Bacterias

Unos científicos acaban de salir a la palestra afirmando que el cuerpo humano es una bacteria. Me lo sospechaba. Al final de la filosofía no somos otra cosa más que un simple microorganismo. Tenemos en el cuerpo diez veces más bacterias que células. Los microorganismos funcionan o no funcionan, pero carecen de sensibilidad. A la vista del mundo en que vivimos, porque así lo hemos querido, esa bacteria de identidad humana solo puede ser una bacteria fecal. La cagamos y la seguimos cagando empecinadamente. A la mierda todas las teologías acerca del alma y sus circunstancias.

Un sino biológico nos lleva arrastrando el culo por la corta existencia. Como no podemos soportar aquello que nos sobrevive en la naturaleza, nos lo cargamos a conciencia, y allá van desde los árboles de la masiva deforestación hasta el fondo radiactivo de los mares. Después de mí, el diluvio. Lo cierto es que nos sentimos menos mal generalmente cuando alguien está o algo está peor que nosotros.

Desde la taza del retrete, se explica mejor la lógica del mundo al que estamos atados por la ley de la gravedad y otras costumbres importantes, como la adecuada alimentación. Desde el fondo del estómago cien millones de neuronas nos fabrican la digestión, crean nuestro estado anímico y la calidad de la libido. Un científico catalán ha hecho público que la conexión entre el cerebro y el intestino es unidireccional. Según las tesis de los expertos en la dieta, se deduce que las bacterias adosadas en la pared intestinal establecen las inevitables estirpes sociales, una jerarquía de clases en función de lo que se come y cómo se come. No es lo mismo sentarse ante el caviar beluga o un hermoso bogavante que masticar un producto mac donalds, con servilleta de papel perecedera.

La investigadora rusa Irina Matveikova recomienda, con profunda insistencia, leer bien todo el alfabeto del intestino. Afirma que tenemos dos cerebros, el clásico de la cabeza de siempre y el del estómago. El bienestar residiría en este último. Las serotoninas tienen la llave del sí o el no sentirse a gusto y realizado. Quince minutos al día para evacuar creativamente son necesarios. Un estreñimiento crónico produce, al parecer, delirios intestinales. Nuestro equilibrio, en definitiva, depende de las heces. Por lo que no era de extrañar entonces que, en pleno fragor de la siniestra guerra fría, los espías occidentales estuvieran harto interesados en recolectar muestras secretas de las deposiciones de la jerarquía soviética. Leyendo el porvenir de los planes quinquenales, en la mierda de la geriátrica nomenklatura, averiguaban con exactitud aproximada cuándo llevar a cabo las tácticas de desestabilización del enemigo.

A menudo mediante la guerra bacteriológica.

* Director del desaparecido semanario "La Realidad"

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