Carlos Olalla*. LQSomos. Enero 2018

Por robar le robaron hasta las raíces. Francoalemán de origen y español por vocación, terminó sus días en el exilio mexicano que le acogió con los brazos abiertos tras haber tenido que huir de España, al acabar la guerra, y de Francia, al ser dominada por los nazis. Había llegado con su familia a España en 1914 huyendo de la Primera Guerra Mundial. Aquí, afincado en Valencia, obtuvo la nacionalidad española y aprendió las lenguas del país en pocos meses. En España pasaría 25 años, hasta enero del 39 en que tuvo que partir al exilio. En París fue detenido y pasó los siguientes tres años en diferentes campos de detención de Francia y Argelia hasta que, el diez de septiembre de 1942 pudo embarcar rumbo a México, donde vivió hasta su muerte en 1972.

Escritor de muchos libros y pocos lectores, Max Aub practicó todos los géneros, desde la novela al ensayo, pasando por el teatro, el cuento y la poesía. Es, sin duda, uno de nuestros más grandes, y a la vez, y por desgracia también sin duda, es hoy casi un desconocido en esta España donde vivió 25 años, los mismos que empleó en escribir “El laberinto mágico”, la monumental obra de seis novelas (“Campo cerrado”, “Campo de sangre”, “Campo abierto”, “Campo del moro”, “Campo francés” y “Campo de los almendros”) que narra nuestra guerra desde sus albores hasta la derrota republicana con sus veinte mil desplazados que vivieron los últimos días de la República hacinados en el puerto de Alicante aguardando un barco que nunca llegaría y que fueron confinados por las tropas franquistas e italianas en un pequeño campo que había a las afueras de la ciudad, el campo de los almendros que da título a la novela. Él, como la generación que tomó las armas para defender el gobierno legítimo de la República y los valores como libertad, democracia, generosidad, educación o cultura que representaba, dedicó su vida a luchar por hacer de este mundo algo mejor. En 1969, tres años antes de morir, vino a pasar tres meses en España para documentarse sobre un futuro libro que quería escribir sobre el que fuera uno de sus mejores amigos: Luis Buñuel. Al aterrizar en el aeropuerto de El Prat, en Barcelona, consciente de que sus palabras podrían ser utilizadas interesadamente por el régimen de Franco para darle carta de naturaleza, lo primero que dijo a la prensa fue: “He venido, pero no he vuelto” Y no se equivocaba. Lo que vio durante aquellos tres meses ya nada tenía que ver con la España que había dejado 30 años atrás, aquella España republicana llena de ideales y de sueños. Lo que encontró fue la gris España de la desmemoria y el olvido, la España conformista y cobarde, la negra España que nos robó la España que podía haber sido. Plasmó sus reflexiones en uno de los libros más amargos que se han escrito jamás, “La gallina ciega”, el diario de aquellos tres meses:

“La gente, en general, olvida muy pronto, y no solamente olvida lo personal, sino lo general, los sucesos, la historia… El pueblo español, en general, ignora su pasado inmediato. Los profesores de las escuelas, institutos y universidades no llegan nunca a esas lecciones por falta de tiempo… La falsificación histórica es menos importante que la ignorancia total en que viven los españoles de menos de cincuenta años… Regresé y me voy. En ningún momento tuve la sensación de formar parte de este nuevo país que ha usurpado su lugar al que estuvo aquí antes; no que le haya heredado. Hablo de hurto, no de robo. Estos españoles de hoy se quedaron con lo que aquí había, pero son otros […]. Los de la España «grande, única, sola» o como se diga (¡una, grande, libre!) asesinaron a la que conocí” A pesar del tono ciertamente nostálgico y melancólico que destilan sus páginas, Max Aub nunca renunció a la esperanza de que este país, el suyo, renaciera de sus cenizas, porque, como escribe en las conclusiones del libro: “siempre hay una minoría que se da cuenta de lo que sucede en el mundo”

Para Aub ese laberinto mágico del que habla y al que dedica su vida no es otra cosa que España. La llevó presente hasta el momento de su muerte. De hecho, su último proyecto, inconcluso por morir antes de poder verlo culminado fue una colección de libros de los escritores y pensadores del exilio que quería publicar en la editorial Cuadernos para el diálogo. Había preparado una lista con 50 títulos de autores como María Zambrano o José Gaos. El título de esa colección no podía haber estado mejor elegido: “El pensamiento perdido”.

“El laberinto mágico” nos acerca, con un lenguaje sencillo y directo, a la España de la guerra, a aquella España que aún hoy duerme en el olvido o enterrada en una cuneta, a aquella España a la que la de ahora debe tanto, sin saberlo ni querer reconocerlo. Que la barbarie fascista acabara con ella por la fuerza es algo que pertenece a nuestra Historia y que puede entenderse analizando cómo Alemania e Italia se volcaron en apoyar a los rebeldes mientras esa Europa que creíamos aliada y amiga dejó abandonada a su suerte a la República. Lo que no puede, ni podrá, entenderse, es que hoy, pasados cuarenta años tras la muerte del dictador, cuarenta años de democracia constitucional, siga sin darse verdad, justicia ni reparación a las víctimas de la dictadura que asoló este país durante otros 40 años. Unos y otros han intentado cubrir la verdad de lo que ocurrió con un manto de silencio y olvido. Y, por desgracia, lo han conseguido. Hoy son pocos, muy pocos, los jóvenes que saben lo que pasó, que conocen su Historia, la de sus padres y abuelos cuyas consecuencias siguen marcando su vida hoy.

En el último libro de “El laberinto mágico”, “Campo de los almendros”, Max Aub da testimonio de lo que fue aquella derrota y de lo que iba a venir después:

“Este es el lugar de la tragedia: frente al mar, bajo el cielo, en la tierra. Este es el puerto de Alicante, el 30 de marzo de 1939. Las tragedias siempre suceden en un lugar determinado, en una fecha precisa, a una hora que no admite retraso. El cielo está cubierto porque tiene vergüenza de lo que va a suceder…

…Un laberinto lo es porque, al fin y al cabo, alguien sale de él, por lo que sea, de la manera que sea. Si no saliese nadie, ¿Quién iba a saber de su existencia? ¿Quién volvió de la muerte? ¿Lázaro?, ¿Qué contó? ¡Bah! Eso sí fue cuento. Lo del laberinto de Minos, no. De ahí salió alguien. Algunos vinieron aquí: a lo que hoy es la Península. Gerión era un laberinto en sí mismo con no sé cuántos brazos: seis, diez y tres cabezas, por lo menos. Lo que le quedó de tanto andar por el laberinto de estas tierras y mirar por un corredor y otro y tentar paredes o montes por aquí y por allá. Y si no, ¿de dónde creéis que vinieron los toros y los guerrilleros? Minos y el sonido de adentro. La caracola. Minos en Gades y Gerión arando. El sol azul y don Hércules repartiendo falos por los surcos abiertos por la vertedera arrastrada por toros blancos, amaestrados, conquistados. Y los falos creciendo como espárragos y Hércules, ¡hala!, sembrando. Y los toros delante. ¡Oh tierras del fin del mundo! Por aquí pudo ser. Y el Mar Muerto —aquí, un poco más abajo—, enfrente del otro. Y esta tierra que desde aquí verías si fuese de día e hiciera sol, se llama la Cala de las Aguas Amargas. Os aseguro que mi perra se reía al verme llegar a casa. Levantaba los belfos enseñando los dientes y se reía moviendo la cabeza a derecha e izquierda, de arriba abajo, feliz, ¿lo hace mi mujer, mi hija? Los hombres son capaces de envenenarse, de pegarse un tiro, un animal, no. A lo sumo, de dejarse morir de hambre, que es una muerte natural. Tal vez la única. Se murió de muerte natural, dicen —y es de cáncer o de uremia o de una falla del corazón—. No, muerte natural, en el hombre, es morirse de hambre. O ante un paredón. Los españoles de hoy somos seres naturales, ¿naturales de qué? El hombre es malo, por naturaleza. Y el español también, como es natural. Nos metieron en un laberinto, al salir del Paraíso. Y se me perdió el hilo: estoy perdido. Estamos perdidos. No saldremos, ni con los pies por delante. Dejen que los muertos entierren a sus muertos. Pero si están muertos, ¿cómo lo harán? Tú, tan listo, dímelo. No perduraremos y quedará el hermoso laberinto de nuestro esqueleto para que se pierdan los etnólogos y se vuelvan locos. Para vivir en un laberinto hay que estar loco. Todos los españoles nos volvimos locos, hace de eso muchísimos años, cuando las cordilleras fueron lo que son…

…Este libro, señoras y señores, debiera de estar escrito en verso, en inacabables octavas reales, como cualquier enorme poema épico de mala época, que ya nadie lee, salvo algún erudito, en pro de tesis o asombro ajeno…

…Allí hay treinta mil posibles protagonistas de la Gran Guerra Civil Española que el autor ha relatado a su manera desde hace un cuarto de siglo. (Ha hecho muchas otras cosas porque no se pueden vivir, y hacer vivir una familia, de contar unos sucesos que sólo interesan ya a pocos; ha tenido que pagar la mayor parte de sus ediciones porque no pudieron leerse sus libros en España. Ahora, aunque dejaran que se vendiesen en Madrid o en Barcelona, ya no importan). Ahora bien, lo que importa es que permanezca, aunque sea para uno solo en cada generación, lo que aconteció y lo sucedido en Alicante estos últimos días del mes de marzo de 1939. El autor cree que, si en vez de escribirlo en prosa, lo cantara en ferias y plazas tendría éxito; pero es un medio que ya no se emplea, y el cine y la televisión, que lo han reemplazado, ignoran esos caminos. La gente existe mientras vive. Luego, empieza lentamente a morir en los demás. Desaparece, teñida de sombras, en el olvido. Recuerdo mi sorpresa, en la conferencia de un ex capitoste de la República, en México, hace ya muchos años, cuando un joven inteligente y dado a la historia me preguntó: – ¿Y éste quién es? – El tiempo va muy de prisa: no creo que ni la luz —si no son una misma cosa— le gane…

…Tal vez el lector pueda oler, a través de tantas contradicciones, fallas y aciertos lo que fue para mi generación aquel tajo mortal. Acosados, ahogados en aquel finisterre, apretujados, deprimidos, llegué al lugar donde la palabra laberinto cobra su significado de: «Construcción llena de rodeos y encrucijadas, donde era muy difícil orientarse». Lo de la orientación, en este mágico, es lo de menos y bien se ve; lo demás, al fin y al cabo, no deja de ser una definición de la novela, y más de nuestro tiempo. La cuestión es que el lector no los trasplante ni su alma se pierda. Inútil decir que nada tengo por menos seguro al ensamblar tanto destino. Sálvese el que pueda y llegue «sano y salvo a la patria» —como esperaba Cervantes. (Asunción no tiene que ver conmigo; está aparte, a mi lado, enfrente, ni siquiera es parte mía. Vive, sola. Para conquistarla tendría que hacer como en la vida. Sólo me la como con los ojos del alma). España es otra cosa. Estoy dentro, adentro, siento sus flancos. No puedo salir. Evidentemente me ahogo: no me dará a luz, habiéndome dado tantas. Han pasado demasiados años. No hablo solamente de mí, les sucedió lo mismo (cada uno a su manera) a Sender, a Paulino Masip, a Bergamín, a Gaos. (Los poetas son otra cosa, gente de suerte.) No nos va a parir ahora, viejos. (Nos ha puesto a parir, eso sí, pero es un chiste demasiado fácil). Una vez muertos es posible —digo posible— que ocupemos un sitio en sus faldas. Pero es casi seguro que no seamos bastante buenos para esperar tanto. Mas no vine para lamentar mi suerte sino para contar los destinos de tanta gente real e inventada—¿inventada la Bovary, inventado Julien Sorel, inventado Miau?—, inermes, en mis manos. Pero tampoco son mis manos —ni las suyas—. Son las de la historia de España. No las de la Historia a secas, no: las manos sangrientas, duras, suaves de España, de mi España, de la que conocí y me conoció y que aquí queda, quién sabe cómo…

…Más si, como en mi caso, hace veinte años que llevo esta novela a rastras o, mejor, precediéndome, ya que las anteriores, referentes a la guerra de España, iban a desembocar, naturalmente, en los muelles del puerto de Alicante. Por ello esta suma, la que empieza con Campo cerrado, debiera acabar con la salida de los prisioneros hacia el Campo de los almendros.
No hallé razón ni tuve valor para hacerlo ni me parece justo; lo del valor es relativo porque, de hecho, ahí empieza la historia del exilio y ¿quién soy para disponer esta ruptura? Quédese para los calendarios y los historiadores, no para los novelistas. Y, a todo esto, ¿soy un novelista? Estoy tentado de confesar que sí, por Asunción. No se trata del gusto de perfilar su existencia. Es menos complicado: sabed que me he enamorado de ella a pesar de que su nombre no me gusta. Maté a gusto a Peñafiel y no me han faltado ganas —totalmente arbitrarias— de acabar con Vicente Dalmases. Asunción me nació en 1939; ahora, en 1966 —si las cifras no engañan— tiene veintisiete años; voy a cumplir sesenta y tres. Y no sé qué hacer con ella. Con España la cosa es más sencilla: no me dejan verla, la revuelvo en mi pensamiento, sigo en el malecón alargando una esperanza, inventando el humo de un posible barco, y no es más que polvo…Te das —nos das— demasiada importancia. Hoy, no digo que no estemos en la primera página de los periódicos. Dentro de ocho días, en un rincón de la última, si a tanto llegamos. Los residuos de un ejército vencido. ¿Quién se ha ocupado nunca de eso? Nos desharemos como azúcar mojado, en el cuerpo del país, en la tierra. Dentro de nada, nada…

…Estos que ves ahora deshechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España, los únicos que, de verdad, se han alzado, sin nada, con sus manos, contra el fascismo, contra los militares, contra los poderosos, por la sola justicia; cada uno a su modo, a su manera, como han podido, sin que les importara su comodidad, su familia, su dinero. Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides…

…Alicante, la ciudad, no ha cambiado; el campo, tampoco. ¿Cómo dejar a todos así, sin contar lo que sé? Lo que sigue no es un epílogo. No hay epílogos. Toda vida, toda novela, debiera acabar en medio de una frase —porque sí— aunque todos los personajes hubieran otorgado testamento. Aquí ya no puede pasar nada: cuento lo sucedido a fulano y mengano, que ya conoceremos, pero el hecho principal, en sí, la guerra, ya lo dijo Francisco Franco: «Ha terminado». Los barcos no llegaron. Ahora, es otra cosa. Los vencidos ya no son enemigos sino prisioneros. También el autor se siente prisionero de sus historias, no sabe cómo salir del laberinto”.

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