Transboricua (mío)

Playa Azul. Entre una sucursal del Banco Popular a la derecha y una gasolinera Texaco a la izquierda, el cementerio de Luquillo que tenía en frente, visto desde el piso catorce del condominio Playa Azul, parecía un tablero asimétrico de fichas blancas; tumbas salidas de sitio, algunas abiertas, otras invadidas por el pasto o carcomidas por la intemperie insular, entre flores frescas y secas, abandonadas todas, las tumbas ostentosas y las derruidas, al olvido de la brisa que soplaba desde la playa: un mar azul entregado al disfrute de una costa del Caribe atlántico. Horror vacui; desde lo alto, el camposanto parecía un amontonamiento de lápidas apiñadas por el advenimiento de la modernidad: un jaque mate demográfico mediante el cual la vida arrinconaba la muerte entre edificios, calles, locales comerciales, carreteras y avenidas. ¿No les parecería el cementerio, al banco y a la gasolinera, un desperdicio de tierra? ¿Cómo olvidar la propuesta que la marina de Estados Unidos le hizo a Luis Muñoz Marín, Operación Drácula (1961), respecto del cementerio de la isla de Vieques? ¿Sacar a todos los muertos? Como en muchos de la isla, en el cementerio de Luquillo una de las tumbas ondeaba una bandera de Puerto Rico.

A una distancia de catorce pisos, la muerte parecía de juguete: la gente que orbitaba alrededor del Banco Popular ni siquiera reparaba en la quietud hipertélica que colindaba con el banco, siempre concurrido y dinámico, como si, vista la muerte desde lo alto, se tratara de una negación tácita y metafísica del dinero. ¿Quevedo dando vueltas en la tumba o un cuento de René Marqués? Mientras más alto se sube, menos se pesa; desde el piso catorce, era fácil sentirse más liviano que la muerte. Por eso, como una medida de contrapeso, al mirar hacia abajo, aparecía el vértigo: una cosquilla existencial. En la otra esquina del banco, la Texaco se orinaba en la muerte.

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Pérdida de vitaminas en alimentos

Se produce debido a diferentes acciones, como la cocción y el pelado, que se llevan a cabo durante su procesado.

Las vitaminas son nutrientes esenciales imprescindibles para la vida. Sus requerimientos no son muy altos pero tanto su defecto como su exceso pueden causar importantes problemas de salud. Son compuestos orgánicos que no puede sintetizar nuestro organismo debido a una cuestión evolutiva: es más económico para nuestro cuerpo obtenerlas a través de la dieta que mantener un sistema metabólico para su síntesis. Sin embargo, algunos procesos tecnológicos facilitan la pérdida de parte del contenido original de estas sustancias en los alimentos.

Por La cantidad de vitaminas requeridas para el organismo, por lo general, siempre ha estado presente en la dieta en cantidades suficientes. No obstante, la moderna tecnología de los alimentos ha provocado la pérdida de parte del contenido original de vitaminas, dejando, en ocasiones, los alimentos con una insuficiente concentración vitamínica para poder desarrollar correctamente su cometido. Todas las vitaminas tienen funciones muy específicas sobre el organismo y deben estar contenidas en la alimentación diaria.

Factores que alteran su estabilidad

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El agricultor, en peligro de extinción

Resumen de la tragedia en los campos valencianos y de la crisis de precios en los alimentos

El presente artículo no pretende ser un riguroso estudio científico sobre la causa de la crisis agrícola. Ni es el objetivo, ni su autor está capacitado para hacer semejante tarea faraónica. Se pretende únicamente dar una serie de datos que concitarán una serie de conclusiones personales. Para ello, se analiza someramente la crisis de la citricultura valenciana (España), que puede servir como muestra de otras crisis en otros lugares. El autor proviene de una familia fuertemente enraizada en la citricultura valenciana desde hace varias generaciones y durante los últimos años trabajó en un comercio de exportación de naranjas, lo que le permitió conocer y palpar la crisis y la zozobra en primera persona. Además ha vivido tres años en Centroamérica, lo que le ha permitido conocer en mayor o menos grado la crisis agrícola en dicho continente.

Justo cuando se estaba redactando este escrito se produjo la triste noticia del fallecimiento de Joan Brusca (secretario de la Unió de Llauradors i Ramaders). Sirva este artículo de homenaje y de recuerdo para este gran defensor del campo valenciano.

Las buenas épocas

La naranja era fuente de riqueza que determinó la historia, progreso e idiosincrasia del País Valenciano. Fue motor durante aquellos años, no sólo de la economía valenciana, sino también de la española. Vicente Caballer, Catedrático de la Universidad Politécnica de Valencia, afirma al respecto que: "Los españoles tienen una deuda histórica con los valencianos debido a que la producción, comercialización y exportación de naranjas y mandarinas puede ser considerada como la principal actividad económica de España a lo largo de todo el siglo XX si tenemos en cuenta la aportación al PIB, a la Balanza de Pagos y su carácter social…". (1) Según el mismo autor, las exportaciones de naranja suponían el 20% del total en España en el año 1930 y el 16% en 1962, época en la cual irrumpe el turismo y se moderniza la industria. En el año 2002, todas las exportaciones del País Valenciano supusieron el 12% del total de la nación. (2)

De la misma manera, todas las labores asociadas al campo proporcionaron trabajo a infinidad de personas ocasionando grandes flujos migratorios hacia tierras valencianas. La naranja marcó también las tradiciones, el paisaje, la lengua y la cultura propia, condicionando festividades, aleccionando una serie de costumbres autóctonas, etc. Sin rubor se puede afirmar que la naranja generaba trabajo y futuro, y lo que es más importante, dicha riqueza se distribuía entre mucha gente por cuanto las explotaciones eran minifundios en manos de miles de pequeños agricultores. Los trabajos asociados al campo repartieron el patrimonio a mucha más gente.

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Mi querido Buenos Aires: verano de 2008

La masa edilicia, labrada con la fuerte
plasticidad que caracteriza a las obras del
autor, se eleva por encima de la copa de los árboles.
Javier Castillo

Quizá me engañen la vejez y el temor, pero sospecho que la especie humana –la única– está por extinguirse y que la Biblioteca perdurará: iluminada, solitaria, infinita, perfectamente inmóvil, armada de volúmenes preciosos, inútil, incorruptible, secreta.
Jorge Luis Borges

La Recoleta.  Durante tres semanas del invierno conosureño de 2008 —mi verano en el mes de julio— caminé desde la Avenida Santa Fe y Uriburu, justo en la esquina de Los Molinos, hasta el corazón de La Recoleta, y sus alrededores, como la Plaza Mitre, parte de una rutina pasajera que pretendía matar dos pájaros de un tiro. Por un lado, hacer ejercicio y por el otro, caminar la ciudad para experimentarla desde sus propios términos: la acera, para los argentinos, una vereda.

La caminata de ida estaba marcada por la sombra fácil de las calles —sin frío y sin calor— y por la promesa, al final del periplo, de un sol amable, alrededor de alguna plaza cubierta de árboles, donde socializaban los perros citadinos. A las nueve y media de la mañana, con un invierno tan llevadero como éste, Buenos Aires era una ciudad sin prisa; tampoco ostentaba grandes propuestas: la realidad era tal como la mostraban sus calles mañaneras. Al llegar desde Uriburu a la Vicente López, sin embargo, la sinceridad de la cotidianidad anterior llegaba a su fin; de ahora en adelante, sobre todo de Vicente López a Azcuénaga, la calle se tornaba en preámbulo de una identidad cultural ostensiblemente pública: iba por uno de los costados del cementerio más emblemático de la Argentina. Por eso, la caminata a lo largo de Azcuénaga parecía particularmente suculenta, aunque no por eso necrófila: me daba la oportunidad de caminar por el lado de atrás de las grandes y altas esculturas del cementerio, por lo general ángeles y Cristos acostumbrados a la complicidad de la mirada local. Como si se tratara de una reciprocidad instantánea, caminar por el lado de atrás de todos aquellos santos y Cristos porteños se sentía como una invitación íntima a la ciudad, un privilegio de la mirada que, en esa complicidad, era sumada a las volutas del imaginario cultural. Caminar por esa dimensión de Azcuénaga me hacía sentir parte de la cotidianidad, tiempo vivo que la historia con H no ve.

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Alimentación, consumo y salud

Colección Estudios Sociales nº 24. Fundación La Caixa.

El objetivo del presente estudio es ofrecer un análisis de las situaciones alimentarias que despiertan mayor preocupación social en estos momentos, con la intención de favorecer la reflexión sobre la dimensión social de estas problemáticas y los motivos de su reciente aparición en los debates públicos. En él se encuentra una indagación sobre los conceptos de buena alimentación, seguridad alimentaria, riesgo y salud, así como su carácter mudable y sus implicaciones actuales. También se analizan los nuevos roles de las instituciones públicas y privadas frente al consumidor y los nuevos trastornos alimentarios como la obesidad y la anorexia.

Se parte de una paradoja: nunca como hasta ahora se ha sabido tanto acerca de la alimentación y de la nutrición; nunca como en la actualidad la seguridad alimentaria y la salud asociada a la alimentación han sido objeto de tanta atención (y regulación). Y sin embargo, ha aumentado la desorientación y la preocupación del consumidor, que se encuentra desconcertado por la proliferación de recomendaciones y consejos alimentarios. Las instituciones, a su vez, se muestran preocupadas por los cambios alimentarios y sus repercusiones en la salud de los ciudadanos.

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De Cuba a Jamaica: entre la salsa y el reggae

El tiempo es un bien aún mucho más escaso que el dinero. El dinero puede ir y venir. El tiempo, en cambio, sólo va…

Walter Graciano

Las carnes, pollos o mariscos son marinados o frotados con una mezcla de especias, que pueden llegar a ser 30 o más, incluyendo ají habanero (un ají tan picante que el jalapeño parece suavecito), pimienta de Jamaica, nuez moscada, tomillo y cebollino. Todo se sirve acompañado de más salsa picante, arroz y guisantes, y un pan similar a las tortas de maíz fritas.

Cristina Juri Arencibia

 De la zona del ALCA al Caribe.  En 1993, desde el emporio miamense, cómplice, aunque parezca mentira, de un sueño viejo —¿el Miami de los Estefan y de Posada Carriles?— el vuelo a Cuba —sí, la misma que viste y calza socialismo o muerte— isla prohibida para los estadounidenses —aunque no, entre otros grupos, para los académicos— resultó, por muchas razones, memorable. Finalmente, después de muchos libros y películas, la visita a la Cuba revolucionaria se hacía realidad; ¿mejor tarde que nunca? Ahora vería con mis propios ojos lo que me habían dicho y lo que había leído. El momento de la verdad me esperaba a 90 millas de la Florida. ¿Se parecería Cuba a Fernando Ortiz, a Alejo Carpentier, a Wifredo Lam, a Nicolás Guillén, a Lezama Lima o a Irakere? ¿Se sentiría el espíritu del Che o el de Calibán? ¿Me cruzaría en alguna calle habanera con el Comandante vestido de verde?

Regreso a esa primera mitad de los noventa, una década —loca, según Joseph Stiglitz— tan lejana y a la vez tan próxima —¿le preguntamos a Menem o a Salinas de Gortari?— para rescatar, de esta conexión intercaribeña (Puerto Rico, Miami, Cuba, Jamaica), algunas relaciones de sumas y restas culturales, transacciones que, lo sabe bien Ana Lydia Vega, abren y cierran puertas del imaginario caribeño, un revolving door que funciona a muchos niveles. El relato de esta recuperación antillana está montado en dos secuencias. En la primera, un tanto vertiginosa, se da el salto inesperado —¿congruente o incongruente?— de Miami, bastión de la derecha, a Cuba, última guarida del león; en la segunda secuencia, más autocrítica, se da la transición de Cuba, zona del son, cultura del ron, a Jamaica, zona del reggae, cultura de la ganja y, para estos ojos boricuas, de una fruta roja. Drama de una caribeñidad en tensión: ensayo de sumas y restas, ¿cuántas veces se puede ganar y perder en una misma escritura?

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Granada

Óleo de torva hermosura
Granada —en la noche grande—:
seña perdida en la angustia.

Mariano Brull

Alicantina. A la mañana, en Santa Pola, dimos, antes de partir, algunas vueltas por el pueblo; ¿quién se resiste a ese olor playero del día mediterráneo?, un aroma costero que, como en casi todas las playas, es siempre magnífico; eso sí, antes de las once, estábamos en camino a Granada, donde —por supuesto— pararíamos a ver la Alhambra. Aunque la idea era llegar al Al-Andalus de un tirón, nos detuvimos, por cuestiones de salud, en Murcia, donde el poco tiempo que estuvimos nos lo pasamos  —¡qué horror!— en una hipertienda Carrefour, a la que entramos en búsqueda desesperada de frutas. Allí, en un ambiente tan parcial como el de cualquier supermercado, sin proponérnoslo, hasta almorzamos. Para entonces —un periplo de varias noches— el bocadillo de papa se había convertido en un resuelve seguro —una apuesta fácil— para el apetito de un bípedo implume on the road. Afuera, como en Puerto Rico, hacía bastante calor; el sol —ese rubio de mierda— empezaba a hacer de las suyas. Por primera vez, en un viaje desde el norte vasco hasta el sur mozárabe, la idea de estacionar bajo una sombra —como en la isla— surgía como única respuesta a la canícula del verano, que ahora parecía —¡maldición de maldiciones!— más húmeda que nunca. ¡Qué cabrón!: pensar que Octavio Paz había dicho, No pasa nada, sólo un parpadeo del sol.

Antes o después. En el tramo de Santa Pola a Granada, antes o después de Murcia —¿no es siempre el olvido, por jerarquía de supervivencia, más rápido que la memoria?— el paisaje ibérico volvió a sorprendernos; otra vez la rareza nos dejaba con la boca abierta, mudos, como el que jura ver, por segunda vez en su vida, lo increíble. Se trataba de una visión de otro mundo; definitivamente, una antropología feroz. A saber, el efecto de lo orgánico en plena efervescencia surrealista: casas que surgían del contexto barroso de una montaña, en vez de separarse clara y distintamente del fango seminal. Una fusión natural; como si de la tierra —¿una pesadilla bíblica?— surgiera una casa, como si de una colina —¿ciencia ficción?— surgieran otras casas, también barrosamente esculpidas. Efecto de lo orgánico desde el potens creador: el límite entre la tierra y la arquitectura —aunque estaba ahí— era difícil de fijar, sobre todo, pero no exclusivamente, a la velocidad que le pasmos, en el Toyota más pequeño de España, a ese poblado vetusto, una comunidad imantada, siempre centrípeta, que brotaba, como esculturas ontológicas, del lodo primigenio. Una visión inquietante. Así como íbamos, succionados por la maldita prisa de llegar al califato premoderno, ese pueblito prehistórico que nos pasó por el lado a quemarropa, consumiéndonos en la rapidez de una imagen poderosa, captada, como la pólvora, a ciento cincuenta kilómetros por hora, como si, en la manera de no establecer una diferencia entre la naturalidad de la colina y la artificiosidad de la casa, presenciáramos, sin más, una comunión pasajera de los contrarios, otro nivel —¿más oculto?— de la realidad. ¿Aceptaría el materialismo ético y estético de Michel Onfray —un hedonista militante, zurdo, que celebra, como triunfo contra el platonismo occidental, tanto la muerte de Dios como la de Marx— un misticismo como el de esa naturalidad esculpida? ¿Puede —debe— la materia eflorescente gozar de una transcendencia tan dudosa como ésa?

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Náquera y la memoria del franquismo

La ruta de las trincheras de la guerra civil: Sarrión-NáqueraNáquera, en avanzado proceso de colonización por las mafias del ladrillo, aún ostenta junto a la madurez altiva de los antiguos lugares de veraneo, el rancio tufillo, entre nostálgico y trasnochado, de la vieja memoria franquista. Recorrer sus pintorescas calles, desde las más céntricas o señoriales hasta las afueras, es como participar en un vía crucis cuyas estaciones exhiben los nombres de mártires, héroes y santos de “La Cruzada”; un pertinaz recordatorio de los vencedores de la Guerra Civil acontecimiento, que en esta población con unos 3.500 habitantes censados parece resistirse a ser pura y simplemente historia.

Que aquella guerra la ganaron Franco y sus generales contra ateos y comunistas… debe, según las autoridades de Náquera, notarse en algo. Ese algo, parece ser la actualización de los rótulos que dan nombre una buena parte de sus calles, plazas y paseos. Veamos. La plaza principal, donde se encuentra la iglesia, además de conservar una imponente cruz de los “caídos por Dios y por España”, con los nombres y apellidos de los mártires engastados en artísticos azulejos, sigue llamándose, Plaza Caudillo , según OTRA artística placa de azulejos. Junto a ella se enclava una actualizada y alucinante versión en valenciano que reza así: Plaça Caudill .

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Sevilleos de tercer orden

En las montañas el camino más corto va de cima a cima; mas para eso es menester que tengas piernas largas. Frederich Nietzsche

Del edificio andaluz al libro venezolano . Un edificio juguetón, el Ayuntamiento de Sevilla, con su mancha barroca por un lado y su borrón neoclásico —una pared en blanco— por el otro; un edificio fabuloso para un turista latinoamericano, acostumbrado al mestizaje cultural y estético: esa tarde el Ayuntamiento me había salido al paso en un momento oportuno, justo cuando sentía el peso de la tardomodernidad sevillana —todo ese turismo a borbotones— latir con fuerza sobre el trasfondo premoderno del sur español, como si se tratara de una disputa fuera de foco —¡viva Pedro Pietri!— entre la posmodernidad y la filosofía escolástica. Pero esa disputa desde la pared del Ayuntamiento entre lo neoclásico y lo barroco se podía imaginar desde otra relación, más afín al pragmatismo y al turismo existencial de la época. Desde ese enfoque, el parche barroco y la superficie neoclásica no antagonizaban, sino que se complementaban ecológicamente, de una manera beneficiosa tanto para el exceso barroco como para la cordura neoclásica. En vez de escupir contra la antimodernidad barroca, negando en el proceso la pluralidad, aquella verruga quedaba como testigo del pragmatismo neoclásico —¡el conocimiento útil!— y su valiosa autoconciencia, que entendía claramente que, en última instancia, mantener la cicatriz barroca reforzaba, en el mejor de los universos, su propia modernidad. Ganaba la razón instrumental, como siempre, pero la verruga no lo perdía todo. ¡Sevilla!

Al otro lado de ese pragmatismo posmo , en el de la reciprocidad basada en una sociabilidad anterior y posterior al individualismo posesivo, el rebote cultural que se disparó desde el edificio andaluz, como un rayo de luz, iluminador y tibio, me remitió a un libro venezolano, La música folklórica de Venezuela (1969), donde, igual que en el Ayuntamiento de Sevilla, se superaba con creces la materialidad de un simple error. En ese libro, el autor, Luis Felipe Ramón y Rivera, incluía la mejor fotografía que había visto sobre la sociabilidad latinoamericana; una sociabilidad que, desde el Caribe, Ángel Quintero Rivera había planteado en ¡ Salsa, sabor y control! (1998) ; una sociabilidad parecida a la que, desde lo andino, manejaba el sociólogo peruano Aníbal Quijano.

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