Decadencia política

Decadencia política
Felipe VI conversa con el presidente ruso, Vladimir Putin, en la ceremonia de inauguración de la Exposición Internacional 2017

Por Arturo del Villar

La degradación general de la sociedad alcanza especialmente a la actividad política. La oratoria que fue la señal principal para juzgar las cualidades de los políticos se ha convertido en un griterío propio de un mercado

Así aceptamos impertérritos nada menos que al presidente de los Estados Unidos de América, Joe Biden, pronunciar un discurso el pasado día 21 de febrero, durante un viaje por la costa Oeste para recoger fondos con destino a su campaña con miras a repetir su triunfo en la próximas elecciones, que es un ejemplo de lo que no puede ser un discurso político. Según recogieron todas las agencias de Prensa, declaró muy ufano: “Tenemos aun loco hijo de puta como Putin y otros, y siempre nos tenemos que preocupar por la amenaza de un conflicto nuclear.” Esto lo afirmó el presidente del único país que ha empleado armas atómicas para ganar una guerra, que invade naciones con disculpas falsas, como decir que poseen armas de destrucción masiva nunca encontradas, o que ni siquiera busca disculpas para hacerlo, porque nadie se atreve a censurarlo.

La nación poseedora de más armas de destrucción masiva esta presidida por un viejo inculto que utiliza un lenguaje tabernario en sus discursos políticos. Su principal competidor, Donald Trump, no puede criticarlo porque su oratoria es más pedestre todavía. La única explicación aceptable es que el presidente Putin, tan moderado en sus discursos, les pone nerviosos.

El triunfo obtenido en las elecciones presidenciales este fin de semana en la Federación de Rusia, con un 87,32 por ciento de votos favorables, según la Comisión Electoral Central, hace enfermar a los políticos de escasa categoría y les incita a decir estupideces. Un ejemplo lo tenemos en las declaraciones hechas por el ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel Albares, con una demostrada incompetencia, que al conocer el triunfo verdaderamente espectacular de Putin tuvo la osadía de afirmar: “Las elecciones presidenciales en Rusia no pueden considerarse democráticas.”

No le parece democrático que en el vasto territorio de la Federación de Rusia, tanto que los comicios se han prolongado durante tres días debido a las diferencias horarias, haya votado libre y mayoritariamente el pueblo, hasta el punto de resultar estas elecciones presidenciales las que han obtenido mayor participación desde las primeras en 1991. No se ha producido ninguna impugnación por parte de los otros tres candidatos derrotados.

Pero al ministro español no le parecen democráticas estas elecciones en las que se ha elegido al presidente de la nación más extensa del planeta. Los ciudadanos de la Federación de Rusia tienen la facultad de elegir ellos a su presidente, cosa que a los ciudadanos españoles nos está prohibida. El militar genocida provocador de la guerra civil, de la muerte de un millón de españoles, del exilio de otro medio millón, y del encarcelamiento de toda la población durante treinta y seis años de dictadura sanguinaria, designó a una marioneta suya para sucederle con el título de rey, y todos los vasallos lo aceptamos por miedo a las mortales represalias.

Según Albares las elecciones presidenciales en la Federación de Rusia no han sido democráticas, pero no podemos compararlas con las españolas porque en el reino no se elige al jefe del Estado, puesto que es vitalicio y hereditario, y quien se atreve a discrepar es condenado a cárcel y multa si no tiene la suerte de conseguir exiliarse antes.

La persona del rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad, según la Constitución elaborada para justificar su figura impuesta por la única voluntad omnímoda del mayor criminal de la historia de España. Por eso puede hacer lo que le dé su real gana, que nadie lo criticará, y si alguno lo hiciera desaparecerá sin dejar rastro. Podría incluso darse el caso de que quisiera reunir una fortuna de dos mil millones de euros mediante comisiones fraudulentas, o disfrutar de un harén de mil quinientas barraganas bien pagadas con cargo a los Presupuestos Generales del Estado, que nadie se atrevería a pedirle cuentas. Todo eso sería democrático, según Albares, y el que no lo crea es un mal patriota, en esta pobre España sin honra.

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