La amenaza nuclear en el cine

Pepe Gutiérrez Álvarez. LQS. Junio 2021

Desde nuestra aldea global lo grandes temas universales no puede parecer absortamente desproporcionados, y la verdad es que lo son, aunque esto no significa que no puedas hacer nada, quizás al contrario. Pero el caso es que está demostrado que, sí nos atenemos al espejo del cine, resulta que “la hipótesis” de una hecatombe o un suicidio de la humanidad, la posibilidad de una revolución-de parar el tren antes que se estrelle-, está fuera de cuestión. Este y no otro fue el criterio dominante que expresó un viejo derechista norteamericano en los años cincuenta –con la destrucción mutua nuclear asegurada (MAD)- como trasfondo del slogan: “Mejor muertos que rojos…”.

Aunque actualmente se cree –ingenuamente- que esto ya es historia, la hecatombe nuclear asumió la responsabilidad de extinguir la humanidad en los hechos y en la ficción de la segunda mitad del siglo XX, realidades concretas ilustradas por tirulos como “Fail-Safe” (Punto de partida, 1964), una telefilme de primera categoría de Sidney Lumet (de la que existe un “remake” de Stephen Frears con Richard Dreyfuss y George Clooney…).

Entre todos sobresale la genial sátira de Stanley Kubrick, “Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb” (EUA, 1964), y la más reciente “Trece días” (Thirteen Days, Roger Donalson, EUA, 2000), verdadero ejemplo de cine de investigación sobre la “crisis de los misiles en Cuba…Pero entonces, el problema no era tanto que quien ganara, sino que perderíamos todos, los malos y los peores. Esta última además plantea otras cuestiones, cómo quien decide quien sí y quien no ha de tener armas de destrucción masiva. Por ejemplo, en relación al Estado sionista no se discute, y tirando de este hilo llegamos a la actualidad cuando este tema nos lleva al desastre absoluto que han sido las dos guerras del Golfo y todo lo que conllevan.

Conviene recordar aquí que, como ocurre en otros temas como la muy cinematográfica que se dirime entre los “halcones” y las “palomas”… norteamericanas, algo parecido sucede con el cine apocalíptico en el que el mal estaba obviamente representado por el “Imperio del mal”, lo que no excluye la existencia de verdaderas obras maestras del “fantástico” de serie (baste mencionar la magistral Invasion of the Body Snatchers (Donald Siegel, 1956), sobre la que se han efectuado varios “remakes” nada despreciables.


Pero después de la desaparición de “enemigo rojo”, la premonición apocalíptica, después de algún paseo sobre hipotéticas invasiones extraterrestres como la del declinante Tim Burton: “Mars Attacks!” en  una suerte de presidente Trump (Jack Nicholson tiene que bajarse los pantalones ente ante una “invasión marciana”, en la que estos humillaban desvergonzadamente al presidente del imperio elegido por el dedo de Dios). Se desplazó hacia el “calentamiento global”, hacia un medio ambiente, que de entrada, significaba una victoria contra la oligarquía revisionista que tan bien representa entre nosotros el “gran” Aznar.

El Apocalipsis ecológico pasó a ser entonces el mecanismo de extinción más común de las superproducciones. Desde entonces hemos contemplado en las pantallas maremotos, Asteroides, glaciaciones, desertización, inversiones magnéticas y en muchos casos con descripciones tomadas de una documentación sobre los desastres que se informan, y ante los cuales se nos quiere convencer de que al final no pasará nada. Sin embargo no hay más que mirar hacia la expoliada África de la que su juventud huye jugándose la piel.

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