Nònimo Lustre. LQS. Abril 2019

La calidad de una democracia se mide por la transparencia de la gestión pública, cualidad que suele hacer superflua la clandestinidad de los ciudadanos

Durante el tardofranquismo, los demócratas repetíamos a menudo una frase de Friedrich Dürrenmatt: “Tristes tiempos estos en los que hay que luchar por lo que es evidente”. Es probable que uno de aquellos resistentes, Ángel Hernández Pardo, la pronunciara de vez en cuando. Es probable que hoy la recuerde. Pero hoy no puede pronunciarla en voz alta porque está detenido en una comisaría. Sobre su cabeza pende el artículo 143 del Código Penal que regula –es un decir- la inducción y la cooperación al suicidio.

Ángel Hernández Pardo –AHP, recuerden el nombre de este Héroe-, está preso en un calabozo acusado de haber cumplido con los deseos de su mujer, aquejada de una enfermedad incurable, irreversible, incapacitante y extremadamente dolorosa. Es decir, con el debido respeto a los tetrapléjicos y otros desahuciados, un sufrimiento inimaginable que ya duraba 32 años y contra el que son inútiles los opiáceos y los habituales cuidados paliativos.

Poco después de haber bendecido a su mujer con la razón y la valentía de los mayores Héroes, AHP fue detenido en su casa. En lugar de admirarle, ¡detienen al Varón Justo! Porque AHP no huyó sino todo lo contrario: ante la enésima demora en tramitar siquiera una Ley de Muerte Digna –Eutanasia, si prefieren-, hizo público que su deber como humano era acatar la decisión de su mujer. Lamentablemente, en la misérrima España actual, los Deberes Humanos para con Terceros (DHT) no sólo no están normalizados para estos terribles trances sino que parecen ir detrás de los Derechos Humanos –estos sí, legislados aunque sea según normas arbitrarias y anacrónicas-. Y todo porque esos DHT, alfa y omega de la solidaridad humana, son monopolizados exclusivamente por un Estado que los quiere coartar porque no quiere o no se atreve a garantizarlos.

No puedo soportar la imagen de AHP esposado, trasladado en coche celular y empapelado por una persona togada y perfumada mientras su familia, sus allegados y no digamos él mismo, sufren el entierro y el duelo por Mª José, su venerada esposa. Hoy no soporto tanta humillación ante la Sinrazón y tanta crueldad cívico-religiosa, pero mañana los dráculas biempensantes saldrán de sus púlpìtos para chupar la sangre de la ciudadanía -viva o muerta, no les importa, viven de ello-. Es la Inquisición que resucita cada luna nueva y que se oculta en cada luna llena. Ya les veo venir con las maledicencias que ya utilizaron contra el doctor Jacob Jack Kevorkian (1928 – 2011), otro Héroe al que etiquetaron como Dr. Muerte y al que encarcelaron por durante años acusado de haber eutanatizado a 130 pacientes que así se lo suplicaron. Razonaba Kevorkian que «Morir no es delito” (Dying is not a crime), una obviedad que, por ser universalmente admitida, no debería ser una evidencia penal.

Tampoco puedo soportar que, gracias a ese canallesco artº 143, nuestro Héroe puede ser condenado a años de prisión. Incluso si lo fuera a sólo unos meses, me seguiría pareciendo insoportable. Con semejantes leyes y códigos, la ciudadanía que no quiere morir como se mata a las bestias, no tiene otra salida que la clandestina. Nos obligan a ser clandestinos y, como siempre ocurre, los clandestinos ricos se irán a Suiza o a cualquier de los cinco países que han legalizado la eutanasia, y los clandestinos pobres, a la cárcel. Y nos obligan a ser tan valientes como AHP cuando, parafraseando a las feministas, “no queremos ser valientes, queremos ser libres”.

La calidad de una democracia se mide por la transparencia de la gestión pública, cualidad que suele hacer superflua la clandestinidad de los ciudadanos. Y, por descontado, esa calidad política también se mide por la atención prestada a las minorías. Pero hay ciertos demócratas-de-toda-la-vida, que toman el rábano por las hojas y se dedican a vigilar y castigar a las minorías marginadas. Evidentemente, no me refiero a esos desalmados sino a los legisladores que respeten a los casos demográficamente pequeños. Esas almas bondadosas saben que todos los individuos somos minoría, unos por flacos otros por gordos; unos porque sufren otros porque gozan. Unos porque quieren morir pues aman la vida de verdad y otros porque quieren matar a los anteriores –parece muy retorcido pero están surgiendo bandas peligrosas que prosperan en estos laberintos amorales.

Pero esta delicadeza política no ha llegado a España. ¿Por qué? Porque, en este sedicente Estado Laico, subsisten unos dogmas religiosos alegales que son sostenidos por la institución más hipócrita que conoce Occidente: la Iglesia. Una caterva mitrada que predica la Piedad pero que detesta a laicos piadosos como AHP. Una logia cavernaria que se permite el lujo de hacer campaña electoral contra los partidos que pretendan legalizar la eutanasia. ¿Hasta cuándo, atroz Conferencia Episcopal, impedirá la promulgación de una ley de Muerte Digna?, ¿Quosque tandem, ubicuo Estado Vaticano, dejará de entrometerse en las cuestiones internas de otros Estados?

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Nota de la Asamblea de redacción de LoQueSomos:
Queremos manifestar todo nuestro apoyo y solidaridad activa con Ángel Hernández Pardo, ante la valentía que ha demostrado en su compromiso con el derecho a una muerte digna. Ética y honestidad de la mano.
En LoQueSomos hemos tenido la suerte de contar con Ángel Hernández Pardo como colaborador, y hoy con más fuerza nos consideramos defensoras de que la eutanasia sea considerada como un derecho de libre elección de toda persona que arrastre una enfermedad irreversible en la que le produzca una existencia de dependencia y sufrimiento que no desea.

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