Lo Que comemos

Más que aceite y sal.

Se supone que hay tres componentes en las patatas fritas de McDonald’s: sal, aceite y papas. Pero los consumidores de esa comida rápida no se imaginan la lista real de ingredientes y técnicas impactantes de producción.

McDonald’s comenzó una campaña de transparencia. Como resultado, la compañía ha publicado la lista de sus ingredientes y técnicas disponibles en su página web. Aquí está la relación de ingredientes presentes en las patatas fritas.

Las patatas fritas de McDonald’s contienen:

Ensalada de bacalao y naranjas


120 gr. de bacalao en salazón
1 huevo cocido
1 naranja
Para el aliño: Ajo, Aceite de oliva virgen, Vinagre de Jerez, Pimentón de la Vera.

Preparación:
Poner en remojo el bacalao, durante 24 horas dándole sus tres respectivos cambios de agua. Pelamos la naranja y la cortamos en rodajas, que colocamos sobre la fuente donde vamos a montar el plato. Añadir el bacalao desmigado y sin espinas, espolvoreamos por encima el huevo duro finamente picado. Preparamos el aliño, las cantidades las dejamos al gusto del comensal: machacar el ajo en un mortero junto al pimentón, ir añadiendo el aceite mezclándolo bien en el mortero, añadir el vinagre, y aliñar nuestra ensalada.

Nos dicen que comer pescado es de lo mejor. Nos aporta ácido graso omega 3, vitaminas B, calcio, yodo... Sin embargo, ¿comer pescado es tan saludable? ¿Seguro que es beneficioso para nosotros y el medio ambiente? ¿Qué efectos tiene en los fondos y especies marinas? ¿Y en las comunidades locales? ¿Quién sale ganando con su creciente demanda? Aguas turbias se mueven en las bambalinas de la industria pesquera.

El consumo de pescado va a más. Su producción mundial batió un nuevo récord en 2013 alcanzando los 160 millones de toneladas, con la pesca de captura y la de piscifactorías, frente a los 157 millones del año anterior, según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación(FAO). Una tendencia que se sustenta en una sólida demanda en los mercados internacionales y en un aumento de la misma en Asia Oriental y el sudeste asiático, especialmente en China. En Europa, el Estado español es uno de los mayores consumidores, con una media de 26,8 kilos de pescado por persona y año, según datos de Mercasa de 2011, a pesar del descenso que su consumo ha sufrido en los últimos tiempos debido a la crisis.

Una demanda creciente que se ha visto satisfecha por la expansión de la acuicultura intensiva, o lo que sería lo mismo "granjas de pescado" o piscifactorías. Calco y copia del modelo de ganadería industrial, aplicado en esta ocasión a la pesca. Hoy, uno de cada dos peces que comemos procede de dicha producción. Se trata de un modelo en auge que, se calcula, en el 2030 suministrará casi dos tercios de todo el pescado consumido en el mundo, según el informe La pesca hasta 2030: Perspectivas de la pesca y la acuicultura del Banco Mundial y la FAO. Sin embargo, el negativo impacto social y medioambiental de este modelo, desde su instalación al "cultivo" y procesado de los peces, es la otra cara de la moneda.

 

Lasaña de aguacate

Ingredientes:
6 láminas de lasaña de espinacas
300 g de gambas
300 g de queso fresco (de Burgos, Villalón...)
3 tomates, 3 aguacates
3 huevos, sal, aceite de oliva virgen, limón

Elaboración
Cocer la pasta con sal y aceite unos 20 minutos, hasta que este al dente.
Cocer las gambas unos 10 minutos, escurrirlas y pelarlas. Cocer los huevos 12 minutos.
Laminamos todos los ingredientes: los tomates, los aguacates después de pelarlos y retirarles el hueso, los huevos duros y el queso fresco. Sobre una fuente o plato, de forma individual añade un aliño con el aceite la sal y el limón, pon laminas de pasta, coloca rodajas de queso de Burgos, tomate, gambas y rodajitas de aguacate. Tapa con láminas de pasta, añade más aliño y decora con tomate picado en trocitos.

La carne se ha convertido en indispensable en nuestras comidas. Parece que no podamos vivir sin ella. Si hasta hace pocos años, su consumo era un privilegio, una comida de fechas señaladas, hoy se ha convertido en un acto cotidiano. Quizás, incluso, demasiado cotidiano. ¿Necesitamos comer tanta carne? ¿Qué impacto tiene en el medio ambiente? ¿Qué consecuencias para el bienestar animal? ¿Para los derechos de los trabajadores? ¿Y para nuestra salud?

El consumo de carne se asocia a progreso y modernidad. De hecho, en el Estado español entre 1965 y 1991 su ingesta se multiplicó por cuatro, especialmente la de carne de cerdo, según datos del Ministerio de Agricultura. En los últimos años, sin embargo, el consumo en los países industrializados se ha estancado o incluso ha disminuido, debido, entre otros, a los escándalos alimentarios (vacas locas, gripe aviar, pollos con dioxina, carne de caballo en lugar de carne de vaca, etc.) y a una mayor preocupación sobre lo que comemos. De todos modos, hay que recordar que también aquí, y más en un contexto de crisis, amplios sectores no pueden optar a alimentos frescos ni de calidad o a escoger entre dietas con o sin carne.

La tendencia en los países emergentes, como Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, los llamados BRICS, en cambio, va en aumento. Estos concentran el 40% de la población mundial y entre el 2003 y el 2012 su consumo de carne aumentó un 6,3%, y se espera que entre 2013 y 2022 crezca un 2,5%. El caso más espectacular es el de China, que ha pasado en pocos años, de 1963 a 2009, de consumir 90 kilocalorías de carne por persona al día a 694, como indica el Atlas de la Carne. ¿Los motivos? El aumento de la población en estos países, su urbanización y la imitación de un estilo de vida occidental por parte de una amplia clase media. De hecho, definirse como "no vegetariano" en la India, un país vegetariano por antonomasia, se ha convertido, entre algunos sectores, en un estatus social.

Cuando se nos presenta la oportunidad de redescubrir sabores de la infancia, comidas tradicionales de las abuelas o productos recién cogidos de la huerta y llevados a la mesa, siempre nos resulta un placer reconocer como auténtico lo que consumimos: huevos, lácteos, verduras, legumbres, miel… pueden ser alimentos que llamamos “de verdad” al compararlos con los que adquirimos habitualmente en los supermercados, que tienen buen aspecto pero un sabor artificial, desconocemos su proceso y en cuanto salen de las cámaras frigoríficas se estropean.

Para combatir esta rutina de alimentarnos de lo que nos ofrecen y no de lo que nos gustaría han surgido los denominados grupos de consumo ecológico, que son pequeños colectivos que ofrecen la oportunidad de consumir alimentos naturales, de disfrutar con el sabor de lo que se come y de poder intervenir en procesos de consumo responsable a través de los productos adquiridos directamente al agricultor o al ganadero del entorno.

Basta una mínima sensibilidad medioambiental, social y hacia la salud para abastecerse de estos alimentos ecológicos con un grupo formado en el trabajo, en el colegio o en el barrio con una básica pero necesaria organización. La contrapartida siempre resultará beneficiosa por la calidad de los alimentos, libres de pesticidas, a la vez que contribuirá a revitalizar el campo y a fomentar las relaciones sociales y el consumo responsable. Los grupos de consumo ecológicos suponen en la actualidad una apuesta por una economía sostenible a través de un uso más eficaz de los recursos y, si bien en un principio los productos ecológicos pudieron verse como elitistas, se ha demostrado con el paso del tiempo y el crecimiento de estos colectivos que pueden ser el motor de un cambio social en los hábitos de consumo y de vida.

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