Fantasmas, miedos y fobias y demás compañeras de viaje

Por Albar Arraitz San Martín
Reflexiones alrededor de la Salud Mental en la militancia y la banalización de los cuidados.
Hace menos de una semana llegó a mis manos el manual “Cómo destapar a un infiltrado”. Un trabajo que no quiero dejar pasar de tildar como excelente y quitarme el sombrero hacia las compañeras que han decidido abordar una problemática tan de actualidad, destacando a quienes han sido directamente afectadas en materia personal por grados emocionales.
Siendo así, en estas líneas deseo aproximarme a una cuestión que no estaba pasada por alto, pero merecería ser encarada de manera más amplia en el círculo de colectivos/asambleas a las cuales va dirigida esta -tan importante- publicación y, sin embargo, creo necesaria una reflexión más amplia y que, ojalá, no concerniera entrar en materias de sospecha ninguna.
Me refiero a la salud mental del entorno militante con el/los cuales trabajamos.
Varios puntos de “Cómo destapar a un infiltrado” destacan los perjuicios psicológicos que un determinado protocolo infundado en sospechas de cualquier índole, siendo falsas éstas, pueden ser perjudiciales para una persona y, por supuesto, el colectivo en su completitud.
Mas, en una arcadia imaginaria donde todas las personas de un colectivo nos conozcamos por motivos tan al alimón como ser vecinas de décadas, pertenecer a una villa de pocas habitantes, conocer perfectamente el espacio laboral del conjunto de compañeras -e incluso, compartirlo-, llegar a acercarse a la militancia por motivos sentimentales, amistosos o familiares: ¿abordamos la salud mental de este entorno? Lejos de empatizar, ¿somos capaces de escuchar y tender una mano a una compañera? ¿Escuchar puede significar acercarse a entender determinados silencios y miradas perdidas? Tras una asamblea o una actividad en conjunto seguida de las típicas “cervezas”, ¿nos tapamos los ojos ante un semáforo en ámbar tirando a rojo al ver que determinados escenarios no son cómodos para alguien en concreto?
Mencionar salud mental y militancia no significa “abrir un melón”. ¿Sería conveniente hablar de apuñalar bancales con bisturíes quirúrgicos?
Si he comenzado aplaudiendo el trabajo que hay detrás del mencionado manual, no puede ser menor el que merecen tantas y tantas personas que sitúan los posicionamientos políticos y su actuación con base en ese conjunto de valores luchando contra ellas mismas y los miedos procedentes al encontrar, sin ir más lejos, un innumerable cúmulo de aversiones que suponga estar fuera de escasos e ínfimos espacios de confort, donde cuerpos y mentes estén protegidas de infundadas -o no- terribles fobias.
Desde pertenecer a una asamblea pequeña, de un barrio pequeño, hasta alcanzar cuotas de poder en una organización vertical, merece una fuerte gestión de responsabilidades.
Cualquier divergencia en cuestión mental, emocional e incluso, imaginativa, dentro de un contexto sociocultural determinado pueden ser causas que, en conjunto con la cotidianeidad vital, suponga fuertes desprendimientos de sensibilidad con relación al dolor.
Uno de los mencionados escenarios es el de la autoridad político-moral que tiene un perfil de “perfecta militante”, caracterizadas por sentar cátedra ante una situación determinada (no obviando que sean personas con un corazón inmenso y en sus hechos se refleje, pero no en cómo es la proyección de su voz al hablar en público o privado). Ante personas que tengan rasgos de alta emotividad, un comentario sin peso político, pero cargado de tono poco asertivo, puede ser causa convertida en fantasma de situaciones que aplicadas al trabajo militante, suponga: 1. Sobreexcitación negativa; 2. Sensación de bloqueo; 3. Frustración; 4. Inacción; ergo, echar hacia atrás a una persona cargada de ganas -y quizá, capacidades- políticas.
Por descontado, vulnerabilidad no significa debilidad; sino responsabilidad de conocernos a nosotras mismas, interiorizando en la gestión emocional trabajando por eliminar represión y dramatismos.
Pero, ¿es tarea fácil?, ¿seríamos capaz de comunicarlo?, ¿es necesario trabajar en eliminar la sensación de victimismo?, ¿es sano o insano crear una barrera?, ¿cómo respirar, autocomunicarnos y equilibrar nuestro ser para no autodestruirnos?
Tantas y tantas preguntas en que muchas nos veremos reflejadas y, tantas otras: no.
Cuestionar lo punitivo ha de suponer que incluso en la pirámide de las inseguridades, tratamos con tantísimas personas como caracteres existen y el desequilibrio expresivo es una de las inherencias que comportan las relaciones humanas.
La mente escribe cifras en cheques que nuestro corazón no puede pagar.
Intrínsecamente, la visualización y la imaginación van descompasados de una determinada realidad y el peso de la validez se posa sobre básculas cuya aguja muestra cifras descompasadas de la realidad, pero: ¿somos conscientes de ser conscientes de estar descompasadas con una lógica? No es redundancia alguna; sino el visualizar nuestro yo en un espacio de igual manera que leemos un texto en llano, pero con la mayor atención a cada palabra, coma, punto, interrogante y exclamación. No es tarea fácil y no existe la ausencia de condicionamientos ni hay una guía perfecta para leer al ser humano sin subjetividad.
Ante la cruel realidad que vivimos en este sistema capitalista y con cuántas herramientas de enorme fuerza cuenta el enemigo, estar dispuestas a luchar cuando, haciendo una analogía en clave de videojuegos, hemos de sortear a gran velocidad las balas de falsa dopamina que lanza el enemigo, plantarse a batallar contra éste y salir de espacios de falso bienestar como la pereza o banales y momentáneas satisfacciones suponen pasos de gigante. Celebrémoslo.
Relacionarse en espacios ideológicos puede formar parte de conductas cotidianas o, en el amplio abanico de grises que responden a una responsabilidad adquirida de manera autónoma, también entra el romper cristales de cohibición y reacciones a amenazas de otro tanto marco de grises que supone aspirar a cambiar las cosas.
Tensión, competitividad, presión, autoestima sometida a resultados de exámenes de personalidad son las claves que el sistema nos pone en el bulevar de la monotonía: Fluir con mochilas de cargas mentales no hacen más que deteriorar la autoconfianza y desprenderla en la inacción previamente mencionada.
Por ello y para despedir estas reflexiones, no se puede dudar que un contexto de militancia política haya de ser un espacio que no comporte incomodidades, inseguridades, momentos embarazosos, personas irritantes y al tanto de ello se está cuando sin resultados a corto, medio o largo plazo, se siguen reformulando luchas que quizá sea conveniente la autocrítica de nefastos resultados sin haber dado un paso en su consecución. Sin embargo, si tras el genocidio perpetrado en Palestina, somos capaces de derramar lágrimas de dolor de acuerdo a una empatía, ¿por qué no somos capaces de poner un poco de nuestra parte para facilitar comodidad a nuestras compañeras? O tan siquiera agudizar sentidos en materia de percepción. Parece más fácil trabajar durante años la elocuencia y oratoria que preguntar en ámbito privado: ¿Necesitas algo / va todo bien?.
Se trabaja en protocolos de prevenir diversos tipos de violencias, ¿Y cuántas veces hemos visto y vivido que se trabaje durante semanas o meses la asertividad en planos de convivencia militante? Marcamos pautas de protocolos cuando una compañera tiene una salida de tono y en grupúsculos criticamos hasta la acusación punitiva sin recapacitar qué hay tras un comportamiento puntual o prolongado, alejado del comportamiento habitual de una compañera en cuestión. Llegamos a abominar la “españolidad” y que tire la primera piedra quien no haya afilado su machete de más rancio abolengo.
¡Estamos alertas ante amenazas y no es el momento de bajar la guardia; sino de mantenerla erguida protegiendo órganos vitales de cualquier organización! Por supuesto, no hay que dudarlo; sin embargo, y como dijo Bertolt Bretch, no por tener el puño cerrado, éste no pueda encontrarse en un guante de seda.
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