La rabia y la tristeza

Juan Gabalaui*. LQS. Agosto 2019

Deberíamos reflexionar por qué gran parte de la sociedad española reacciona enojada ante la posibilidad de independencia de un territorio y, por el contrario, reacciona con tanta moderación ante graves problemas reales como la vivienda, la desigualdad o el empleo precario

El millonario Espinosa de los Monteros no duda en calificar de enemigo a Bildu, al cual acusa de muertes, secuestros y extorsiones. La realidad es que Bildu es un partido político que cumple con la ley de partidos y que acepta las reglas de juego del sistema. El problema para la derecha a secas y la extrema no es que Bildu mate, que no lo hace, sino que defienda la independencia de Euskal Herria lo cual, teniendo en cuenta la desaparición de ETA y la ausencia de atentados y violencia, pone encima de la mesa que el gran problema de la cuestión vasca no eran los asesinados sino los objetivos políticos. En el estado español, la independencia era y es un pecado capital que se paga con la cárcel, como bien saben los presos políticos catalanes.

El mensaje está lanzado y Espinosa es el vocero de lo que piensan en el PP, Cs y en parte del PSOE. Los independentistas son el enemigo. Las ideas políticas son el enemigo. No es la violencia, la coacción o la intimidación, sino lo que piensas. Hay que señalar que la idea de la independencia no atenta contra los derechos básicos de las personas, condición para legitimar cualquier planteamiento político. No se expulsa a las familias de sus viviendas, no se denigra a las personas por su origen étnico o color de piel, no se les encierra en centros de concentración de inmigrantes, no se les mata por ser mujer ni se les discrimina por su condición social. Los partidos que defienden posiciones que atentan contra derechos o construyen entornos favorables para que se violen no son enemigos de VOX, Cs o PP. Son enemigos los que se plantean otra relación con el estado.

Deberíamos reflexionar por qué gran parte de la sociedad española reacciona enojada ante la posibilidad de independencia de un territorio y, por el contrario, reacciona con tanta moderación ante graves problemas reales como la vivienda, la desigualdad o el empleo precario. Cuándo nos dieron la vuelta a las prioridades y nos convencieron de que el gran problema está en Catalunya o Euskal Herria. Ni siquiera la corrupción generó tanta indignación. Al fin y al cabo se ha asimilado que forma parte de la naturaleza humana junto a la idea de que todos roban. Si no tienes empleo es porque no te esfuerzas. Y si no tienes trabajo no esperes que te regalen una vivienda.

Tenemos en nuestra cabeza el sistema económico y de valores con el que hemos crecido y este tiene suficientes respuestas que dar a las reivindicaciones y desvaríos igualitarios. Solo hace falta que los partidos del sistema las activen y sus medios las difundan para que millones de personas defiendan con uñas y dientes ideas y argumentos. Aunque vayan en contra de sus intereses. Los desahucios ocupan segundas líneas, pequeños reportajes y contraportadas que casi nadie lee pero la afrenta a la bandera rojigualda sale en primera plana. Nos dirigen y modelan las respuestas y las emociones. El desahucio no es un crimen social es una cosa que pasa cuando no puedes pagar. Qué pena. La independencia es un ataque a todos los españoles. Qué rabia. La tristeza y el enfado. Nos quieren enfadados porque así no pensamos. Nos quieren tristes porque nos instala en el lamento.

En la política española no cabe la deliberación. Los debates de ideas no existen. Se rebate al contrincante, se le desacredita, se le humilla y se le criminaliza. Si quieres hablar sobre el modelo de estado, te sacan una bandera rojigualda y te la restriegan por las narices. Si quieres hablar de modificar la relación de determinados territorios con el estado, te sacan una bandera rojigualda y te la restriegan por las narices. La bandera que dicen que une a los españoles se utiliza para agredir con ella. Pero no solo eso. También sirve para tapar las miserias del sistema político, social y económico. Vamos orgullosos con nuestra pulsera con los colores rojigualdos mientras pasamos al lado de personas sin techo o vemos a la policía ejecutar desahucios y perseguir a los manteros. Nada de esto nos enfadará por muy injusto que sea pero ¡cuidado con tocarme la pulsera!

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– Ilustración de Acacio Puig

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