Todas iguales ante la ley del apagón en las oficinas bancarias

Todas iguales ante la ley del apagón en las oficinas bancarias

Por Domingo Sanz

Aunque yo fuera multimillonario, ni siquiera mis herederos podrían impedir que acudiera cada día a la sucursal de cada banco donde tendría colocados mis dineros para que ningún botín se sintiera discriminado.

En esas oficinas realizaría transacciones que solo serían excusas para contemplar la vida donde se mascan las tragedias privadas, aunque también buscaría aumentar el número de atenciones personalizadas para que desde las cimas financieras dejen de dictarse tantos recortes de recursos humanos, condición necesaria para que muchas esquinas, antaño bien vestidas, se sigan convirtiendo en cuevas urbanas okupadas por personas, algunas con trabajos mal retribuidos, pero todas respetando las leyes del mercado.

Aunque cambiara el signo a lo que debo y lo sumara a lo que tengo, todo mi dinero no merecería interés alguno ni para el banquero más pequeño, pero eso no habría impedido que las circunstancias de la vida me llevaran a visitar, en tres poblaciones distintas y durante las dos últimas semanas, cuatro oficinas de dos grandes bancos de nuestra geografía financiera.

La primera era una oficina en un pueblo de cinco mil habitantes a media mañana. De repente, un corte de luz tan mínimo que, aunque también sucedió en mi casa cercana, no fue capaz ni de desbaratar el reloj del microondas. En cambio, sí dejó a oscuras todas las pantallas de la oficina, cajero incluido, y quien me atendía me pidió que regresara a última hora, o mejor al día siguiente. Antes de salir le pregunté si tenían instalado un SAI, o UPS en inglés, y me dijo que no.

La segunda, y de la misma entidad, fue dos días después y en Madrid capital. Allí no se fue la luz mientras ordenaba una transferencia, pero pregunté si se habían quedado a oscuras por sorpresa alguna vez y si tenían un instalado un SAI en la oficina, respondiendo a la primera pregunta que sí y a la segunda que no, es decir, como en el pueblo pequeño donde vivo.

La tercera ocurrió en el centro de la misma capital y el mismo día. Allí no dio tiempo a que se fuera la luz ni a mí a preguntar, pues me atendieron con mucha prisa e insistiendo por tres veces en lo de que el cheque lo tenía que ingresar por el cajero automático, cosa que hice, aunque con el natural miedo a lo que podría pasar con ese dinero si, tras meterlo en el aparato por la ranura correspondiente, se apagara todo en ese instante y yo no sin el documento justificante del ingreso. Lo conseguí, pero salí huyendo del lugar antes de que las puertas se quedaran cerradas. Todo en plena calle de Alcalá, tal chula ella.

Y la cuarta ocasión, ya de regreso a la isla que habito, sucedió en su población más grande, cerca de medio millón, y en una oficina de la misma entidad que la de la calle chula de Madrid. Lo que tenía que hacer era sacar 200 euros del cajero y allí me presento con la mala suerte de que se había ido la luz un instante en todo el barrio. Una de las personas que trabajan dentro salió a hacer otras cosas para aprovechar el tiempo, pero yo, delante de otros clientes que ya se arremolinaban para reclamar su parte del desastre, le pregunté si tenían SAI o quizás estaba estropeado. A usted, que está leyendo, no es necesario que le cuente la respuesta.

Aunque cada vez hay menos, son miles las oficinas bancarias que quedan funcionando, por lo que podrían conseguir un buen precio comprando un SAI para cada una, o varios, que los he visto desde 50.- € la unidad en la primera pantalla que me ofrece el buscador habitual.

Aunque todo puede ser, también me extrañaría que no se hubieran fabricado sistemas de alimentación ininterrumpida confiables contra los apagones de las oficinas bancarias. Los utilizábamos, con éxito, hace más de 30 años en la pequeña empresa privada donde trabajaba.

Pero todo tiene su lado bueno y procede destacar el respeto que a los bancos sí les merece lo de la igualdad, en este caso ante la ley del apagón imprevisto, pues la aplican por igual a todas las personas que, ricas pero aburridas o pobres pero necesitadas, acuden a sus oficinas: a nadie quieren librar de perder el tiempo, que el de cualquiera vale lo mismo.

He sondeado lo de montar una ONG destinada a recaudar fondos que sirvan para garantizar la continuidad energética en las oficinas bancarias y será que no. Mis contactos tienen un olfato especial para las propuestas delirantes, sean cuales sean las metáforas con que las disfrace.

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