Master and servants

Ayer veía una serie inglesa sobre señores y criados de esas que tan bien se les da realizar a directores y actores de la Gran Bretaña. No es nada nuevo lo que se aportaba; el esquema central es el de siempre, sólo cambian las circunstancias superfluas, vaya, como en la vida misma. Llámenme dura de corazón pero nunca suelo empatizar con los problemas de la nobleza inglesa, sus tragedias no me hacen compadecerme de sus tristes dramas sociales, pero no caí en la cuenta hasta ayer de que quizá el resto de los que ven estas películas sí lo hacen: sufrir por las desgracias de los ricos. Los ricos también lloran, aunque seguro que no por los mismos motivos que los pobres, un matiz muy importante.

Ayer también mi amigo que trabaja en una multinacional, de momento, me comentó que uno de los grandes sindicatos, de esos que coaccionan al no afiliado para llevarlo a su guarida con el argumento de que si no lo hace se queda en el más absoluto de los desamparos, me dijo que este sindicato había propuesto a la empresa trabajar también los fines de semana en turnos de dudosa legalidad, bajo la justificación de que la empresa lo necesitaba en este momento. Mi amigo ayer no cayó fulminado por sobredosis de estupor de milagro, o sea, que el sindicato estaba para velar por los intereses de la pobre empresa, los trabajadores eran menos que secundarios, extras de los que hay a patadas por un plato de sopa.

Por eso quizá al ver en la serie cómo un criado más papista que el papa defendía los intereses de la Casa por encima de la solidaridad con los de su clase, tracé una conexión entre mi amigo y el recriminado, que no sentía la necesidad de lamer los zapatos de nadie. Y lo entendí, el servilismo decadente de finales del XIX y principios del XX que retratan estos culebrones de alto standing no ha muerto, se ha transformado; en la actualidad no te llaman con una campana, lo hacen con un mensaje de móvil, pero se sigue acudiendo, alguno con auténtica devoción. Ahora el encargado del servicio son algunos sindicatos, preocupados por su fidelidad al consejo directivo de la empresa, que ríen alborozados cuando la patronal les pasa la mano por la espalda y juegan a ser responsables como la oposición que dicen harán los socialistas, pasando por encima de sus afiliados y votantes para tener contento al señor.

En el diccionario de la RAE van a tener que abrir otra acepción de responsabilidad que rece como acto de dejarse sodomizar a cambio de no perder la posición vendiendo al resto que lo tiene que hacer gratis o incluso pagando. Los intermediarios, que no interlocutores, pues para eso tiene que haber un diálogo no un comunicado con la sentencia confirmada, lo saben. Ellos saben dónde debe estar cada ficha del servicio y en el organigrama de la empresa quién debe tener privilegios y quién no, quién a pesar de ser servidor es, a su vez, servido por el resto del servicio, estando su fidelidad al lado del patrono que le deja llevar una levita distintiva o que le exime del uniforme de sirviente. Y a pesar de ser evidente, de ya saberlo, me subió la bilis a la boca.

Los sindicatos mayoritarios tienen dos caras, como el símbolo del teatro, la sonrisa para arriba y el llanto para abajo; mueven desesperadamente la cabeza como en un frenético partido de tenis y puede que, de tanto ejercicio malsano, se les caiga al suelo. Acatan las órdenes nadando y para que no les roben la ropa nos sacan de paseo a manifestarnos, y no porque nos llamen ellos vamos a dejar de hacerlo, porque las calles ni eran del ensalzado Fraga, ni de nadie más que del pueblo, aunque a veces nos las quieran robar a palos. Así nos manifestaremos las veces que haga falta por decisión propia para airearnos, pero creo que en este momento nuestra pataleta es sólo para hacer catarsis colectiva, porque a quien tiene que recibir el mensaje se la trae al pairo que salgamos de paseo con silbatos y pancartas; eso no les duele en el bolsillo que es donde reside su orgullo.

Tenemos que ejercer otras medidas de presión; la primera, la Huelga General. Paremos el país y no sólo un día, que no nos vengan con que es un ejercicio de irresponsabilidad en tiempos tan críticos porque nuestra gran irresponsabilidad es hacer dejación de la defensa de nuestros derechos, dejar que nos atropellen, que nos expolien, que nos despojen de dignidad, que nos desahucien y nos hagan invisibles.

Artur Mas sigue diciendo que ya nada volverá a ser lo mismo y que tenemos que hacernos a la idea por nuestro bien y que no le temblará el pulso al dejar caer la guillotina sobre el estado del bienestar, concepto decadente y obsoleto por decisión de los insaciables mercados. Por eso anda mandando su gobierno power points a los funcionarios explicándoles las medidas permanentes que van a tomar, porque ya nada volverá a ser igual; entre ellas, muchas que no son económicas, sino simplemente recortes de derechos en la campaña de alienación y desaparición de la función pública. Para el que no se solidarice con este colectivo que se ha buscado en ciertos de sus sectores la desafección a pulso por su falta de solidaridad, funcionario no es sólo quien, emulando a los personajes de El Proceso de Kafka, te vuelve loco; es también quien, un día, quizá tenga que salvarte la vida si llegas al horario indicado para ello, no más tarde de las cinco en según qué poblaciones.

Dicen que la imaginación al poder ¿no? Pues los trabajadores que no vean en riesgo su puesto de trabajo que agudicen el ingenio y que vean qué medidas pueden tomar para luchar contra esta situación en la que estamos, que si nos lo hubieran contado hace unos años no hubiéramos dado crédito. Ahora son los responsables de la “crisis” los que no dan crédito. Y lo que nos queda por ver si no actuamos. Pequeñas victorias suben la moral para ganar la guerra. Cuánta información hay por ahí (a la que algunos tienen acceso) que debe salir a la luz y que podemos hacer circular por los medios alternativos, blogs, redes sociales y listas de correos para despertar conciencias. Dejemos de criticar a quienes hacen huelga o salen a la calle porque nos hacen llegar tarde a algún sitio, porque nos impiden realizar la gestión pensada, nos dejan sin “canguro” o nos hacen caminar un trecho. Es su derecho; defendiéndolo nos defendemos a nosotros mismos.

La hora de la verdad llegó, nos hemos ido dejando descuartizar porque nos dijeron que de ese modo nos salvarían de la falsa gangrena; ahora, si siguen recortando, nos aniquilarán y no tendremos con qué defendernos, porque nos habrán amputado nuestras extremidades, nuestras defensas para evitar que nos corten la cabeza, nuestro pensamiento e ideas, el arma más peligrosa para ellos.

Y volviendo al principio, a la realista ficción televisiva, incluso en esta didáctica serie que tantos paralelismos alberga con la actual situación, cuando la nobleza se tiene que adaptar a las decisiones de los suyos y la hija se quiere casar con un plebeyo, antes del escándalo le inventan al osado paria una nueva biografía, le revisten el oficio de glamour y le dan al apellido hasta escudo de armas. La lástima es que algunos no rezaron lo suficiente como para que no les saliera rana con manguitos.

Y metiéndonos en los fogones de las serviles cocinas del capital, si utilizamos las granadas (cada grano una idea) para hacer desaparecer los mercados llenos de chorizos, sería un buen uso para la fruta de la fertilidad, que tan bien va para la anemia que nos provoca tanto chupón –no obviemos rimas¬–.

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