos del enemigo y a los enemigos mismos; o punzar a los prisioneros con serruchos y tenazas de hierro y quemarlos en hornos de ladrillos, como hizo con los habitantes de todas las ciudades amonitas. Pero, además, David fue un sátrapa profesional: “el oro y la plata tomados a los idólatras edomitas, moabitas, amonitas, filisteos y amalecitas… serán desarraigados todos como espinas, a las cuales nadie toca con la mano, sino que… mete fuego en ellas para abrasarlas y reducirlas a la nada.”

Santos Inocentes

Aunque pertenezcan al Nuevo Testamento –por cierto, un tercio de cuyas palabras han sido tergiversadas o anuladas en las versiones contemporáneas-, son tantos los párrafos veterotestamentarios protagonizados por desprecios, exacciones y, finalmente, matanzas de niños (ejemplo, los 42 niños devorados por dos osos por el espantoso crimen de llamar “calvo” al profeta Eliseo (Reyes 2: 23-24) que en nada afectaría a la esencia de nuestro relato bíblico incrustar en estas notas un famoso episodio simultáneo al nacimiento de Jesús alias el Cristo.

Como nos lo clavaron a martillazos en la escuela, para evitar por la tremebunda que naciera un Mesías, Herodes el Grande dizque ordenó que asesinaran a todos los niños hebreo-palestinos menores de dos años. De haber existido, esta medida hubiera sido una simple actualización de Moloch (cf. infra), un antiguo mito mesopotámico. A efectos icónicos, ¿cómo suele describirse el infanticidio masivo?, ¿por decapitación o por hendimiento en canal?, ¿qué lugar se reserva para las dolientes madres? Responder a estas preguntas –algún erudito lo habrá hecho-, exige disponer de un corpus iconológico mayor del que disponemos. Pero, aún con esta limitación, el tema merece nuestra atención porque está muy viva la polémica sobre cuántos bebés fueron robados o secuestrados por los franquistas con ayuda de monjas y curas: ¿ascienden a cuántos miles de casos, 10.000, 100.000?, ¿cuántas familias de “adictos al Régimen franquista” se vieron regaladas con descendencias imprevistas, secretas y delictuosas? Nunca lo sabremos. Ni siquiera sabemos si son decenas o centenas de miles.

El sumiso cortesano Job y Abraham en Sodoma y Gomorra

Volviendo al Viejo Testamento, nos llama la atención la peripecia político-económica de Job. Para entender que Job se haya convertido en paradigma de la sumisión, recordemos que Job era un rico latifundista ganadero. Luego llegó Satanás instigando a Yahvé a que comprobara si Job le amaba tanto por su divinidad o porque prosperaba gracias a su favor –léase, su acceso al Poder. En una enésima prueba de que nos topamos con el maniqueísmo incluso dentro de sus protagonistas, Yahvé dizque cayó en la trampa y arruinó al santo Job. Mató a sus 7 hijos y 3 hijas, contrajo la sarna, su esposa le abandonó, etc. Aun así, Job volvió a casarse y a tener hijos/as y prosperó y siguió creyendo en Yahvé en una clara demostración bíblico-cortesana de que “el que a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija”.

Por su parte, la novela de Abraham en Sodoma y Gomorra (SG) es más compleja en su desarrollo y menos sumisa religiosamente hablando –más civil y civilizada. SG son ciudades malditas que Yahvé destruirá literalmente a sangre y fuego –celestial-, tal es su odio a lo sexo diverso -¿fue por su disoluta moral o porque estaban en tierras de betún, hoy hidrocarburos? Y no siempre el Gran Patriarca de las Religiones del Libro tiene un comportamiento claro y recto; o, al menos, no lo tiene su portavoz Lot: cuando los sodomitas descubren que Lot ha pedido ayuda a las potencias extranjeras y que han llegado en su auxilio “dos ángeles” –hoy diríamos dos portaaviones nucleares-, maquinan violarlos. Lot intercede para detener la violencia sexual de sus paisanos y, a cambio les ofrece a sus hijas: “Mirad, aquí tengo dos hijas que aún no han conocido varón. Os las sacaré y haced con ellas como bien os parezca; pero a estos hombres no les hagáis nada, que para eso han venido confiados en mi hospitalidad» (Génesis 19:5) Mentecata política ésta de trapichear dos doncellas vírgenes para que no se consumen dos violaciones masculinas. Pero no fue mentecata sino pragmáticamente cortesana porque, en efeto, los sodomitas olvidaron su concupiscencia, probablemente notando que un vendaval de fuego se cernía sobre su ciudad.

Moloch a sus niños y el Becerro de Oro a sus dineros

Aunque parezca de Moloch y el Becerro de Oro no tienen nada en común, un escrutinio más cercano nos demostrará que tienen bastantes nexos entre sí. Por ejemplo, los dos son achacados a pueblos ajenos al hebreo y, además, los infanticidios ofrecidos a Moloch tenían un avaricioso componente crematístico nada desdeñable –como hoy lo tienen los bebés robados. En todo caso, son modelos semi-olvidados por la pacatería que se está apoderando del relato bíblico (cf. supra, tergiversaciones de Lutero)

Moloch es un dios tan impresentable que no puede ser judío, necesariamente ha de ser foráneo, concretamente cananeo –i.e., norteño cual hitita, sirio o futuro cartaginés. Generalmente, es representado en una estatua de bronce con fuego interno y brazos abiertos para recibir a sus infantiles víctimas –en aquellas sociedades con altas tasas de fecundidad y de mortalidad, los niños eran carne de cañón. Y la frecuente expresión bíblica de “pasar por el fuego” suele ocultar que describe asesinatos de bebés.

Con el tiempo, los griegos transformaron a Moloch en Cronos, más próximo a los infanticidios que al Tiempo. Según los helenos, el espectáculo estaba garantizado pues en la “estatua de Cronos, las llamas engullen a los niños. Y cuando las llamas alcanzan el cuerpo, sus miembros se contraen y la boca abierta casi parece reír, hasta que el cuerpo contraído se desliza resbalando al fondo del brasero. Así es que esta mueca se conoce como risa sardónica, puesto que ríen al morir.” Huelga añadir que, si hemos de creer a los indeseables mitógrafos de palacio, Moloch llegó a ser la deidad máxima de Cartago adonde llegó en los navíos fenicios –de ahí su faceta crematística. Pero, a la postre, su culto fue abandonado… hasta que resucitó con los ritos satánicos del Medioevo europeo.

Por otra parte, el Becerro de Oro (BO) surge mientras un Moisés montuno y anacoreta está estudiando las Tablas de la Ley. Al igual que Moloch, se ha buscado desviar la atención de la insubordinación del Pueblo Errante con la obviedad de que el culto a los toros –el uro incluido- era común en la Antigüedad. Cierto, pero los hebreos ignoraron a Moisés cuando éste se enfureció al ver los ritos idolátricos. Sus feligreses, justifican el cabreo de Moisés aduciendo que el bóvido niño provenía de la ubicua religión cananea… y hasta egipcia, lo cual es casi perogrullesco puesto que los hebreos habían dejado Egipto pocos meses atrás –subvencionados y avituallados por los faraones, no lo olvidemos. Claro, los israelitas eran ganaderos que conocían al ganado vacuno pero no podían crear un rito autónomo, tenían que haberlo copiado de los pueblos perversos. La manipulación de los ortodoxos sionistas llega al extremo de que, según el ultra Davidson, Aarón, el hermano de Moisés acumuló el oro y erigió el BO pero por una buena causa, porque así ganaba tiempo hasta el regreso de su Gran hermano quien, a tablazos leguleyos, enmendaría el dislate.

¿Qué ha ocurrido desde aquel famoso éxodo? A nuestro juicio que Moisés no debió darle importancia al BO o bien que se la dio pero no para rechazarla sino al revés, para promocionar entre su pueblo el amor al BO. Como entrar en el cráneo de Moisés no está a nuestro alcance –no dominamos la psicología historicista-, y vista la extensión actual del culto al BO, sólo nos cabe suponer que, pese a su aparente irritación, Moisés lo instauró.

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