¿A dónde se fue el arte? Reflexiones sobre la cultura del Siglo XXI

Por Gabriel Jiménez Emán. LQSomos.

El arte del siglo XX llevó a cabo una poderosa eclosión de tendencias y movimientos que dieron fe de su prolífica riqueza, de su fuerza transformadora

Crisis genera crítica

Desde que comenzamos a percibir las realidades culturales en el siglo XX, presenciamos una serie de manifestaciones conectadas íntimamente a esas realidades por las vías de la pintura, la literatura, la música, el teatro o el cine; íbamos a exposiciones, librerías, galerías o museos que daban cuenta de la pervivencia creativa del siglo, tanto por los respectivos estímulos de esa realidad como por los contrastes que mostraban para llevar a cabo una crítica de éstas. En todas y cada una de ellas anidaba un discurso o un lenguaje en sintonía –o rechazo– de aquello que deseaba expresar por vías de la imaginación o la crítica, la parodia o la creación. El arte del siglo XX llevó a cabo una poderosa eclosión de tendencias y movimientos que dieron fe de su prolífica riqueza, de su fuerza transformadora. Convivieron por igual tendencias abstractas con figurativas, sígnicas con surrealistas, las fantásticas con las neorrealistas o postimpresionistas. Tanto en Europa como en América, en Asia o en India se perfilaron formas expresivas que fueron dibujando un mapa sumamente rico de matices creativos. Podíamos ver, por ejemplo, cómo las creaciones surrealistas de un Salvador Dalí, Ives Tanguy o Max Ernst convivían con las del cubismo de Pablo Picasso o Juan Gris, y las fantásticas o líricas de Marc Chagall o Joan Miró coexistían con las de René Magritte o Giorgio de Chirico, aun habiendo entre ellas inmensas diferencias formales. Las expresiones plásticas de las vanguardias europeas, que habían reaccionado algunas de ellas contra el romanticismo, simbolismo o impresionismo, lo hacían realizando a la vez un reconocimiento de la tradición que creían estar superando. La figura humana, en sus distintos planteamientos plásticos, dio origen a una Nueva Figuración que fue una de las vetas más ricas de aquel enjambre creativo, captando las distintas tensiones del hombre moderno, del individuo enfrentado a la nueva sociedad industrial, a la urbe moderna y a las paradojas de una existencia poblada de realidades nuevas y complejas.

Los primeros del siglo

Tomemos algunos ejemplos al azar: Giorgio de Chirico, Paul Delvaux y Marcel Duchamp. El primero, asociado a la idea de pintura metafísica (en el sentido moderno), es decir, en un sentido crítico hacia la metafísica tradicional. La obra de Chirico contiene una impugnación del espacio clásico y del espacio romántico y construye, a partir de ello, un nuevo espacio de cavilación poética, instaurando a la vez una de las formas más genuinas de la vanguardia. Sin embargo, no se aparta del todo de la gran tradición de la pintura occidental, más bien somete a una argumentación simbólica los arquetipos de la tradición, convirtiendo por momentos a la figura humana en un maniquí sin rostro, en seres inanimados que de pronto adquieren vida en cuanto el ojo los desnuda, con mirada recelosa. Este espacio metafísico bien puede apreciarse en las creaciones del artista belga Paul Delvaux, donde animales y seres desnudos concurren a espacios donde reina una abrumadora soledad, y la sexualidad también constituye un valor simbólico propio. A su vez en otro artista belga del surrealismo, René Magritte, esos espacios se utilizan para que la imaginación teja sus trayectos absurdos, donde se invierten los códigos suprasensibles y se presentan como volúmenes aplastantes a una gran velocidad visual, dotada de humor y de una gracia más liviana, de donde salimos siempre con una sonrisa. Mientras Marcel Duchamp, del dadaísmo vanguardista, desea instaurar un anti-arte con sus volúmenes de contenido hermético, intentando una suerte de rompecabezas, un juego que hay que jugar utilizando los fragmentos rotos que el propio cuadro nos ofrece, llamado por él ready made, tal observamos en Desnudo bajando una escalera y La novia desnudada por sus solteros. Se trata de una puesta en escena –en desnudo— donde se dan cita una serie de elementos míticos, religiosos o eróticos tratados desde la óptica de la ironía.

En las obras de estos artistas de las primeras décadas del siglo XX se mantiene una coherencia histórica de búsqueda plástica, desde Delvaux hasta Magritte y Duchamp, con similar fuerza expresiva, sin que necesariamente exista una “influencia” directa de un artista sobre el otro, sino indicando una coherencia en el tiempo y en la búsqueda de sus motivos y modos expresivos. En el caso de la referida obra de Duchamp, se trata de una escultura en vidrio donde se lleva a cabo una concepción erótica muy compleja de la sociedad moderna, muy acorde con el maquinismo, o más bien con la crítica del maquinismo y de los aparatos técnicos, que comenzaba entonces a efectuarse.

Así como hemos puesto este ejemplo, podemos poner otros. Dentro de las denominadas vanguardias (vanguardia es término tomado la jerga de la guerra –lo que va delante- introducido por vez primera por el poeta francés Guillermo Apollinaire para designar la búsqueda incesante de originalidad en el arte del siglo naciente) tenemos al cubismo de Pablo Picasso y Juan Gris como aporte de primera importancia para el arte moderno; cómo trabajan estos artistas con el volumen hasta hacernos apreciar un mundo distinto, presentando por primera vez en la pintura varios niveles volumétricos y otorgando una profundidad arquitectónica mayor (en parte tomada de ciertas máscaras africanas), que va a permitir otras posibilidades no sólo formales, sino de humor, sátira, vigor, ruptura de canon. A la vez, la percepción onirista del surrealismo, su posibilidad barroca de llenar el vacío dejado por el caos o la ausencia de dioses, su opción deformante e hilarante, potencian los elementos metafóricos y fantásticos, a la vez indagan en el análisis de la mente y realizan una crítica de la realidad impuesta por la razón, o mejor, por ese sueño de la razón que engendra monstruos, como bien diría uno de los padres del arte moderno, Francisco de Goya. El mundo de los sueños estaría brindando una posibilidad de examinarnos, de burlarnos o de poner en entredicho las certezas del hombre moderno, o si se prefiere de burlarlas, hacer el cuestionamiento del ser unidimensional, del ser alienado al trabajo, del funcionario enajenado a la burocracia o a los automatismos sociales.

La literatura en vanguardia

Es de advertir que la literatura surrealista –la poesía, sobre todo—abre un nuevo compás expositivo y se instala en una crítica a las sociedades avanzadas del siglo, a la mecanicidad con que se manejan los códigos de progreso, avance o éxito a través de la acumulación de capital en pocas manos, con la consiguiente explotación del trabajador.

En este tipo de contextos se abre paso la idea de revolución o de arte revolucionario tal y como la concebía Vladimir Maiakovski, por ejemplo, una posibilidad de revolución integral, de un humanismo realizado socialmente, examinado por una conciencia estética que se hace ética en la medida en que ese arte revolucionario ingresa a su existencia con una total convicción. Aquí el vocablo “revolucionario” debe comprenderse en un contexto amplio, y no en su sentido meramente ideológico. Revolucionario en el contexto en que hablamos significa liberador, transformador, integral, y no solo referido a un ser humano elemental que milita en las izquierdas, agita consignas o se planta todo el tiempo contra el sistema. Así lo entendió y lo defendió, creo, Maiakovski y los mejores vanguardistas europeos como Apollinaire, Breton, Eluard y Aragón, y lo entendieron en América el chileno Vicente Huidobro y el peruano César Vallejo, que habían bebido todos también de las fuentes románticas de Inglaterra, Alemania y Francia. De cualquier modo, ese espíritu surrealista se transvasó a los Estados Unidos y a América Latina con un impacto nunca antes visto. Aquellas vanguardias y otras ideas de cambiar el mundo para hacerlo más humano y más justo se hallaban en los ideales de tantos artistas y músicos, escritores y filósofos; todos aspiraban alcanzar con estos a las ideas políticas y sociales que habitaban, como ya hemos dicho, en escritores como Vicente Huidobro. César Vallejo, Federico García Lorca, Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pablo Neruda y en tantos otros de numerosos países que se habían hecho eco de estas ideas, para liberarse del arte convencional burgués. La verdadera alma romántica había comportado una verdadera revolución en la poesía inglesa, francesa y alemana, que luego se traspasó a la vanguardia bajo una serie de tonalidades diversas. Tanto en el siglo diecinueve como en el veinte la literatura y el arte estuvieron hermanados en su búsqueda; por supuesto también el arte musical y arquitectónico, gráfico y artesanal entraron en este concierto para intentar aliviar al ser humano de guerras y conflictos políticos permanentes.

Recordemos que estos movimientos estéticos y culturales se produjeron la mayoría de ellos en medio de dos guerras mundiales y de guerras civiles en Europa y América.

El caso de México

Pongamos por caso a México, un país que cuenta con una historia que es quizá la más dramática y sangrienta de todo el continente americano. México tiene el especial destino de ser un país del norte con un fuerte componente indígena en su población; es de habla hispana pero tiene un marcado influjo de los Estados Unidos que lo ha convertido en un país atípico debido a la relación contradictoria de amor-odio que mantiene con su vecino, Estados Unidos, país que en su condición de primera potencia armamentista del planeta expande su poderío económico y su nefasta influencia supremacista a costa de los demás países, creando un radio de acción anti-ético pero muy poderoso económicamente, lo cual a su vez ha provocado una resistencia contracultural, y no alcanza a tener una influencia positiva en la sociedad mexicana, como no sea mediante una política de explotación laboral en sus fronteras.

En cambio, México posee un rico acervo cultural ancestral de sus culturas mayas y mexicas que nada tienen que envidiar a las de Estados Unidos. México ha logrado transmitir a través de su historia una serie de expresiones culturales de alto contenido estético, como aquellas que se aprecian en su literatura y su pintura. En el siglo XX los artistas mexicanos se abrieron paso en el denso bosque de la expresión americana para ir en busca de su liberación como pueblo. México sufrió una revuelta de grandes proporciones llamada Revolución Mexicana y ha sufrido y sufre una monstruosa expoliación de tierras a sus campesinos. Ha contado ese país con grandes estadistas, periodistas, artistas, escritores, pero también con mandatarios crueles y déspotas, por lo cual el pueblo ha debido salir a enfrentar esas injusticias. En el seno de la historia mexicana descansa una poderosa cultura raigal, un imaginario que ha producido un arte muralista de primera importancia, como ha quedado demostrado en el arte muralista de David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera y Rafael Clemente Orozco, y después en grandes artistas como Rufino Tamayo, Frida Kahlo y Remedios Varo. En el caso de Tamayo, vemos una actitud totalizante en este gran artista, el más completo quizá del siglo XX en ese país, por todas las modalidades y expresiones que trabajó y supo expresar con brillantez, desde la figuración hasta la abstracción. Por su parte, Frida Kahlo puso toda su travesía espiritual y personal al servicio de la pintura, exponiendo su cuerpo doliente como objeto plástico al modo de una crucifixión; supo trasvasar su tragedia personal a un estilo distinto, expresionista, dotado de símbolos raigales de la cultura mexicana, mostrando su sufrimiento hasta el éxtasis y el dolor: todo en una crónica admirable de su paso por la existencia, donde se dieron cita acontecimientos políticos que tocaron ese momento histórico, además de su relación con Diego Rivera y León Trotsky, no exenta de fuertes conflictos pasionales y personales. Su línea expresiva fue de una originalidad sorprendente, sin parangón en su momento.

Otras dos artistas mexicanas, Remedios Varo y Leonora Carrington vivieron en la entraña de esa tierra que les permitió llevar a cabo obras ingentes en el campo del arte; ellas llevaron al cuerpo humano femenino y la psique a un alto grado de lenguaje plástico. Leonora Carrington nació en Inglaterra y desde muy joven estuvo fascinada por México y la cultura mexicana; realizó en ese país la mayor parte de su obra, que posee mucho influjo surreal y órfico. Sostuvo una relación con el gran pintor surrealista Max Ernst y viajaron juntos por varios países, en una relación muy rica de experiencias. Justamente Ernst es uno de los artistas que posee mayor profundidad entre los surrealistas, representando los paisajes interiores de la psique para indicar el fenómeno de la guerra, empeñado en lograr un arte distinto, cuestión que logró con creces. Carrington y Ernst han sido de los artistas que más influyeron tanto en su modo de actuar como de crear; fue para mí una experiencia literaria única ver reflejadas sus vidas en la hermosa novela de la escritora mexicana Elena Poniatowska, Leonora, donde rinde tributo a estos artistas. A su vez Leonora fue una escritora notable, autora de la genial novela La trompetilla acústica y de varios relatos magistrales, y en ambos terrenos muestra un completo maridaje entre palabra e imagen, entre literatura y pintura. A su vez, la propia obra de Poniatowska es una de las más notables de México, muy cercana al periodismo y a las luchas sociales de ese inmenso país.

Si visitáramos todos y cada uno de los países americanos o europeos hallaríamos en cada uno de ellos al menos una veintena de artistas que pudieran representar los mejores momentos para el arte de su siglo. No es mi intención llevar a cabo un examen crítico de artistas importantes, sino sólo esbozar una argumentación que espera mostrar que, durante el siglo XX, la literatura y la pintura sostuvieron un diálogo coherente en cada una de sus etapas, –pero no solamente entre estas dos disciplinas– sino también en la fotografía, el cine y manifestaciones híbridas como instalaciones multimedia, que se fueron acrisolando hasta el final del siglo, con sus altos y bajos, y ya al final se siguieron debilitando aún más debido a una serie de razones no estrictamente artísticas sino más bien ideológicas, producto de las diferentes nociones políticas que fueron gestándose en el seno de las sociedades dominadas por el capitalismo de estado; un capitalismo que fue creciendo de manera atrofiada o fagocitada dentro del tejido de las ciudadanías, de un modo que alguien pudiera contextualizar como movido por la mano invisible del mercado, el cual opera en los distintos niveles del estado global, a través de los medios masivos ahora llamados redes sociales, los cuales se fueron imponiendo y hoy día se encuentran posicionados en la vida cotidiana.

¿A dónde se fue el arte?

A medida que el fin del siglo fue acercándose fueron desapareciendo las fronteras entre las expresiones del arte, tanto plásticas como visuales, musicales o literarias, cuestión que al principio se observó de una manera natural, pero luego fue revelando su problematicidad. Después de las ya citadas manifestaciones de la vanguardia de principios de siglo, emergieron otras expresiones como el arte pop, el tachismo, el informalismo, el expresionismo abstracto. Ya dijimos que la nueva figuración se caracterizó por el desmembramiento de la figura humana empleando para ello cualquier tipo de técnicas de dibujo, de trazos rápidos, ágiles, donde la figura humana apareció bosquejada en escorzos, trasplantes, fragmentos donde el cuerpo gira o se mueve en numerosas direcciones, a veces se atrofia o mutila y otras se agiliza, se metamorfosea, se convierte en animal o vegetal, como un mutante, desea salir de su dimensión natural o rutinaria, volcarse y romper esquemas que lo comprimen. Pero también en el arte de un Antoni Tapies, por ejemplo, advertimos cómo el artista catalán explora otros senderos del informalismo y el gesto, de suaves cromatismos que podrían definirse como líricos, para lograr conexiones con la naturaleza, con un fondo teórico elaborado, llevándolos a sus últimas consecuencias. O en el artista francés Georges Mathieu, quien también logra una estética del garabato, del tachón, de las líneas cruzadas, manchas al azar, logrando obras extraordinarias dentro del informalismo gestual. En Venezuela, el artista Francisco Hung se introdujo en este mundo de la abstracción informalista mediante una obra dotada de un alto grado de esteticismo, donde el color está empleado de una manera equilibrada, pese a los vaivenes de materias que se mantienen en vilo, flotantes, aéreas.

Uno de los primeros artistas en abordar el cuerpo humano de una manera radical fue el artista británico Francis Bacon. Con un impresionante dominio del dibujo, Bacon abordó el cuerpo del hombre viviendo en las grandes ciudades, atrapado en las metrópolis en su soledad de multitudes, el hombre desplazándose por un mundo plano, duro, lineal exteriormente pero agobiante, que asiste al espectáculo de su propia soledad. Puede ir al bar o regresar a su minúsculo departamento, asistir a su trabajo de funcionario o de burócrata, almorzar solo, ir en el metro, sentarse en el parque, pero siempre va a estar solo, aunque a veces quiere ser libre, montarse en un trapecio, lanzarse desde un piso, ir a toda velocidad en su auto. El hombre de Francis Bacon es un equilibrista de la existencia, a veces se asemeja a un personaje sin historia personal que vive en un límite entre el vértigo y el vacío, pero se niega a caer, se las arregla para mantenerse en vilo entre la vida y la muerte. Con la filosofía que parecen encerrar los personajes de Bacon, recordamos al absurdo legitimado por Albert Camus o nos acordamos de algún personaje de Franz Kafka, pues Bacon abre el compás para el resto de la nueva figuración que luego será recogida por los artistas de varios continentes.

El arte mercadeable

Estas búsquedas de la nueva figuración se complementan con la búsqueda paralela de la escritura ideográfica antes mencionada, heredada de la cultura china o japonesa: los ideogramas, las grafías y todo el lenguaje proveniente de las raíces asiáticas, que han tenido una formidable resonancia en occidente, pues se ha buscado en ellas salidas distintas a la opresión conceptual asentada por el capitalismo, a través de una cultura mediatizada por efectos del mercado. Aclaramos aquí que no es sólo al hecho mismo de mercadear productos o de ponerles un precio de cambio para poder venderlos, sino de sustituir su valor de uso por el valor de cambio y hacer de ello un valor universal y absoluto. Como se sabe, en la sociedad capitalista avanzada, las artes plásticas generaron un valor agregado (plusvalor) concentrado en su precio en el mercado del arte conocido con el nombre de plusvalía, un valor que se suma al valor del objeto y se convierte en un símbolo de estatus, de poder adquisitivo, y si vamos más allá convierte al objeto artístico en un objeto de poder político. En este sentido, nos podríamos remitir a las obras de arte generadas en el siglo XX, luego secuestradas por los funcionarios nazis de la Alemania fascista, para destruirlas o apoderarse de ellas, justamente porque el arte posee ese poder transformador que detiene el dominio del hombre por el hombre. Cuando el poder del arte se concentra en la obra y se troca en símbolo histórico-cultural, su poder puede ser regenerador y liberador. Adolf Hitler, líder máximo del nazismo, se inspiró en la música de las Walkirias de Wagner para su proyecto de crear un arte dominador, y no se cansó de invitar a numerosos escritores, músicos y artistas para que colaboraran con él; cuando se negaban les hacia la vida imposible, como ocurrió con el gran cineasta alemán Fritz Lang y muchos otros. Las tropas nazis arrasaron con las obras de arte que podían hallar en las ciudades que tomaban, al igual los judíos sionistas y los talibanes arrasaban con las bibliotecas de muchos países para borrar su legado artístico-cultural. La ciudad alemana de Weimar que administró Goethe y que fue símbolo de convivencia cultural en Europa en el siglo diecinueve, fue luego arrasada por las tropas nazis.

Pandilla de soñadores

Pese a todos los sombríos intentos de destruir los cimientos culturales de Europa, el fascismo fracasó y los nacionalsocialistas fueron vencidos por otras fuerzas aliadas de Europa y Estados Unidos. En el siglo XX Francia estaba llamada a ser la “ciudad-luz”, centro donde estaban destinadas a irradiar las nuevas fuerzas de la cultura occidental, como antaño habían sido los filósofos iluministas Rousseau, Montesquieu, Diderot, Condillac, Voltaire. Pero el proyecto iluminista fue haciendo aguas lentamente y Francia no pudo asumir el rol de verdadera modernidad multiplicadora durante el siglo XIX, justamente porque los principales escritores modernos como Baudelaire, Rimbaud, Verlaine, Mallarmé y los grandes novelistas Balzac, Flaubert o Proust, pese a su enorme influjo estético, no lograron conseguir una continuidad en el siglo XX si no sólo a medias. La novela y el cuento desarrollaron con ellos otras estructuras narrativas, es cierto, pero muy pronto estas estructuras se tambalearon debido a la presencia de los medios visuales. La crítica de arte, que había sido creada en Francia por Denis Diderot y continuada luego por Charles Baudelaire, fue ignorada por los académicos franceses, y el impulso que traía del primer romanticismo (inglés) declinó. Incluso se produjeron movimientos como el prerrafaelismo, que fue mucho más allá, cuando un grupo de artistas y poetas ingleses intentaron acudir a los referentes de la Edad Media para construir una nueva belleza que creían ya perdida, inspirados de nuevo en las musas medievales; Dante Gabriel Rossetti, William Morris, Edward Burne Jones, William Holman Hunt, John Everett Millais y Cristina Rossetti se llamaron sus principales representantes, cuya búsqueda medievalista del arte italiano anterior a Rafael, era un ideal para nutrir el arte moderno y salvarlo del mal gusto que se avecinaba.

Pocas veces se ha examinado con mayor lucidez el sentido de las obras de arte, como cuando Diderot y Baudelaire se referían a ellas en sus escritos, antecedidos, claro está, de las valiosas precisiones de Winckelmann en su Laocoonte. En cada país europeo se produjo una meditación de su legado plástico, musical o literario, académico o no. Y ello donó el prestigio que tiene hoy el arte europeo. A la música no nos referiremos aquí porque los ejemplos pueden ser muy copiosos. En el siglo XX son menores debido a la nueva complejidad del naciente arte, al que se incorporaba el maquinismo y la técnica. Surgieron los rechazos futuristas y la voluntad de arrasar con el viejo arte simbolista y parnasiano. En París comenzó a declinar el arte impresionista, y darle paso a las nuevas expresiones, como la música de Tchaikovski y Stravinski, y poco después en los Estados Unidos el caso de George Gershwin, que aunó la tradición popular del jazz a la música bailable blanca y se inspiró también en novelas populares como la de Dubose Heyward, para proyectar junto a su hermano Ira Gershwin la que probablemente es la mejor construcción musical norteamericana del siglo XX. Gershwin es de Nueva York, pero se nutrió del jazz de Nueva Orleans, otra de las cunas musicales de los Estados Unidos, de donde emergería una sensibilidad musical de origen africano con elementos de la cultura europea, que, al fusionarse con el spiritual, el góspel y el blue dieron origen al jazz, expresión que poco a poco fue intelectualizándose a la manera occidental, hasta ganar espacios en las obras literarias de Boris Vian, Julio Cortázar, Toni Morrison, Langston Hughes y muchos otros.

Los trovadores y los medios de masas

También está la gran tradición trovadoresca de Occidente, que tuvo en el siglo XX un brillante renacer en las voces de tantos cantores de Europa, Estados Unidos y América Latina, quienes inyectaron un vigor muy notable a la cultura popular del siglo XX no sólo a través del arte estrictamente musical, sino también mediante la crítica social, la observación y lucha política de los pueblos oprimidos. A la par de varias generaciones de cantantes impulsados por el cine y las disqueras, hicieron aparición en los espacios radiales y televisivos, impulsando a unos en la cultura popular y otros en la cultura de masas, expresiones que se excluyen la una a la otra conceptualmente, pero a primera vista se presentan como similares, en el sentido de que la primera proviene del seno del pueblo y la segunda es creada en los laboratorios de los medios, es decir, la cultura popular es una cultura que nace al contacto de la calle, de la tierra, del saber ancestral, de los espacios libres de los mitos y del diálogo con la naturaleza, y se presenta a campo abierto, expuesta a todos, mientras que la cultura de masas es una cultura prefabricada, basada en observaciones cuantitativas de las tendencias impuestas por la moda y el narcisismo, para satisfacer necesidades puramente egocéntricas sin repercusión anímica, ésta por el contrario aísla al individuo en una serie de necesidades onanistas y autosuficientes que terminan produciendo placeres solipsistas. La cultura de masas se satisface en su propio ámbito y se repliega, sin ofrecerse a ser de veras compartida, (pese a parecer lo contrario) apelando a la autocomplacencia y al egoísmo, marca su terreno como éxito individual y termina disipándose entre el gusto etéreo de la masa, irreconocible, regresando a su punto de partida sin llegar a un objetivo de veras social.

En este sentido, podría ser vista como el anverso del arte burgués, cerrado, enclaustrado, hermético. En cambio, la cultura popular tiene buena parte de su origen en el mito, en la raíz arcana del símbolo ancestral humano y pretende el diálogo, la cercanía del otro, la diversidad y el gesto plural. En este sentido, los medios de masas invaden la individualidad para cerrarla aún más, nunca para abrirla, insisten en la competencia entre el individuo, no en su compartir.

Algunos trovadores y cantores

En la onda de trovadores del siglo XX aparecieron muchos que pudimos apreciar en todo su ascenso creador, precedidos de otros que ya habían despuntado desde los años cuarenta o cincuenta del siglo XX, entre los cuales citamos sólo algunos de manera desordenada o aleatoria y de diversas generaciones, tendencias y países. Son herederos de la gran tradición trovadoresca de occidente surgida en el mediodía francés a partir del siglo XIII y se expande de manera incesante hasta llegar a nuestro tiempo. En el siglo veinte tenemos algunos como Georges Moustaki, Jacques Brel, Silvio Rodríguez, Gloria Martin, Ali Primera, Simón Díaz, Víctor Jara, Pablo Milanés, Soledad Bravo, Cecilia Todd, Lilia Vera, Amaranta, Violeta Parra, Atahualpa Yupanqui, Mercedes Sosa, Juan Luis Guerra, Rubén Blades, Chico Buarque, Bob Dylan, Paco Ibáñez, Johnny Cash, Elvis Presley, Leonard Cohen, Tom Waits, John Lennon, George Harrison, Paul McCartney, Joan Baez, Bruce Springsteen, o de cantantes o crooners que no son precisamente trovadores o cantautores sino grandes voces que imprimen a sus interpretaciones un signo personal o único, cantando con orquestas o bandas como son los casos de Carlos Gardel, Charles Aznavour, Edith Piaf, Sandro, Leonardo Favio, Facundo Cabral, José Luis Perales, Joan Manuel Serrat, Lluis Llach, María del Mar Bonet, Miguel Ríos, Joaquín Sabina, Julio Jaramillo, Felipe Pirela, Leo Marini, Barbarito Diez, Alfredo Sadel, Armando Manzanero, Frank Sinatra, Ives Montand, Tony Bennet, Beny Moré, Luis Miguel, Juan Gabriel, José José, Ray Charles, Ella Fitzgerald, Billie Holiday, Sarah Vaughan, Louis Armstrong, Sting, Stevie Wonder, Tom Jones, Engelbert Humperdinck, Elis Regina, Antonio Carlos Jobim, Roberto Carlos, Nelson Ned, Milton Nascimento, Maria Bethania, Gal Costa, Omara Portuondo, Barbarito Diez, Ibrahim Ferrer, Bienvenido Granda, Claudia de Colombia, Gloria Stephan, Tito Rodríguez, Chucho Avellanet, José Luis Rodríguez, Ilan Chester, Rocío Durcal, Rocío Jurado, Simón Díaz, Héctor Cabrera, Oscar D’León, Raphael, Luciano Pavarotti, Plácido Domingo, José Carreras, Camilo Sesto, Martirio, Ornella Vanoni, Nicola Di Bari, Domenico Modugno, Andrea Bocelli, Eros Ramazotti, Denis Ritsos, Demis Roussos y muchos otros.

El caso del jazz

También tenemos el caso del jazz, al cual hemos hecho alusión más arriba, una de las expresiones musicales más vigorosas de América, cuyo estilo está basado en la improvisación de los instrumentos y la voz en una suerte de libre contrapunto, nació en el Estado de Louisiana en Nueva Orleans a finales del siglo diecinueve y principios del veinte, una música de raigambre popular surgida en las calles y plazas de Nueva Orleans e interpretada por la gente negra de raíz africana, quienes cantaban góspeles en las iglesias y blues en los campos de algodón durante el trabajo; luego toma forma durante los carnavales de aquella ciudad y se extiende por casas, barrios y fiestas; poco a poco va siendo aceptada en toda la ciudad y tocada en lugares nocturnos y en los barcos que surcaban el río Misisipi. Va dándose a conocer en estados cercanos cuando el piano, los instrumentos de viento y percusión, las guitarras y las voces se dejaban oír en pequeñas orquestas en otras ciudades como Chicago y Nueva York, el jazz comenzó a mostrar no sólo sus profundas raíces negras y africanas, sino también sus posibilidades armónicas de aliarse con otras músicas. Así de orquestas pequeñas como las de Buddy Bolden y King Oliver, el jazz pasaría ser posicionado por pianistas como Duke Ellington y Count Basie y por cantantes femeninas como Bessie Smith, Ma Rainey, Billie Holiday y Ella Fitzgerald y por trompetistas y cantantes como Louis Armstrong, que viajaron a otras ciudades americanas y a países de Europa, sobre todo a Paris, donde hubo un culto muy notable por el jazz, con lo cual esta música se internacionalizó y comenzó a ser apreciada por un público más vasto. Luego comenzó a adquirir varias modalidades reconocibles como el swing, el cool, el be bop y otras, donde destacaron los nombres de Miles Davis, Charlie Parker o Charles Mingus, mostrando su versatilidad y la posibilidad de mezclarse a otras músicas del caribe o el Brasil como el bossa nova, el jazz latino, la samba, el bolero y hasta con algunas variables de la música pop, para no dejarse vencer tan pronto por el auge del rock.

De modo que se puede definir como una música de resistencia al predominio de la música blanca elitista. Sin embargo, algunos crooners como Sinatra, Bennet, Sara Vaughan, Nat King Cole y Nina Simone no permitieron que el jazz se debilitara tan pronto y éste terminó recobrando su fuerza inicial luego que la industria del rock pasara una nueva página hacia las modalidades del fin del siglo que, como he inferido antes, pretenden imponerse a la fuerza a través de los medios de masas.

La música clásica

En cuanto a la música denominada clásica, (culta, académica, seria) podemos decir que luego del poderoso impacto del romanticismo que pervivió en un músico tan importante como Richard Strauss –hasta bien entrado el siglo veinte– y el impresionismo representado en un músico tan prominente como Claude Debussy, los más importantes movimientos de entonces estuvieron representados por la monumental producción dancística de Igor Stravinski, quien abarcó casi todas las expresiones de la música, incluyendo los poemas sinfónicos, el neoclasicismo, el dodecafonismo y también retomó elementos del jazz para algunas de sus composiciones. Luego vendrían músicos más experimentales como Karlheinz Stockhausen, quien indaga en la música aleatoria y electrónica y por momentos se asoma a la música hindú, que lo consagran como uno de los nombres clave de la experimentación musical al lado del músico estadounidense John Cage y del creador del dodecafonismo atonal, Arnold Schoenberg, quienes a su vez estaban parcialmente inspirados muchos de ellos en un músico que se movía en ambientes cubistas y surrealistas (fue muy amigo de Picasso) como el francés Erik Satie, quien merced a su sencillez armónica, su libertad sonora y su claridad pudo a veces ganarse el calificativo de extravagante, cuando en verdad fue uno de los músicos verdaderamente geniales del siglo. Estas músicas experimentales y atonales, cubistas o vanguardistas tendrían luego una repercusión decisiva en la música electrónica popular, y fueron muy utilizadas por Los Beatles y Pink Floyd, entre otros grupos.

Plusvalía y medios masivos

Continuando el examen ideológico de los medios de masas, podemos decir que éstos se objetualizan y mimetizan con los objetos emisores, con los aparatos, el televisor, el monitor, el computador, el teléfono, como si viviesen realmente en el alma de estos dispositivos, de modo que el medio se vuelve mensaje, se posesiona del mensaje hasta confundirse con él y se troca en fetiche, similar al proceso que Marx describe para la mercancía; de hecho la mercancía aquí alcanza el rango de plurivalor, muta en el aparato y troca en varios significados a la vez. El mensaje se convierte en “masaje” y se niega a ser descifrado o interpretado, sino que se ofrece como definitivo, cumplido. Al ser poseído por el objeto emisor y el objeto emisor es poseído por el sujeto observador, se cumple el ciclo alienatorio de la mercancía cargada de plusvalía, de falso valor, similar a cuando el dinero convierte el valor de uso en valor de cambio. En este caso el plusvalor, ideológico, se apodera del valor artístico de la obra de arte y se convierte en objeto de placer instantáneo, con el solo hecho de ser adquirido mediante una operación de compra. Se trata de un complicado ciclo de procesos simultáneos que se superponen unos a otros y terminan aniquilando el valor real del objeto estético, convirtiéndolo en un objeto de consumo como la ropa, la comida o el agua, tornando la significación anímica o espiritual del objeto artístico en el mismo plano de consumo inmediato que cualquier otro objeto de naturaleza masiva, perecedero.

No es sencillo tratar de penetrar estos distintos valores en los objetos artísticos como portadores de valores duraderos, que pueden otorgar sentidos a la existencia de los ciudadanos, en tanto que seres pertenecientes a una sociedad con aspiraciones a vivir en armonía con sus semejantes, dentro del breve lapso de la existencia individual. Precisamente, el sentido de lo trascendente o de lo permanente residiría, en el caso del arte popular, en el hecho de ser transmisor de valores colectivos, en una investigación más profunda de los contenidos humanistas, dentro de los códigos cerrados de la sociedad de consumo, que a primera vista se nos presentan como elementos fáciles de asir, cuando en verdad obedecen a complejos procesos históricos acumulativos de violencia, racismo o dominación. Poco a poco, se produce un goteo sistemático y diario –de la ideología dominante del sistema global capitalista– sobre la percepción del ciudadano, reduciéndolo a un consumidor voraz de una mercancía cultural (una contradicción), en vez de ser un intérprete de su propia realidad individual o social.

Teatro, televisión y comic

¿Y a dónde se fue o por qué vías se prolongó aquel teatro deudor del gran escritor noruego Heinrich Ibsen (al nombrar a Ibsen no puedo evitar recordar a Edward Grieg músico noruego del romanticismo que siempre ha sido uno de mis favoritos, que escribió una de sus máximas obras musicales, Peer Gynt, basada en una pieza teatral de Ibsen), padre del teatro moderno, a quien siguió Bertold Brecht en Alemania, el mejor de los dramaturgos políticos del siglo XX, y aquel teatro absurdo de Albert Camus, Jean Paul Sartre, Samuel Beckett, Antonin Artaud o Eugene Ionesco, Pier Paolo Pasolini o Virgilio Piñera, aquellos magníficos montajes que realizaba del teatro de Alfred Jarry el director británico Peter Brook; el Teatro Negro de Praga y todos aquellos grandes festivales latinoamericanos que disfrutamos en Caracas, aquella dramaturgia fresca y vibrante, pero de inmenso peso social donde veíamos procrearse obras de venezolanos como José Ignacio Cabrujas, Isaac Chocrón, Carlos Giménez, Luis Britto García y sobre todo Rodolfo Santana, donde muchas veces las artes escénicas se aliaban a la música para organizar nuevos espacios de expresión a donde asistíamos multitud de jóvenes en el Ateneo de Caracas, el teatro Paz y Mateos, y en muchas otras salas del interior del país, donde a la par existían movimientos teatrales. En verdad, la actividad teatral siempre fue muy importante para nosotros, porque a través de ella se llevaba a cabo la crítica social más efectiva e inteligente, procreando a la vez nuevos espacios para la reflexión.

Por supuesto, buena parte de estas manifestaciones teatrales tuvieron origen en el teatro realista del siglo diecinueve y se traspasan a un autor central del realismo como es el estadounidense Eugene O`Neil, y pasarán por un mejor momento en el trabajo aluvional de pasiones encontradas como ocurre en los trabajos del norteamericano Tennessee Williams; se diversificarán en Europa a través del teatro poético de Federico García Lorca. Luego, la experimentación teatral llega a su cúspide con el teatro del italiano Luigi Pirandello, cuya obra a veces llegó a ser tildada de antiteatro debido a la cantidad de elementos heterogéneos que comporta; o bien se ramifica hacia la densa ritualización que logra el francés Jean Genet en sus piezas; en todo caso, las guerras y el avance de la técnica marcaron notablemente tales manifestaciones, las cuales crearon a su vez una densa teoría teatral y una filosofía propia, un conjunto de ideas interdisciplinarias que el teatro se afanó por plasmar en el siglo veinte de un modo verdaderamente nuevo, valiéndose de las más diversas técnicas, vinculando esta expresión por primera vez y fuertemente al cine, la televisión, la música y las artes plásticas como no se había presenciado antes. Otros eminentes dramaturgos del siglo veinte que me gustaron siempre fueron el estadounidense Sam Shepard y el británico Harold Pinter.

Por su parte, la misma televisión estadounidense de los años 60 y 70 tenía su encanto, en un conjunto de series que atrapaban nuestra atención en diversos géneros. Por ejemplo, Batman en el más puro estilo pop; series cómicas como La familia Monster y Los locos Adams; series de acción como El Zorro, Los intocables (esta era mi favorita) y El fugitivo; series de ciencia ficción como Los invasores, Los expedientes secretos X y El hombre nuclear; de aventuras urbanas como Dos tipos audaces y El santo; de detectives como Mike Hammer y La cuerda floja; dramas familiares como La caldera del diablo, Dallas y Los insaciables; de ciencia ficción como Perdidos en el espacio; de detectives como Columbus y Kojak y el abogado Perry Mason; hasta grandes directores como Orson Welles y Alfred Hitchcock eran invitados a ser anfitriones de series como La hora de Alfred Hitchcock y Los misterios de Orson Welles, muy bien comentadas y actuadas. La mayoría de estas series tenían la virtud de ser producciones modestas, casi artesanales, sinceras y hasta ingenuas algunas de ellas. Luego fueron perdiendo su encanto porque se volvieron excesivamente profesionales y estereotipadas, artificiosas o inverosímiles, justo en la medida en que sus posibilidades técnicas crecían, iban mermando en calidad de dirección y actuación. La mayoría de estas nos hicieron pasar momentos muy emocionantes y placenteros durante nuestra adolescencia.

Sin duda, de las expresiones más divulgadas de la cultura popular del siglo XX fue el comic, las historietas, llamadas también tiras cómicas o suplementos, las cuales se expendían en quioscos en las calles. En ellos se narran todo tipo de historias acudiendo a dibujos dotados de diálogos; alcanzaron un gran auge en Estados Unidos y Europa y por supuesto también en América Latina. El comic fue transmisor de historias fantásticas, de aventuras en todo tipo de ambientes, selvas, ciudades y en todos los terrenos: ciencia ficción, aventuras, dramas, comedias, humor. Casi todos los géneros se dieron cita en esta forma narrativa que emplea el dibujo, el fotograma y los diálogos para crear una estética distinta. Recordamos aquellas historias como las de Superman, El fantasma, Dick Tracy, Batman, La mujer maravilla, Flash Gordon o Tarzán, pero también Conan el bárbaro, El Víbora, El gato Fritz, Periquita, La pequeña Lulú, Lorenzo y Pepita, y otras historias de folletín, melodramas, detectives y demás personajes que se hicieron presentes en nuestra adolescencia como parte de la cultura; así se produjeron infinitas historias de deportistas, boxeadores, luchadores, cantantes, personajes exóticos o cómicos, héroes reales o imaginarios y hasta aparecieron historietas como las de Mafalda en Argentina durante los años sesentas, cuyo autor fue Salvador Lavado, “Quino”, cuyo personaje, la niña Mafalda y sus compañeros de barrio, constituyó uno de los mejores aportes críticos de la sociedad de entonces, hablando a través de niños que encarnaban las distintas versiones intelectuales o existenciales de la realidad social o política. Lo mismo vale para Claire Bretécher en Francia, creadora de Los Frustrados y de Agripina, comics dotados de agudos contenidos sociales y psicológicos. Los filósofos Roland Barthes y Humberto Eco realizaron sesudos análisis de buena parte del mundo del comic usado como herramienta ideológica. Muchos de estos comics, en efecto, fueron bases para numerosos filmes de Hollywood, usados como prototipos de dominación política –tal los casos de Superman, Batman y otros superhéroes, los cuales también sirvieron para exacerbar los efectos especiales en las producciones de Hollywood. Cada país americano o europeo contaba con su peculiar historieta, donde diversos personajes tomaban vida y eran leídos sobre todo por el público joven.

* Gabriel Jiménez Emán recibió en 2019 el Premio Nacional de Literatura de Venezuela, por el conjunto de su obra. América Latina en Movimiento

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