La amenazadora otredad

Juan Gabalaui*. LQS. Junio 2019

Racionalizamos la existencia de cárceles y campos de concentración de inmigrantes y refugiados, las expulsiones y la segregación de gitanos o la conversión del musulmán como chivo expiatorio universal

Estamos constantemente en relación con los otros. El otro está definido por la diferencia y la semejanza, lo que nos hace diversos y lo que compartimos. La connotación negativa de las diferencias es una construcción cultural y forma parte de la narrativa hegemónica europea que está detrás de la esclavitud, el periodo colonial y el rechazo a la inmigración. La construcción de un otro amenazante es un elemento necesario en los discursos racistas y excluyentes. Así se construyó al negro, al judío, al gitano o al musulmán. Etiquetas que fueron significadas como amenaza, inseguridad, desconfianza, peligro o subhumanidad. Ladrones, violadores, traicioneros y asesinos. Estas categorizaciones las fuimos heredando generación tras generación, dando por cierto lo que fue construido por otros en base a sus miedos y prejuicios. Es una construcción porque se refiere a que antes no existía, pero en un momento histórico estas significaciones fueron creando cuerpo, se fueron elevando y compactando. El judío no era avaro sino que se construyó como avaro. El gitano no era traicionero sino que se construyó como traicionero. El negro no era un salvaje sino que se construyó como salvaje. Esta es la narrativa que se impuso y que con el tiempo derivó en la Gran Redada gitana, el Holocausto o el Apartheid.

Estamos constantemente en relación con los otros. Más con unos que con otros. Aplicamos nuestro heredado cordón sanitario. Lo aplicamos a las personas que llamamos negros, gitanos, judíos, musulmanes o inmigrantes. Son los que nos atemorizan, los que nos invaden, los que quieren acabar con nuestro modo de vida. Entre la cercanía y la lejanía optamos por esta última. A lo mejor un ligero contacto para acallar las vocecitas que nos dicen que somos racistas. No, no lo somos. Nos lo repetimos una y otra vez para que nos quede claro que nuestro rechazo a la inmigración y la demonización de los musulmanes no tiene que ver con el racismo sino con cualidades intrínsecas de esos otros violentos. No somos nosotros. Son los otros. Racionalizamos la existencia de cárceles y campos de concentración de inmigrantes y refugiados, las expulsiones y la segregación de gitanos o la conversión del musulmán como chivo expiatorio universal. Nos armamos de argumentos y concertinas para decir al mundo: ¡son ellos! ¡No se quieren integrar, no respetan las leyes, nos quieren imponer sus costumbres! Son ellos. Nosotros, blancos y occidentales, representamos la pureza, la bondad, la humanidad en mayúsculas. Somos la luz. Los otros, que dejaron de ser personas y se convirtieron en negros, gitanos o musulmanes, son la oscuridad.

Esta visión blanconegrista y la narrativa que convierte a los otros en enemigos forma parte del ideario de los partidos de extrema derecha que han surgido en las últimas décadas. Este rechazo del otro se alinea con la construcción identitaria apoyada en el nacionalismo y en los valores conservadores. La extrema derecha europea defiende los intereses de blancos, nacionalistas y cristianos. Los defienden en los parlamentos. Alternativa para Alemania (AfD) entró en el parlamento alemán 74 años después de que lo hiciera el partido nazi. VOX entró en el parlamento español 40 años después de que lo hiciera Fuerza Nueva. Hungría, Polonia, Austria o Italia están liderados por partidos de extrema derecha. No sé si necesitamos más señales de alarma. El discurso del otro como enemigo y la identidad construida contra el otro empieza a abrirse camino. Estas narrativas y este movimiento identitario crecieron subrepticiamente bajo el ala de los partidos que se consideran derecha moderada. Fueron los líderes de estos partidos los que pusieron encima de la mesa estos discursos y los que implementaron medidas contra las personas, el otro diferente, el otro enemigo. Se decían a sí mismos que así los tenían controlados pero lo que ocurrió es que los fueron alimentando hasta que llegó el momento oportuno para que empezaran a andar por sí solos. Regaron la semilla que saben que se encuentra en todos nosotros, la del miedo al otro.

Los discursos racistas son ahistóricos a pesar de las constantes referencias a la historia de sus voceros. Pretenden convertir sus narrativas en la esencia de las naciones y en inherencias de la naturaleza humana. Todo lo que contradiga esta mitología se debe combatir. Adoran una pureza que no existe cuando estamos hechos de retales de otros. Se convierten en fanáticos, versados del odio y del desprecio y hostiles hacia culturas, naciones y personas diferentes. Esta realidad es la que empezamos a vislumbrar de nuevo en la Unión Europea, con sus preocupantes réplicas en distintas partes del mundo. Ponemos encima de la mesa el uso de concertinas, la construcción de muros, la lógica de las muertes en el Mediterráneo, las cárceles de inmigrantes, los campos de refugiados, las redadas policiales racistas, la persecución de las personas sin papeles, la demonización del musulmán, la lógica del otro como enemigo. Empezamos a aceptar que esto es así, que hay que parar la inmigración invasora, luchar contra los musulmanes terroristas, expulsar a los inmigrantes ilegales que se aprovechan de las bondades europeas, concentrarles en espacios controlados y que si no quieren morir ahogados que no se suban a una patera. Estas ideas ya están colonizando las mentes de nuestros vecinos. Quizás las nuestras. El siguiente estadio será que, si no ponemos límite a esto, el horror explosione en nuestra cara.

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* El Kaleidoskopio

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