Lev Tolstói, una aproximación

Por Pepe Gutiérrez Álvarez. LQSomos.

Tolstói, novelista, dramaturgo, y pensador cristiano anarquista de gran influencia en Rusia, y de un gran prestigio cultural en los medios libertarios que distinguían entre el cristianismo original y la aborrecida Iglesia. Sus ideas de la resistencia pasiva y la desobediencia civil –que Tolstói tomó en parte de Thoreau-, influyeron en Gandhi y después de este en toda la tradición pacifista que pasa por el ANC sudafricano de Nelson Mandela, y los movimientos civiles liderados por Martin Luther King, entre otros.

Tolstói estuvo influenciado por Proudhom al que leyó en 1857 y al que visitó en 1862, y con el que mantuvo una relación abierta, no exenta naturalmente de discrepancias (sobre todo en relación a la violencia revolucionaria), con Kropotkin, con cuya biografía no deja de tener paralelo (así lo han hecho notar copiosamente autores como George Woodcock).

Al igual que Kropotkin, Tolstói fue un joven aristócrata, adscrito como voluntario en el ejército ruso del Cáucaso, sufrió ulteriormente, durante la guerra de Crimea, una profunda crisis moral que lo llevaría a escribir: “El Estado moderno no es más que una conspiración para explotar a los ciudadanos, pero sobre todo para desmoralizarle (…) Comprendo las leyes morales y religiosas, que no son coercitivas para nadie pero que nos llevan adelante y prometen un futuro más armonioso; siento las leyes del arte, que siempre dan felicidad. Pero las leyes políticas me parecen unas mentiras tan prodigiosas que no comprendo cómo una sola de ellas puede ser mejor o peor que cualquiera de las demás (…) En adelante no serviré jamás a gobierno alguno”.

Su crisis de conciencia le llevó a volver la mirada hacia el hombre natural que había conocido en el Cáucaso, a devorar las obras de Rousseau, y a buscar una nueva vida y una nueva alternativa social. Estaba en la cumbre de su fama literaria cuando volvió las espaldas al mundo académico, convirtió sus propiedades en Yasnaya Polyana en una comuna de trabajo —se avergonzaba de pertenecer a una familia que nunca había tenido callos en las manos— y de educación, intentando desarrollar un sistema educativo natural y abierto, muy en línea de William Godwin. Redescubrió de nuevo los Evangelios a los que despojó de su parte más milagrosa para alcanzar lo que consideraba una ley de oro para la conducta. Sobre sus principios de desobediencia civil y no violencia, se desarrollará un debate dentro del movimiento libertario. Para Federico Urales que le ofreció las páginas de La Revista Blanca y que mantuvo una correspondencia con él, Tolstói erraba cuando desautorizaba la acción violenta de los revolucionarios rusos, y escribió al respecto: “Si Tolstói no ha comprendido esto es porque jamás ha reconocido las grandes leyes, tan evidentes y claras, en la sociedad. Y sí no las ha reconocido es porque ha desdeñado siempre la observación metódica de la realidad. Nunca ha consentido descender hasta esta modesta indagación de la verdad que el sentido común de los mortales, lo que llaman ciencia. En este sentido no se ha repetido bastante que Tolstói, bajo la blusa del mujik, ha seguido siendo un aristócrata desdeñoso y altanero” (La Revista Blanca, abril, 1905).

Para Max Nettlau estos principios de Tolstói no son los de la resignación tradicional cristiana, por el contrario, quería “la resistencia al mal, y ha agregado a uno de los métodos de resistencia, la fuerza activa, otro método, la resistencia por la desobediencia, la fuerza pasiva por tanto. No ha dicho: someteos al daño que os causa; presentando la otra mejilla después de la bofetada recibida, sino: no hagáis lo que se os ordena hacer; no toquéis el fusil que se os presenta para enseñaros a matar a vuestro hermano”.

Su alternativa está en la vida natural, el hombre es tanto más humano cuánto más cerca está de la naturaleza. Los seguidores de Tolstói viven en comunidades y practican objeción de conciencia, sin embargo, al margen de estos grupos esforzados, su influencia es instrumentalizada. Discípulos suyos por ejemplo, se confesaron algunos ministros del gobierno provisional de febrero de 1917 que, paradójicamente, no dudaron en mantener a Rusia en la Guerra Mundial y en rechazar hasta la reforma agraria.

En el último tramo de su vida, Tolstói se convirtió en el único opositor legal al régimen zarista, un opositor gigantesco cuyo prestigio mundial ayudó a socavar la autarquía a la que denunció siempre que se brindó la ocasión.

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