Un Dios prohibido

Me metí a ver esta peli por descuido, por ver lo último sobre aquella remota guerra de nuestros antepasados, y…
 
Sin negar aquí unos hechos incontestables: el asesinato a sangre fría de aquellos curas claretianos en la ciudad de Barbastro, en el verano de 1936, mientras eran prisioneros del “comité revolucionario”, parece inevitable contestar a un par de cosas.
 
En primer lugar, que creíamos que ya se habían acabado aquellas películas, y las novelas, de posguerra en las que se achacaba a los “rojos” las mil y una fechorías, tantas de ellas inventadas, como fue el caso de la destrucción de Guernica -“a manos de los mismos vascos del PNV”, según la prensa franquista del momento-.
 
Los que crecimos y nos maleducamos en los libros de texto, en los tebeos, películas y literatura del primer franquismo, no podremos olvidar jamás a un tipo llamado José Mª Carretero (el Caballero Audaz).
 
Este tipo –hubo unos pocos- hizo unas crónicas, a través de unas infames novelas, que merecerían ser releídas y comentadas por los estudiosos, pues, según él, Madrid -desde donde escribe sus novelas- no era más que un lugar de prostitutas y brutales milicianos; un lugar de persecución para todo aquel que no fuese fiel al Frente Popular. En el III tomo de La forja de un rebelde ya Arturo Barea nos dice que Madrid, en los primeros meses de la guerra, fue un auténtico desatino, más achacable a la actuación de ciertos elementos indeseables que al Gobierno mismo -huido éste a Valencia ante el temor de lo que se temía una inminente entrada de los “nacionales”-. Gabriel Jackson también abunda en la falta de autoridad en la zona republicana en aquellos aciagos días, consecuencia también de la huida de quienes debieron imponer ley y orden en esas horas.
 
Tan difícil de justificar, la ejecución, asesinato, como queramos llamarlo de estos sacerdotes en las primeras horas del levantamiento militar contra el Gobierno constitucional, no puede producirnos sino asco y repulsión, pues por muy anticlericales que seamos nunca compartiremos el asesinato a sangre fría, mucho menos en el caso de unos curas, que no combatientes hechos prisioneros en un hecho de guerra.
 
Quizás no nos hubiese ido mucho mejor en aquella guerra pero al menos la Historia no nos arrojaría hoy al rostro los nombres de aquellos pobres diablos que fueron vilmente asesinados por gentes que mejor hubieran estado combatiendo en los frentes, y esto también hay que decirlo.
 
Si algo se me ocurre, además de condenar tan execrable crimen, es decir aquí que, por contra, muchos españolitos tuvimos que esperar al año 1971 para enterarnos de en qué circunstancias habían sido asesinados el maestro de escuela y el banderillero que fueron fusilados junto a Federico García Lorca en aquellas mismas horas, y estos ya no por elementos descontrolados, sino por el Gobierno de los generales franquistas. Tuvieron que transcurrir treintaicinco largos años para que, en una editorial española afincada en París -Ruedo ibérico- y en otra radicada en Argentina –Losada-, un irlandés llamado Ian Gibson, un ingles llamado Gerald Brenan y otro estudioso del tema llamado Claude Cufón, en libros prohibidos aquí por la censura, nos informaran de las numerosas trabas que tuvieron para investigar la muerte del poeta granadino, además de la ejecución de los cuatromil republicanos que cita Gibson en su libro.*
 
Gracias al triunfo de tan ”glorioso movimiento” y al apoyo a éste de la Iglesia de monseñor Escrivá de Balaguer, entre otros, en este país no pudo celebrarse el triunfo de los aliados sobre el nazismo en 1945, con besos y abrazos en plazas y avenidas inundadas de pueblo.
 
No justificaré nunca estos asesinatos, como no justificaré tampoco que fueran llevados a cabo por elementos que practicaban la rapiña en pequeñas propiedades y en tiendas de modestos tenderos. Pero eso no me va hacer olvidar que aún hoy, transcurridos setenta y siete años de aquellas ejecuciones, cuando tanto sabemos ya de iglesias quemadas por los descontrolados, de los asesinados en Paracuellos, en Banyoles y en algunos otros lugares por las fuerzas republicanas; aún hoy hay familiares que están reclamando los restos de los seres queridos, conducidos quizás hasta una zanja cualquiera y exterminados por los mismos que representaban los valores cristianos. Es del todo condenable la muerte del obispo Soldevila, la de las monjas, la del pobre diablo que tan sólo escuchaba la radio de Burgos; pero no esperen quienes encargaron y realizaron esta película que olvidemos que el que fuera Presidente de la II República fue perseguido por los franquistas hasta después de exiliarse en Francia, a pocos pasos ya de su muerte, en un claro intento de secuestrarle y mandarle a España, como a Zugazagoitia y Cruz Salido, quienes fueron fusilados en esas mismas horas ante el silencio papal.
 
Condeno el “fusilamiento” por los milicianos del treinta y seis de ese montón de piedras del Cerro de los Ángeles -también conocido como “cerro rojo”-, en el que se representa al Sagrado Corazón de Jesús. Pero me resulta muy difícil entender que el poeta mas luminoso de España muriera en una celda, de puro abandono, en 1942, mientras los pobres desgraciados de la División Azul morían combatiendo para “derrotar al comunismo” en las estepas rusas, y en la España del señor Pemán se hablaba de restablecer el Imperio y se exigía ¡Gibraltar, español!
 
Es del todo rechazable que estuviera prohibido el culto en aquella España del 36-39, pero también me parece del todo rechazable que, mientras la aviación franquista bombardeaba ciudades, pueblos, tierras de labor donde el español que había propiciado el advenimiento de la II República defendía una Constitución en la que se le reconocía el derecho a ser persona, escuelas, museos y corrales de humilde ganado; en tanto, la católica Iglesia proclamaba a los cuatro vientos su adhesión al “movimiento nacional”, proclamando este como una auténtica “cruzada”.
 
No justificaremos nunca el incendio de las Escuelas Pías de Madrid, pero no pretendan ustedes tampoco que entendamos el donativo de diez millones de dólares al “movimiento nacional” de tan devoto señor como fue Alfonso XIII, en los mismos días en que se exterminaba en Badajoz, en Canarias, en Salamanca, en fin, en todas las tierras donde triunfó tan “glorioso movimiento” bendecido por la “santa madre Iglesia”.
 
Realmente no esperamos el perdón de tan “magnífica” institución, de hecho, nunca esperamos la comprensión de quienes condujeron al “caudillo” bajo palio hasta el interior de sus templos; jamás esperamos ser entendidos por Roma ni por aquellos curillas que hacían instrucción con fusiles auténticos –que no de palo- para combatir a los campesinos y a los obreros que se alzaban contra la explotación, el hambre y la ignorancia: ¿Qué otra cosa cabía esperar de una Iglesia que representa la más brutal alineación del lado de los que siempre estuvieron contra el Progreso, los que siempre hicieron armas contra la Ciencia y el pensamiento?
 
Nosotros: comunistas, anarquistas, masones, socialistas, ateos, maricones y lesbianas no pediremos perdón nunca por nuestros pecados, al menos a aquellos que, en los lejanos días de los vastos entramados de campos de concentración, en los dilatados días de los fusilamientos en masa, de las torturas en Gobernación, del cura con pistola al cinto o exigiendo -ya en capilla el reo- el arrepentimiento, la confesión de sus pecados y el matrimonio por la Iglesia –que el otro no valía-, mientras aquellos “santos padres” hacían desaparecer las criaturas de las parturientas más humildes o cantaban el “gloria in excelsis dei” en El Escorial, mientras el militante comunista era arrojado por el balcón de la Dirección General de Seguridad, mientras el joven estudiante antifranquista caía “accidentalmente” al patio, mientras los obreros reunidos en asamblea eran fríamente asesinados en masa en una iglesia vasca, mientras los huérfanos de los bravos combatientes de la Libertad en Madrid, en Cataluña, en Aragón, Extremadura, los que cayeron en los bombardeos de Barcelona, comían en tristes comedores del Auxilio Social las lentejas de la derrota, -eso sí: bendecidos por el señor cura y presididas éstas por el cristo en la pared y los retratos del “caudillo” y el del “fundador”-; mientras los cuerpos de los libertadores del Valle de Arán rodaban por el pasto en un inútil esfuerzo por llamar la atención de las potencias “democráticas” sobre una España estrangulada en los brazos de los últimos restos del fascismo en Europa.
 
¿Qué decía Pío XII mientras el poeta sevillano Antonio Machado expiraba, a pocos kilómetros de donde  se ametrallaba a los que huían de la represión franquista, mientras los “heroicos” combatientes de la Legión Cóndor desfilaban en la plaza Mayor de Salamanca, mientras el filósofo Unamuno moría confinado por los vencedores en su casa, mientras se fusilaba en nombre de los “valores cristianos” a aquellas jóvenes muchachas conocidas como las “trece rosas”? ¿Qué decía el “santo padre” de Roma, el “vicario” de Cristo, el “representante del Cristo en la Tierra, el director espiritual de tantas almas en el orbe cristiano…mientras ardían los libros “perniciosos” y se saqueaban las bibliotecas y las casas de los intelectuales republicanos que lograron salvarse huyendo a Francia y a Méjico? ¿Qué decía esta misma Iglesia en aquellas terribles horas en que los republicanos españoles hacinados en los campos de Mauthausen, en Buchenwald, en Dachau, morían bajo los castigos, el hambre y las penosas condiciones de su confinamiento? -ante la indiferencia del ministro español de Asuntos Exteriores del momento  (Serrano Súñer), que cuando visitó dichos campos afirmó que aquellos no eran españoles y que hicieran los alemanes lo que quisieran con ellos-.
 
¿Dónde estaban las voces del clero español entonces: cuando se rapaba a la mujer, cuando el aceite de ricino para el blasfemo, cuando la multa por besarse en el parque, cuando el enriquecimiento con el estraperlo, la desaparición del aceite de Redondela, la compra a cambio de unos billetes o unos víveres del cuerpo de la hija del que penaba en Ocaña, por parte del jerarca de Falange; cuando el “lápiz rojo” de la censura para los libros y las películas, cuando los caralsoles obligatorios en el cine y en las escuelas, las perolas en los patios de los cuarteles para los miserables, mientras se celebraban los tedeums por José Antonio? ¿Dónde las voces de la Iglesia, las “pastorales”, cuando se ejecutaba a Cristino García, a Lluis Companys, a Quico Sabater; cuando se fusilaba en la carretera de Carmona y en la Sevilla de Queipo de Llano, en la Badajoz de Yagüe, en todas aquellas tierras donde triunfaba antaño el “glorioso movimiento nacional”? Ya vimos las fotos de los miserables alimentando las hogueras de la Semana Trágica de Barcelona con tallas religiosas, escarneciendo a las momias de los frailes, pero ¿dónde estaban las voces de la Iglesia cuando los hombres eran arrojados a las simas de estas islas? ¿Porqué los responsables de la esa misma Iglesia que tan presto alzó su brazo a la romana para saludar al nuevo orden no lo alzó, así como su voz, con el mismo entusiasmo de entonces -como lo hizo el autor del libro Doy fe– cuando se aplicaba garrote vil al joven Puig Antich; porqué no se excomulgó nunca a aquel que dijo en su día que nadie que no tuviera sus manos manchadas de sangre debería temer nada, mientras fusilaba a cinco patriotas, sólo dos meses antes de reventar cubierto de cables que pretendían prolongarle eternamente la vida? ¿Porqué no alzan sus voces ahora los de la Conferencia Episcopal cuando se invade Irak, cuando se ahorca impunemente a Sadam Huseín, cuando nos informa la tele de los tratos vejatorios y de las torturas en Guantánamo, en Abu Ghraib; cuando se abandona a su suerte a los pueblos palestino y saharaui, después de arrasar los campamentos de protesta? ¿Oyó alguien una sola voz del clero condenando el asesinato por la Guardia Civil de aquellos jóvenes del “caso Almería”? ¿Oyó alguien una sola voz de denuncia contra ese gobierno que incumple sus promesas electorales, el banquero, el desaprensivo que asola el País con sus operaciones bancarias y sus fugas de capitales hacia los “paraísos fiscales”? ¿Dónde estaban aquellas voces mientras se levantaba esa faraónica catedral de la Almudena, mientras los vencidos se arrastraban sus vidas de esclavos de Franco en la terrible oscuridad del Valle de los Caídos; mientras el católico Rey Juan Carlos extermina osos y elefantes y busca el calor de jóvenes cuerpos femeninos más allá de los muros del Palacio de la Zarzuela, en tanto la desesperación entra en las casa más humildes y se lleva las vidas de numerosos españolitos cercados por las deudas, la falta de trabajo y el fracaso? ¿Dónde la mano episcopal que protestara por nuestra incorporación a los ejecitos de la OTAN? ¿Dónde el gesto para protestar por nuestra responsabilidad en el abandono a su suerte del pueblo saharaui, por la masacre de Sabra y Chatila? (se me olvidó que ambos pueblos no comulgan con las creencias de Roma). Sepulcral silencio por las cifras del paro, mientras esta “noble” institución se embolsa una importante asignación anual del erario. Silencio, mientras nuestros licenciados estudian el idioma del nuevo “fürer” para escapar de este importante cepo en que convirtieron una vez más a la Patria; silencio ante los desahucios y ante el escándalo por las “preferentes”. En tanto, el párroco de la iglesia cercana recomienda a sus feligreses que vayan a ver la película. Es una pena que no mostraran el mismo celo en recomendarnos también en su día la lectura del libro El vicario, de Rolf Hokhurt, (prohibido en España en tiempos del ”extinto”), que habla de la cobardía de Pió XII ante la persecución de los judíos (otros que tampoco eran de la secta del templado de Loyola y del apóstol matamoros). Supongo que tampoco se matarían por recomendar a su clientela la versión cinematográfica de dicho libro: Amén, del prestigioso director griego Costa Gavras.
 
¡Curas siempre recién afeitados que no entendían de “cosas terrenas” y entonces rodeados de hombres barbados, de aspecto terrible, sin aparente formación; mujerucas vulgares armadas de botellas de vino y de fusiles e insinuándose a los curas y haciéndoles gestos procaces; gentes grosera y de grito fácil!…¿Qué podía esperarse de un pueblo desesperado: niños de corta edad recogiendo olivas y bellotas en los campos, mujeres muriendo en el parto, a faltan de un médico en la aldea, peones que marchaban a trabajar las tierras del “señorito” con un casco de cebolla bailándole en las tripas, criaturas de cortas entendederas que quizás se fueron a la tumba sin haber oído jamás los compases de la novena de Beethoven o un bendito poema de G A Bécquer? ¿Qué otra cosa podía esperarse de un pueblo educado en la explotación y en la miseria? En cambio, a un sacerdote, a un cardenal, un obispo de la Iglesia se le presupone una vasta formación universitaria, una tolerancia labrada en largos años de estudio, que se supone implican compromiso con el Cristo del madero de Machado, también con los menos favorecidos. 
 
Quiero creer que, en una próxima e inevitable confrontación, las gentes de mi clase habrán aprendido a respetar tanto cristo de palo, tanto lienzo de Zurbarán, tanta piedra levantada “a mayor gloria de Dios”, que no pensando en los que hoy hacen cola a estas mismas horas en la calle Doctor Cortezo, de Madrid, por un plato de comida de la caridad. Espero firmemente que esos millones de parados de hoy, en una posible lucha, no olviden que, a pesar de todos esos templos, esas poderosas catedrales de Burgos, de Sevilla, de Barcelona, de Las palmas de Gran Canaria y de Segovia; además de los congresos eucarísticos y de los “milagros” de Lourdes y Fátima, además de a la “santa inquisición”, esta Iglesia también representa a los cristianos que, como es el caso del cura Camilo Torres, como en el caso de Leonardo Boff, de Monseñor Romero, también representa a los perseguidos, a los que alzan sus voces a diario contra el poder eclesiástico y económico en el Mundo. No sólo representa a Carrero Blanco y a la España vencedora de antaño: la de la represión y la venganza, la de Rouco Varela y las colas en Medinaceli; también es la del padre Llanos, la del “cura Paco”; la de Ernesto Cardenal y la de la “teología de la liberación”; la del compromiso con aquellos que a diario, de una forma u otra, arrojan desde los foros y las calles sus voces y sus piedras contra la devastadora troika.
                                                                                    
Nota:
*La represión nacionalista en Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca. Editorial Ruedo ibérico. París 1971
 

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