Usamérica

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Hay un país en el mundo… ¡Oídlo bien!

Pedro Mir

Pero la moda es la despolitización de la idea por el mercado. La moda es la despolitización del cuerpo por el uniforme

Yván Silén

Mainland: oda a Víctor Hernández Cruz. Desde 1979, vivo en el país de Chosmky. Todavía me veo leyendo en un restaurante cubano de Miami, The Culture of Terrorism(1988), justo antes de que se viniera abajo el muro de Berlín, en 1989. A partir del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA, 1994), reaparece el muro divisor. Esta vez en la frontera de los ganadores de la Guerra Fría, como sabe Panamá desde diciembre de 1989. En el suroeste de Estados Unidos, NAFTA convierte la grieta con México en una excrecencia, gracias a la militarización de la frontera que Clinton —¡el gran castigador de Haití!— hizo realidad.

Paréntesis: la traición de Clinton a la clase trabajadora gringa —lo dice, entre otros, Chris Hedges— apesta a podrido. El partido demócrata se hunde en la excreta (Gore Vidal tenía razón sobre el unipartidismo usamericano; Ralph Nader lo padeció como que nadie).

Durante 1980, las veces que fui desde Cincinnati y a partir de la segunda mitad de la década, desde Connecticut, me tocó ver la nicaragüización de Miami. ¡Tres leches! En el restaurante cubano donde almorzaba a diario, durante la semana que estuve en la biblioteca del dowtown de la calle Flagler, la mesera nicaragüense me cuestionó la primera vez que me sirvió un bistec empanizado: si yo era de Puerto Rico, ¿por qué no decía Puelto Rico?

De Cincinnati a Connecticut, cifro toda la década de 1980 en una imagen política: memoria de dos violencias. Por un lado, la del intento de asesinato de Ronald Reagan en 1981. El recuerdo que conservo es relativamente claro. Regreso de Puerto Rico a Cincinnati en un día de sol primaveral, prendo el televisor para ver las noticias y me entero del tiroteo contra el exactor. Con el tiempo, el recuerdo de esa violencia contra el poder usamericano se irá mezclando con la violencia del año anterior (1980), cuando el FBI arresta por partida doble, en la isla y el mainland, a los Macheteros boricuas.

Por otro lado, la invasión de Panamá (1989) cierra con broche de mierda la década de los ochenta. Otra vez, la memoria es clara. Mientras acontece la invasión (de diciembre a enero), me entero, en una conversación telefónica con Argentina, de la complicidad de los medios estadounidenses con el Pentágono. Lo que en Estados Unidos la televisión planteaba como una “causa justa,” la prensa de Argentina definía como una carnicería injusta.

Cuando termina la década de 1980, el saldo es brutal en Centroamérica: el presidente a quien intentaron asesinar en Washington DC justo al comienzo de su presidencia (Reagan), termina  promoviendo la muerte de un montón de centroamericanos durante sus dos términos (1981-89). La destrucción de la Revolución Nicaragüense (que Daniel Ortega se encargará de piñatear) fue su trofeo más preciado en Latinoamérica. Bisagra; entre el intento de asesinato del exactor al principio de la década (1981) y la invasión de Panamá que Bush padre llevó a cabo al final (1989), media la muerte de Cortázar (1984), tan cercano a Nicaragua, por un lado, y la de Borges (1986), tan distante a la revolución, por el otro. Entre ambas muertes, surge para la inmortalidad boricua el poema de Miguel Piñero, “Lower East Side Poem” (1985). Todo un gustema nuyorican.

Ese año (1985), en Puerto Rico, las lluvias producen un desprendimiento feroz de tierra en Mameyes, que mata a más de 100 personas. Tres años después, la novela puertorriqueña escrita en español desde Nueva York, La biografía (1988), de Yván Silén, recorre metanarrativamente las calles de la ciudad que la poesía de Pedro Pietri, el Reverendo, atraviesa nuyoricanmente en Traffic Violations (1984): ¿huele a marihuana o sabe a cocaína?

Fin de una década atroz: los ochenta (del presidente usamericano, Reagan, que comió en el restaurante cubano de Miami, La Esquina de Tejas). Durante los noventa, la imagen que la memoria crea de esa década neoliberal se mueve de eje. Pero no se sale de sitio.

Como el ojo de una tormenta crítica, la figura profética del filósofo afroamericano, Cornel West, se queda con la imagen de la década gringa. ¡Cara con afro y un espacio vacío entre los dientes de arriba! West se convierte en uno de los intelectuales públicos más importantes —si no el más— entre los afroamericanos que siguen la línea política de Martin Luther King, Jr. Blusero, como se autodefine con tesón jazzístico, Brother West conecta las ideas con el tenor que el saxofonista-filósofo John Coltraine, uno de sus modelos, articulaba sus láminas sonoras.

Cristianismo de izquierda, el de West es sobre todo ético-político-estético: Dios no es sino la experiencia de vivir con justicia desde un cuerpo hiperestésico, que baila bien, que disfruta de la carne y que es sobre todo —algo que no se puede olvidar— un cuerpo mortal. Materia que, desde su “mundanidad” espinosa, le hace frente al poder corporatocéntrico: el mismo que brutaliza a los más desamparados. West devine en la necesidad de no olvidar esto: “el tono” político progresista que se le puede dar a la religión (una dimensión cancelada, según la ateología de Michel Onfray, por la episteme cristiana, ascética, crística y contra el cuerpo). Tono político que como es sabido, la Teología de la Liberación subraya también.

Además, en la década de los noventa me tropiezo con dos textualidades emblemáticas del usamericanismo que a partir de 1991, me conforma desde el norte de Ohio: Howard Zinn y Michael Moore. En la contranarrativa de Zinn,  La otra historia de los Estados Unidos (1980), la primera edición del libro resulta trágica para cualquier boricua con sentido de la historia, ya que deja fuera de la crítica al imperialismo el caso colonial de Puerto Rico. Por su parte, a partir de Roger and Me (1989), Moore se hace una referencia sine qua non: crítica de clase que habla del capitalismo gringo —en Roger and Me, la General Motors en el pueblo de Flint, Michigan— con un lenguaje vagamente parecido al de Eduardo Galeano. ¿Proximidad norte-sur? Efecto de un búmeran político que regresa a Estados Unidos para azotar económicamente a los trabajadores de cuello azul.

La década clintoniana de los noventa, triunfalista, golosa, neoliberal, violenta y bélica, termina con el bombazo en la isla de Vieques, Puerto Rico, en abril de 1999 (muerte de David Sanes Rodríguez); y con la devolución del Canal de Panamá, el 31 de diciembre de 1999, diez años después que la invasión de Bush padre destruyera las fuerzas militares panameñas (1989). Entre ambas muertes, nace en Nueva York una nueva fisonomía del puertorriqueño nuevayorquino, mezclado con mexicano, dominicano, venezolano y cubano: el Transboricua (1999) de Pepón Osorio. Fin de un siglo que a partir de 1998, Hugo Chávez está destinado a cambiar de dirección en el nuevo milenio.

Entre los usamericanos que me habitan durante los noventa, se da una fricción epidérmica entre Chomsky y West, la cual no puede sino terminar en la poesía de Pedro Pietri. Lo que para Chomsky establece una horizontalidad importante en las relaciones intersubjetivas —la vestimenta informal—, para West supone una formalidad política: traje, corbata, bufanda y zapatos negros, camisa blanca. Uniforme del cristiano que, desde Harvard y Princeton, lucha a diario por los empobrecidos del país. [1] La imagen de Pietri, vestido a su vez de negro, se superpone a la de West. Como poeta, Pietri se ponía dos uniformes: el del vate nocturno que recorría las calles de Manhattan vestido de negro y el del Reverendo de la Santa Iglesia de la Madre de los Tomates, que llevaba en la Biblia protestante la yerba de Dios.

Nuevo mileno. La llegada del siglo XXI desata una multiplicidad de intersecciones, que se suman a las de las décadas anteriores. Entre el ensayo de Gore Vidal, el periodismo de Chris Hedges, la política de Ralph Nader, la radio alternativa de Amy Goodman  y Juan González, el socialismo democrático de Berny Sanders, el marxismo económico de Richard Wolff, entre otros leones que las secuelas del 11 de septiembre de 2001 han empujado a la calle, como a los periodistas Jeremy Scahill y Matt Taibbi, la hibridez me sumerge en esa gran crítica gringa —como la de Michael Parenti, Tom Engelhardt, Greg Grandin—, la cual me conforma desde el país de Chomsky.

Desde el ensayo, Vidal arremete por partida doble con todo lo que le queda en el cuerpo a un escritor de 77 años, que entiende claramente el negocio de la guerra: Perpetual War for Perpetual Peace(2002) y Dreaming War(2002). Dos años después, en Imperial America(2004), renombra al país como los Estados Unidos de la Amnesia. Cuando murió en 2012, hacía algún tiempo que le había perdido los pasos. Sabía que en cualquier momento me enteraría de la mala noticia, por lo que de vez en cuando buscaba en internet alguna huella del libro que prometió escribir en algún momento del nuevo milenio: una novela sobre la Guerra Mexicoamericana (1848).

Además, como consecuencia de su residencia en Guatemala, de cuya experiencia escribió su primera novela de crítica al imperialismo gringo, Dark Green, Bright Red (1950) —heredera, lo sepa o no, de El señor presidente (1946), de Miguel Ángel Asturias—, las intersecciones con Vidal terminaban catapultándome a la realidad de otro gringo, Joe Beagant (fallecido en 2011), radicalmente diferente a Vidal. Un autoproclamado redneck, exhippie de los sesenta, que se refugiaba del capitalismo bushista en Belice y en México, cuyo libro clave, Deer Hunting With Jesus(2007), fue traducido al español, Crónicas de la América profunda. Escenas de la lucha de clase en el corazón del imperio (2009).

Como en el caso de Vidal, el bushismo feroz de la primera década del nuevo milenio me puso en el camino el periodismo crítico y el activismo inapelable de Chris Hedges, cuya obra magna, War Is A Force That Gives Us Meaning(2002), anticipa el torrente de “sentido” que estaba por desatarse a partir de la guerra contra Irak, en 2003. Después de veinte años como corresponsal de guerra del New York Times, cinco de los cuales los pasó en El Salvador de Ríos Montt, Hedges se ha convertido, a partir de su crítica al atropello en Irak, en una de las voces antiguerra más dinámicas del país, cuya crítica arremete contra el aparato neoliberal y neoconservador que sobre todo a partir de 2001, está haciendo pedazos la Constitución, la clase media y la “demokracia” (Silén).

Hedges es también, por un lado, la conexión con el “totalitarismo inverso” de Sheldom Wolin, filósofo que, después de 50 años de cátedra, define la “demokracia” usamericana, según la llama Yván Silén, o la “kakocracia,” según Francisco José Ramos, como una “democracia dirigida,” en la cual reina la corporatocracia. Por otro lado, a partir de OccupyWall Street (2011), Hedges es uno de los ángulos del binomio Hedges-West que, desde un cristianismo zurdo y militante, le hace frente a la pesadilla Bush-Obama, ya sea oponiéndose a la militarización de la vigilancia doméstica —algo no visto en 200 años de historia gringa— o solidarizándose con el soldado Bradley-Chelsea Manning, recientemente sentenciado a 35 años de cárcel por soplarle a Wikileaks los paños sucios de Usamérica.

Columnista semanal de una revista digital, Truthdig, Hedges es por eso mismo una posibilidad fácil de cruzarme, en las páginas de AlterNet, de Counterpunch, Truthout, con los artículos de Ralph Nader, quien ha debido ser, en vez de Obama, el presidente del cambio. Razón por la cual, precisamente, no lo dejaron debatir como tercer candidato en las elecciones del 2000. Presa fácil del bipartidismo unitario que maneja la democracia gringa: a Ralph lo acusaron de haber sido, como tercer candidato, una de las razones por la que Bush “ganó” las elecciones.

Ante el horror de que reinara George W. Bush, Michael Moore se arrodilló frente a Ralph para que no se postulara como tercer candidato. Incorruptible, Nader habló de actuar con la conciencia, independientemente de las consecuencias. Por esa firmeza, la corporatocracia lo sacó a empujones de la arena política en la contienda electoral del 2000. Si a Ralph lo ningunearon, ¿qué nos harían a nosotros?

Pregunta fácil, para Amy Goodman y Juan González, quienes, desde Democracy Now, modelan la radio alternativa de la tardomodernidad usamericana, ventilando, a partir de la segunda mitad de los noventa, lo que la radio corporativa, abrumadoramente oligopólica, no comenta. Si a Nader, defensor impecable del consumidor gringo desde los años sesenta, lo ningunearon como si fuera un homo sacer, a nosotros, contesta Democracy Now —¡si los dejamos!— nos hacen mierda. Caca, como la del coronel de García Márquez; ¿como la que retrata Andrés Serrano? Razón por la cual Amy y Juan, siempre críticos del poder que abusa de su fuerza, no se duermen en las pajas, visibilizando lo que la prensa corporativa no nombra.

Como tampoco se duerme en las pajas, el senador independiente de Vermont, Bernie Sanders. Otro incorruptible, autoproclamado socialista democrático, cuya tolerancia con el “totalitarismo inverso,” es poca. Único senador que en 2012 puso sobre la mesa, como parte de la guerra de clase furiosa que vive el país desde 1980, el triste estado de la nación, dominada por unos intereses corporativos que han transformando al país de Chomsky, según Sanders, en una “república bananera,” a tono con la distribución de la riqueza que la United Fruit Companyaseguraba en Latinoamérica.

En Estados Unidos, como es sabido, la distribución de la riqueza constituye, entre los países más ricos, la desigualdad más dramática y por eso más violenta. De ahí que el economista marxista Richard Wolff, jubilado de su cátedra, decidiera hacer algo: dar a conocer entre los usamericanos el modelo industrial de la cooperativa vasca, Mondragón. Un ejemplo exitoso de organización horizontal, responsable y biocéntrica. Porque lo que le interesa a Wolff, a diferencia de Joseph Stiglitz y Paul Krugman, es democratizar la manera en que se organiza el trabajo, rompiendo la jerarquía del poder vertical, según la cual un mínimo de personas —la Junta de Fideicomiso, el Patronato o la Junta Directiva— ejerce un poder unidimensional y asimétrico sobre la mayoría.

Si en verdad, dice Wolff, los usamericanos se identifican con la democracia, entonces el modelo Mondragón de trabajar para el bien común, sobre todo en tiempos de crisis y desempleo, les debe interesar. Ya que, para Wolff, el modelo capitalista, basado precisamente en la deuda y en la crisis, dejó de rendirle beneficios a la clase media trabajadora (desde la fábrica a la universidad). Es hora de cambiar el modo de producción y de distribución, dice Wolff, no de reformarlo. Sólo así podrá la clase media usamericana mantener su vitalidad de clase, y agenciarse una existencia digna, justa y ecológica, con miras al futuro, evitando que la voracidad de esta generación se consuma los recursos de la que viene, como quedó claro en el colapso de Wall Street de 2008.

Escena I: religión y política. Por fuerza de gravedad, la crítica de Conrel West y Chris Hedges converge en el activismo cristianizante del protestantismo zurdo, lo que en América Latina sería el foco de la Teología de la Liberación (Hedges ha dicho que no es marxista; West se siente cómodo entre ellos). De ahí que Occupy Wall Street (2011) los acercara como nunca antes. Sobre todo, cuando orquestaron, durante la ocupación, el juicio público contra la brutalidad del 1% en las comunidades vulnerables a la tiranía de la corporatización.

Crítico acérrimo del fundamentalismo cristiano que desgarra al país de Chomsky, Hedges, influido por el cristianismo democratizante de su padre, ministro protestante que padeció en carne propia la radicalidad política de su fe, no le tiene miedo al ateísmo. La inexistencia del Dios personal, salvador, del cristianismo vulgarizado, no le quita el sueño a quien, siguiéndole los pasos a su padre, se hizo seminarista. Porque para Hedges, Dios es una dimensión social y política: el otro a quien se debe el cristiano en cuanto tal (como su padre, que vivió para los más oprimidos).

Por eso, a partir de la guerra contra Irak (2003), Hedges emerge como el nuevo Cristo. El que sabe que con la destrucción del liberalismo político usamericano (escuela, prensa, sindicatos, iglesias, partidos políticos), lo único que le queda al ciudadano responsable que resiste el totalitarismo inverso por amor a la democracia, es poner el cuerpo en la cruz. Es decir, la desobediencia civil que se tira a la calle a desafiar el poder de la corporatocracia con el cuerpo: única arma de la que se vale la resistencia pacífica.

Como crítico de las guerras imperiales y de la militarización asfixiante que socava la sociedad civil, Hedges desafía el sistema en la calle, en las cortes, en la prensa, en las universidades, siguiendo la tradición de Gandhi y Martin Luther King, Jr. Y ello porque está convencido que la guerra se ha convertido en la droga más adictiva que consume —y que lo consume— el país de Chomsky. Razón por la cual, a su vez, Cornel West define su cristianismo como uno diferente al de la tradición imperial, establecido por Constantino trescientos años después de Cristo. El de West, también antimilitarista y desafiante, a través del cuerpo de Cristo en la cruz de la desobediencia civil, contra la plutocracia oligárquica; por amor a la justicia y a los empobrecidos, el cristianismo de West se declara profético, socrático y trágico-cómico. Pues de lo que se trata, reafirma, es de hacer algo cristianamente útil para los de abajo con la vida perecedera que uno tiene en las manos.

Catapultado también desde el estruendo de Occupy Wall Street, converge en la demostración anticorporativa de Nueva York la otra subjetividad religiosa que, como parte del sistema político liberal, le ha metido de frente a la corporatización totalitaria del país de Chomsky, desde la cámara y el libro: Michael Moore, ex seminarista de raigambre católica, que al cambiar el altar por la lente apuntó hacia el poder destructor del capitalismo usamericano, en pleno proceso de morderse la cola: Saturno-Reagan-Bush-Clinton-Bush-Obama comiéndose a su hijo (como reportó una caricatura de Truthdig).

De los fragmentos que saltan de esa mordida, las partes que caen se reconectan en la necesidad de la crítica: el hijo de Hedges, también periodista como su padre, trabaja con Ralph Nader (más reformador que revolucionario, igual que Hedges, pero crítico severo del statu quo).

Escena II: religión y política. Desde su sede, en el Union Theological Seminary de Nueva York, Cornel West arremete contra la tiranía del 1%, tan próxima a la tradición de la supremacía blanca que él desmonta. Entre los invitados que complementan la charla de West, le toca hablar a Richard Wolff, orador tan aquilatado como West, pero en un registro secular, cínico-crítico, sin la retórica del predicador afroamericano de la que se vale West.

Entre las cosas que dice el economista marxista, está por un lado el análisis iluminador y secular de la llamada “excepcionalidad americana.” El hecho insólito de que Estados Unidos creara una economía que, entre 1820 y 1970, por falta constante de mano de obra y por presión de los sindicatos, estableciera un nivel de vida ascendente para cada generación de trabajadores. Hasta 1970, cuando la abundancia de mano de obra rompe por muchas razones la burbuja de la excepcionalidad y empieza por eso mismo el empobrecimiento progresivo de la clase trabajadora (a través del crédito).

Por otro lado, Wolff habla de cómo la economía de la guerra destruye y empobrece; mientras subraya el descontento creciente que hay entre los usamericanos por el cual un economista como él, crítico del capitalismo, es cada vez más solicitado por diferentes medios de comunicación. Realidad que, a lo largo de una carrera profesional madura, nunca antes había experimentado.

Wolff sabe que en momentos de turbulencia como los del nuevo milenio usamericano —con un sistema económico-político que ha tocado fondo— la realidad vive preñada de posibilidades, las cuales él personalmente ha enfrentado sin más, dedicándose por completo a informar a la ciudadanía desde la New School de Nueva York, la revista Truthout, la radio y el video, promoviendo el cambio hacia la democratización del trabajo. Cambio que, lo dijo también Zizek en Occupy Wall Street, el statu quo plantea como lo único en la realidad —el capitalismo— que no acepta cambios.

Woff, que no es religioso, predicó desde el Union Theological Seminary una crítica revolucionaria contra la economía que controla Wall Street. El mismo sistema que West, Hedges, Nader, Moore, Goodman, González, Sanders y Chomsky quieren reformar o superar. Como es de esperarse, los vasos comunicantes de esta crítica usamericana que me toca de cerca, se entrecruzan en los casos de Julian Assange, Bradley Manning y Eduard Snowden: héroes, los últimos, de una usamericanidad cada vez más colindante con Suramérica en particular y con Latinoamérica en general. ¿A quién no le gusta escuchar la guitarra de Carlos Santana en los programas de Wolff? ¿No llegó hasta las costas de Cuba, buscando un modelo de medicina socializada, Michael Moore?

Escena III: represión y política. Desde el ejército primero y la NSA después, la “demokracia” se desfonda. La basura se desborda. Las moscas silenistas revolotean alrededor de las ratas muertas. Brasil se sabe espiado. De Assange a Glenn Greenwald, la oposición al totalitarismo inverso se reafirma. El poder contraataca. A Assange le circunscriben el espacio al mínimo; a Greenwald le secuestran el novio brasileño durante 9 horas. Ninguno afloja. Nadie se amilana. Hedges entrevista a Assange. Desde Brasil, donde vive desde hace años, Greenwald embiste; le habla a la prensa brasileña en un portugués que parece autóctono. En Londres, Assange viste camisas ecuatorianas. Hedges y West se solidarizan públicamente con Bradley-Chlesea Manning el día que lo sentencian, tras un juicio atroz, a muchas décadas de cárcel. Desde Rusia, Snowden piensa en Suramérica. La presidenta de Brasil cancela la cita que tenía con Obama. Greenwald promete revelar más paños sucios. El expresidente Carter dice que en Estados Unidos no hay una democracia funcional.

Ante la represión, Manning se retracta estratégicamente. Mientras la excepcionalidad del sistema se desinfla, Democracy Now informa en inglés y en español. Algo que —la latinización del país— Bernie Sanders sabe que es más, mucho más que una explosión demográfica, bien registrada, por otra parte, en la candidatura presidencial Nader y González (2008). Latinización que, desde otro ángulo, Chomsky celebra, cuando subraya la autonomía de Suramérica respecto de Estados Unidos.

Inevitablemente, pienso en las resonancias usamericanas del título de un poemario nuyorican, AmeRican (1985).

2013. Desde Washington, la Administración Obama plantea que el Estado Libre Asociado (1952) de Puerto Rico ha tocado fondo.

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[1] Dejo a un lado, per quiero mencionarla, la crítica brutal que le hace el libro de Norman Kelly, The Head Negro in Charge(2004), a Brother West.

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