El terremoto de Valdivia

Nubia Becker*. LQS. Mayo 2020

El pasado 22 de mayo se cumplieron 60 años de uno de los mayores desastres naturales de la historia, Terremoto de Valdivia, tuvo una magnitud de 9,5 MW, siendo el más potente registrado instrumentalmente en la historia de la humanidad. Lo recordamos hoy con este relato de la pluma de Nubia Becker

Yo digo que la Lily era así, llevada de sus ideas. Siempre, desde chica ella tenía que hacer todo distinto que los demás. No es que fuera mañosa, era terca. Parece que la veo aquella vez del terremoto. Andaba rara. Como los pájaros, que pían cuando va a pasar algo, ella andaba sin paz. Esa noche anterior se levantó sonámbula. De balde uno le preguntaba ¿qué le pasa? ella no respondía. Pero algo presentía, se le notaba. Y el día del terremoto ella lo presentía. En cuanto aclaró se puso a mirar para el monte a ver salir el sol y no quiso abrigarse ni menos tomar desayuno.

Porque lo que pasó fue algo como fin de mundo. Un terror nos heló los huesos. Ahí estaba uno, en el borde mismo del cataclismo, en el ojo del desastre, sin tener amparo en nada. Una desgracia fue lo que fue. Y con maremoto, ¿me lo va a creer? Una ola como algo vivo de fuerza descomunal vino después y arrasó con cuanta cosa encontró a su paso. Se llevó los puertos y las caletas de toda la zona. Dejó barcos varados a media falda en los cerros y, según cuentan, plantó uno más grande que un granero en la plaza pública de una ciudad lejana. El tal barco llegó a ese pueblo perdido en la montaña en la cresta de la ola que entró por el río. ¿Cómo? -digo yo- ¿cómo pudo entrar? Lo único sería que ese río enhebre con el mar, decía mi mamita. Si no ¿cómo iba a ser que esa tromba endilgara derecho de ida y vuelta? Usted no me va a creer, pero dicen que cuando la ola se devolvió se llevó la iglesia llena de gente. Ahí iban ellos sin saber qué pasaba y pidiéndole al Señor el perdón de los pecados y su misericordia. ¿Cuándo habían soñado ellos con llegar al mar?

El maremoto cambió la figura de las tierras y dejó sin señas las playas. No solamente se llevó los árboles y las casas de la gente; arrancó de cuajo las rocas como catedrales donde anidaban los pájaros costeros que, por tanta pérdida y por el miedo, no se volvieron a ver por estos mares. Se perdió todo y el progreso, y se hizo más difícil la vida por el olvido de la gente de hacer con poco mucho, como antes. Las ciudades se desocuparon y fue como si una guerra hubiese pasado dejando la ruina y la soledad.

Nosotros estábamos en el campo con la señora Isabel y las niñitas. Me recuerdo que había sol ese día. Un día clarito y tibio para ser mayo. Menos mal, así la gente estaba afuera paseando o trabajando en el jardín para aprovechar el sol. Eso los salvó de morir aplastados. Fue después de almuerzo cuando comenzó. Con ruido empezó. –Buuu –sentía ese ruido como de trueno que venía de abajo y fue creciendo y la tierra que se meneaba como una callana. Algunos dicen que ya de temprano los animales lo sentían venir, como la Lily, que andaba tan rara. Y uno no sabía qué hacer en medio de ese sismo, si salir corriendo o esperar sosegada que se pasara. Porque tendría que pasar pensaba yo. Pero no. No pasaba nunca: temblar y rugir la tierra y el estruendo de las cosas que caían. Era de ver las sillas bailando alrededor de uno. Las mesas y los muebles se movían de un lado al otro y los estanques se vaciaron, -no ve que el movimiento de la tierra disparó las aguas por el aire.

Cuando al fin acabó la tembladera, la señora Isabel bajó como pudo por una escalera que puso José y salimos en tropel al patio para mirar los rastros de aquello tan tremendo que pasaba, y cundo lo vimos no atinábamos a nada

No sé cómo fuimos a dar al comedor de diario, menos la señora Isabel que estaba arriba en el segundo piso. Entonces con José, el mozo de casa, y las niñitas nos ganamos para el lado de la puerta y ahí nos quedamos, hincaditos en el vano que es el más firme, y vamos golpeándonos el pecho ¡Misericordia, Señor misericordia! El corazón pun, pun, pun, apretado de tanto miedo. Y póngale llorar y rezar, y no acababa nunca. Entremedio se sentía el desbarajuste que estaba quedando en la despensa con los frascos de conserva que se venían al suelo, y el ruido de los cristales rotos y de la porcelana que se caía de las vitrinas del comedor.

Hubo tiempo de fijarse en todo, cómo sería, y en la polvareda como de fin de mundo que se levantó quien sabe de dónde de tan largo que fue el terremoto.

La señora, desesperada sin poder bajar porque la escala se partió en dos al primer remezón, gritaba: -¡Rocío, Lily¡ No salgan al patio. Pónganse debajo del marco, es más seguro. Lily, Lily dónde estás, responde, por favor no salgas -le rogaba a la Lily.

-Elsa, sujeta a las niñas –me gritaba la señora Isabel. Nerviosa ha de haber estado la señora, presa en el segundo piso mientras todo se venía al suelo.

En eso sentimos un estruendo, como de avalancha. Era la chimenea de cemento que se vino al suelo por la parte de delante de la salita y se desparramó como migas por el jardín. Miramos para afuera y entre la bruma de la polvareda vimos que la pieza donde se hacían la mantequilla y el queso estaba en el suelo. La Lily ni se inmutaba, al contrario, con los ojos fijos en el patio me dijo: –¡Mira, Elsa, el tractor viene andando a saltos y se va derechito a la noria! Y ahí venía el tractor andando solo por esa ondulación sin fin que no paraba nunca y parecía una eternidad lo que duraba.

Cuando al fin acabó la tembladera, la señora Isabel bajó como pudo por una escalera que puso José y salimos en tropel al patio para mirar los rastros de aquello tan tremendo que pasaba, y cundo lo vimos no atinábamos a nada. ¡Qué contiene esto, mi Dios¡ -decía yo. Ahí estaban los dos galpones grandes en el suelo. Todo el frente de la casa estaba hecho montón en el jardín y dejó a toda pampa el dormitorio de la señora, el pasillo y el salón. Las ventanas que quedaron paradas, tenían los vidrios rotos. Pero, lo peor fue cuando vimos las grietas en el terreno. A todos nos bajó el temblor de espanto que nos tragara la tierra.

Don Felipe llegó en ese momento de Valdivia. Se bajó del auto como un loco. Medio gritando y con los ojos saltados, dijo que todo estaba en el suelo, que en el río no quedó lancha buena porque se estrellaron unas contra otras y se hicieron astillas todas, que calles no había y que no se sabía cuántos muertos podrían haber bajos los escombros.

Quedamos atontados. Una cosa así como parálisis, sin fuerzas para ordenar, el desastre nos bajó a todos. Pero la señora, con los nervios nos mandaba a una y otra cosa. –que Elsa haz esto, que lo otro, pero yo no atinaba a nada. A duras penas buscamos velas, llenamos las lámparas de parafina y, con José, medio apuntalamos frazadas y sacos en los huecos de las paredes porque el frío era mucho. Para lo único que nos dio el ánimo fue para ir cortando camino por donde fuera a ver la casa del pueblo y novediar lo que estaba pasando.

Lo que vimos fue una ciudad convertida en un montón de escombros. Sin luz, sin agua; incomunicada. Por todas partes se veía gente desesperada por el miedo. Las mujeres se me quedaron grabadas. Sus caras eran como máscaras de yeso. Se aferraban a sus niños como si se los fueran a quitar y, con ellos colgando, se movían nerviosas. En medio de su congoja mandaban y daban órdenes a los hombres para juntar provisiones, buscar ropa y hacer carpas con lo que podían. Y bien hecho, porque ya nadie volvió a entrar a sus casas o a lo que quedaba de ellas, y los que se quedaron después de la evacuación se pasaron el invierno a la intemperie. Aquello era un disparadero de gente andando de un lado al otro como en una procesión sin destino. Vagando por aquí y por allá, saltando por encima de los escombros busca que te busca lo que no se encuentra.

Frente a un teatro en ruinas. Un grupo de mujeres y hombres rastreaban a sus hijos sin poder hallarlos, porque los niños de esa matiné, al no tener quien los sujetara, salieron en tropel al primer envión y se fueron a vagar por cualquier lado para ver lo que pasaba.

Yo andaba con la Lily de la mano cuando en una calle de escombros vimos a los difuntos. Me persigné. La Lily no quiso; de susto, quizás. Ahí en filita estaban los finados, uno al lado del otro, ordenados en hilera por los bomberos: los trabajadores de la cooperativa lechera, enteritos empolvados como fantasmas los pobrecitos. Más allá los cuidadores de una fábrica de zapatos, otro de la curtimbre y veinte obreros de la cervecería que se les vino encima como si fuera de arena. Una desgracia. ¿Qué será de sus mujeres, de las criaturas que dejan? ¿Qué pecado estarán pagando? -me decía yo. Varias niñas de la casa de huérfanas murieron; porque ellas no salen de paseo. Por ser un día de sol la gente estaba fuera de sus casas y eso los salvó. Pero el perjuicio mayor que hizo el elemento fue en la tierra –no va a creer -la tierra se hundió varios metros y la inundó el agua. ¿Qué más podía hacer uno? Nos volvimos al campo.

El maremoto fue el que se llevó más gente. Ese sí que dejó muertos y ni siquiera tuvo que botar las casas, se las llevó enteras. El mar las arrancó de raíz y se las tragó, y se tragó también varios pueblos y caletas. Desaparecieron para siempre.

Nosotros ahí, con el credo en la boca, no sabíamos nada. Estábamos incomunicados del resto del mundo por aire, por tierra, por mar y hasta por la radio. Recién en la noche, un carabinero del retén de Mehuín que llegó en Jeep cortando camino por donde pudo, contó lo del maremoto. Todos lo escuchábamos sin poder creerlo, porque lo que contó era como el desvarío de un loco.

Dijo que el mar después del terremoto se había ido. Que se retiró tan adentro hasta perderse. Y tanto fue lo que retrocedió que no se divisaba nada más allá del horizonte. Dónde había estado el mar ahora solo se veía un fondo marino lleno de algas y peces boqueando, sin hallar cómo moverse en entre ese mundo de cosas que es el fondo de las aguas y que ahora se veía como un valle de desastres.

Ante eso -dijo el cabo-, nos alertamos ¡Algo pasa¡ “Que salga el cabo Fuentes a inspeccionar y nos informe, y que la patrulla recorra el pueblo para alertar a la gente” ordenó el teniente.

-Como si los estuviera oyendo, el carabinero contó que el alcalde de mar subido en la torreta de la caleta tocaba por si acaso la campana. Pero que fue en vano –dijo- “Fue en vano, porque antes que se pudiera hacer algo, por allá al fondo, lejos, en la línea misma del fin del mar, una cosa como una montaña gigantesca de espuma blanca, una nube inmensa que salía de abajo, algo como si una gran olla de leche se estuviera subiendo más y más y avanzar como celaje hacia la playa. Por suerte nosotros agarramos carrera para el cerro detrás de los mapuches, que en cuanto olieron el desastre partieron al monte. Sí, ellos saben lo que pasa en estas cosas de fenómenos que suceden en la tierra y en el mar. Hasta de los trastornos que pasan en el cielo conocen ellos. Y por eso nos salvamos. A los demás se los llevó la ola… No quedó nada… El mar se lo llevó todo” dijo el paco dando un suspiro y continuó. “De arriba del cerro se veía cómo iba y venía la torreta con alcalde y todo tocando la campana sobre esa inmensa ola, a barquinazos, de un lado a otro, chocando con lanchas, con casas, con cristianos aferrados a los árboles, y animales que iban de acá para allá y que desaparecían y volvían a aparecer. El mar como que jugaba con ellos. Un rato los tiraba mar afuera y al rato se divisaban a lo lejos encima de la ola, entre un cuánto hay de cosas que se iban por las aguas, hasta rocas flotando como si fueran a navegar, pero que al fin desaparecieron.

El mar siguió, como si nada, y de repente se quedó ahí, sosegado un rato, para volver de nuevo en marejadas que llenaron la playa de tablas, de bañeras, cocinas, máquinas de coser… y luego ya botó cuerpos descoyuntados y desnudos que iban y venían con la marea, porque nadie se atrevía, recién pasada la tromba, a bajar para sacarlos”

Temprano, al día siguiente, a la Lily se le puso que teníamos que ir a ver a la gente de la costa. La señora dijo que sí y que aprovecháramos de ver cómo había que quedado la casa de la playa. Partimos amontonados en la camioneta. De carretera no quedaba ni muestra. Los bloques de cemento estaban desparramados por las pampas, y las grietas abiertas como abismos no dejaban avanzar. De puentes ni hablar: no quedó ni uno.

-Yo eso lo vi todo porque la señora me dejó ir con ellos para ver a mi comadre Angelina que vivía para ese lado de la costa. Nos fuimos buscando caminos vecinales por aquí y por allá. La gente lugareña, descompuesta por el miedo, se arrimaban al paso para noticiarse si habíamos visto a tal o cual que andaba en la ciudad y no había llegado de vuelta. “Que mi hijo está en la milicia y nada se de él. Dicen que se cayó el regimiento. ¿Qué me dice usted?”. “Y mi marido que se fue al molino para hacer chicha y no llega. ¿Cómo será eso?”, “Se ha sabido que en Toro Bayo una grieta se tragó un tractor. Aquí mismo, don Pancho Fusch murió de porfiado por no hacer caso de quedarse adentro y al salir lo mató el botagua de su tremenda casa”. “Y dicen que no hay velas, ni provisiones, que la están acaparando. No se sabe qué haremos. Ahora sin luz estamos ordeñando a mano y las vacas se están dañando, no ve que hay tanto animal que ya no se da abasto en la faena. Y dicen que esto va a seguir y que viene otro más grande”. “¿Qué será esto, Dios mío? ¿Algo que estamos pagando será para que nos castigue tanto Dios? Mire como sigue temblando ahora mismo”.

Así era el camino: como un vía crucis.

Cuando llegamos a la caleta no la reconocimos como lugar antes visto. Nada era familiar en ese desierto oscuro que teníamos adelante: ni playa, ni árboles, ni casas. Todo había cambiado, hasta el cielo creo yo, porque el cielo siempre le da figura a algo y ahí no quedaba nada, solo gente como sombras, como almas en pena. Como fantasmas morados por el frío, mojados hasta los huesos y descalzos recorrían ese mar de escombros, doblados en dos, con una mano sobre el pecho y con la otra tapándose la boca para que no se le escapara el horror y la amargura que era lo único que los sostenía en ese segundo día después del maremoto.

Calladitos por la pena bajamos de la camioneta y fuimos hacia la gente. Nos abrazamos con ellos sin ser capaces de decir nada. La Lily aferraíta de mi mano. Comenzamos, igual que ellos, a caminar entre los escombros buscando cadáveres. A cada rato sentíamos gritos en algún lugar de esa inmensa playa desolada donde la gente corría para reconocer al muerto que había devuelto el mar y para ayudar a arrastrarlo hasta las lomas, no fuera que la marejada se lo volviera a llevar. En eso pasamos horas. En una de esas, no sé cómo, se me soltó la Lily y se fue separando de nosotros. La llamé, pero ella buscaba algo debajo de una pila de algas. Como no venía, nos acercamos, entonces ella nos mostró el cuerpito desnudo de una niña pequeña y, sin dejar que nadie la ayudara, se sacó el sweter, la tomó en brazos y la envolvió. Yo me batí a gritos y la gente de la playa corrió hacia nosotros…, de entre los que vinieron, una mujer entumida de frío recibió en sus brazos lo único que le devolvió el mar de lo que fue su familia: esa niña color violeta que le entregó la Lily.

* Nubia Becker Eguiluz, es licenciada en Literatura. Fue militante del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Sobreviviente del centro de tortura y exterminio de Villa Grimaldi, durante la dictadura del general Pinochet. Es testigo de cargo en numerosos procesos seguidos contra criminales de aquella dictadura.
Ha publicado: Recuerdos de una mirista (1986); Sistematización de la experiencia de defensa de los Derechos Humanos en Chile, estudio para la Asociación Latino Americana para los Derechos Humano (ALDHU), 1992.
Participó con el relato La guerra de exterminio en ¡Basta! Antología. 100 mujeres contra la violencia de género.
En 1994 ganó el tercer premio del Concurso de Cuentos Artes y Letras de “El Mercurio”
Actualmente realiza talleres de memoria. Producto de tales talleres, se publicó el libro Mujeres en el Mir. Rearmando la memoria, presentado en la Feria Internacional del Libro de Santiago de Chile.
En España publicó en 2018 en El Garaje eddiciones: Una mujer en Villa Grimaldi: tortura y exterminio en el Chile de Pinochet.

Notas:
Terremoto de Valdivia de 1960
Una mujer en villa Grimaldi. Tortura y exterminio en el Chile de Pinochet
Una mujer en Villa Grimaldi: testimonio
Nubia Becker en Madrid. Una mujer contra Pinochet

Síguenos en Facebook: LoQueSomos Twitter@LQSomos Telegram: LoQueSomosWeb Instagram: LoQueSomos

Deja un comentario

Nos obligan a molestarte con las "galletitas informáticas". Si continuas utilizando este sitio aceptas el uso de cookies. más información

Los ajustes de cookies de esta web están configurados para "permitir cookies" y así ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues utilizando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en "Aceptar" estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar