De la imposible amputación de la memoria

memo54Ángel Escarpa Sanz. LQSomos. Octubre 2015

Derribaréis los hermosos edificios de nuestros cuerpos, a poco de “cubrir aguas” sus albañiles y de colocar una elemental bandera sobre sus cornisas. Demoleréis las hermosas catedrales de estos cuerpos, arrojaréis al fondo de la tierra las maravillosas manos con las que ya jamás escribiremos un torpe y primario poema a la amada; manos que ya no amasarán pan, que ya no labrarán la piedra; manos que no volverán a acariciar jamás ya las sierras de los cuerpos de la mujer que aún espera un milagro. Manos que devorará la tierra apenas empezado el libro de sus vidas.

Secaréis las maravillosas fuentes de donde manan las lágrimas, los amplios ventanales a través de los que nos asomamos cada día a la luz, a la vida, al conocimiento. Clausuraréis las galerías donde nos asomamos un día para gozar del lienzo donde se condena el militarismo y la guerra, aquel donde se canta al amor, el que exalta la belleza del cuello de Leda y el del cisne; el que se prolonga en un paseo en un viejo bosque, mientras el ciervo mira asombrado al pintor; el que hace que nos recojamos en religioso silencio ante una espectacular puesta de sol o una vieja silla pintada por Van Gogh.

Cegaréis para la eternidad los orificios por donde nos asomábamos al mundo de los sonidos del acero contra el acero, del cincel del maestro labrador de piedras contra el recio granito, de las voces que se alzaban sobre el rumor de los vasos en las mesas, en las horas de conversación en el bar, mientras se hablaba de lo humano y de lo divino; al mundo de las cuerdas de la guitarra y de los metales y la madera de los instrumentos musicales. Clausuraréis las puertas por donde accedíamos a ese universo de la canción del mundo y del murmullo de la lluvia; a ese mundo del crujir de las hojas cuando son aplastadas por el pie del que pasea por el parque, tras ser derribadas por el otoño; al mundo de las risas y de los llantos; al mundo del amable susurro del roce de la prenda recién lavada sobre nuestra piel y del viento agitando, desgarrando y abatiendo las ramas de los árboles del bosque; al mundo del lamento de la sirena del barco que abandona con pesar el seguro puerto y al de la sirena de la fábrica convocando a los obreros al tajo.

Cegaréis también los poros por donde traspiran los cuerpos, en ese esfuerzo por ganarnos el pan diario. Cegaréis también las puertas y secaréis en sus orígenes los fluidos que hacen posible la vida de otros seres y amputaréis los miembros con los que hicimos camino, con los que corrimos de los caballos y de las porras y de los disparos de vuestros sicarios; con los que trepamos a los árboles en la infancia para atrapar los nidos, los frutos maduros y asomarnos a las tierras de más allá de las vides y de las eras donde se trillaba y se aventaba la espiga.

Arrojaréis nuestros miembros todos a un mundo sin ayer ni mañana, sin luz y sin sonidos, sin sed y sin hambre, sin color y sin medidas, sin prodigiosos amaneceres ni lluviosos crepúsculos… Pero lo que no podréis jamás, por mucho que os esforcéis, es detener los procesos históricos que conducen a los pueblos hacia un mundo libre: sin policías y sin psiquiatras, sin banqueros depredadores, sin campos de exterminio y sin torturadores, sin muros, alambres de espino ni fronteras; sin políticos corruptos y sin perros ahorcados, sin fotógrafos asesinados y sin sindicalistas perseguidos, sin periodistas carroñeros; sin gentes sin techo, sin un trabajo digno y una educación digna y una vida digna.

Con nuestros cuerpos, arrojaréis nuestros sueños a un pozo sin fondo, pero todos nuestros sueños se realizarán en gentes que os ponen cerco hoy con las armas de sus reivindicaciones. No lo dudéis: otras gentes que aún no nacieron realizarán mañana hasta la última reivindicación, hasta el último de nuestros sueños de hoy. No hay hoyo lo suficientemente hondo ni lo suficientemente grande como para enterrar los sueños de un pueblo, si éste se defiende con la bravura, el tesón y la dignidad que lo hicieron ayer los que cayeron en el Ebro, los que fueron cazados por la represión en las montañas, una vez perdida aquella guerra de nuestros padres; los que cayeron en los campos de Europa, combatiendo al nazismo.

Ya serán polvo mañana lo que hoy son nuestros cuerpos y los vuestros, pero, mientras vuestros nombres no serán más que olvido, los nombres de los hombres y de las mujeres que caímos bajo las balas de vuestros sicarios se alzarán, luminosos, como tallados en precioso mineral, en ese monumento inmaterial que es la memoria del pueblo trabajador, junto con los nombres de los poetas leales y los de los defensores de la dignidad humana de todos los continentes: desde aquellos heroicos Sacco y Vanzetti y aquellas mujeres norteamericanas vilmente asesinadas en la fábrica incendiada, hasta ese universitario que cae fulminado por el bote de humo del esbirro uniformado en esta España franquista.

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