Vamos

matanza-Gasteiz-76-LQSomosÁngel Escarpa Sanz. LQSomos. Septiembre 2016

(Puede que sea una de las palabras más elocuentes, dígase en la lengua que se quiera)

“¡Vamos!”, tuvo que decir necesariamente alguien con autoridad en aquella tribu, cuando la última gota de agua de la charca cercana se hubo agotado, cuando las condiciones climatológicas ya eran insoportables y todo vestigio de caza o de pesca era poco menos que un sueño; en aquellas tierras que durante décadas habían sido el hogar de generaciones. Ahora se imponía la necesidad de emigrar, buscar, lejos de aquellas cuevas, nuevos espacios donde subsistir, antes de perecer de hambre y de enfermedad.

“¡Vamos!”, dijo el Almirante, todo dispuesto ya a bordo de aquellas naves que se disponían a partir hacia unas tierras que hasta entonces apenas si figuraban en otro mapa que en el de la mente del aventurero genovés, un día 3 de agosto de 1492, setenta días antes de que el pendón de Castilla se clavase en el corazón del continente americano y se iniciase una de las más sangrientas y depredadoras aventuras del hombre blanco.

“¡Vamos!”, bien pudo ser la palabra que usaran aquellos exploradores (Scott, Amundsen, Hillary, Livingstone,…), unas horas antes de internarse en las inhóspitas tierras del Polo Norte, el Polo Sur, antes de ponerle nombre a aquel río de lo que hoy es la República Democrática del Congo, antes de alcanzar los orígenes del Nilo; antes perderse en la inmensidad de aquellas vastas tierras de un Brasil virgen aún y escalar aquella inhóspita cumbre.

“¡Vamos!”, creo escuchar a esos novilleros que se aprestan al “paseíllo”, esa tarde de sol, lleno “hasta la bandera”, en la Maestranza de Sevilla, un día en el que ni una sola bandera se mueve en su mástil, las palomas picotean en el Parque de María Luisa y los caballos de la Catedral siembran de estiércol los adoquines. Unos minutos después el primer toro cae en la arena: dos banderillas con los colores de la Monarquía española adornan el sudado lomo, cuando una estocada mal dada hace brotar un géiser de sangre de su boca.

“¡Vamos!”, “¡Avanti!”, salió de la boca del Duce, en el momento de aquel día de 1922 en que arrancaba la marcha sobre Roma. Aún tendrían que morir muchos comunistas -torturados en las dependencias policiales- antes de que los guerrilleros le colgaran a él y a Claretta Petacci, un día de 1945.

”¡Vamos!”, exclamó el doctor King, aquel día de 1963, en el momento en que aquella multitud -que alcanzaría las 200.000 almas, entre blancos y negros, a su llegada a Washington- se ponía en marcha para conquistar los derechos civiles para aquella mujer negra que se había negado a abandonar su asiento, reservado para blancos.

“¡Vamos!”, bien pudo decir cualquiera de los cuatro “Beatles” que se propusieron conquistar el mundo con su música y sus canciones, aquel día de 1963, en un garaje de Liverpool.

“¡Vamos!”, exclamó aquel guerrillero, horas antes de que el “Gramma” tocase tierra cubana, con aquellos ochentaidós hombres a bordo, dos años antes de que Fidel Castro desfilase triunfante, acompañado de sus barbudos, por las calles de La Habana.

“¡Vamos!, ordenó Salvador Allende a aquellos, sus colaboradores más cercanos, tomando una metralleta, en tanto se disponían a defender los principios de la Unidad Popular, un día de setiembre de 1973 de difícil olvido por parte de la gente decente del mundo democrático, en tanto las llamas salían por las ventanas del Palacio de la Moneda -bombardeado por los “milicos” de Pinochet.

“¡Vamos!”, creo escuchar a Mao Ze Dong, aquel día de 1934, en el momento mismo de alzar el pie del suelo, con lo que se iniciaba la “Larga Marcha”, que les llevaría a fundar la República Popular China, quince años después. El drama y la conquista social correrán parejos, entremezclados, en la historia del país asiático.

“¡Vamos!”, bien pudo ser la palabra que Robert Capa le dijera a Gerda Taro, aquel día en que ambos decidieron viajar a España, mientras la España más indómita trataba de sacudirse el yugo de la explotación, el analfabetismo y el oscurantismo religioso. Las mismas que repetirían George Orwell y tantos internacionales que viajaron al país de Cervantes y de Torquemada, en aquellos mismos días en que el mundo del trabajo y del pensamiento se solidarizaba con aquella “República democrática de trabajadores”.

“¡Vamos!”, pudo ser la palabra con la que se pusiera en marcha aquel fúnebre cortejo que llevara a la muerte a Federico García, a Lluis Companys, a Blas Infante, a aquel maestro cojo y a aquel novillero; a Cristino García, a Julita Conesa, y a Salvador Puig; a todos aquellos sobre los cuales cayó, implacable, el peso de la venganza, ya concluida aquella atroz y lejana guerra.

“¡Vamos!”, y se pusieron en marcha los hombres de la II República, camino de la Puerta del Sol -para hacerse cargo del Gobierno-, aquel 14 de abril de 1931.

“¡Vamos!”, mientras se dirigía a la nave espacial aquel audaz Yuri Gagarin, camino de ignoradas estrellas, un 12 de abril de 1961, aún treinta años antes de que se borrase del mapa aquel sueño de la Unión de Repúblicas Socialistas.

“¡Vamos!”, mientras el doctor Ignacio Barraquer y su equipo ponían manos a la obra, en aquella primera operación con que se iniciaba la labor de devolverle la luz a tanta criatura humana.

“¡Vamos!”, y me imagino a Felipe González, con sus más fieles allegados, (Suresnes, 1974).
en el momento de disponerse a liquidar aquel proyecto de Pablo Iglesias.

“¡Vamos!”, y Paul Tibbets se dispone a subir al avión “Enola Gay”, que le llevará a sobrevolar Hiroshima, donde hará florecer un mortífero hongo que dejará más de 100.000 muertos, bajo una ciudad reducida a escombros.

“¡Vamos!”, y José Martí abandona la seguridad de su vida de intelectual y se propone devolverles Cuba a los cubanos, antes de morir baleado en plena batalla, en Dos Ríos.

“¡Vamos!”, y Emiliano Zapata y Francisco Villa disponen su ánimo para entregarles la tierra a aquellos campesinos que, en México, claman: ¡Tierra y libertad!

“¡Vamos!”, y Nelson Mandela se dispone a enfrentarse al poder blanco en Sudáfrica -y a 27 años de cárcel.

“¡Vamos!”, gritan los leales sevillanos del barrio de Triana que acuden en tropel a detener el golpe de Queipo de Llano, mientras las palomas del parque de María Luisa huyen despavoridas ante los primeros disparos, las primeras ejecuciones.

“¡Vamos!”, y los capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández proclaman la República y marchan hacia Huesca (Jaca, diciembre de 1930), donde serán ejecutados tras su fracaso. -dos días después-, ¡un domingo de misas y de niños en los parques, mientras “la gente de bien” lee el ABC en el Gabinete Literario o visita a su querida en el nido de amor de la capital.

“¡Vamos!”, y no hace falta mucha imaginación para oír aún esa palabra, dicha por aquellos personajes de las novelas y los cuentos de Pío Baroja, Ignacio Aldecoa, Arturo Barea, Luís Martín Santos, mientras los traperos abandonan el calor de las humildes viviendas en los barrios de chabolas, a bordo de sus carros -tirados por tristes mulas-, tralla en mano, ¡Arre!; y los carteros, tranviarios, modistillas de los barrios más apartados, guardias urbanos, segadores, empleados de Metro, enterradores del cementerio del Este y de la Sacramental de S. Isidro, panaderos; vendedores ambulantes de la miel de la Alcarria y el manchego queso, guardas jurados del Parque del Retiro, oscuros empleados del juzgado de Primera Instancia, alguaciles, picapedreros, peones camineros, serenos de la remota Galicia, afiladores, prostitutas, golfos y mendigos, empiezan a invadir la ciudad. Los veo desfilar por delante de las casas donde viví, en Madrid: en el barrio de Dos amigos, en Usera, en la Puerta de Toledo, en Lavapiés, en el barrio de la Fuentecilla, en el Barrio de San Pascual, en Canillejas; por los desmontes del Cerro de la Vaca.

“¡Vamos!”, mientras Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti se disponen a salir al pasillo de las celdas que les conduce a la silla eléctrica (23 de agosto. 1927).

“¡Vamos!”, y Yasir Arafat se pone al frente de la Intifada, en los años ochenta, para tratar de expulsar a los israelíes de los territorios palestinos ocupados.

“¡Vamos!”, cruzó la consigna por las ondas, mientras un ejército de voluntarios se ponía en marcha para limpiar de chapapote la costa gallega.

“¡Vamos!”, dijo el rey de Marruecos, aquel día de noviembre de 1975, y la “Marcha Verde” se puso en marcha, hasta ocupar los territorios libres del Sáhara Occidental, mientras el “caudillo” entregaba su alma y los saharauis huían aterrorizados, envueltos en nubes de gas mostaza.

“¡Vamos!”, y Mahatma Gandhi llama a su pueblo a iniciar un severo boicot a los productos de origen británico, con el que se inicia el proceso de independencia de India.

“¡Vamos!”, aquel 6 de junio de 1944, frente a las costas de Normandía; en la hermana URSS, antes de hacer que el ejército nazi regrese, derrotado, a sus cuarteles; antes de que un Fürer desesperado y humillado se suicide en su bunker de Berlín, en compañía de su fiel Eva Braun.

“¡Vamos!”, tras decapitar y arrojar al canal Landwer el cuerpo de Rosa Luxemburgo, un día triste de 1918.

“¡Vamos!”, dijeron también los generales israelíes aquellos, antes de sembrar el terror y arrasar los campamentos de Sabra y Chatila.

“¡Vamos!”, dijo Ho Chi Minh, aquel día de 1945 en el que es proclamado presidente de la República Democrática de Vietnam, disponiéndose a unificar su país, expulsando de su territorio a franceses y norteamericanos.

“¡Vamos!”, le dice la joven prostituta al cliente, tras ponerle una tarifa a su cuerpo y dirigirse ambos a ese sórdido cuarto de las inmediaciones del bello edificio de Telefónica.

“¡Vamos!”, camino de la horca, de la hoguera de la Inquisición, del suicidio en el Valle del Sol, del paredón, del garrote vil, del despiadado piolet, de la muerte por sobredosis, del accidente mortal; camino de esa cita, ese minuto que aguarda al almirante Carrero Blanco en la calle Claudio Coello; ese lugar donde una bala le cortará el hilo de la vida; en ese minuto, ya con un pie en el coche que le llevara a la plaza de toros donde tiene una cita con la muerte: Mariana Pineda, Juán García, “El Corredera; Miguel Servet, el matrimonio Rosenberg, Juana de Arco Trotski, James Dean, John Lenon, Camarón, Jimi Hendrix, Hemingway, Ignacio Sánchez Mejías, Malcon X., Eichmann, J F Kennedy, Gaddafi, Gaudí, Calvo Sotelo.

“¡Vamos!”, exclama el mandamás de aquellos odiados “grises” que penetran en la iglesia de San Francisco (Vitoria), aquel día de 1976. Cuando vienen a abandonarlo, los cadáveres de cinco trabajadores, reunidos en pacífica asamblea, yacen ensangrentados en el piso del templo.

“¡Vamos!”, les dice “Billy el Niño” a sus secuaces, aquel día de enero de 1977, en el momento de disponerse a abandonar el despacho de CC.OO. de la calle de Atocha, tras dejar en el suelo de éste los cadáveres ensangrentados de cinco abogados laboralistas.

“¡Vamos!”… “¡Apunte bien. Va usted a matar a un hombre!”, serían las últimas palabras que pronunciase “El Che Guevara” antes de recibir la muerte de manos de un soldado boliviano, en un último gesto de generosa entrega a la causa de la Revolución, aquel 8 de octubre de 1967, en La Higuera (Bolivia). Aquel día moriríamos todos un poco.

“¡Vamos!”… y Julián Grimau toma un tren en una estación francesa -sin sospechar que los ojos de la Dictadura franquista están puestos en él. En el cementerio civil de Madrid ya se está cavando su tumba, mientras, Violeta Parra ensaya “Qué dirá el Santo Padre”, en su memoria.

“¡Vamos!”… y el coronel Vicente López Tovar, con 250 hombres, inicia la “Operación Reconquista”, penetrando por el Valle de Arán.

“¡Vamos!”… y, tras 27 años de tenaz resistencia, apago definitivamente la luz de aquel local, dónde, un día de 1973, colgué un hermoso rótulo: “Librería Miguel Hernández”.

Estoy sentado ahora bajo las ventanas de este Hotel Madrid (Las palmas de Gran Canaria), donde se alojara el general Franco aquella noche fatídica del 17 al 18 de julio de 1936 -horas previas al levantamiento general del ejército franquista contra la República en toda la Nación.

Cuánta criatura asesinada, cuánta cárcel, cuánto edificio incendiado, destruido hasta sus mismos cimientos; cuánto campo de labor inútilmente asolado por la metralla y por el paso de los tanques, las trincheras escavadas, los bunkers de hormigón, construidos de ambas partes en conflicto. Cuánto templo arrasado, cuánto libro incinerado, cuánto juguete y cuánto retrato desaparecidos; cuánta hambre innecesaria, cuánto esfuerzo inútilmente derrochado, en tanto las gentes aterrorizadas buscan el amparo del refugio en los sótanos de las grandes ciudades que sufrían los bombardeos. Cuánto profesor represaliado. Cuánta memoria extraviada. Cuánto esposo desaparecido en el fragor de la batalla; cuánta miseria, cuánto despotismo, cuánto crimen, tras aquel “¡Vamos!”, al pié de este cuartel del Parque de San Telmo, ya embarcando en el “Correillo”, que le pondrá directamente, sin contratiempos, en el Dragón Rapide, camino de la aventura más fantástica en la que se hayan embarcado jamás él y sus generales africanistas, mientras los rebeldes leen a la población de las islas la declaración de guerra y los republicanos más combativos se aprestan a resistir en Arucas, en San Lorenzo. No se demorará mucho el fusilamiento de Fernando Egea y Eduardo Suárez -delegado del Gobierno y diputado comunista, respectivamente. En la isla de La Palma y en la de La Gomera y se producen los primeros fusilamientos, para, inmediatamente, ser arrojados los cuerpos a los “pozos del olvido”.

Aún tendrán que transcurrir casi cuarenta años antes de que podamos ver en televisión las imágenes del anciano caudillo desfilando por las calles de Madrid, ya cadáver, camino del Valle de los Caídos, dejando tras de sí diversas obras hidráulicas, además de una larga estela de terror y destrucción.

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