Carlos Olalla*. LQS. Febrero 2018

“Es fácil ser glamurosa. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”. Fue la primera actriz que apareció desnuda en una película comercial y también la primera que fingió tener un orgasmo en pantalla. Inventó y patentó un sistema de comunicación entre barcos… Sin embargo, en una muestra más del nivel del patriarcado dominante, el mundo solo la ha recordado como una actriz que fue “la mujer más bella del siglo”

Se la recuerda como uno de los mitos eróticos más grandes de la historia del cine, pero hasta hace muy poco casi nadie sabía que, además, tenía una mente privilegiada y había patentado, en los años cuarenta, el germen de lo que hoy es wifi e internet. Tuvo una vida que sobrepasó con creces el guion de cualquiera de las que interpretó. En el colegio sus profesores enseguida vieron que era una superdotada. Empezó a estudiar ingeniería pero abandonó sus estudios cuando tenía dieciséis años para dedicarse a la interpretación.
Fue la primera actriz que apareció desnuda en una película comercial y también la primera que fingió tener un orgasmo en pantalla. Lo hizo en 1932, en la película Ektase, que causó una polémica enorme y llegó a estar prohibida en muchos países durante años. La había rodado siendo todavía menor de edad y sus padres, acaudalados burgueses austrohúngaros de origen judío, la prometieron con un rico empresario austríaco fabricante de armas y relacionado con los círculos políticos nazis. La casaron contra su voluntad para acallar la polvareda que había levantado con su película. Su marido, Friedrich Mandl, era un celoso compulsivo, intentó retirar de la circulación todas las copias de la película y le prohibió incluso bañarse desnuda si él no estaba a su lado. La tenía como mujer florero para agasajar a los empresarios y políticos que invitaba a cenar. Hasta el propio Mussolini fue uno de ellos. Allí, a mediados de los años treinta, las conversaciones, no podía ser de otra manera, versaban sobre temas militares y armamento. Ella, en el cautiverio de reclusión y soledad que era su matrimonio, había reemprendido sus estudios de ingeniería. En aquellas cenas fueron muchas las cosas que escuchó y que le servirían para hacerse una idea del desarrollo armamentístico que poco después tendrían Alemania e Italia.

Tras cuatro años de una relación que se asemejaba más a una cárcel que a un matrimonio, consiguió escapar de su marido en una fuga por toda Europa huyendo de sus guardaespaldas. Consiguió llegar a París, donde se divorció. Y de allí pasó a Londres donde vendería todas las joyas que se había llevado para comprar un pasaje en el Normandía que partía rumbo a EEUU y en el que viajaba Louis B. Mayer, uno de los dueños de la Metro Goldwyn Mayer. Al llegar a Estados Unidos ya tenía un contrato firmado como actriz y una nueva identidad por la que ya sería mundialmente conocida: Hedy Lamarr.

A finales de los treinta reinició su carrera como actriz, esta vez ya en Hollywood. A lo largo de su vida se casaría otras cinco veces y tendría más de un centenar de amantes, según reconoció en su autobiografía. Los estudios de Hollywood prefirieron que se la conociera por su agitada vida sentimental que por la que fue la gran pasión de su vida: inventar. No quedaba bien que una de sus estrellas fuera inteligente, brillante, trabajadora y tuviera una mente superdotada. Ella, consciente de las reglas de aquel estúpido juego, más de una vez declaró: “Es fácil ser glamurosa. Lo único que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”

Consciente de que Hitler acabaría por invadir Europa, no dudó en ofrecer sus conocimientos sobre los armamentos que estaba desarrollando su primer marido a los científicos norteamericanos. Estallada la guerra en Europa, ella se encerró a trabajar seis meses con un músico que acabaría convirtiéndose en su segundo marido, Georges Antheil, con quien inventó y patentó un sistema de comunicación entre barcos y torpedos que cambiaba constantemente de frecuencia. El principal obstáculo para desarrollar los torpedos teledirigidos era que el enemigo podía interpretar la frecuencia que se usaba e inutilizar los torpedos o redirigirlos. El sistema patentado por Hedy y su nuevo marido resolvía este problema, pero no llegó a emplearse porque los mandatarios de la marina estadounidense no supieron ver el potencial de lo que Hedy les estaba ofreciendo. Cuando EEUU entró en la guerra, le pidieron a Hedy que ayudase a conseguir fondos para financiarla. Se ofreció para participar en una campaña de bonos de guerra. Ella misma propuso dar un beso a quien comprase 25.000 dólares en bonos. En una sola noche recaudó 7 millones de dólares. Quince años más tarde una empresa, Sylvania Electronics, desarrolló la idea de Hedy y estableció las bases de lo que hoy son las redes de comunicación digital y la telefonía móvil. Gracias a su idea hoy hablamos por teléfono y nos comunicamos a través de nuestros portátiles. Sin embargo, en una muestra más del nivel del patriarcado dominante, el mundo solo la ha recordado como una actriz que fue “la mujer más bellas del siglo”

A Hedy nunca le reconocieron su invento (cuando lo desarrolló aquella empresa su patente llevaba ya tres años caducada) ni recibió un solo duro por él ni por otros que también patentó y que hoy se utilizan, como los collares fluorescentes para perros. Eso sí, el 9 de noviembre, su fecha de nacimiento, es hoy el Día Internacional del Inventor.

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