Colombia. Registro de guerra gritos por la paz

Por Fabiola Calvo. LQSomos.

Vale la pena darse un paso por la exposición para conocer nuestra historia-presente y prepare su corazón para no entender tanta ignominia. Respire al terminar de verla y en el vecindario puede tomarse un guaro…

La rabia, el dolor, la impotencia empiezan por los ojos y luego invaden todo el cuerpo y siguen adentrándose para arrugar el alma, estoy en la exposición fotográfica de Jesús Abad Colorado en el claustro de San Agustín, son los horrores de esta guerra, una larga, larga, larga noche.

Con un profundo respeto por las víctimas, con belleza estética, las fotos registran en la variada geografía de nuestra destartalada República de Colombia, los rostros de los niños, niñas negras, indígenas, manos y pies campesinos porque tienen historia, las mujeres con la angustia y el grito encerrado porque su cuerpo fue botín de guerra, las madres llorando a sus desaparecidos. Con esta realidad que nos estrella en la cara ¿Por qué, por qué, por qué señor Iván Duque volvió trizas los Acuerdos de paz firmados en 2016?

Es posible que el presidente saliente tenga una profunda desconexión con su realidad, nunca haya subido en un bus de transporte urbano y no haya visto la exposición que tiene enfrente del palacio de gobierno la Casa de Nariño, él que representó en su campaña el continuismo y ganó. ¿Es posible que quienes habitamos este rincón de América nos produzca miedo un cambio para acabar la guerra? ¿A quién sirve continuarla?

El horror de esta guerra tiene en su haber picaceros, hornos crematorios para no dejar rastro de las personas asesinadas, violencia sexual para dejar claro su poder de machos armados. Los intereses por la propiedad de la tierra y las salidas al mar para las rutas del narcotráfico, ha implicado a políticos, empresarios y al ejército que según me contó una amiga tiene la desvergüenza de dejar en el tablero de una escuela en Caquetá: “como violar guerrilleras”.

¿Dónde ha estado el gobierno nacional? ¿Dónde ha estado el Estado? Resolviendo intereses macros de la economía para sus propios intereses y creando condiciones para impedir un cambio, nombrando a sus amigos en los cargos de control, eso es nepotismo así no sea de la familia consanguínea, es clientelismo y desprecio por la democracia.

En su antología fotográfica, Jesús Abad Colorado es un testigo de excepción de familias campesinas que salen desplazadas de sus tierras con su familia o con quienes quedaron vivos, si acaso un burro que ayude a cargar. ¿Para dónde van? Ni Dios lo sabe, los desamparó.

Las letras que acompañan la foto de una niña que carga su pollita relata: “La mujer del sombrero y sus hijos iban a embarcarse en un avión DC3 junto con otros sobrevivientes de la matanza. No podían llevar sino un pequeño maletín de ropa. La niña se acercó y le preguntó al funcionario de la Cruz Roja Internacional: “¿Usted me deja llevar la pollita?, es que es un regalo”. El hombre con lágrimas en los ojos, le dijo: “Llévala”.

Si este registro hace que nos broten las lágrimas cómo no para quien lo está viviendo. ¿Cuáles serán los recuerdos para estos millones de niños y niñas en diez o quince años? ¿Qué será de sus vidas si Colombia sigue sin darse una oportunidad diferente a la que hemos vivido durante más de 200 años?

Para que de verdad se pueda dar un cambio es necesario un movimiento social muy fuerte con propuestas y disposición para ponerla en marcha, pero también de una voluntad política de toda la institucionalidad del Estado y del gobierno de turno, de poner freno a la insoportable corrupción que campea libre frente a los ojos de los entes de control.

Por fortuna sabemos que este pueblo colombiano es terco y reincidente por la vida y la esperanza, así lo relata Abad Colorado sobre las mujeres de El Salado, allá donde los paramilitares apoyados por helicópteros dieron muerte a 60 personas en total indefensión entre el 16 y el 21 de febrero del 2.000. En Montes de María donde está ubicado El Salado, la violencia se presentó con 42 masacres y algunas mujeres y hombres regresaron. Al comienzo limpiaron porque estaba hecho monte el lugar, no dormían haciendo comida y tomando café.

Ellas “recuperaron la alegría y la música” y se propusieron organizarse para “hacer la propia cosecha de las mujeres. Y no fue fácil porque “no nos dejaron quietos en ese retorno”, pero cosecharon badea, ajonjolí, yuca, papaya, cilantro, cebolla. “La escritura del terreno colectivo, el trabajo de parir y criar a los hijos. El trabajo de apoyarlos, consolarlos y quitarles los miedos”.

Mientras los actores de la guerra siguen con fusil en mano despojando, asesinando, enriqueciéndose…otros, otras siguen buscando a sus seres queridos, que entre una fuente y otra se dicen son alrededor de cien mil, y que ante la pregunta de Abad ¿Cómo relacionarnos con lo desaparecido? Descubriendo en los ríos y las montañas la presencia del otro. Asumiendo la responsabilidad de encontrarlos, de darles un nombre y un lugar para llorarlos y recuperarlos en la memoria de nuestras vidas”.

Vale la pena darse un paso por la exposición para conocer nuestra historia-presente y prepare su corazón para no entender tanta ignominia. Respire al terminar de verla y en el vecindario puede tomarse un guaro. Duele, duele este país, pero no dejaremos de buscarle y encontrarle salidas. El cambio, la dignidad y la inclusión claman en estas elecciones presidenciales.

El testigo
Memorias del conflicto armado colombiano en el lente y la voz de Jesús Abad Colorado.
Claustro de San Agustín de la Universidad Nacional de Colombia.
Carrera 8 # 7-21 – Bogotá, D.C., Colombia.
Horario de visita: martes a domingo, de 10:00 a.m. a 6:00 p.m. Lunes festivo abierto y se cerrará el martes.

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@fabicalvoocampo

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