Mikel Itulain*. LQSomos. Enero 2018

Que una lengua sea escrita o esté muy extendida no la hace mejor ni peor que otras, pues todas tienen un desarrollo similar. Lo primero es consecuencia de los privilegios que se le dieron por motivos no lingüísticos, que son fundamentalmente políticos, económicos o militares.

Es costumbre larga y tristemente arraigada en el ser humano el difamar y ridiculizar a los extraños, los no conocidos; despreciando lo que ignora y tratando de imponer lo propio a los demás, en vez de aprender de y entenderse con los otr@s.

Ya de niños nos enfrentamos a la contradicción que se nos muestra en conocidos relatos bíblicos, que trascienden lo religioso, como son el de la Torre de Babel y el de Pentecostés. En el primero como ejemplo de la confusión que se genera al no tener una lengua común y en el segundo, más lógico y natural, el abrirse al mundo conociendo y aceptando su diversidad.

Todavía muchas personas sostienen que un idioma, el que fuese, haría todo más fácil para tod@s, porque a fin de cuentas estos sirven para comunicarnos y transmitir información. Sin tener en cuenta que la información no es algo que esté por ahí en paquetes y la comunicamos sin más, no entendiendo que nosotros, como cualquier ser vivo, crea información del mundo que le rodea y que las lenguas son instrumentos para crearla, cada uno a su manera, pero no de forma igual.

En conclusión, no puede mantenerse que las lenguas están hechas para transmitir pasivamente información, sino más bien para contribuir a la creación de información, dado que, al no ser un objeto, la información no se puede transmitir, sino solo provocar (1).

Por ese motivo son herramientas tan útiles y debemos preservar el legado recibido, ya que no hacerlo nos condena a una mayor pobreza cultural y cognitiva.

Además, el no entender que la uniformidad no solo va contra natura sino que constituye uno de los mayores errores que puede cometer un ser vivo, porque lo dejan con muy poca capacidad de respuesta ante el medio cambiante, muestra, una vez más, como los condicionantes políticos y la eterna manía de imponer al prójimo nuestra forma de ser y pensamiento siguen muy vigentes.

Referencia-Nota:
1.- Juan Carlos Moreno Cabrera. De Babel a Pentecostés. Manifiesto plurilingüista. Horsori. 2006. p.15.

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