¡Cuidado con los poetas!

Arturo del Villar*. LQS. Marzo 2019

Multa fero, ut placem genus irritabile vatum, que en román paladino se traduce como “Aguanto mucho, para complacer a la irritable raza de los poetas”

Monumento a Horacio en Venosa

Desde que la UNESCO declaró el 21 de marzo Día Mundial de la Poesía, en la reunión celebrada en París en 1999 durante su 30º período de sesiones, la poesía se ha integrado en la larga e inútil lista de los días mundiales, como el del cáncer, el de las enfermedades raras, o el de los diversos síndromes que nos afectan. Y muchos poetas en todo el mundo ese día componen un poema alegre dedicado a la primavera. No tienen en cuenta que en alguna parte del mundo ese día se combate, que en otra se tortura, en otra se muere de hambre o de sed, en otra alguien se suicida para evitar un desahucio, y tantísimas calamidades que impiden la alegría si somos solidarios con la sociedad.
Además, debe tenerse cuidado con los poetas, por que son gentes peligrosas. Lo escribió, en verso, por supuesto, Quinto Horacio Flaco en el segundo libro de las Epístolas, publicado el año 15 antes de la era cristiana: Multa fero, ut placem genus irritabile vatum, que en román paladino se traduce como “Aguanto mucho, para complacer a la irritable raza de los poetas”, Sabía lo que decía, puesto que él mismo pertenecía a esa raza, a la que facilitó ideas muy repetidas después en la lírica europea, como el beatus ille para promocionar la vida retirada, el carpe diem para invitar al disfrute del momento, o el aurea mediocritas para ensalzar el dorado término medio de las cosas, convertidos en tópicos renacentistas.

Desconfiaba de sus compañeros de oficio, porque los conocía bien, y advirtió a sus lectores para que tuvieran cuidado con ellos, ya que son proclives a la irritación. Y si un poeta se enfada con alguien, lo más probable es que le dedique una sátira con la que destroce su fama para siempre, y quede así retratado para toda la historia. Es preciso, pues, tomar precauciones cuando se trata con un poeta, como Horacio nos dice que él hacía, y aconsejaba a los lectores que imitasen su ejemplo.

La advertencia de Quevedo

Tampoco el más grande de los poetas castellanos, don Francisco de Quevedo, se sentía solidario con sus compañeros de oficio, y por ello les dedicó una “Premática” incluida en su Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos, en el capítulo tercero del libro segundo. Es una sátira burlona, pero con intenciones críticas, y tal vez moralizadoras, según acostumbró a hacer en verso, que comienza de este modo:

Atendiendo a que este género de sabandijas que llaman poetas son nuestros prójimos, y cristianos aunque malos; viendo que todo el año adoran cejas, dientes, listones y zapatillas, haciendo otros pecados más inormes; mandamos que la Semana Santa recojan a todos los poetas públicos y cantoneros, como a malas mujeres, y que los prediquen sacando Cristos para convertirlos. Y para esto señalamos casas de arrepentidos.

Debe tenerse en cuenta que en aquel tiempo los poetas se habían reproducido escandalosamente, ya que el mismo Quevedo encontraba “en cada esquina cinco mil poetas”, lo que sin duda haría las calles intransitables, y además se corría el grave peligro de que alguno de ellos se empeñara en leer sus composiciones al inadvertido viandante. Por eso llegó a exclamar airado: “¡Cuerpo de Dios con tanta poetambre!”, debido a que además de estar dispuestos a leer sus versos a la primera oportunidad, o incluso sin ella, solían pedir prestado dinero al incauto confiado, ya que la poesía tampoco en aquel siglo que los historiadores llaman de oro proporcionaba un modo de vida cómodo a sus autores.
Bien es verdad que la situación del reino era calamitosa, según él mismo la describió en el “Memorial para el Rey N. S. año de 1639”, un atrevimiento que le costó la cárcel, porque la persona del monarca también entonces era inviolable, incriticable e insoportable, aunque carecía de Constitución que la protegiese, como sucede ahora.

En tiempos de guerra

Sin embargo, el dato histórico de que un poeta pueda ser encarcelado sin juicio y privado de sus derechos y bienes, demuestra que por muy irritables que sean los de su raza son convenientes a la sociedad. A causa de su carácter irritable no toleran las injusticias y las denuncian, señalando a los culpables, incluso a los tiranos, a riesgo de perder la libertad o incluso la vida. Son los poetas solidarios con su gente, a los que por eso Miguel Hernández definió como viento del pueblo, antes de ir a morir en una prisión. También existen algunos otros acomodaticios que hacen todo lo contrario, esto es, ensalzan a los tiranos y sus secuaces para medrar y recibir premios y honores.
Lo comprobamos, por ejemplo, al revisar la situación de la poesía durante las guerras. Cada bando tiene sus cantores, irritados por las noticias que a unos les agradan y para otros resultan condenables, conforme a su personal ideología. La guerra sirve para irritar más todavía a los poetas, ya por su naturaleza irritables, y de ese modo les incita a componer poemas, que sin duda son ocasionales, pero es cierto que la ocasión merece ser tenida en cuenta. Por ejemplo, Bernardo López García alcanzó gran fama en el siglo XIX con su oda “¡Dos de Mayo!”, en la que ensalzó la sublevación del pueblo español contra el ejército napoleónico invasor:

¡Guerra!, clamó ante el altar
el sacerdote con ira;
¡guerra!, repitió la lira
con indómito cantar;[…]

Y suenan patrias canciones
cantando santos deberes,
y van roncas las mujeres
empujando los cañones, [..]

La guerra invita sin duda a expresar los sentimientos patrióticos, y la mejor manera de hacerlo es mediante la poesía. La calidad alcanzada depende de las cualidades del autor, como es lógico. Los poetas se irritan a causa de su carácter irascible y de las circunstancias bélicas, y a veces de esa confluencia surgen obras de arte notables.

Poesía humana, no bélica

En tiempo de conflictos armados la irritabilidad de los poetas suele incitarles a dedicar toda su atención a las acciones bélicas. Las conquistas de territorios enemigos merecen la atención de los poetas, que loan la victoria, sin tener en consideración que ese hecho de armas lo han realizado unos seres humanos enfrentados a otros seres humanos semejantes a ellos, con ideas diferentes en el caso de los mandos, no siempre así en el de la tropa, movilizada forzosamente. Lo comentó Manuel Azaña en su diario el 22 de junio de 1937, después de recibir a una delegación de poetas editores de la revista Hora de España:

Me parece corto, escaso, el impulso que lleva, más o menos a sabiendas, a cantar el heroísmo. La guerra no se compone toda de heroísmo, ni principalmente. Habría que mostrar, con la evidencia comunicativa de lo poético, el sufrimiento humano, dentro del cuadro grandioso y terrible de la guerra; el eterno sufrimiento del hombre, aherrojado por su destino implacable. (Obras completas, Madrid, Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, 2007, volumen 6, página 345.)

Así lo entendían los poetas de la España republicana, que mayormente expresaban en romances las aspiraciones del pueblo, su lucha cotidiana por sobrevivir a las dificultades inherentes a aquellas circunstancias, y el sufrimiento angustiado por ver a la muerte cerca. Sirva como ejemplo lo que Rafael Alberti evocó en el poema “Defensa de Madrid”, en el que su natural irritabilidad se atemperó al contemplar el heroísmo del pueblo que gritó “¡No pasarán!” a los fascistas, y cumplió su palabra hasta el final:

Que cada barrio a esa hora,
si esa mal hora viniere
–hora que no vendrá–, sea
más que la plaza más fuerte.
Los hombres, como castillos;
igual que almenas sus frentes,
grandes murallas sus brazos,
puertas que nadie penetre.

Los madrileños que en la retaguardia vigilaban su ciudad, llamada por su heroísmo “Capital de la gloria”, quedan descritos como los castillos medievales inexpugnables para los atacantes moros. Los moros traídos como fuerza de choque por los militares monárquicos sublevados, fracasaban en sus intentos por conquistar la ciudad.
De modo que la irritabilidad congénita de los poetas en algunas ocasiones resulta aprovechable. No en el caso de Horacio, republicano opuesto a Julio César enrolado en el ejército de Bruto contra los triunviros, que en la batalla de Filipos se irritó tanto como para dejar las armas y marcharse a escribir pacíficamente sus poemas. Eso salimos ganando sus lectores. Y no desatendamos su advertencia: ¡cuidado con los poetas, que se irritan por nada enseguida!

* Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio.
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