Viaje al país de los blancos

Carlos Olalla*. LQS. Julio 2019

Ousman salió de su pueblo sin saber siquiera dónde estaba ese país de los blancos que tantas cosas le prometía y desconociendo absolutamente los peligros que le acecharían por el camino. Él solo sabía que tenía que ir adelante, siempre adelante

“Necesito contar esta historia hasta que no haya más historias como esta que contar” Con estas palabras Ousman Umar explica la razón que le llevó a escribir “Viaje al país de los blancos”, un libro terroríficamente autobiográfico que nos cuenta la tragedia que viven quienes intentan llegar a esta Europa que les cierra su frontera y les obliga a adentrarse en una ruta que asesina a miles de personas cada año. Sin duda esta frase es toda una declaración de intenciones de quien se ha jugado la vida para llegar hasta aquí sobreviviendo a cuantos peligros le acecharon desde que, con trece años, salió solo de su Ghana natal para llegar, cuatro años más tarde, a España. Es una declaración de intenciones y una filosofía de vida porque no dice que nos cuenta su historia para que nadie más tenga que vivirla, sino que nos la seguirá contando mientras haya alguien que esté dispuesto a vivir el sufrimiento y el dolor que él ha sufrido para llegar hasta aquí. Esa filosofía de vida es la que le ha llevado a crear la ONG NASCO FEEDING MINDS (alimentando mentes) porque considera que si los jóvenes de su país supieran lo que les espera en el camino y a su llegada entre nosotros, y tuvieran más oportunidades de formarse y crecer allí, serían muchos menos quienes emprenderían el viaje al país de los blancos.

Ousman salió de su pueblo sin saber siquiera dónde estaba ese país de los blancos que tantas cosas le prometía y desconociendo absolutamente los peligros que le acecharían por el camino. Él solo sabía que tenía que ir adelante, siempre adelante. De nuestro país solo había escuchado una palabra: “Barça”, una palabra que, para él, resultó ser mágica porque, por los caprichos del destino, hizo que al llegar a nuestro país le enviasen a Barcelona donde vive en la actualidad. Por el camino vio morir a sus amigos, a quienes le acompañaban en el viaje, a quienes, exhaustos, se quedaron para siempre en el desierto. Sabemos que son miles quienes mueren ahogados cada año en nuestro Mediterráneo intentando llegar aquí, pero nadie sabe la cifra real de quienes, cada día, mueren abandonados en el desierto: “El primer grupo de cadáveres que vimos nos causó una profunda impresión. Estaban ahí tirados, en medio de la nada, bajo el cielo infinito. De lejos, eran solo unas manchas inmóviles en la arena. De cerca, un grupo de nueve personas, cuerpos rígidos y secos. Cogimos sus cosas, sus pasaportes y lo enterramos. ¿Quiénes serían esas personas?, ¿Quiénes las amaban?, ¿Quiénes estarían esperando noticias de ellas?, ¿Dónde? Ahora solo eran unos cuerpos sin nombre tirados en el desierto, donde ya iban a permanecer para siempre… El desierto está lleno de cadáveres que salpican las dunas. A nosotros, unos mafiosos nos habían abandonado a traición en medio de la nada, sin ninguna explicación. Queríamos llegar al Paraíso, a la Tierra Prometida. Éramos cuarenta y seis personas. Solo sobrevivimos seis.”

En este camino de vida o muerte existe también otro grupo de personas, el de los perdedores, los “sinkers” que han quedado atrapados para siempre en el camino. Es fácil reconocerlos, son los anónimos fantasmas que no pueden continuar el viaje ni regresar a su hogar. Están condenados a acabar sus días en el lugar donde les robaron o se les acabó el poco dinero que les quedaba.

Quienes salen de su casa, quienes dejan atrás sus pueblos y sus gentes, suelen ser los más fuertes de cada familia, los que tienen más posibilidades de no morir en el viaje al país de los blancos. Por las calles vemos a algunos de los que han conseguido llegar hasta aquí. Nos cruzamos con ellos pero no sabemos nada de ellos porque preferimos no mirarles, no acercarnos, no conocer su historia, no acogerles, no tenderles esa mano amiga que tanto necesitan para salir adelante en un país como el nuestro que les criminaliza y persigue por el simple hecho de ser negros y pobres. En esta España que ve renacer el racismo y la xenofobia puedes ser negro si eres un futbolista millonario, pero como seas pobre son pocos, muy pocos, quienes te abrirán su puerta.

Las profundas reflexiones que hace Ousman de su experiencia deberían hacerse llegar a todas nuestras y nuestros conciudadanos que, cada día con menor disimulo, aprovechan la más mínima oportunidad para culpar a quienes vienen de fuera de todos nuestros males: “Mi nombre es Ousman Umar. Sé que nací un martes, no sé de qué mes ni de qué año porque en mi tribu eso no importa. Crecí en la sabana africana. Mi vida era feliz y sencilla, hasta que un día, entre juegos, vi un avión volar. Desde ese momento quise ser piloto, ingeniero, todo, menos negro. A los trece años crucé el Sáhara a pie, el mar en patera y vi morir en el camino a la mayoría de mis compañeros de viaje. Cuatro años después logré llegar a España y, tras varios meses durmiendo en la calle, me acogió una familia. La primera noche que dormí en su casa lloré como un niño. ¿Por qué había sufrido tanto?, ¿Por qué tanta lucha?, ¿Qué había hecho mal?”

Los países de tránsito, como Marruecos, Libia o Argelia, reciben ingentes cantidades de dinero de la Unión Europea para hacer el trabajo sucio, aquel que no quieren que veamos por si, avergonzados, todavía nos queda un resquicio de dignidad y dejamos de votarles. La trata de personas, la venta de esclavos, la prostitución, la violencia, la cárcel y la muerte son moneda común para los negros en esos países. Según cuenta Ausman en su libro, en Argelia, donde estuvo preso sin haber cometido delito alguno, le trasladaban frecuentemente de prisión y le cambiaban el nombre para elevar el número de detenidos y cobrar mayores subvenciones de la UE. A lo largo de su viaje fueron muchas las veces que estuvo a punto de morir y más de una de ser violado. Ausman no huía de la guerra, ni del hambre, tan solo de la desigualdad, de la falta de expectativas a la que hemos condenado a su país, como a tantos otros, para asegurar nuestro bienestar y nuestro crecimiento económico. Es lo que nuestros políticos consideran un emigrante económico. En un mundo globalizado, la injusticia y las desigualdades no se pueden esconder. ¿Por qué un joven como él no puede tener los mismos derechos y oportunidades que uno nacido aquí?, ¿Qué clase de concepto de justicia tenemos si por nacer unos kilómetros más al sur o en un entorno más pobre les condenamos de por vida y les cerramos todas las puertas?, ¿Por qué negamos sus derechos a las personas que huyen de guerras o hambrunas y piden refugio o asilo?, ¿Por qué las condenamos a tener que jugarse la vida emprendiendo este viaje por el infierno obligándoles a venir aquí al negarles la posibilidad de solicitar asilo en nuestras embajadas en sus países?, ¿Por qué nuestras fronteras son un limbo jurídico donde los derechos humanos no valen nada?, ¿Cómo es posible que estemos deportando a países donde la vida vale menos que nada a personas que llevan años viviendo con nosotros y están totalmente integradas? Ousman nos demuestra, con su ejemplo, que otro mundo es posible. Vino aquí sin nada, solo, sin hablar siquiera nuestra lengua. Hoy es independiente, está titulado por ESADE, una de las escuelas de negocios más importantes de este país, y ha creado una ONG que está ayudando en la educación de once mil niños en su Ghana natal. Pero Ousman, por desgracia, es la excepción. Él tuvo mucha suerte. El destino hizo que cuando llegó aquí se cruzaran en su camino personas que creen en los derechos humanos, que creen en valores como justicia, libertad o igualdad, que son capaces de mirar a los ojos a los demás, de tenderles una mano, de acogerles, de abrirles sus puertas y familias. El mensaje de Ausman puede hacer mucho bien a quien lo escuche en su país natal, y también, y mucho, a quienes lo escuchemos aquí. Al final de su libro hay una nota que está dirigida personalmente a ti: “Soy consciente de que mi caso es una excepción y que, entre los cientos de jóvenes que cada día inician viajes como el mío, la mayoría no llegan a su destino. He tenido suerte, y se la quiero devolver a todos los niños y niñas de mi país, dándoles herramientas para que puedan decidir su futuro habiendo recibido educación e información. Si piensas que nadie se merece vivir una historia como la que acabas de leer, te invito a que conozcas los proyectos de NASCO y, si te gustan, nos ayudes a evitarlo: https://nascoict.org/es/socios/

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