¿A quién representa Pedro Sánchez?

El Financiero de El Garaje. LQS. Noviembre 2019

Que la política española es un caos resulta algo más que evidente.

Quizás el factor principal de ese caos haya que buscarlo en los cambios registrados en el reino, en cuanto a la titularidad del poder económico, desde hace aproximadamente diez años.

Desde 2008 hasta hoy, España ha cambiado de propietarios. El desembarco de todo tipo de inversores, fondos, corporaciones, etc. internacionales, ha cambiado el panorama. Han tomado el poder económico en todos los sectores importantes.

Frente a este cambio histórico, “grandes familias” de la oligarquía de siempre, han tomado una actitud de resistencia, apoyadas por la banca y toda la caverna.
Quieren mantener un poder político que ya no se corresponde con su papel en la economía.

Que el PSOE ha sido uno de los pilares del poder económico, lo que hemos venido llamando Ibex 35, es también una evidencia. Pero ahora la pregunta es: ¿Sigue el PSOE defendiendo, como ha hecho hasta ahora, los intereses de “nuestra” oligarquía de siempre o tiene que hacer un giro histórico para ponerse en línea con los nuevos dueños?

Los nuevos dueños no necesitan esa “unidad de España” ni se van a preocupar de la “solidaridad interregional” (ni de las pensiones ni de la sanidad pública, ya que estamos) por la sencilla razón de que esos “principios”, igual que la Constitución, no son más que palabrería para mantener un chiringuito que ya está pasado de moda y que no resulta rentable en el marco de un capitalismo como el actual.

Si esta lectura resultase correcta, se entenderían las tensiones, dudas, retrasos, giros espectaculares, lanzamiento/hundimiento de partidos, repetición de elecciones, etc., sencillamente porque estamos viviendo una transición, un ajuste de lo económico en lo político.

El posicionamiento, prudente pero continuo, de instancias judiciales (y otras) europeas, acorralando a los poderes más reaccionarios del Régimen, sería en este contexto una palanca más de ese cambio. En ese contexto convendría inscribir la fortaleza creciente de los independentismos (que comprenden bastante mejor los cambios) frente al rancio nacionalismo español.

Habrá quien lamente que ese cambio venga de fuera y responda a los intereses de las grandes corporaciones y fondos. Lo que cuenta es que parece imparable. Una losa que no hemos sido capaces de levantar en 500 años se rompería en pedazos.

Pero nada está escrito. Algunos experimentos pueden acabar muy mal. Es lo que algunos buscan con un posible gobierno de coalición.

También es posible que de este caos surja un monstruo híbrido que nos imponga lo peor de los dos mundos: del nacionalismo cutre español y de la búsqueda implacable de rentabilidad de los globalistas.

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